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Muerte de un viajante

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Si hoy no ha sido un día señalado, lo señalo yo, y eso que todavía queda toda la tarde.

Eran las cinco de la madrugada cuando harto de tener la luz apagada y los ojos encendidos pasé la primera página de Death of a salesman (Muerte de un viajante, 1949), de Arthur Miller. Leí sobre la almohada fría, desayunando en la barra más baja de la ciudad, de pie en el metro cargado, hediondo, ante dos distraidas y dormilonas en el tren, caminando hacia la ESCAC y en la divertida clase de guión -no es ironía-.

Esta obra de teatro no me atrapó, simplemente vivía en ella, a pesar mío.

No recuerdo haber tenido nunca la sensación de vahído mental mezclado con un alto grado de excitación, todo ello recubierto de una enorme angustia y abatimiento. Si lloré, no me acuerdo, pero ese Biff, ese Will... llevan mucho de mí..., quizá de todos vosotros, pero yo no lo puedo saber, sólo sé de mí... y poco.

¿Hasta qué punto puede alterarte la respiración, calentarte la sangre e hincharte las venas el ritmo estudiado de un diálogo y de una situación?

Lunes, 23 de Octubre de 2006 16:44. Previsualizar. Tema: Literatura.

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