DisparodeNieve |
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The butcher boy (El carnicero, 1917), de Roscoe “Fatty” Arbuckle. Este gracioso y famoso mediometraje del gordo Arbuckle tiene como nota interesante que en uno de los papeles secundarios actuaba por vez primera un tal Buster Keaton. Puro slapstick que contiene un bazar, una residencia de chicas y una relación de amor… Nota: 6 *** Hoy es uno de esos días en los que me gustaría abandonar el cine, esta ciudad y muchas otras cosas. Acostarme sobre el lado frío de la almohada y no volver a soñar… Presento SUEÑO IMPERFECTO, un cortometraje realizado en dos días con motivo del DIBA 2008. La temática de este año eran los sueños. Actores: Xavier Pàmies, Georgina Amat y Clara Briones. Por favor, si os gusta, votadlo las veces que queráis en ... http://www.dibaexpressonline.es/films.html?film=135761 y pasad la noticia a los colegas. Un besiño a todos. ¡Ah! Queréis saber por qué os odio hoy. Sin duda a vos os será menos fácil comprenderlo que a mí explicarlo, pues sois, según creo, el más bello ejemplo de impermeabilidad femenina que pueda encontrarse. Habíamos pasado juntos una larga jornada que me había parecido corta. Nos habíamos prometido mutuamente que todos nuestros pensamientos serían comunes y que, en lo sucesivo, nuestras dos almas no serían sino una —un sueño que, después de todo, no tiene nada de original, sino es el que, soñado por todos los hombres, no ha sido realizado por ninguno. Por la noche, algo cansada, quisisteis sentaros en un café nuevo que hacía esquina con un nuevo bulevar, todavía lleno de cascotes y enseñando ya gloriosamente sus inacabados esplendores. El café refulgía. El mismo gas desplegaba allí todo el ardor de un debut, e iluminaba con todas sus fuerzas las paredes, cegadoras de blancura, las deslumbrantes superficies de los espejos, los oros de las medias cañas y de las cornisas, los pajes de abultadas mejillas arrastrados por una traílla de perros, las damas sonriendo al halcón perchado en su puño, las ninfas y las diosas que llevaban sobre su cabeza frutas, pasteles y caza, Hebe y Ganimedes que ofrecían a brazo tendido la pequeña ánfora de bavaroise, o el obelisco bicolor de los arlequines; toda la historia y toda la glotonería puestas al servicio de la glotonería. Justo ante nosotros, sobre la calzada, estaba plantado un hombre de unos cuarenta años, el rostro cansado, la barba grisácea, llevando de una mano a un niño y sosteniendo con la otra a un ser demasiado débil para caminar. Hacía de niñera y llevaba a sus hijos a tomar el aire del atardecer. Todos en andrajos. Los tres rostros estaban extraordinariamente serios, y aquellos seis ojos contemplaban fijamente el nuevo café con idéntica admiración, matizada por los años de forma diversa. Los ojos del padre decían: «¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!; se diría que todo el oro del mísero mundo ha venido a mostrarse en estas paredes.» —Los ojos del niño: «¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!; pero es una casa donde sólo pueden entrar personas que no son como nosotros.» —Los ojos del más pequeño estaban demasiado fascinados para expresar otra cosa que no fuese una alegría estúpida y profunda. Los cancioneros dicen que el placer hace buena al alma y ablanda el corazón. Respecto de mí, la canción estaba en lo cierto aquella noche. No sólo me había enternecido ante aquella familia de ojos, sino que además sentía cierta vergüenza por nuestros vasos y garrafas, mayores que nuestra sed. Volví la mirada hacia la vuestra, mi querido amor, para leer en ella mi pensamiento; me zambullí en vuestros ojos tan bellos y tan extrañamente suaves, en vuestros ojos verdes, habitados por el Capricho e inspirados por la Luna, cuando me dijisteis: «¡Esa gente me resulta insoportable, con sus ojos abiertos como puertas de una cochera! ¿No podrías rogar al dueño del café que los apartase de aquí?» ¡Tan difícil es entenderse, querido ángel mío, y tan incomunicable es el pensamiento, incluso entre personas que se aman! Pequeños poemas en prosa. Los paraísos artificiales, Charles Baudelaire, Letras Universales, Cátedra, pp. 95-97. Ya se va otro nueve de mayo y los ojos de los pobres son los mismos de entonces, ¿habrán cambiado los ojos de los que los miran? ¡Comprad libros! Spellbound (Recuerda, 1945), de Alfred Hitchcock. Hacía tiempo que no volvía sobre la filmografía del gran cineasta inglés, pero en una tarde como esta, llena de sombras dentro de las cuatro paredes más inhóspitas que recuerde, necesitaba un desquite primaveral y sobreseguro. Spellbound ya forma parte de la historia del cine y aquí poco o nada se puede decir que no se haya dicho anteriormente, de todos modos, uno, que tiene opinión y no está obligado a guardársela, puede dejar caer migas… Migas como que el laureado compositor Miklós Rózsa crea una banda sonora brillante, con un leitmotiv que continúa en el aire tras el final de la película -parece que a Ingrid Bergman y a Gregory Peck les vaya a salir por las orejas tanto amor musical-. Migas como que el sueño que filma Hitchcock bajo el imaginario de Salvador Dalí tendría que haber jugado un papel más importante a lo largo de la historia. Migas como que es un film que me encanta… Nota: 8 Dead Man (1995), de Jim Jarmusch. El viejo oeste a través de la mirada de uno de los grandes: Jarmusch. ¿Quién da más? Nota: 7 Cobardes (2008), de José Corbacho y Juan Cruz. Si Tapas (2005) fue una experiencia agria y bobalicona, con regusto a teleserie y a fritanga, Cobardes me ha proporcionado una digestión incómoda, como si de un guantazo fílmico se tratase. No tiene ritmo, no tiene personajes, no tiene evolución y ni siquiera los tópicos funcionan como tales. La música parece sacada de un teléfono móvil y no ayuda al pobre argumento de un guión que está rígidamente encorsetado y sobre el que se mueven unas dualidades inverosímiles… En definitiva, ni hay dirección, ni se transmite sentimiento, ni existe historia… Nota: 2 Era primavera, y por primera vez desde hacía dos años, desde la muerte de mi padre, yo esperaba esa estación con impaciencia. En mi cuaderno de textos había copiado estas líneas extraídas de una novela de mi abuelo, François Mauriac: «La felicidad es estar rodeado de mil deseos, oír que a tu alrededor crujen las ramas». Si la primera parte de esa definición todavía me resultaba desconocida, empezaba a entrever la segunda: yo escuchaba, oía «a mi alrededor crujir las ramas». Era algo difuso, nuevo, turbador. Surgía sin motivo alguno, en cualquier lugar. Yo soñaba con lo que podía llegar a ser mi vida, estaba agitada, traspasada por fragmentos de esperanza. Pero esa embriaguez primaveral no duraba apenas, y al final me encontraba confundida, segura de que nada conseguiría jamás apartarme de mi mediocridad. La visión de mi cuerpo acababa de desanimarme: había sufrido una especie de muda, y la jovencita en la que estaba a punto de convertirme era una extraña para mí. La joven (2007), de Anne Wiazemsky (en la foto), El Aleph Editores, p. 16. Anne Wiazemsky novela cómo fueron sus inicios en el cine de la mano de Robert Bresson. Una novela sobre el desarrollo personal, las ilusiones y los miedos. Con la compra de libros, viajes, etc., a través de los anuncios dejas un porcentaje del total (sin que cueste más) para el mantenimiento de Disparo de Nieve. El camino de los ingleses (2006), de Antonio Banderas. La añoranza de la juventud, de cualquier verano en el calendario, pero del verano de nuestras vidas, de una época de cambios importantes… Antonio Banderas pone sobre la mesa todos estos ingredientes y, sin embargo, no cocina un buen plato, las proporciones no se ajustan, crean una suerte de magma que salpica al corazón de un modo tan ligero y sin dirección, que no llega a sentir ni el más mínimo calor de cualquier verano, ni el más mínimo amor de aquel verano... De todos modos, no cargo las tintas contra el director —aquí el que use tinta corre el riesgo de mancharse las manos—, sino que desconfío del trabajo del guionista: Antonio Soler, que adapta una novela propia. Tuve la ocasión de leer el guión antes de ver el film y esa fue una de las razones por las que me sentí atraído por este proyecto, ya que no me imaginaba cómo se podía pasar al celuloide un guión sin pies ni cabeza, aunque lo más probable es que yo mismo no tenga ni pies ni nada. Lo que sí me llamó la atención fue la poca madurez del personaje principal: puede crearse un joven soñador, pero no por ello tiene que ser un joven iluso. Por esto, Antonio Banderas podría estar a salvo de un disparo de nieve, pero la planificación, la elección del plano, la puesta en escena... no tiene ni brazos ni piernas, ni sal ni azúcar, ni chicha ni limoná… Totalmente desmadrada la dirección... Y, sin cambiar totalmente de tema, desmitificaría los premios a mejor montaje, pues no se trata de nada más que una bendita gilipollez premiar algo que se basa en reestructurar un material bruto que tanto los jurados, como el público desconocen. A veces, un montaje que no llame demasiado la atención puede ser toda una obra maestra porque el material, teniendo en cuenta que el material que llega de rodaje sería carne de cañón en otra época, eléctricos incluidos. Sin embargo, aunque en este caso es muy posible que el material no diese ni la talla ni el corte sencillo, también es cierto que aparecen planos en los que las miradas no coinciden y que la solución vive en el prpio film al cabo de unos segundos, por lo que sí estaba rodada la mirada, sólo que… … ¡Ay! Adoro a ese ser llamado montador... ¡Qué paciencia tienen algunos! (ironía directa) Y, finalmente, María Ruiz es una sonrisa… Nota: 3 Eraserhead (Cabeza borradora, 1976), de David Lynch. Un film brillante. Ópera prima del deslumbrante e iluminado David Lynch. Una atmósfera surrealista para contarnos la historia de un joven que vive dentro de una pesadilla. Imprescindible. Nota: 8 Nanook of the North (Nanuk, el esquimal, 1922), de Robert J. Flaherty. Considerado el primer documental cinematográfico de la historia, Nanook of the North no ha sido superado por ninguno de sus compañeros de género. Flaherty inventa el documental a medida que va realizando este film, aquí ya están presentes, entre otros modelos de documental, el shockumentary o falso documental y la ficción dentro de la realidad. Nanook of the North nos narra cómo vive un esquimal su día a día en la Bahía de Hudson (Canadá) lejos de la civilización, cómo se las ingenia para cazar morsas, focas, peces y zorros, o para levantar un iglú en menos de una hora, vivimos juntos el mercado de pieles, la construcción de kayaks, el manejo del trineo y el adiestramiento de los haskies. Genial. Un film relajante. Nota: 9 El baño del Papa (2005), de César Charlone y Enrique Fernández. Film uruguayo que rememora de algún modo lo que ya nos habían presentado décadas atrás Vittorio de Sica, con Ladri di biciclette (El ladrón de bicicletas, 1948), y Luis García Berlanga, con Bienvenido, Mr. Marshall (1952): la revolución de una comunidad debido a la llegada de alguien renombrado, el Papa, y las pequeñas cosas que se hacen básicas e importantes, como por ejemplo una bicicleta. En fin, se trata de una historia basada en hechos reales, donde se respira humildad y, en ocasiones, humor ácido. Aunque consiga unos colores tan vivos y unas texturas tan orgánicas, César Charlone, asiduo director de fotografía de Fernando Meirelles (Cidade de Deus, 2002, The constant gardener, 2005, Blindness, agosto 2008), pone nerviosa a la cámara en demasiadas ocasiones y eso puede irritar al espectador. En definitiva, El baño del Papa no muestra nada nuevo ni en el fondo ni en la forma. Nota: 5 Être et avoir (Ser y tener, 2002), de Nicolas Philibert. Un tierno documental que nos muestra el día a día en una pequeña escuela de pueblo de la Landa francesa, donde se agrupan alumnos de entre cuatro y diez años y un profesor, Georges López, cuya dedicación y método son envidiables por momentos. Un film que hace notar el paso del tiempo, que nos hace crecer y sentir como esos niños, un film que mira al futuro sin hacerse muchas preguntas, sin curiosear, pero que mira con ojos llenos de incertidumbre y pánico por el miedo al cambio: ¡que se detenga el tiempo! Elegy (2008), de Isabel Coixet. La directora catalana ha alcanzado un nivel de madurez cinematográfico propio de los que son sinceros consigo mismos. Con Elegy no sólo plantea un modo íntimo de sentir la vida y las relaciones sociales y sentimentales, sino que consigue hacer suya una novela que volaba por otros cielos. Cuando en un comentario no aparecen las palabras actor, fotografía, música, etcétera, es que la obra sabe bien, está rica. Las Hurdes (Tierra sin pan, 1933), Luis Buñuel. Documental de treinta minutos en donde Buñuel muestra la precaria vida que llevaba en 1932 la población de Las Hurdes (Cáceres). La enfermedad, la hambruna y la miseria se unen en esta desolada región extremeña para privar de sueños a sus habitantes en un clima tan árido, como baldío, que provoca la emigración de los jóvenes y la soledad de quienes se quedan. Buñuel destapa la realidad a modo de imágenes que reflejan la cotidianeidad de este pequeño grupo de aldeas y una voz en off explicativa, que no sólo describe al habitante medio, sino que se detiene en casos particulares llenos de interés... En la ciudad de Sylvia (2007), de José Luis Guerín. Un film maravilloso. Ausencia, búsqueda, azar, encuentro, palpitación, calor, silencio, brisa, susurro, enamoramiento, resignación, enamoramiento, susurro, brisa, silencio, calor, palpitación, encuentro, azar, búsqueda, ausencia… Tokyo monogatari (Cuentos de Tokio, 1953), de Yasujiro Ozu. Fue en el mes de abril de 2004, mes que seguía a rajatabla el refranero español y me hacía entrar en aquel cine improvisado de Bonaval, de la mano de una mano frágil y de un paraguas negro. Lluvia decolorante… Asistía como espectador fantasma a un ciclo donde no estaba inscrito, pero con unos cuantos deberes personales en relación a varios films y otros tantos resúmenes. Las gotas de agua salían espantadas del paraguas posado en el suelo de baldosa y en pendiente, los asientos eran incómodos. Y comenzó… al final de la pendiente, en la pantalla, y yo, pendiente de lo frágil del instante, dejé el film a medias cuando la pareja de ancianitos estaba mirando el mar… Un abrazo, frágil. The adventures of Baron Münchausen (Las aventuras del Barón de Münchausen, 1988), de Terry Gilliam. Recuerdo cuando a eso de las doce de la mañana de un sábado en 1992 estaba toda mi familia delante del televisor, expectante: ¡había llegado Canal + a casa! Al conectar el aparatito se abrió una ventana a nuevos mundos… y, sin ir más lejos, el primero que visité fue uno de los más lejanos… el loco mundo de Terry Gilliam, con The adventures of Baron Münchausen, un film lleno de problemas de principio a fin en cuanto a producción, pero que, sin embargo, tiene una factura maravillosa. Cuando leo un poema no me importa si el autor se sacó de un vaso de licor un verbo o una coma, tampoco creo que sea importante si redactó la obrilla a las orillas del río Miño o desde el rincón más nauseabundo de San Petersburgo: sólo me importa la obra, porque la obra ya es mía. Gilliam puede dar tumbos y volteretas, irá a trancas y barrancas en algunos proyectos, sin embargo, siempre tiene un caramelo que regalarnos. Atención a la niña Sarah Polley (Mi vida sin mí), espléndidos efectos visuales, genial dirección artística. Pleasantville (1998), de Gary Ross. Ha sido todo un descubrimiento Gary Ross, que hasta el momento sólo ha firmado, junto con Pleasantville, Seabiscuit (2003). Me interesa su primer film por lo que tiene de subtexto y de estilo, y, tras decir esto, los ávidos lectores se harán con un tirachinas y me acribillarán. Vale, el subtexto nos lo sirven bien cocido, está claro, tanto que puede llegar a molestar: ningún espectador quiere que le hagan sentir como un tonto. Sin embargo, no sólo me parece que sobrevuele en este film el subtexto obvio, sino que también está por ahí el evidente y, más allá, el velado… que es el más excitante, si cierras los ojos quizá lo sientas. |