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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2005.
No es ésta la primera vez que asoma en esta cámara un jovencito alumno de la Escuela de Cine que tuvo el desparpajo de decir en público que la historia del buen cine no había comenzado hasta que llegó Tiburón, de Steven Spielberg, y que lo filmado anteriormente habían sido simples apuntes y ensayos encaminados a esa cima máxima de la cinematografía. Se trataba, evidentemente, de un perfecto mequetrefe que, sin embargo, no parece estar solo. Otros como él, futuros cineastas, están en parecida onda. ¡Socorro! En el pasado Festival de San Sebastián se presentó la copia restaurada de Los olvidados, esa obra maestra de Buñuel considerada por la Unesco patrimonio de la humanidad. Cuando el presentador del acto preguntó a los asistentes si alguno conocía ya la película, fueron muy escasas las manos que se alzaron. Y se estaba hablando de Buñuel. Algo parecido a lo que cuenta el mexicano Jordi Soler en su libro Los rojos de ultramar cuando en la Universidad Complutense de Madrid descubrió que los alumnos no habían oído jamás sobre el exilio republicano tras la Guerra Civil. Bueno, malo o regular, el cine existe desde antes de Spielberg y afortunadamente hay gente empeñada en que no se olvide. Esta semana, en la Filmoteca de Cataluña, se ha rendido un homenaje a Antonio Isasi Isasmendi, el productor y director que en los años sesenta se lio la manta a la cabeza y se embarcó en ambiciosos proyectos "de corte internacional", desviándose de los caminos trillados del cine español. Surgieron así La máscara de Scaramouche, Estambul 65, Las Vegas 500 millones y otras varias que se añadían a previas notables películas suyas, de acción, cine negro, o hasta de corte político como Tierra de todos (1962), "primera ocasión en que nuestro cine reconoció de forma explícita la condición humana de los vencidos en la guerra", como escribió José Luis Borau. En 1989, tras dirigir una adaptación de El aire de un crimen, de Juan Benet, Isasi decidió retirarse del cine, cansado de las dificultades y de las malas críticas, tal como él mismo ha contado en su combativo libro Memorias tras la cámara. Otra recuperación para la memoria del cine español es Pedro Masó, a quien, como se sabe, la Academia entregará el Goya de honor en su próxima ceremonia. Otro talante cinematográfico el de Masó, espabilado y voluntarioso productor y director que durante varios años supo hacer en casi todo momento la película que el público quería ver, pero que coincide con Isasi en la amargura de no sentirse comprendido o valorado. Masó va aún más lejos cuando asegura que actualmente sólo hay seis buenos directores en el cine español, una intrépida declaración que se emparenta en sentido contrario con la del estudiantillo citado al principio. Ha habido un tercer reconocimiento, el que la Academia ha hecho recientemente al valiente Basilio Martín Patino, un cineasta singular. Hay cine para recordar, analizar y hasta para disfrutar, materia en la que actualmente se comprometen festivales, filmotecas, academias y asociaciones. Hay aún mucho que aprender, crea lo que crea el estudiante. Habrá que ver lo que él filme. O no. ----------------------------------------------------- Publicado en El País el 25 de noviembre, por Diego Galán. La belleza de una mujer es un tesoro que no tiene precio. Balzac. La literatura y sus derivados: segunda fuerza motriz del mundo. Xiao cai feng (Balzac et la petite tailleuse chinoise - Balzac y la joven costurera china, 2002, China-Francia), de Sijie Dai. Groundhog Day (Atrapado en el tiempo. El día de la marmota, 1993), de Harold Ramis, una de las películas más divertidas que he visto últimamente. Ojo a la frase de Phil Connors (Bill Murray) dentro de cierto contexto: I’ll have a cheeseburger, hold the onions, and a large Sprite. Nubes de verano (2004), escrita por Manuel Hidalgo y dirigida por Felipe Vega, es un claro ejemplo de que un buen guión puede suplir magníficamente la falta de presupuesto. La historia permite al espectador no sólo meterse en la piel de los personaje, sino ser ellos mismos. A modo de pista: trata de cómo una pareja se hace más fuerte ante el mayor obstáculo que encuentran en nueve años de relación. Natalia Millán (Ana) está espléndida, David Selvas (Robert) supone todo un descubrimiento… Fotografía de Alfonso Parra que, en cierto modo, me recuerda al verano que Darius Khondji nos pintó en Stealing Beauty (1996), de Bernardo Bertolucci. En ocasiones uno puede caer en el error de mitificar algo demasiado, llegar a pensar que no hay nada que lo supere, es decir, estar totalmente loco por cualquier cosa... American Graffiti (1973), de George Lucas, es una más entre las grandes decepciones de mi vida. Parece que suena a trascendental, pero es que llevaba muchos años deseando ver esta película y ... fastidia econtrarse con esta broma. Se dice que Lucas sólo realizó esta película para conseguir financiación para su locura intergaláctica -que no decepciona-, pero pienso que es una salida demasiado sencilla, una excusa que no arregla nada. De hecho, es todo un hombre de negocios, pues todas las salas del mundo que quieran mostrar determinadas películas, todas las producciones de Hollywood, tienen que tener el logotipo THX y, por lo tanto, pagarle una buena cantidad a Lucas. Por otra parte, en American Graffiti Lucas consiguió conjuntar una de las mejores bandas sonoras de la historia, crear en el sentido de realizar esa miscelánea que hace soñar... con una época, pero no con una historia tan aburrida, con personajes extremadamente planos, sin hilo conductor, con interpreaciones ridículas, ... Dicen que un clavo saca otro... eso no es aplicable... por lo menos al cine -yo tampoco intenté nunca quitar un clavo con otro, ¿para qué está la parte de atrás de un martillo?-. Digo que no es aplicable al cine porque después de ver American Graffiti y encontrarme ahora con Broken Flowers (2005), de Jim Jarmusch, no hay nada que le quite a Lucas su fiasco ni a mí aquella decepción, sin embargo, me distraigo de otro modo. Continuando su inconfundible senda de cine de autor, al estilo Lynch, Jarmusch nos suelta al vuelo un trabajo espectacular y nos dice: ¡para que aprendáis! Las primeras palabras de mi colega suizo tras el último plano de la peli no fueron otras que: ¡Qué hijo de ... el Jim Jarmusch! Y es que, entre toda la dificultad que tiene el narrar historias cinematográficamente, conseguir un final abierto y cerrado a la vez es prácticamente imposible. Yo me quedé con una mano en la cabeza intentando asimilar todo, la chica de las palomitas nos echó de la sala. Eso sí, tras escuchar la obra de arte que nos dejan The Greenhornes & Holly Golightly durante los títulos de crédito: There is an end. Bill Murray. Puedo arriesgarme a confirmar que esta es una de las mejores interpretaciones de mi querido cazafantasmas. Continúa en su estela de Lost in translation (2003), Sophia Coppolla, donde, entre muchas cosas, controla los momentos de silencio, habla con la mirada o se comunica simplemente sin palabras ni movimientos, cosa que está al alcance de muy pocos. Con un reparto bastante interesante, que no recordaré aquí, y con un guión bien trabajado se le puede entregar el universo en bandeja al espectador y después tirárselo a la cara. Como decía el otro con su particular acento italiano: ¡Qué hijo de puta el Jim Jarmusch! Goodfellas (1990), Martin Scorsese. Con Robert de Niro, Ray Liotta, Joe Pesci, Lorraine Braco y Paul Sorvino: geniales. Una de las mejores películas que he visto en mi vida. Me limitaré a recomendar una película. True Romance (1993), de Tony Scott, escrita por Quentin Tarantino e interpretada por Christian Slater, Patricia Arquette, Dennis Hopper, Val Kilmer, Bronson Pinchot, Gary Oldman, Brad Pitt, Christopher Walken, Samuel L. Jackson, etc. Sello indiscutible de Tarantino, con un reparto poco habitual. Hoy recomiendo una de las películas más graciosas que jamás haya visto: To be or not to be (1942) de Ernst Lubitsch. Rodada y contextualizada en la Segunda Guerra Mundial. La comedia de Lubitsch se basa, sobre todo, en el equívoco de la mano de excelentes diálogos. Su principal alumno, Billy Wilder, dijo el día de su funeral, con su peculiar modo de afrontar la vida: Nos hemos quedado sin Lubitsch. Peor aún, nos hemos quedado sin las películas de Lubitsch. Esta semana he visto varios cortos que me han motivado bastante, pues parece que comienzo a comprobar que una persona puede quedar tan satisfecha o más con un largo, como con un corto, un simple plano o una imágen estática..., con una novela, una novella, un drama, un relato corto, un poema, una estrofa, un verso o una simple frase... El columpio (1992), de Ángel Fernández Armero. En el que aparecen Ariadna Gil y Coque Malla. Ganador de una veintena de premios nacionales e internacionales, entre ellos el GOYA 1993 al mejor cortometraje. Una historia de atracción inconfesa en cualquier estación de metro a altas horas de la madrugada. Aspectos a tener en cuenta: las voces en off, la puesta en escena y los juegos sutiles de cámara, pero, sobre todo, el guión. Las cabras de Freud (1999), de Kike Maíllo. Viendo este corto quedé francamente sorprendido, porque se parece mucho al cine que me gustaría realizar... El director, profesor mío, controla bastante bien el tempo narrativo, hace que un personaje funcione incluso hablando directamente a cámara, crea una ambientación interesante para la historia, etc. Aquí aparece Tristán Ulloa (Lucía y el sexo, El lápiz del carpintero), personalmente creo que es uno de los mejores actores españoles, quizá no tanto por su trabajo ante la cámara, sino porque tiene un modo de hablar, un tono de voz y unos gestos tan suaves que lo hacen diferente. Tengo los pies frios y quizá sea ese un resumen de cómo me encuentro actualmente. Ayer un colega me abroncó entre risas por ciertas consideraciones que realicé acerca de 2001: A Space Odyssey (1968), de Stanley Kubrick, pero todo se solucionó tras comentarlo a través de varios locales de la noche barcelonesa. Sin duda, no se puede mezclar la crítica con el gusto personal, eso es cierto, lo que él no llegaba a aceptar era que una opinión no fuese totalmente objetiva... y nunca puede serlo, nunca. Hoy no voy a estar en mis plenas facultades para elaborar una crítica constructiva de My fair lady (1964), de George Cukor, y no la podré hacer por culpa de Audrey Hepburn (Eliza Doolittle): me ha enamorado. Primero con su graciosa forma de comportase: descarada e impulsiva, luego con su maravillosa voz y, por último, me ha roto con su encantadora sonrisa y una mirada de ensueño. Y, aún así, me arriesgaré a comentar un par de cosas, a riesgo de la ceguera. My fair lady ha colmado mis expectativas, todo un musical entre los clásicos, con una escenografía, una puesta en escena, un vestuario, ..., todo, perfecto. Lo siento, tengo que dejarlo: continuo cegado (dicen que en tres años esto se va, continuaré entonces). Visito por primera vez la Filmoteca de Cataluña para ver el film El aire de un crimen (1988), de Antonio Isasi-Isasmendi. Hoy en día tiene mucho sentido que el espectador se haga la pregunta ¿por qué? tras ver una película española, ya que el mayor porcentaje de estrenos no aportan nada nuevo. El aire de un crimen, allá por los años ochenta, está magníficamente rodada, tiene unas interpretaciones notables -exceptuando una novel Maribel Berdú- y, entre otras muchas cosas, destaca la narrativa con un flasback y un forward perfectos. La noche del lunes sirvió para conocer mejor Barcelona y sus locales más bohemios, sin embargo, fue la causa de que al día siguiente hiciera una vida, si se me permite, marmótica. Vimos tres pelis, gradualmente de peor a mayor calidad, casi como una borrachera: empezamos con gaseosa, pero terminamos con whisky. Comenzamos la serie con El juego de la verdad (2004), de Álvaro Fernández Armero, con Tristán Ulloa, Natalia Verbeke, María Esteve y Óscar Jaenada. Sinceramente, de esta película no puedo salvar nada, quizá ciertos momentos de Tristán Ulloa, pero ni eso. No sé por qué han gastado el dinero y el tiempo. Una gran vergüenza que el estado financie este tipo de cosas..., pero un día habrá que hablar sobre los guiones seleccionados para ser rodados, porque trae tela el temilla. Sólo apuntaré una cosa: miles de guiones se echan a la basura y sólo se elige uno, se trata de una criba en toda regla, pero no nos confundamos: ese guión es el mejor. Si luego el público sale de los cines de mal humor, que tenga claro que se hacen ese tipo de películas porque no hay otra cosa. Muy triste, pero cierto. The piano (1993), Jane Campion. En fin, me esperaba más de una obra tan premiada como esta. Holly Hunter y Anna Paquin tienen sus momentos para lucirse, aunque quizá la trama cojea un poco en cuanto a guión: no existe suficiente subtrama y, por lo tanto, que una mujer viva sólo para su piano y se enamore de alguien por quien antes sentía repugnancia no llega para formar un guión de peso. Por supuesto que aparece más subtrama, pero prácticamente sin importancia -podría aparecer otra cualquiera-. La banda sonora resultaría interesante si no se repitiera una y otra vez el mismo tema. Lo mejor de la película: la fotografía, de Stuart Dryburgh. Por último, una obra maestra: Mean Streets (1973), de Martin Scorsese. Un lujo de reparto, un lujo de historia, un lujo de narrativa, un lujo de tempo, un lujo de montaje, un lujo de fotografía... Quizá, y lo digo sin miraros a los ojos, haya algún movimiento de cámara extraño y que no funciona, pero la tengo que ver otra vez. Recomendada. Una de las películas más divertidas que he visto últimamente: Coffee and cigarettes (2003), de Jim Jarmusch. Después de haber visto el corto que interpreta Roberto Benigni tropecientasmil veces, aun me hace más gracia. Me encanta cómo habla en inglés, pero, sobre todo, su interés por hacerlo como a él le da la gana: Yeah..., Yesss..., Good... En la fotografía se han dado cita cuatro vanguardistas de gran prestigio: Frederick Helmes (Cabeza borradora, Hulk, La tormenta de hielo); Robby Müller (Rompiendo las olas, Bailar en la oscuridad, Paris-Texas, Buenavista Social Club, 24 hour party people); Ellen Kuras (Olvídate de mí, Blow) y Tom de Cillo (Johnny Suede, Box of moonlight, Living in oblivion). El 11 de abril de 1997, entrada del Playa Club de Coruña (LA), esperando a que el pijerío reinante de la ciudad dejase libre la sala para que diera comienzo el concierto de Los Deltonos, el conciertazo de Los Deltonos. Recomendadísimos: Ego Trip, Tres hombres enfermos, Bien, Mejor y Ríen, Mejor. Texas publicó en 1993 Ricks Road, personalmente creo que su mejor trabajo con diferencia, me conmueve de principio a fin. Es una pena que todo cambie. La cinematografía: ¿resultado de un compendio de artes?, la genialidad estriba en realizar no sólo una buena elección de los componentes que formarán una película, sino también, y sobre todo, en que sea posible ligarlos y que el resultado final sea armonioso. Transcurridas unas seis horas desde el término de la película, todavía le sigo dando vueltas a si tras este proyecto está verdaderamente Woody Allen: me cuesta creerlo. Me cuesta más por los errores que por el cambio de tono en su discurso narrativo (todos cambiamos, o eso se dice, aunque no lo note ni Dios... ni yo). De todos modos, he salido gratificado del cine, pocas películas me plantean tantas preguntas como esta. Realizando una hipotética disección de Match Point (2005) no tiraría ninguno de sus componentes por una cloaca ni por otro lugar, los guardaría todos y cada uno, pero en secciones diferentes sin contacto entre ellos: se contaminarían, como ya lo han hecho. La primera de las cuestiones que me planteo acerca de Match Point es si toda esta compilación funciona aquí. Por ejemplo, la elección de un género musical tan exquisito como la ópera para la banda sonora resulta totalmente inadecuado. Que la historia esté centrada en la vida de una familia británica de clase alta que adora la cultura y de un jugador de tenis retirado pero amante de la ópera no obliga a que este género tenga que ser la banda sonora, parece más una excusa que otra cosa. Y es que creo recordar que, salvo cuando presencian una ópera, no hay ningún momento en el que los planos vayan acordes con la música. Se hace extrañísimo escuchar una ópera como música no diegética cuando las imágenes nos muestran a unos personajes del siglo XXI tomando taxis, escribiendo en ordenadores de última generación, etc. Por esto digo que la ópera sólo funciona cinematográficamente en esta película cuando se muestra diegéticamente, lo demás es un craso error. Y no es que la ópera esté pasada de moda, muchos dirían que sí (y tendrían también razón, pues la moda se entiende de dos formas diferentes), simplemente no funciona, el espectador no se lo cree (si lo hace es porque está babeando con Scarlett Johansson). Ahora mismo no recuerdo muchas películas en donde haya funcionado bien este género, puesto que es complicado (viene siendo algo así como la voz en off, esa técnica tan poco conseguida la mayoría de las veces). Amadeus (1984), de Milos Forman, lo borda en la voz en off y en el estilo de música, sin embargo este caso -el de la música- era más sencillo, no sólo por el contexto, sino también por el tema. En Philadelphia (1993), de Jonathan Demme, hay una secuencia impresionante en la que Tom Hanks escucha ópera, pero ojo, para que funcione correctamente en una obra ambientada en la actualidad ha de ser diegética y, si queremos crear una tremenda imagen pulsión, acompañarla con una fotografía que se exprese por sí sola y enmarcarla en un preciso momento dentro de la historia: esto se hace muy bien en Philadelphia. Y es que, repito, en Match Point no funciona: está mal pinchada, entra sin grados, ¿esto lo hizo el que tiene como hobbie la música?. Personalmente, eché de menos el sonido de algún violín en el momento en que se comete el crimen. Las abejas se posan en diferentes flores y recogen lo mejor de cada una de ellas, el hombre renacentista también poseía una capacidad parecida: se acercaba a los clásicos grecolatinos y escogía también lo mejor de cada uno para llevar a cabo la fabulosa imitatio. Allen ya ha hecho historia en el mundo del cine, no hay que negarlo, sería una estupidez; sin embargo, no es Dios, como muchos piensan. La mayoría de las obras dramáticas de Willian Shakespeare son una suculenta bazofia acompañada de su apellido y de su obra poética no quiero ni hablar, de todos modos, entre esa bazofia sobresalen algunas de las mejores obras de la historia y hay que aplaudirlo. Un genio puede y diría que hasta debe cometer errores. Creo que Allen se ha dejado llevar demasiado por sus gustos sin encontrarles conexión. En una de las primeras imágenes se muestra a Chris leyendo Crimen y Castigo (1866), de Fedor Dostoievski, ¿realmente aporta algo a la historia? Esta es una pregunta que dejo en el aire y que me gustaría que alguien me respondiese..., si ha leído al ruso. Yo no me atrevo a comentar aquí lo que pienso porque algún fan de Allen me enviaría ántrax... como mínimo. (Recomiendo no sólo Crimen y Castigo, sino también Humillados y Ofendidos -obra que por mucho que recomiende no la lee ni Cristo, gracias, esto me hacía notar que mi criterio rozaba la bajeza..., aunque a veces creo que es a la inversa-). Reparto: Scarlett Johansson, una chica tan estática e inexpresiva que..., dices: es rubia y guapa... Allen ya había utilizado bellezones en sus películas, pero se interrelacionaba una buena interpretación con la belleza. Los demás actores están correctos, pero nada más, tampoco es que se les haya dado papeles de gran lucimiento. Bueno, lo que me hizo llorar definitivamente fue un movimiento de cámara en el que se ve la calle nevada y luego, en panorámica, al personaje sobre la cama...hasta ahí bien, pero después vuelve al lugar del comienzo del plano sin corte y, lo que es peor, sin contar nada nuevo. Si eso lo hace un estudiante de primero se le echa la bronca y ya está, si lo hace Allen... quizá tengamos que cerrar el pico. No. Vaya mierda de toma, ¿no había otra mejor? Del tema y del guión no puedo decir nada en contra, pues me resultó brillante. A mí me toca mucho esto de las diferencias entre clases, el querer aparentar, el venderse al mejor postor, ... Quizá noté un poco de superficialidad, aunque quizá esté buscada por Allen, los personajes son igual de planos que sus miles de proyecciones en la realidad. ¿El mejor momento -el más comentado a la salida-? Una nueva manera de hacer el amor en cine: lloviendo sobre un campo de trigo. Cuando una pelota tropieza en la red y cae en tu campo pierdes el punto y puede que el partido. ¿Para qué ese giro final en la historia? Me parece una forma soez de engañar al espectador, ya que ni se trata de algo que no te puedas esperar ni es una brillante idea, simplemente sobra. Pero, bueno, la crítica se deshace en elogios... (¡¡la obra maestra de Allen!!), tendrá razón, ¿no? ¿Debo suponerlo? Dicen lo mismo de lo nuevo, y posiblemente último, de Ingmar Bergman..., pero claro, hasta que se mueran todo será maravilloso, como los partidos del siglo al que la España deportiva está acostumbrada. David, un colega, me preguntó de qué iba la historia y cómo es que la Johansson no aparecía en las últimas secuencias: se quedó dormido en la butaca de al lado desde muy pronto... Quizá Allen sea el director estadounidense más europeo, sin embargo, aquí necesita un mapa. |