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 Habría que alentar a los hombres para que intenten ser lo que siempre han querido ser. Eso es el sueño americano. Clint Eastwwod
Million dollar baby me ha parecido la película que me esperaba y esto es un caso atípico cuando existen expectativas de antemano. De hecho, no me ha defraudado, de hecho, me ha llegado a conmover. Clint Eastwood tuvo que luchar con la productora para que soltase algo más de pasta y ésta no podía por estar hasta el cuello con las dos últimas partes de Matrix, sin embargo, pese a no contar con lo suficiente –parece que en el mundo del cine siempre se cuenta con lo justo o con menos– dio una clase magistral de cinematografía clásica. Dicen que Clint es el último clásico, yo creo que simplemente no se complica la vida rodando y selecciona cada palabra y cada encuadre de la película para contar lo que quiere: eso es lo complicado: hacerlo sencillo. Dice: En mis films no me preocupo de cuestiones comerciales. Si se piensa en la reacción del público se deja de prestar atención a la dirección (Fotogramas, marzo, 2005:108). Esta cita me rompe un poco los esquemas, mejor dicho, los esquemas que me están inculcando algunos y que no siempre hay que seguir a pie juntillas. Cierto es que hay que tener un ojo puesto en ese público, sino se harían películas personales para ver cada uno su obrita en casa con la familia, pero estas palabras de Clint –es la segunda vez que le llamo por el nombre de pila, permítaseme esa economía verbal de su apellido– me desconciertan y me llevan a preguntarme si en realidad hace lo que dice, pues si lo hiciese ¿no estaría más cerca del vanguardismo que del clasicismo en teoría? Quizá en esa declaración esté la verdad de lo ha llegado a considerarse clásico pasando por ser muy bueno y, antes, bueno a secas. Un artista, un buen artista, no es necesario que piense en el público, no debería hacerlo, perdería su esencia, estaría condicionado… y las condiciones en arte sobran. Clint rompe con este viejo y falso tópico de la mirada del artista al público: ¡si es innecesaria! En cambio, Martin Scorsese declara: ¿Por qué hacemos películas, por el Óscar? No, las hacemos para que la gente las vea. Bien, muy bien Martín –permítaseme el acento latino–, ¿y antes de eso?: para que nos gusten a nosotros mismos, supongo. Malas calles (1973), Taxi Driver (1976) y Toro Salvaje (1980) no creo que hayan sido fruto de lo que el público pide. ¡Si no lo creas no se puede pedir! Hace unas semanas entré en una farmacia, el señor licenciado me dijo qué bonita era mi tierra gallega y me preguntó de qué zona era, luego se interesó por si era el mismo sitio donde se había rodado esa peli del parapléjico, le dije que sí, más o menos por allí. Le pregunté si había visto la película y me contestó que no y que ni pensaba verla: yo voy al cine a pasar un buen rato y no a pensar, pero es que a esta película le dan demasiada propaganda y hasta me la encuentro en el estómago sin pasar por la sopa. El señor licenciado no va al cine a pensar, el señor licenciado es licenciado y tiene una edad considerable, parece que al señor licenciado le interesa el mundo de la medicina, le gusta Galicia y el Cine, … Amenábar pensó tanto en el público que se olvidó de su película, pero bueno, ¡tiene un Óscar! Será por algo... ¡Ave María Purísima! En fin, continúo.
La voz en off de Morgan Freeman funciona como hacía tiempo no funcionaba otra, y es que este recurso tan contrario a los cineastas debe serlo por su complejidad escondida; si no se usa correctamente, da el cante y no la narración. A mí, personalmente, sí me gusta: pero es que tengo buenos recuerdos en Amadeus, The Citizen Kane, y… no hago trabajar más a mi memoria porque después no duermo –bueno, ya son las cuatro de la madrugada y tampoco duermo-.
¿Cuál es el clímax de este film? ¿Cuándo ella se queda parapléjica o cuándo ella decide morir? Creo que cuando ella decide morir y sí es algo inherente a la historia, no como se ha dicho por ahí: a ver, ella es boxeadora, su vida no le entusiasma, logra lo único que quiere, mejor dicho, logra la oportunidad de conseguirlo y ya no desea más tal y como se lo entrega la vida.
Debe de ser un momento muy intenso cuando ella toma esa decisión, pues a un compañero de sala, a un tío que veía la película, después de lo que pareció el eructo más largo de la historia de las salas de cine, le dio un ataque de epilepsia, se tuvo que gritar ¡luces!, avisar a la ambulancia, esperar media hora con el cuerpo en el suelo y ver cómo se lo llevaban mientras decía sus primeras palabras en treinta minutos: ¡lo siento! No, mi niño, lo sentimos nosotros, pensé, y la gente comenzó a aplaudirle. Me pareció que el rapaz de unos veinticinco años había ido solo al cine, como yo, pues nadie le acompañaba al lado de la camilla y fue otro chico de otra fila el que se ocupó de él. Desde lo lejos no pude más que desearle suerte en voz baja y aconsejarle que no deje de ir al cine, solo o acompañado. En un cine nunca se está solo. Autor: inma
Vi hace unos días Mar adentro y, la verdad es que no me ha defraudado, sabía ya de antes que no me iba a gustar. Tanta publicidad hace que la gente se cree expectativas. Un beset. Fecha: 30/03/2005 14:27.
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