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Verhoeven, cineasta de moral distraída.

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Resulta demasiado habitual en los tiempos que corren confundir la figura del artista con la del provocador impúdico, aunque bien es cierto que ambas pueden llegar a confluir en una misma persona. El medio cinematográfico tiende la mano a cualquiera que desee expresarse a través de imágenes y sonidos, sin realizar ningún tipo de distingos entre la forma y el contenido de los mensajes que se elaboren: todo es válido. Por otra parte, tampoco es pasajera la opinión de que el proceso creativo debiera estar lo más alejado posible de las restricciones morales, del hacer para agradar a terceros. Sin embargo, si se prescinde de ese tupido velo moral, no quedarán problemas que resolver, obstáculos que saltar ni ataques que esquivar, el esfuerzo sería mínimo, tanto física como intelectualmente. Aunque parece ser que realiza el cine que desea, en cierta medida, cabe considerar al holandés Paul Verhoeven como un cineasta de moral distraída.

Hace más de treinta años que este doctor en matemáticas y física decidió convertirse en narrador audiovisual, y tras llevar a la gran pantalla films de bajo coste rebosantes de un libertinaje juvenil que invariablemente iba de la rebeldía a las íntimas obsesiones del director: el sexo y la violencia, el presupuesto de sus proyectos fue aumentando en proporción a su probada y muy curiosa acogida, por lo que a cada paso firmaba una y otra vez las obras más caras del cine holandés, donde Verhoeven no flirtea con la sutileza de la sugerencia, sino que muestra directamente. Se le ha tratado de hiperrealista sicalíptico, de enseñar lo que los demás esconden, acaso sea porque el público tiene falta de costumbre o le resulta complicado realizar el lejano extrañamiento necesario para suspender la incredulidad y para que las obras del cineasta cobren verosimilitud.

 

Verhoeven no filma un mundo interior, sino que toma el preexistente y lo desnuda mediante historias en las que pasan a primer plano olores y fluidos varios, donde lo escatológico no viene sólo gracias a las personas, sino que también intervienen perros y chimpancés, donde el noventa por ciento del cuerpo humano se constituye de sangre espesa, donde el símil de la mujer con brujas, asesinas pervertidas y arañas carnívoras es continuo, donde los abusos sexuales dejan de ser espectaculares para convertirse en desagradables, etcétera. Verhoeven vuelve sobre sus monomanías una y otra vez, y, en ocasiones, sus locus comunis se consideran la consecuencia de una mala comida.

 

Verhoeven nunca ha sido ni ha pretendido ser un auteur. La verdad, es que en un principio parecía estar encaminado hacia esa meta, apuntando una temática llana, pero clara y perenne, sin embargo, se quedó en el primer peldaño de una larga escalera. Su exilio voluntario en Hollywood, propuesto por Steven Spielberg, le corroboró de una vez por todas como un hombre de industria con una impresionante capacidad de adaptación a los grandes estudios, al trabajo en equipo y a sus increíbles posibilidades, pero también a sus grandes inconvenientes. Dirigió varios proyectos de acción, de mayor o menor éxito y con colosales cantidades de dinero de por medio, teniendo que hacer alguna que otra concesión a los estudios en detrimento de su estilo: quedaba mucho de violencia y de sexo, pero no tan salvaje como en sus comienzos, aunque esto nunca pareció importarle.

 

Su evolución como cineasta quedó considerablemente truncada con su marcha al nuevo continente, lo que rodó allí ya lo había propuesto en Europa con una presentación más fresca: objetos punzantes, lenguaje obsceno y chabacano, torpes conductores, bastos espejos, pieles flácidas, cuerpos desgarrados, ojos arrancados de cuajo, …

Ahora, tras dos décadas trabajando en Estados Unidos, Verhoeven vuelve a rodar en Europa su nuevo trabajo Black Book, contextualizado en la ocupación nazi de Holanda y, por supuesto, manteniendo ese estilo en el que todo vale. Habrá que ver si los aires europeos consiguen que evolucione un mundo interior que quedó impedido desde la notable De vierde man (1983). Por lo de pronto, ya se le ha reprochado tanta escena cruda y violenta.

El Festival de Cine de Sitges le galardona con el Premio Honorífico a su carrera.

 

(Artículo publicado en El Periódico de Cataluña con motivo de la celebración del Festival de Cine de Sitges 2006

Miércoles, 25 de Octubre de 2006 13:57. Previsualizar. Tema: Cinematografía.

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