DisparodeNieve |
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No terminé con ese atronador bip del despertador, aunque conseguí palmearlo lo más lejos posible de la mesilla de noche. Al poco tiempo mi padre abrió la puerta de la habitación y me dijo con voz grave que ya eran horas y que un señor estaba esperando a la puerta desde hacía varios minutos. No entiendo cómo nace este reconcomio ansioso, se trata de algo que no le sucede a todo el mundo, mi hermano mandaría a hacer puñetas a todos y se tomaría su tiempo; yo no. Había sido yo mismo quien sugirió que las cinco de la madrugada era una hora happy para despertarse y no perder el vuelo, dije las cinco para poder tomármelo con calma, ducharme, desayunar, darle un beso a mi padre, otro a mi hermana y poder cerrar la puerta de fuera a sabiendas de dejar todo en su lugar. Sin embargo, el señor llegó a menos cuarto, mi padre me despertó a menos diez, casi no me ducho y no desayuné. Saber que alguien está esperando por mí, y más si se trata de un viejo nervioso que no debiera conducir a esas horas, ni a otras, me pone peor. No soy de esa clase de gente que puede sacar la cabeza por la ventana de su morada y gritar: apague el coche y espere. Todo lo tuve que hacer al vuelo, como siempre, con la sensación de dejarme mil cosas atrás. Antes de abrir la puerta tuve que tomarme dos o tres tranquilizantes, ya no sé si en esa época eran tranxiliuns o dorkens, ahora sí sé que se trata de orfidales, pero mañana ya serán otros que me harán tanto efecto como los otros: ninguno. Giré la llave, abrí, salí a la lluvia y volví a cerrar la puerta y a girar esa llave que veo ahora sobre mi carpeta, a miles de kilómetros de su cerradura. Fumo hierba en blanco y negro, ¿y qué? |