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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2005.
Las tres y siete de la madrugada, en esta noche veo sombras en color; recuerdo aquellas mañanas de playa, calurosas, toallas para no mojar los asientos del renault dieciocho, arena fina entre los dedos de mis pies, hierba y mar, roca y arena; ojalá existiese mi nave del tiempo para volver a buscarte; desde aquí veo, no veo demasiado, padezco de vaciedad memorística, rincones de mi pasado que se encuentran bajo llave o se han borrado o ya no sé si existieron, no veo; sin embargo, veo que no veo y me entristezco, consciente-inconsciente. --Hace tres días me topé en el metro con una señora que se limitaba a subir y bajar los peldaños de una escalera constantemente. Sin duda, algo más que curioso. Si estaba ante una enferma o ante una amante de los entrenamientos de Rocky Balboa sólo ella lo sabrá, o eso espero creer. La cuestión es que entre este sube y baja de cinco escalones me acerqué con ánimo de detenerla, quitarle el piloto automático y que me mirase a la cara, yo deseaba ver en su mirada si era una majara o qué demonios era, porque en mi cabeza no parecía hallarse la respuesta. Cortésmente, le dije: «Buena señora, ¿le apetecería algún día ver su foto en uno de los anuncios del metro?», ella contestó: «lo que me haría feliz sería encontrar a mi niño, hace un rato que se me escapó, aquí mismo, no sé a donde ha ido. Su nombre es Ricard. Es alérgico a los ácaros y le entusiasman los árboles pequeños, esos tan caros, ¿sabe?». Me senté cerca de allí, faltaban cuatro minutos y veintitrés segundos para que el metro llegase. Tras haber hablado conmigo, la señora se sacó un pañuelo de la manga, secó el sudor que le escurría por la cara y continuó su marcha. La señora no aparentaba estar loca, sino más bien un poco… mayor. «¿Le importaría tomarse una merienda conmigo?», se dijo a sí misma o al cuarto escalón, «no, no, sin cebolla, que ya se la tengo prohibida a mi tripita, ¿sabe?». Vestía una falda de media pierna, en el último escalón observé cómo había varices rojas y azules donde a mucha gente le sobresalen los gemelos. La señora hizo una reverencia cuando descendía, a la altura del segundo peldaño, sonrió y dijo: «¡Buenos días! Los toros son negros, a veces, ¡eh!, que los vi blancos, marrones y con pintas, ¿o tu qué te crees?». No terminé con ese atronador bip del despertador, aunque conseguí palmearlo lo más lejos posible de la mesilla de noche. Al poco tiempo mi padre abrió la puerta de la habitación y me dijo con voz grave que ya eran horas y que un señor estaba esperando a la puerta desde hacía varios minutos. No entiendo cómo nace este reconcomio ansioso, se trata de algo que no le sucede a todo el mundo, mi hermano mandaría a hacer puñetas a todos y se tomaría su tiempo; yo no. Había sido yo mismo quien sugirió que las cinco de la madrugada era una hora happy para despertarse y no perder el vuelo, dije las cinco para poder tomármelo con calma, ducharme, desayunar, darle un beso a mi padre, otro a mi hermana y poder cerrar la puerta de fuera a sabiendas de dejar todo en su lugar. Sin embargo, el señor llegó a menos cuarto, mi padre me despertó a menos diez, casi no me ducho y no desayuné. Saber que alguien está esperando por mí, y más si se trata de un viejo nervioso que no debiera conducir a esas horas, ni a otras, me pone peor. No soy de esa clase de gente que puede sacar la cabeza por la ventana de su morada y gritar: apague el coche y espere. Todo lo tuve que hacer al vuelo, como siempre, con la sensación de dejarme mil cosas atrás. Antes de abrir la puerta tuve que tomarme dos o tres tranquilizantes, ya no sé si en esa época eran tranxiliuns o dorkens, ahora sí sé que se trata de orfidales, pero mañana ya serán otros que me harán tanto efecto como los otros: ninguno. Giré la llave, abrí, salí a la lluvia y volví a cerrar la puerta y a girar esa llave que veo ahora sobre mi carpeta, a miles de kilómetros de su cerradura. Fumo hierba en blanco y negro, ¿y qué? Frágil destaca, sobre todo, por su argumento, los actores, el espacio y el tono en que es narrado. Dicen las críticas que el final es de lo mejor porque está envenenado y es inesperable, yo apuesto más por la historia. Veneno, sí, es posible. A veces ya me empieza a resultar un poco dañino el no asistir ya a las pelis como un espectador más –tienen razón los que me lo dicen–. Ese final envenenado ya lo conocía desde que a Venus le presentan al personal de la mansión, por lo que a raíz de ese momento fui arguyendo un antídoto fuerte que no se trató más que de disfrutar de la historia. Hoy he visto Habana Blues (2005), de Benito Zambrano –Solas, 1999–, no me ha dejado mal sabor de boca, la verdad. Quizá porque creía que me iba a encontrar algo un poco más fangoso y fue algo casi estupendo, aunque con varios huecos vacíos difíciles de ser ocupados. Aunque la tarde del jueves fue, más que gris, negra, en el interior de la Sala Capitol el ambiente rebosaba color. Se apuraban los últimos preparativos audiovisuales de la fiesta cubana que llenaría de nuevos ritmos la noche compostelana. Kelvis Ochoa –pop cubano– y Nilo MC –hip-hop cubano– esperaban tranquilos ese momento. Todo esto lo puedo contar gracias a una simpleza que fue colarme en las pruebas de sonido, pero como lo importante es conocer a este tío y no otras pequeñeces, vamos directos al ajo. Nilo MC pertenece a la nueva generación de artistas cubanos que intenta mezclar sonidos de la música tradicional latinoamericana con las nuevas tecnologías, rociando esa amalgama con rimas veladas y llenas de sentimiento. Junto al grupo también cubano Orishas representa una nueva vía musical de calidad que nos libra por momentos de la mezquina roña que suena en nuestras ondas y en nuestros emepetreses. Lo que se pretendía era conocer un poco más sus gustos, saber de dónde procede su trabajo o, por lo menos, acercarnos tímidamente a la fase de creación de una canción hip-hop. Por su parte, accedió muy amablemente –casi podría decir que alegremente– a conversar un rato con grabadora de por medio y, a grandes rasgos, esto es un pequeño fragmento… Nilo Castillo- Tengo que hacer una confesión: tengo que leer más, de veras. ¿Qué cosas leo y me ayudan? Me gusta leer o sobre testimonios o análisis de la sociedad, este tipo de libros. No hay un autor en concreto. Quizá me llenaba Claude Lévi-Strauss y, hace años, Baudelaire, aunque ahora no me tocan mucho. Me interesan mucho las personas que escriben sobre la situación mundial o que escriben testimonios de su vida, por ejemplo, los agentes secretos de la seguridad de algún país. T- Podría decirse que el hip-hop es un género musical donde las letras adquieren una importancia inmensa, tal que a veces se sigue cantando sin música. ¿Alguna vez se te pasó por la cabeza que el hip-hop podría estar más cerca de la literatura que de la música? N- Sí. Bueno, hay una vertiente de todo esto que es hacer las rimas a capela, se llama spoken word, y que viene con mucha más carga poética. Eso depende del artista, hay quien es más callejero, otros más rebuscados, pero en definitiva creo que todo tiene su poética. T- ¿Con qué temas te sientes más a gusto: sociedad, amor, emigración, amistad, política, …? N- Un poco de todo eso, es un gran compendio. Intento buscar diferentes temas para mis letras para no convertirme en un monotemático, pues es muy fácil caer en eso. Pero bueno, voy buscando en mi experiencia por el mundo, como cuando digo que yo soy «cubano del mundo» y voy buscando mi experiencia en Ecuador, en Alemania, en España para poder escribir representando un espíritu latinoamericano, una manera de sentir de mi propia experiencia en Cuba donde viví. De viajes que han hecho amigos míos a Cuba y lo que han aprendido, de la situación contemporánea, que es un momento realmente jodido. T- ¿Sigues esa idea incipiente, quizá de los que empiezan a escribir, de que para hacerlo hay que estar realmente intranquilo? ¿En qué momento compones? N- Recomiendo que la gente no escriba cuando está intranquilo u otros sentimientos le asaltan a la mente o al espíritu. Si uno está llorando, ese es un momento para llorar, si uno está riendo, ese es un momento para reír, y si uno quiere escribir tiene que escribir, pensando en sus circunstancias, pero escribir tranquilamente. Ahí estás acertado. Mi momento es la madrugada, ese instante en el que no hay nadie a quien ver, no hay nadie a quien llamar y dices «aquí estoy sólo en la casa»; aunque estés acompañado, la otra persona está durmiendo, y yo, pues nada, me voy a escribir. T- En hip-hop, ¿suele venir antes la música o la letra? N- Mmm. Nunca se sabe. Digamos que primero puede ir la música, luego empiezo a escribir y luego puedo cambiar la música y viceversa. Lo que es más importante para mí es el coro, primero el coro, porque yo considero que el coro es fundamental en las piezas ya que es donde el público se siente parte de mí, de lo que estoy haciendo. Entonces lo primero es el coro y luego lo que quiero decir. Tengo muchas cosas que decir, busco un coro y si el coro está bien pero no me produce decir nada interesante pues lo elimino, hasta que consiga un coro que me permita hablar sobre cosas que me interesen. T- Tanto en tus letras como en las de tus paisanos Orishas se ve cómo no utilizais las malas palabras que están tan al uso en el hip-hop español y de otros lugares, ¿cuestión de educación, autocensura? N- No se trata exactamente de una educación, sino más bien una especie de represión que tenemos, ya que nos prohibimos decir palabras fuertes. No se puede decir en la televisión, no se puede decir en la familia, sin embargo, cuando estás en la calle con tu familia ya estás diciendo más malas palabras que con cualquiera, somos unos malhablados impresionantes y cortantes, pero en la sociedad, de cara al público o a la televisión tenemos esa represión todavía que yo creo que poco a poco se puede ir trabajando porque las malas palabras tienen un poder y una fuerza… No significa que haya que empezar a decir todo con malas palabras, [risas] sino que hay muchas malas palabras que forman parte de tu realidad. Y yo me pregunto porqué tienes que censurártelas en una canción que estás haciendo. Es una especie de autocensura inconsciente, estás escribiendo, se acaba la canción y no has dicho ninguna mala palabra, sin embargo estás molesto por algo que estás escribiendo y no has llegado a decirlo. Y yo haciendo mi primer disco me di cuenta de que muchas cosas podían cambiar. Por ahí hay alguna palabrita que se me va, creo que ahora se me van a ir más. T- ¿Crees que si no las utilizas quizá elabores más las canciones, para decir las cosas por caminos diferentes? N- No, aquí se trata de ser real. Si yo soy así en la vida real y tengo algo interesante que decir, pues puedo hacer una canción lo más inteligente que pueda, según mis perspectivas, pero también lo más real que es. Y si estoy molesto y tengo que decir una mala palabra pues la digo, de eso se trata. T- ¿Qué te parecen estos músicos? Compay Segundo. N- Un maestro de la música del cual seguir sus pasos, esa entrega hasta la muerte. Y con noventa y pico de años y todavía dando guerra. Ojalá pudiera hacer igual [En aquel momento Compay todavía estaba vivo]. T- Silvio Rodríguez. N- Un tipo que creativamente ha sido muy prolífico y, digamos, muy profundo e intelectual durante largo tiempo. Que formó parte de mi vida. N- Un gran compositor cubano N- El que realizan Spike Lee, los Hermanos Coen… Vi hace poco una película de Alejandro González Iñárritu que me encantó: Amores Perros. N- Ah, antes no dije que los Orishas se están censurando ni reprimiendo, quiero decir que nosotros como cubanos, sin darnos cuenta, intentamos que cuando se trata de hacer una obra o un musical o vas a hablar en público esas cosas no estén. Pero vas a ver el cine cubano y ahí está toda la realidad, los problemas, las malas palabras son dichas, quizá sólo sea permisible escucharlas en el cine, porque es un pedazo de realidad que estás viendo en el cine cubano, ¿por qué la música no puede tenerlo? T- ¿No queréis o no podéis? N- No lo tiene porque creemos que la música no debe tener esas malas palabras, inconscientemente no están, porque sabemos que nos van a censurar esa canción, porque nos van a mirar mal. Sin embargo, nosotros mismos cuando escuchamos a otro cubano que lo ha hecho, por ejemplo: Melo Manei, nos quedamos como asombrados, ¡guay!, si la canción está bien y nos gusta, pues eso no le importa a la juventud, pero como lo escuche la abuela se acaba la fiesta. Hay muchos prejuicios con las malas palabras [risas]. (…) Se dice que si nadie sabe que te ha ocurrido algo es como si nunca hubiese ocurrido, por eso hoy, transcurrido un tiempo, voy a contarlo. Allá por el mes de agosto o septiembre de 2004, me acerqué hasta Vigo para presenciar un concierto del magnífico Silvio Rodríguez. Siendo sincero, soy un seguidor acérrimo de este poeta cubano, de su unicornio, de su rabo de nube, de su quién fuera, de su playa Girón, en fin, de su disparo de Nievi que se me antoja nieve. Quizá se lo puedan imaginar, pero lo dudo, no creo que se hagan a la idea de lo que significó, significa, este artista en mi vida. Cuando un poeta está muerto, cuando se hace mito, sus seguidores lo suben a un altar, se imaginan conversaciones con él, conversaciones que nunca tendrán lugar. Se les hace la boca agua soñándose a su lado. Y es que se trata de los autores del Werther, del Quijote, de la Divina Comedia, de … Ojalá. Silvio no está muerto, nunca morirá. Había llegado con tiempo sobrado a los aledaños del estadio donde iba a actuar. Me senté por allí, paseé un poco mientras pensaba, pensaba y tomaba un refresco, veía a la ciudad de Vigo maravillosa, me volví a tirar en la acera. Un hombre pasó cerca de mí, me fijé, su cara me sonaba… era Silvio Rodríguez. Me levanté, estábamos solos -sus guardaespaldas-, le hablé, nos saludamos, nos dimos la mano, le comenté un par de cosas que siempre las recordaré como muy escasas y le pedí un favor que cumplió en el acto. Esa noche, mientras sonaba Ojalá, habíamos formado un triángulo Silvio y yo con nuestro Fantasma. Uno de los fantasmas que vuelven de vez en cuando al repensar en esta película son sus imágenes, o las imágenes que creía haber visto. Lucía y el sexo, de Julio Médem (2001), con sus imágenes quemadas y esos paraísos artificiales creados por su director de fotografía, Kiko de la Rica, me creó en la misma butaca un retroceso en el tiempo hasta Martín (Hache), pensé que allí se encontraba el gérmen de esas imágenes. Hoy puedo decir que ya no estoy tan seguro, bueno, de lo que estoy seguro es de que ayer Adolfo Aristarain -Lugares Comunes, 2002- me entregó una nueva versión gracias a mi experiencia cinematográfica ganada día tras día. Ya no era una obra de imágenes, sino que me encontré con una película de diálogo, de guión trabajado, de interpretaciones extraordinarias. Me sentí tranquilo al sentir que, aunque me robasen ese recuerdo visual, me regalaron uno más interiorizado -pese a que hay imágenes que se podrían llevar muy adentro-. Los actores: Federico Luppi, Eusebio Poncela, Cecilia Roth y Juan Diego Botto, eran otros..., tenían palabras. De hecho, Adolfo Aristarain dijo: "mira si será fuerte la película, que cuando terminábamos de rodar me iba al hotel con un nudo en la garganta. Pese a que había escrito el guión y lo había retocado veinte veces, me pasaba por lo menos cuatro calles sin hablar." Voy a traer a colación varios diálogos o frases que me parecieron interesantes, aunque advierto que existen muchas, muchas más sorpresas en el film. Alicia: No dice nada del dolor. No dice que hay cosas que duelen tanto que es mejor morirse (sobre un texto que Martín le entrega a su hijo). Alicia: Absurdo para vos que sois un ser superior que no necesita a nadie. Hay mucha gente que se mata por amor... o por falta de amor. No son casos inferiores que se dejan dominar por lo que sienten. Dante: No es por una mujer. Hay otros motivos. Hache se siente perdido, no encaja en ningún lado. Su madre lo rechaza y tú también. Por si fuera poco no sabe qué hacer, se aburre, se siente abandonado, está espantosamente solo, ¡coño! Le falta el instinto de vida, el impulso vital. Hay que hacer lo que sea para que lo recupere. |