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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2005.
Continuando mis deberes atrasados de una adolescencia divertida, esta semana he visto una película muy bien considerada por la crítica dentro del cine cubano: Fresa y Chocolate (1993), dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, basándose en un cuento de Senel Paz. No me pareció un lujazo de historia, quizá me esperaba una obra maestra o simplemente algo que me entretuviera durante hora y media. La verdad es que al principio la trama no aporta nada nuevo, parece un tema trillado -la aceptación de la homosexualidad-; no obstante, una vez que vas entrando en la historia y en el contexto sociocultural en el que ocurre, hay algo que te agarra y no te suelta hasta el final. El personaje interpretado por Jorge Perugorría me hizo descubrir una faceta nueva en este actor. ¡Este tío es un genio...! Y en la convivencia quizá sea un genio divertido. Por cierto, estuve en la casa donde se rodó la película: en la habitación de Diego, en el balcón, en los pasillos, ... Es todo un palacio, aunque como casi todo en Cuba, necesita una buena reforma. En ocasiones, a uno pueden entrarle las ganas de suicidarse tras comprobar lo mal que se hacen las cosas en el planeta... por eso no vi esta cosa hasta el final: no lo estaría contando... asomaba una guadaña. The Thing Called Love (1993) no fue un trabajo sencillo para el director Peter Bogdanovich -autor también de Noises Off! (1992). Bogdanovich intentó hacer de padre preocupado de River Phoenix en sus últimos días de vida, pero no lo consiguió, River falleció al poco tiempo de terminar el rodaje debido a una sobredosis. De todos modos, junto con Samantha Mathis, formó parte de una de mis películas preferidas..., aunque hace mucho que no la veo. Tengo grandes recuerdos de los temas que cantan ambos, y es que el musical puede llegar a ser el cine por excelencia. Recomendada. Se dice que las mujeres son vanidosas por naturaleza; es cierto, pero les queda bien y por eso mismo nos agradan más. Johann Wolfgang von Goethe. Si yo me dedicase a la agricultura, cosa que no me disgustaría, no sembraría durante todo un año las diferentes cosechas para recogerlas todas en la misma época, sino que intentaría que todas se fuesen esparciendo por el calendario y así no tener todo el trabajo acumulado en unos días. En el cine ocurre lo mismo. Si la mayoría de las obras se establecen en tres actos, los dos primeros son los encargados de la siembra, es decir, plantean preguntas a las que casi siempre se les acaba dando una respuesta a lo largo del film, normalmente en el clímax del tercer acto. Sin embargo, no se suelen dar todas las repuestas en un sólo momento, ya que en cada acontecimiento de cada escena de cada secuencia de cada acto de la historia hay un pequeño clímax en donde ya se forman preguntas y ya se establecen respuestas. Es necesario que el público se mantenga en vilo para que así crezca su interés por la obra, pero de vez en cuando hay que ofrecerle un regalo, porque la información acumulada sin sentido puede llegar a explotar. El Maquinista (2004) es un claro ejemplo de un guión que se pasa todo el tiempo sembrando y no recoge hasta la escena final. La historia consiste en hacer dudar al espectador durante hora y media para después meterle en una secuencia de unos segundos la explicación a toda la obra. No pienso que sea muy buena idea creerse más inteligente que el espectador, hay que tener en cuenta que cuando una persona entra en una sala de proyección su coeficiente intelectual se dispara en veinte puntos. Y utilizar una explicación de la obra a modo de epílogo es un mal truco, pues la película debe explicarse a sí misma. La obra, en general, no me entusiasmó, sin embargo, quizá haya algún que otro aspecto si no interesante, por lo menos curioso. El hecho de que buena parte de la obra haya sido rodada en Barcelona y Terrassa hace que un espectador que conozca esos lugares tenga ojo avizor a la hora de comprobar si se ha metido la pata. El trabajo de dirección artística para cambiar todos los referentes españoles y europeos de la calle ha sido tremendo y creíble. De todas formas, he visto varias veces un lavabo marca "Roca" que supongo que no existirá en los Estados Unidos. Pero bueno, eso es una gilipollez. El trabajo del actor principal, Christian Bale, tuvo que ser muy sufrido. Que un actor tenga que engordar o ponerse musculoso para un papel casi lo veo normal, en cambio, el tener que adelgazar tanto es algo enfermizo... El chaval interpreta bien. Hace poco más de un año que vi mi primera película de Manuel Gutiérrez Aragón, La vida que te espera (2003), durante un taller de cine impartido por él mismo en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Aunque tarde, en aquella ocasión descubrí que un tipo de cine que ya me venía interesando también se hacía en España. Hoy, lunes diecisiete de octubre de 2005, tuve la suerte de poder disfrutar con Demonios en el jardín (1982). Estas dos obras, pese a estar contextualizadas en épocas bastante diferentes, guardan un parentesco en su forma: presencia de la naturaleza ibérica, las viejas costumbres de mediados del XX, la vida en una aldea, las relaciones interpersonales establecidas socialmente y, sobre todo, dos historias contadas de un modo fabuloso. Demonios en el jardín me trae a la memoria muchos recuerdos, momentos muy cercanos, pero que nunca tuve la ocasión de vivir íntegramente, más que nada, porque sucedieron hace más de treinta años. La taberna de la familia se me antoja la de una abuela materna que nunca conocí, la vida de campo también la asocio con el caserón de mi otra abuela, en la gente joven veo reflejados en parte a mis padres, ... En fin, se trata de un resumen de lo que yo hubiera vivido si naciese unos años antes en mi aldea gallega. Por otra parte, me siento obligado a señalar que Ángela Molina enamora al objetivo, Imanol Arias debuta como si llevase toda una carrera interpretando, el montaje de José Salcedo es tremendo, así como el texto escrito y dirigido por uno de los mejores directores españoles de siempre: Manolo G. A. Las espectativas que uno tiene sobre una obra, bien sean fundadas por parte de la crítica, bien por parte de conocidos, pueden estar del todo equivocadas. Lo he vuelto a comprobar con Lost in translation (2003), de Sofia Coppola. Como todo el mundo sabe, hoy en día los premios no funcionan más que como meros adornos, ya que la crítica anda un poco perdida entre despachos, presupuestos y fondos desviados... Y me estoy refiriendo a uno de los galardones de mayor peso, el Óscar al mejor guión original. De verdad que no lo entiendo. ¿Cómo es posible que le den este tipo de premio a una obra que se arma con la cara bonita de Scarlett Johansson y un Bill Murray que interpreta un personaje sin fondo? Bien es cierto que realizar una película sobre el aburrimiento de dos personas en una ciudad que no es la suya, teniendo como tramas secundarias dos relaciones que se desgastan, resulta muy dificil de hacer sin que ese aburrimiento llegue al espectador... Quizá esto sea lo salvable: esos momentos de silencio, de exploración de un nuevo mundo, de soledad y aburrimiento que se plasman en la imagen, eso sí, rozando al espectador... De todos modos, muy interesante. No tenía ni la menor idea de la existencia de Mediterraneo, una película dirigida por el italiano Gabriele Salvatores en 1990, pero, como tantas otras cosas buenas, siempre se agradece su llegada, sea cuando sea. Tampoco es que se trate de una obra maestra, de todas formas, entretiene con una dosis de humor muy italiana en un contexto especial: la segunda guerra mundial. En líneas generales, la historia trata de un grupo de militares italianos que llegan en misión a una isla griega. Al desembarcar se les hunde el barco, se les estropea la radio y, en fin, se quedan incomunicados durante tres años. Por consiguiente, se integran en una minúscula sociedad compuesta por mujeres, niños y ancianos, olvidando incluso su condición militar. Allí encuentran su lugar en la vida. El final … os lo dejo a vosotros. Ojo con el personaje interpretado por Diego Abatantuono: extraordinario y divertido. Como apunte, aunque no imprescindible, se podría señalar que Mediterraneo se llevó el Óscar a la mejor película extranjera en el año 1992. Denis Arkad’evic Kaufman (Bialystok 1895 -Moscú 1954), conocido también bajo el pseudónimo Dziga Vertov (en ucraniano, "¡Gira, peonza!"), llevó a cabo una serie de experimentos fílmicos impresionantes. Fue cineasta, teórico, poeta, editor, agitador, propagandista y documentalista, entre otras cosas. Una de sus mayores proezas es el trabajo titulado Man with a movie camera (1929). Os aconsejo una cosa que ya me aconsejaron a mí: disfrutadlo mientras escucháis The Rage Against the Machine u otro grupo de tralla, quitadle el sonido que le pusieron a posteriori... ¡será una caña! Este sábado lo pasé en una sala de espera, no sería nada raro si la sala de espera no fuera la misma sala de estar de mi piso, pero lo fue. Y es que tuve que rehacer todo mi equipaje para volver a alojarme en otro sitio diferente –no llevo la cuenta de las diferentes camas en las que he dormitado durante este último año– y esperar a que unos colegas me vinieran a buscar en coche… La espera se podría haber hecho insoportable, en algún momento llegó a serlo, sin embargo, algo hizo que me lo tomase con calma e incluso me proporcionó momentos de risas solitarias: Arsenic and old lace (1941), de Frank Capra, aquí conocida como Arsénico por compasión. El éxito en Broadway que supuso Arsenic and old lace llevó a Frank Capra a adaptarla para el celuloide justo antes de ingresar en el ejército estadounidense para combatir en la Segunda Guerra Mundial. Según él, se trató de una auténtica corazonada. Quiso rodarla en el menor tiempo posible –cuatro semanas–, con el menor presupuesto –400.000 dólares–, en prácticamente una sola localización, pero con buenos presentimientos y ganas de pasárselo bien en el rodaje. Para eso se rodeó de grandes actores, de los que destacaría a un Cary Grant poco contento con su papel en la película, pues tuvo que dejar de lado su talante de galán serio para, en ocasiones, sobreactuar y salirse de sus casillas, y también a Peter Lorre (M, el vampiro de Dusseldorf o El halcón maltés), genial donde los haya en papeles de sádico, loco, frágil, … Resulta interesantísimo comprobar cómo se puede realizar un film con poca cosa, aunque todavía pienso que el presupuesto es demasiado elevado para lo que finalmente se ve en la obra –bien es cierto que sólo Cary Grant tenía un contrato de 100.000 dólares–. Como decía en otra ocasión, continúo haciendo mis deberes de una adolescencia divertida. Todavía me quedan por ver muchísimas películas con las que disfrutar, aunque también con las que morirme de aburrimiento o, lo que es peor, malhumorarme. Como por ejemplo, Joy Ride (Nunca juegues con extraños, 2001), de John Dahl, película del viernes por la noche en Cine cinco estrellas de Tele 5… –me arrepentí de no ver La Busca en Versión Española, versión adaptada del interesantísimo libro de Pío Baroja–. Por lo demás, ahora ando a vueltas con el corto Un paraíso sin ti, lo ruedo esta tarde y me ha causado momentos de querer mandarlo -lo voy a decir- todo a la mierda, tanto el corto como la carrera. Pero, bueno, sigo aquí y a las tres y media comienza la acción. Ya no suelo escribir artículos, si es que se les puede llamar artículos, como el que parece que está naciendo ahora mismo. Quizá se trate de un fragmento intimista, no lo sé. Lo que sí puedo decir es que antes, y cuando digo antes me remonto a un tiempo indefinido atrás, solía contar más cosas sobre mí, lo que me ocurría, lo que me gustaba, lo que soñaba, lo que ansiaba, en fin, podría parecer un libro abierto. Hoy he cambiado, aunque yo nunca lo pretendí ni me agrada esta nueva forma de ser. Me he convertido en una persona demasiado discreta, quizá prudente, muy callada y, sobre todo, dubitativa e incluso miedosa. Soy muy consciente de lo que estoy diciendo, como también sé que mi intención no era ni mucho menos estar así: el timón de la vida a veces gira como le viene en gana, y a mí me falta timonel. "Pueden ser casualidades u otras rarezas que pasan", pero las circunstancias me han traído hasta este sitio, perdido en las antípodas de mi hogar, de mis amigos y de mis lugares. Recién terminada una licenciatura que durante no sólo los cinco años que duró, sino también antes, me encantaba, ahora me encuentro vacío -y esto es harto complicado de explicar si no te has sentido así nunca-. Mis antiguos compañeros de Filología, personas muy válidas para cualquier cosa, también están un poco asqueados de este mundo: no se entiende cómo este mundo no le requiera nada a una persona licenciada en Letras hoy en día. Sólo se buscan personas que le hagan a uno la vida más sencilla, gente que produzca dinero y dinero, nuevos ricos, capitalistas enfermos. Como decía, algo me ha traído hasta aquí, una de las mejores escuelas de cine de Europa: ¿y qué? Si me hubiesen dicho a los dieciocho o a los veintitrés años que iba a estar aquí me hubiera subido por las paredes, en estos momentos mi motivación es cero y tengo que decir que mi media en el primer año fue de matrícula de honor, la mejor. El auténtico problema no es la falta de motivación en este aspecto, sino la falta de motivación en todos los aspectos de la vida: ahora mismo, aunque suene triste, no me importaría pasarme el resto de mis días encamado esperando nada. ¿Son retazos de locura? No lo sé ni me importa. Los días están vacíos, arrastro los pies al caminar, las lágrimas se asoman para ver qué hay al otro lado, el pecho se hunde contra los pulmones... y así todos los días. Hubo quien me dijo que el victimismo no es la solución, sin embargo, esto está del todo lejos del victimismo porque yo no soy una víctima, yo soy así: y no quiero. He intentado de todo y esto sigue igual, no voy a decir que llegada la hora me vaya a cansar, porque ya hace rato que estoy más que cansado. Sobre todo, cansado porque mi cabeza no deja de darle vueltas a todo durante todas las horas que dura un día, por supuesto, incluídas las noches. Ya seguiré escribiendo otro día, ahora estoy bastante roto... Supongo que este artículo lo borraré la próxima vez que me encuentre con él... si es que vuelvo. (Pues no lo he borrado, 30/10/2006) Vuelvo sobre mis redacciones virtuales, sobre mi weblog. Compruebo que ante un artículo rara avis dentro de Disparo de Nieve, los lectores responden rápidamente o, por lo menos, responden. Sin embargo, nunca será mi intención detallar aquí mi universo interno, es algo que guardo bajo llave, no por avaricia ni egoísmo, sino por discrección y, en fin, por todo lo que ya he contado en "Raro momento". Últimamente he intentado borrar el contenido de muchos rincones de mi memoria y no siempre he tenido éxito, sin embargo, creo que es lo necesario. Por tanto, no volveré sobre estos temas personales que a nadie deberían importar y continuaré, en cierta manera, con mis descubrimientos, quejas, valoraciones, anécdotas, sugerencias, etcétera, sobre el mundo. He visto cuatro filmes de los que sólo voy a apuntar un par de cosas: La isla desnuda (1961), de Kaneto Shindo. Se trata de un clásico del cine japonés de los años sesenta. Una película sin un sólo diálogo que narra la historia mediante imágenes y la interpretación de los actores. Como comentario personal, destaco la belleza de las imágenes y la sensación de bienestar que transmiten. Quizá el gran problema es que a partir del minuto quince todo decae, el espectador deja de prestar atención e incluso se hace cansina y aburrida la sucesión de planos repetidos: esto mata los filmes -¡lo que estoy diciendo de una obra maestra! A los que aman (1999), de Isabel Coixet. Rodada en Sarria (Galicia), este trabajo de la directora española intenta mostrar una historia de desamor ambientada en el siglo XIX. Cuando se crea un guión directamente de la nada, sin una novela decimonónica de por medio, se hace complicado intentar copiar el lenguaje de la época. Aquí no está en modo alguno conseguido, aunque sí se asenta sobre una interesante historia. Alguna que otra frase es digna de recuerdo, el problema es que funcionan más como sentencias que como parte de diálogos. ¿Qué voy a decir de las localizaciones? Hermosísimas: la Galicia campestre, el mejor lugar del mundo. Otra cosa que no me agrada fue la dirección de arte: el vestuario parece sacado de una tienda de disfraces. Por lo demás, aparece una Mónica Bellucci como secundaria preciosa que durante su estancia en Galicia supo apreciar el buen pulpo y el lacón con grelos -verídico-. Le chiavi di casa (Las llaves de casa, 2004), de Gianni Amelio. Pagar seis euros por esta película italiana me ha dolido más que perder seiscientos o más en un atraco. He llegado a bostezar en el cine y lo único que me hizo seguir la historia fue practicar mi italiano. Bueno, seré un poco benévolo, tampoco es para coger la película y tirarla por una cloaca. Trata de un hombre que se encarga por primera vez de su hijo en quince años, pues antes no lo quiso hacer. Su hijo tiene deficiencias mentales y físicas y lo que pretende el realizador es mostrar cómo es el mundo de las familias con este tipo de problemas. El tema prometería mucho si no estuviese contado con un tempo tan lento y unos espacios tan repetitivos y cerrados. Papillon (1973), de Franklin J. Schaffer, con Steve McQueen (Papillón) y Dustin Hoffman (Louis Dega). Me parece una excelente obra. No se encuentran prácticamente carencias ni de guión, ni de dirección, ni de producción, ni tenían por qué encontrarse. Recomendada. |