DisparodeNieve |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2005.
Esta noche echo mano de una estimable toma de Clorazepato diapotásico (D.C.I.), formada por GABOB (150 mg) y Piridoxina (75 mg), y que se conoce por el nombre de Dorken. Además, y es que esto me sienta como una aspirina para niños, tengo que disponer varios temas para que suenen de modo intravenoso durante el tiempo que esté consciente -ya no corto las canciones sin que terminen-. El efecto se presenta rápidamente, ya siento cómo me pesan los codos, los antebrazos se llenan de un calor extrangulador. Son las doce y veintidós de la noche, ya estamos en un nuevo viernes, y los fines de semana comienzan a darme miedo. La verdad es que le tengo miedo a todo, prácticamente a todo y a nada. Suele sofocarme más el calor estival que el mar caldoso en los infiernos del bikini, la arena y el so foco astral; quizá por ello tumbado sólo solo pienso dónde demonios refresca el chiringuito. Me acerco, mis pies se hunden en el asfalto atlántico, huyen del asalto playero de sexo visual y cohibido, llego a la puerta. A cuarenta grados veinte octogenarios boquiabiertos mirando al frente sobre mi frente, encima de la puerta, una voz de hombre implora: «quérote quente». ¡Hasta el televisor se calienta! Me enfrié: el personaje de Kung Fú quería té caliente, o sea, «quero té quente». Se non chove, sinto que morro, que de seguro é peor que morrer. Se chove, perdo a razón, fago cousas de antes, cousas que xa hai ben de tempo facía, cousas esquecidas que agora lembro, que me fan chorar e me fan rir e me fan chorar e tolear, en infinitivo. Porque, so se chove, aparecerá na súa zona vella. E chove, e corro a buscala, a ficar un intre ante ela, un intre sordo e quedo, mudo e quedo, no que desosixenado perdo a consciencia. Compartimos esta choiva, este orballo pousado nas pedras amosándome a súa realidade, a súa figura no soportal, nunha fiestra a súa cara, a miña pantasmiña no fondo do ceo. Se non chove, sinto que morro, que de seguro é peor que morrer. Por sorte, as bágoas, as pingueiras da alma, devólvenme agonía, esperanza, devólvenme fondos imprecisos e un sorriso infinito. Siento: Esta noche he visto The Princess Bride (La Princesa Prometida) y me he quedado sorpresivamente contento por lo que encontré. Siendo sincero, no tengo ni la más remota idea de lo que iba a suceder al otro lado de la pantalla, y, gracias a una amiga de la ciudad condal que me la recomendó, he dado de lleno con una historia genial. Se trata de una obra estadounidense filmada en 1987, aunque está llena de humor inglés. Ciertos aspectos me han recordado mucho a escenas de películas de los Monthy Phyton, lo cual se agradece cuando te están hablando de un tema tan sentido como es el amor. Hablar de amor con una copa de risa en las manos resulta aliviante, como también es grato que la historia termine bien. El director, Rob Reiner, ha sabido cómo plasmar la historia inventada por el escritor William Goldman, aunque es cierto que el mismo escritor le ayudó redactándole el guión. El reparto de actores no es estelar, pero su función está realizada notablemente. Bueno, además, hay alguna que otra grata aparición, como la de un brujo loco encarnado por Billy Crystal. En fin, ha sido como un sueño del que no quieres despertar, un viaje a un lugar donde existe el amor verdadero y puro. Puede parecer que lo cursi sobrevuela en este trabajo, pero queda totalmente descartado, más bien, lo que sobrevuela es lo ideal. Pocas son las sorpresas agradables que recibo en esta época del sudor veraniego, sin embargo, parece que de vez en cuando todavía quedan algunas que por lo menos hacen que la balanza no se caiga tras tantos golpes. Ya no me importa que no se equilibre, eso es improbable. |