DisparodeNieve |
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Hace casi dos meses que puse de nuevo pies en polvorosa, en la comunidad menos comuna, pero más común de lo que aquí creen, de la España católica y monárquica: Cataluña. Hace casi dos meses que llegué a Barcelona y desde entonces me he emborrachado en varias ocasiones, no he faltado ni un sólo día a estas clases de más de seis horas, he pintado gran parte de mi piso, he escrito, producido, dirigido y editado un cortometraje en 16mm. que no desagrada ni a la vista ni al oído -según me han comentado, aunque lo dude-, he ido a una entrevista de trabajo, he conseguido dos trabajos, tengo cuatro horas diarias de desplazamiento entre metro y trenes, me han publicado un artículo en El Periódico de Cataluña, tengo todos mis apuntes al día y releídos, he ido a dos comisarías por razones diferentes: denunciar e identificar, he leído sólo tres novelas y dos obras de teatro, salgo algún fin de semana a disgusto, he hecho de guía para dos suizas, he ido a alguna clase de interpretación, he visto más de sesenta films y fragmentos de otros, me hago la comida casi a diario, me lavo la ropa, pero no la plancho -no tengo plancha-, he escrito cuatro cortometrajes, he leído varios manuales de dirección, edición, fotografía e historia cinematográfica, me he atrevido con Retahílas, he conocido a alguna gente y el lado oculto de los que eran semidesconocidos, he ido a dos conciertos gratis, me han dado un portentoso porrazo, he visto cómo un hombre se suicidaba en el metro, he tomado fotografías a desconocidos, ha triunfado Mozart en mi minidisc, he disfrutado con The Straight Story en una pantalla inmensa, a veces quedo para tomar algo ... si me apetece, he perdido también el tiempo, y no he dejado ni por un momento de pensar dolores. Ahora mismo estoy tirado en una cama, solo, escuchándome, hablándome y hasta cantándome, creo que me estoy volviendo loco. Duermo poco, me gustan las almohadas frías y siempre me despierto de buen humor, pese a las pesadillas y al destrozo interior de trozos enamorados morados por el golpe del tempo del tiempo. ¿Por qué esta confesión y aquella enumeración de acciones estancadas? Porque estoy harto, no os imagináis hasta qué punto, de que una y otra vez me llegue, tímida, esa pregunta que tan sólo se sostiene con pinzas: oye, ¡hummm!, ¿qué tal... de chicas?, ¿tienes novia? (...) ... (...) ¿Qué... me...? (...) ¡Oooh, va fan culo...! Quien me conozca, sólo un poco, sabrá que en mi vocabulario no hay lugar para una mala palabra, pero, ché, que ya me ehtán jhodiendo con boludeses varias y variadas -mis compañeros de piso me proporcionan desahogo verbal-. Y, realmente, esta pregunta, que ya son dos, me incomoda, ¡me irrita...!, no me gusta y me pone neurasténico... que no sé muy bien lo que significa o no lo quiero saber, pero, ¡manda carallo!, lo decía mi querida MAMÁ a propósito del mundo. Yo no tendría ningún problema en hablar de amor durante el tiempo necesario, acaso todo el tiempo, acaso el tiempo todo, acaso el todo todo, acaso infinito por infinito, pero no de mujeres, por favor..., de mujeres no. Que corra el aire. -un segundo, voy a la cocina, sacacorchos, compañera de piso dormida en el sofá, botella de vino a la cama, son las dos, tangos, glugluglú, qué calorcito- Ojala que la noche traiga recuerdos que hagan menos pesada la soledad. Vaya. ¿Qué decía de las mujeres? Me he encontrado con este fragmento sonando en mi cabeza, me he perdido. No estoy tan solo. La cama es inmensa, nunca tuve una cama tan grande, aunque prefiero la mía pequeñita, la mía compostelana. Pero no estoy tan solo. Bebo. No estoy tan solo. Ocupo media cama, que no me pertenece, guardo el lado izquierdo, que no es el mío. Y bebo. A mi derecha duermen ellas, bellas, desnudas que no esconden nada, historias que me abrazan y me sonríen al cerrar los ojos, historias en papel, en imágenes, en sonidos, en sueños, ... Las alterno y raras veces vuelvo sobre ellas, son muchachas de moral distraída que se acuestan con cualquier cualquiera, yo las hago mías a mi manera, os las presento, aunque quizá ya las hayáis amado u os las hayáis follado, lo que me quita toda originalidad: la originalidad de lo virgen. Veo por aquí a una linda francesa, Le feu follet (Louis Malle, 1963), amante con la que repito, no por el clímax, sino por los delicados preeliminares que queman y ese ritmo lento y sin pausa de dos horas que son la gloria. Asoma también una blanca y negra hollywoodiense, Raging Bull (Martin Scorsese, 1980), que, a diferencia de la anterior, tiene toda la pinta de entregarse por combates. Una habanera me rozó las ganas hace un par de años, ahora me roza el tobillo, La Habana para un Infante Difunto (Guillermo Cabrera Infante), me voy a atrever con ella y haremos su viaje iniciático juntos. Tranquila, en silencio, sentada sobre la cama, me mira, y en su mirada sencilla, y en su mirada sin parpadeo, me pierdo, me hundo en las sábanas (The servant, Joseph Losey, 1960). Muchas otras hacen fila entre cojines y almohadas, a veces las tomo de dos en dos, pero es ella, con la experiencia que le otorgan los años, quien me recuerda que todo esto sucede gracias a que no existe un padre que proteja en exceso a sus hijas, ese padre que no quiere para su hija un amor puro, sino una dote cuantiosa: L'avare (Molière, 1668). Y bebo. Miro la botella de tinto y la sangre me devuelve al tema, creo que hablaba de mujeres..., que, dado el caso, es como hablar de barcos o del tiempo. Repito: me irritan, siento cierta aversión hacia el trato con ellas, quizá porque mi escepticismo me acerca a su verdad. Tras el apaleamiento continuo, uno prefiere dudar por método. Me declararía misógino de no haber conocido a mi madre, de no haber conocido a algún familiar, de no haber conocido a varias amigas y, en fin, de no haberla conocido a ella. Me declararía misógino, pero las mujeres me han dado los mejores momentos de mi vida..., los otros momentos también han sido por su culpa. Y bebo. Me quito las sábanas de encima. Hace calor. Y bebo. Siempre me acuesto de manga corta. Guardo dos sudaderas de no sé qué universidades por si acaso hace frío, aquellas tan anchas. Me duelen las piernas. Quizá sea la mala vida, el alcohol, los fármacos venenosos u otras drogas que sobrevuelan. El nueve de mayo de 2004 dejé el deporte... o el deporte me dejó a mí, que no es lo mismo, pero es igual. No he vuelto a dar un paso sobre un campo de fútbol, y con ello sé que he perdido sensaciones que no volverán nunca más: calzar unas botas de cuero ajustadas al pie mientras los tacos de aluminio penetran en el césped húmedo. Y bebo, y recuerdo. Hacía deporte más de cuatro horas todos los días. Y bebo. Este verano pasado me convenció G. para participar en un campeonato de voleyplaya por parejas, quizá para recordar viejos tiempos en este deporte. Lo ganamos, no sé si por experiencia del pasado o porque nunca se nos dio nada mal. En la final, el equipo contrario casi no nos dio problemas, aunque nos forzó un tercer set: ¿por qué? Pues porque cada vez que la chica de enfrente me miraba a los ojos conseguía desarmarme... Son sus armas..., eran verdes. Con dieciséis años ya están armadas y listas para ir desangrando al mundo. En aquel nueve de mayo la rosa se marchitó a cámara rápida y el césped se secó lentamente. Pero en mi corazón ella continúa roja y en un campo verde. Ayer, viernes, me invitaron unos amigos a cenar a su casa. Bebimos y vimos mi primer cortometraje en 16 mm., Cuentagotas. Tras el primer visionado el silencio era total. Me fijé en las cuatro personas que estaban allí, sin mover un dedo, sin decir nada. Aquí es donde conecto mi escepticismo y me pregunto si es porque les pareció horroroso o todo lo contrario. Exactamente lo mismo había ocurrido el día que lo presenté en la escuela de cine: silencio absoluto. Para quien no esté al tanto, una escuela de cine es un lugar en el que los proyectos que se presentan nunca están bien, ni para el profesor ni para los compañeros, un lugar donde fluye una profunda envidia hacia todo lo que hace el del pupitre de al lado, un lugar donde parece no haber amigos, sino rivales, ... Creo que, después del mundo literario, quizá sea este el que lance más dardos. Pues presenté Cuentagotas y todo el mundo se quedó callado. Da un subidón que la gente se quede así..., sobre todo, si al finalizar, los aplausos de deferencia que se les da a todos los proyectos los inicia el profesor, diciendo: ¡vaya trabajo! Y, la verdad, es que tampoco es que sea un magnífico trabajo: sé que hay errores de raccord, alguno de luz, etcétera. Quizá de lo que estoy más contento no es de haber contado una historia que se entienda y que a la vez obligue al espectador a tirar un poco del hilo, sino que he conseguido un tono y un ritmo en un minuto y medio, algo complicado, incluso en largometrajes. Lo que me hace seguir adelante es el apoyo de la gente que se acercó en privado a felicitarme... y es que esto no me pasaba desde hace años, quizá desde cuando jugaba al fútbol. Cuentagotas es un drama trágico, si es que estas dos palabras pueden unirse de algún modo, pues el drama y la tragedia son cosas bastante diferentes. ¿Por qué estudio cine? Nadie lo sabe. Yo sí lo sé, pero no se lo digo a nadie. No es que me guste el cine, ni quiera contar historias, ni me encanten los rodajes, ni tenga una sensibilidad característica, creo que todo esto se da por supuesto. Es otra cosa. Y está relacionada totalmente con mi vida, también con las mujeres de mi vida. Me he ido por los Cerros de Úbeda. Estaba en la cena, vimos el corto, salimos a tomar algo... Amigos y amigas, bebidas y tiempo por delante y por atrás, sobre todo, por atrás. La gente habla, pero yo ya no me meto en las conversaciones, desconecto antes de que me digan hola. Vivo en mi mundo, eso es cierto. Me dice un colega: pero alegra esa cara, tío. No puedo, es la cara y el ánimo que tengo. Me dice no sé qué una tía desde el otro lado de la mesa y le contesto no sé cuánto desde mi sofá... y me devuelve un qué irascible. Bueno, esto es lo que hay que aguantar... y me da igual lo que piensen sobre mí, no porque no sepan lo que pienso sobre ellas, sino porque no pienso nada sobre ellas, siento un total desinterés hacia las mujeres. Me atraen muy pocas, casi ninguna, y podría dar un paso adelante, pero las leo entre líneas y doy cuatro hacia atrás. No es más que tirria contenida. Y lo siento, porque quizá tenga alguna amiga que no se pueda incluir aquí, amigas muy valiosas, algunas casi desconocidas. Ese no es el problema, el problema es qué me hizo llegar hasta esta posición... de enamorado de la nada. Me han despedido del trabajo. Es la primera vez. Y esta es mi versión, la que vale. Trabajaba en una tienda de juguetes, de ocio, casi diría que alimentaba la parsimonia nacional. Ganaba un sueldo precario, con el que apenas tenía para comer durante un mes, ni qué hablar de pagar el alquiler... -es lo que tenemos los humildes-. La entrevista de trabajo ya no había sido muy normal, quizá porque yo no estoy acostumbrado a tanta hipocresía. Una psicóloga, recién licenciada o recién liberada de la facultad -que no es lo mismo-, muy dinámica, hablaba con ese tono que suelen utilizar los médicos y las enfermeras al entrar en las habitaciones de los hospitales, con un volumen excesivamente elevado y tratando a las personas como si fuesen estúpidas, todo ello sin apenas rebajarse a mirarlas a los ojos. Me recordaba a esa rara avis que está poblando la televisión: estos jurados de programas para una distracción tonta o los profesores de programas de canto, belleza y mentiras. Con acento rosa va y me dice: bueno, Antonio, lo que harás será, sobre todo, vender, así que primero te tienes que vender tú para que yo te dé el trabajo. Yo estaba en un primer plano pausado, con la boca abierta y pensando de todo. Muy correctamente, contesté lo más suave posible: yo no me vendo. Me mira y me dice: hombre, es una forma de hablar, algo así como una metáfora. Me encendí por dentro. Pero, ¿esta tía qué me está contando? ¿Me explica que una palabra puede tener más de un sentido?, y ¿qué carallo dice de las metáforas? Oiga, ¿ha leído mi currículum? Saca una carpetilla. No, pero tampoco te creas que es algo tan importante. ¡Qué mema! Antonio Chouza, ¿verdad?. -Sí. No sé si lo fue leyendo o lo fue mirando por encima, pero la sonrisa se le cayó al suelo y se volvió a hacer el silencio. Recuperó la sonrisa, esta vez sarcástica, con la que dijo: vaya, estudias cine, ¿más españoladas? ¡Qué hijaputa! Ya se verá, se hará lo que se pueda, poco a poco... Y la conversación continuó, pero no es lugar aquí de transcribirla toda: tomaros una tila o un café conmigo y os la cuento. To business. Conseguí el trabajo. Los sábados y algún domingo de diez a diez tenía que estar aguantando a los freakys de Barcelona que compraban cosas rarísimas y muy caras. Algún mocoso se me acercaba y me preguntaba por características de los diablos de los campos infernales de Warhammer. Chavales de veinte años enfermizos por no haber visto la luz del día para otra cosa que no sea jugar a perder el tiempo y comprar chuminadas. En fin, no me quiero meter con la clientela, pero ¡manda carallo na Habana! Yo a lo mío, muy correcto, muy educado, intentando mantener las formas ante gente que nunca ha oído hablar de los buenos modales en su vida, tragando saliva. Generalizo, puntualmente entrabada algún señor muy amable con intención de comprar una maqueta y conectábamos al instante. Mis compañeras de trabajo, una caña. Un duende con el pelo rosa que hablaba como un robot, se sabía los catálogos de juguetes al pie de la letra: tiempos modernos, mala vida. Después estaba la muñequita, una chica que entre o sea y o sea parpadeaba veinticuatro veces por segundo, no sé cómo no se empotraba contra las paredes. Hablaba a los clientes por encima del hombro, con la superioridad que le daba saberse dependienta de una tienda de juguetes en un centro comercial. También estaba la Trol emporrada... No sé cómo doy con esta gente. Con la gente hipócrita, hay que ser el doble de hipócrita. Te pueden tratar de pardillo, pero tú te ríes en su propia cara y no alcanzan a darse cuenta. Este miércoles de camino a un rodaje me suena el móvil. Diga. -Hola, Toño (...) Bueno, es que es algo desagradable de decir por teléfono, pero no encajas en la empresa. Con el teléfono en la oreja iba mirando las calles a través de la ventanilla del coche, me acomodé, iba a pasar un rato interesante. Me acababan de expulsar de operación triunfo. No-encajas-en-la-empresa. Te tenemos que despedir. -Pero, ¿qué ha pasado? .-Hombre, o sea, no es que haya pasado nada, pero has hecho algo que no se puede hacer...... Aquí me asusté un poco, ¿fui borracho a trabajar o me cargué algún juguetito?...... Leíste un libro en el trabajo.........te vimos por las cámaras de seguridad.......-Bueno, pero después de haber limpiado el escaparate yo solo, haber barrido yo solo, haber preparado la tienda yo solo y después de haber tenido un sólo cliente en dos horas, le pregunté a la encargada si podía leer un libro mientras no entraba nadie en la tienda y me dijo que sí. .-Bueno, no sé... (...) cuando puedas, acércate a firmar el finiquito... ... ... Nunca me olvidaré de En el momento del parpadeo, de Walter Murch, un libro sobre la vida y el montaje cinematográfico. Me viene a la memoria una frase de la obra: La vida consiste en ir perdiendo cosas. La verdad, es que me han hecho un favor, despedirme por leer un libro en el trabajo: no pienso comentar esto, se explica por sí solo. A la gente que se lo conté se infló a reír. Así que estas navidades iré a Cabo de Cruz, me emborracharé y perderé la noción de la realidad que me rodea para no ver a nadie más que a quien yo quiera. Me han despedido por leer un libro. Puedo jugar con todas las mariconadas de la tienda, pero de leer un libro ni hablar. Así os pudráis en el infierno. Y yo sigo por aquí... medio ciego física, psíquica y moralmente, escuchando los graves en Breed de Nirvana..., despedido... abandonado... y solo... en mi cama, con mis historias y notando cómo se mueve el suelo cada vez que pasa el metro, esperando a que se me aparezca en sueños esa mujer que sólo tiene una línea de lectura, una magia como la de Merlín, una gran parte de mí... Me voy a ver una peli... Fecha: 15/11/2006 20:43. Fecha: 16/11/2006 10:56. Fecha: 16/11/2006 18:50. Fecha: 17/11/2006 17:36. |