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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2006.
Hoy me he acercado a la Universidad Pompeu Fabra para ponerme un poco al día de las noticias del mundo y, ya que estamos, dejaré un pequeño recuerdo de las últimas pelis que vi. Blow-Up (1966), de Michelangelo Antonioni, basado en un relato de Julio Cortázar. A grandes rasgos, cuenta un día en la vida de un fotógrafo londinense, sin embargo, no se trata de un día cualquiera: ha fotografiado algo que sólo descubrirá después de haber revelado y examinado las fotografías. Antonioni demuestra aquí su capacidad para medir el tempo de la historia, para realizar diálogos y silencios intensos, para caracterizar a los personajes mediante un sólo gesto, para mostrar una nueva forma de sensualidad... La banda sonora es genial, no hay más que recordar lo que comenzaba a sonar en la Inglaterra de mediados de los sesenta. Bonnie and Clyde (1967), de Arthur Penn. Uno de los comienzos mejor trabajados del cine: el momento en que se conocen Bonnie y Clyde... ¿Se puede ser más sutil y decidido a la vez? La verdad, es que si los primeros minutos son tan buenos, ya tienes media película hecha. Ese paseo por el pueblo, esa curiosidad de Bonnie, ese modo de tocar el revólver..., ya nos ha contado de alguna manera toda la historia. Clyde: No te convengo, a mi lado no tendrías un día de paz en tu vida. Bonnie: ¿Me lo prometes? No tengo palabras para Faye Dunaway, tan sólo sueños. Final de impacto. Singing’ in the rain (1952), de Stanley Donen y Gene Kelly. ¿Qué puedo decir? Uno de los musicales por antonomasia de la Historia del Cine. Me ha encantado, de hecho, todavía continuan varias canciones en mi cabeza. Kathy (Debbie Reynols): Good mornin’ Uno de los mejores ejemplos de rodaje en plató. Momento de absoluta felicidad este de aquí abajo: cantando bajo la lluvia. Casino (1995), de Martin Scorsese. Se suele decir que la voz en off es un recurso poco grato para contar historias visualmente y es cierto. Sin embargo, Casino no se podría haber realizado de otro modo y si se hiciera, no sería ya lo mismo. Scorsese no sólo vuelve a tratar sus temas preferidos, el cine del cual ha mamado, los gánsters, mafiosos, etc, sino que, además, ya deja un poco de lado sus incipientes juegos de cámara para dar una clase magistral de montaje. A medida que iban pasando los minutos, los segundos, me echaba las manos a la cabeza pensando en la cantidad de trabajo y de tiempo de rodaje, porque si me pongo a pensar en el presupuesto, me caigo de la butaca. Que alguien me corrija, si me equivoco, pero yo creo que el primer acto dura más de cuarenta minutos. Se trata de algo prodigioso, porque funciona, ya que lo clásico es que el primer acto no vaya más allá de los quince minutos, en los que se presenta al personaje principal, su contexto, al antagonista, los objetivos, el primer punto de giro... El primer punto de giro no podría ser mejor: Ginger (Sharon Stone). Joe Pesci sigue su habitual camino de gran actor; pequeño, pero matón. Les quatre cents coups (1959), François Truffaut. Este señor, Truffaut, con veintisiete años rodó una obra maestra porque le dio la gana. La historia de un niño inadaptado y solo. Para el recuerdo: el travelling lateral de Antoine Doinel escapando y la escena final en la playa. Truffaut: Hago las películas que me hubiese gustado ver cuando era joven. Panic Room (2002), de David Fincher. Resulta poco conveniente que el espectador vaya por delante del guión en una obra cinematográfica, sobre todo, porque se crea el mayor problema: el aburrimiento. De todos modos, cabe señalar algún aspecto: una puesta en escena auxiliada por la tecnología digital que nos pone el punto de vista en lugares imposibles, no sólo para la cámara física, sino también para el ojo humano (véase cómo se presenta la casa cuando los ladrones pretenden entrar). Además, Jodie Foster puede cargar toda una película vulgar sobre sus espaldas para hacerla medianamente interesante. La strada (1956), de Federico Fellini. La triste vida de un artista ambulante y su mujer. Una historia de dolor contenido, para que cada uno lo interiorice a su modo. Aparecen la excelente actriz Giulietta Masina (Gelsomina Di Costanzo) y un duro Anthony Quinn (Zampano). Manuale d’Amore (2005), de Giovanni Veronesi. Una comedia que consigue la risa y, en ocasiones, la carcajada. Trata el tema del amor en cada una de sus fases: enamoramiento, pasión, traición, abandono. Cada uno de estos apartados está protagonizado por una pareja diferente en Roma. Para pasar un buen rato. Obaba (2005), de Montxo Armendáriz. Siempre estuve del lado de las adaptaciones literarias al cine, muy pocas veces me decepcionan. En este caso, Obaba es el resultado de confeccionar una historia partiendo de varios relatos. La estructura de la película hace eco de ello, mucha gente al salir del cine se pregunta cuál es la historia que más le ha conmovido y, en realidad, se está remontando a cierto relato literario. Yo he disfrutado, sobre todo, con la del niño Esteban (Ryan Cameron). Esteban: Si tu mejor amiga, la que más quieres, no contesta a tus cartas, ¿qué hay que hacer? Maestra: Esperar. Esteban: ¿Para qué? Maestra: Para olvidar. Esteban: ... Maestra:... Esteban: ¿Y si no eres capaz de olvidar? Maestra: Seguir esperando. Que no haya sido seleccionada por los estadounidenses para los Óscars no debiera importar mucho, se trata de un cine poético y no comercial. Me alegra saber que la Academia española sí la seleccionó, sin embargo, el cine nacional estuvo cojo en 2005. Le feu follet (1963), de Louis Malle. La película que más me ha conmovido en los últimos meses. El tempo narrativo, el diálogo, el silencio, el reparto..., todo genial. El tranfondo es lo mejor. Se trata del film que siempre quise realizar, pero ya estaba hecho. No pasa nada, está muy bien hecho. Quien me quiera conocer, que lo vea. Unos colegas y yo tuvimos anoche una sesión cañas-cine-cena y, por lo que parece, así seguirán siendo los lunes por un tiempo mientras el cine Verdi haga el día del espectador en contrafase. La verdad, es que habíamos tomado ya un par de cañas o vinos y, más por exigencia del guión, que por ganas de dejar la conversación y las copas, nos levantamos y pusimos rumbo a la sala de cine. Casualmente entramos en la misma sala que la semana pasada, sala dos, ponían Prime (2005), de Ben Younger, con Uma Thurman y Meryl Streep. Se trataba de una película totalmente desconocida para mí, no tenía ni la más remota idea del argumento, ni del género, ni de si la chica Tarantino se cargaría a alguien; a juzgar por el cartel: no. Los cinco primeros minutos fueron perfectos. Una breve introducción al contexto en el que sucederán los hechos, presentación física de los personajes, música cercana al funky con graves muy potentes, ..., se trataba, sin duda, de una comedia. Termina la música y comienza una triste Rafi (Thurman) a contarle a su terapeuta Lisa (Meryl Streep) que se acababa de divorciar y que se encontraba fatal. Pues bien, esta conversación consigue agarrar al espectador, pasarle una cuerda por el cuello y atarlo a la butaca, sin embargo, ..., ahí se termina la obra. Sí. A continuación sólo vemos una comedia que cuenta cómo una mujer de treinta y siete años y divorciada se enamora de un chico de veintitrés que no es otro que el hijo de la terapeuta de ella. El guión flaquea demasiado, prácticamente todo lo que sucede es previsible, aunque quizá se puedan salvar algunos gags. Lo mejor de la película: la actuación de Meryl Streep, seguramente porque se trataba del personaje mejor pensado y escrito. Lo peor: falta de creatividad. François Truffaut presenta con La Peau Douce (1964) una historia sobre el poder de la tentación y de la atracción por lo nuevo y desconocido, todo esto recubierto quizá de una enseñanza: hay que valorar lo que se tiene. Destaco, además del guión, ciertas puestas en escena, planos o puntos de vista que me impactaron débilmente, por ejemplo, las dos ocasiones en que Jean Desailly se presenta ante el público para dar una conferencia o presentar una película. En la segunda es visto desde bambalinas, sin embargo, en la primera sucede todo fuera de campo y en otra sala. El giro final es magnífico; quizá por mi pesimismo, pero estoy harto de ver happyends. Hitchcock ya le comentaba a un joven Truffaut en El cine según Hitchcock, magnífico libro del director francés, que los finales felices no eran necesarios y, es más, crean más infelicidad todavía, ya que el público compararía su vida con las que aparecen en el celuloide y siempre saldrían perdiendo. Edipus and the Sphinx (1960-1964), de Salvador Dalí. ********************************************* Hay quien busca en su vida un poco de rutina, yo nunca la tuve y no sé lo que es. No la tuve ni en mi época de colegial, ni de adolescente deportista, ni en Compostela, ni ahora en Dios sabe donde. Al no tenerla no puedo decir que la echo de menos ni que me gustaría experimentarla, quizá sí, quizá no, ¿qué voy a hacer de mi vida?, si ni siquiera sé qué voy a hacer dentro de quince minutos. Ayer, por ejemplo, cuando me levanté -últimamente me sorprende lo que madrugo, ¡y sin bostezos!-, tras poner los pies fuera de la cama, no tenía ni idea de qué me iba a deparar el día. Cuando me volví a acostar, no sólo había ido a clase, no sólo había estado con algunos colegas, no sólo me había leido tres obras de teatro, no sólo había visto dos películas y media, no sólo había cocinado, sino que me dio tiempo a beberme una botella de vino tinto mientras conversaba sobre técnicas fotográficas, Vittorio Storaro, George Lucas in love, Coppola, Saura y cosas que ya no recuerdo, hasta las cinco de la mañana. Y hoy me he levantado a las ocho bastante fresco, con ganas de aprovechar el tiempo y con la sensación de que lo sigo malgastando. Foto: Vittorio Storaro. Dejaré aquí un breve comentario sobre lo que leí y vi ayer. ******************************************** Casa de muñecas (1877), de Henrik Ibsen. Obra de teatro pionera del estilo realista y crítico desarrollado en la literatura entre los años 1877 y 1890. En tres actos excelentemente estructurados se expone el rechazo de una mujer a ser un objeto sin autonomía ante su marido e hijos transformándose así el personaje principal, Nora, en símbolo de las libertades femeninas que intentan realizarse dentro de una sociedad autoritaria. Personalmente, pienso que el personaje principal, más que ser un símbolo de las libertades femeninas, proyecta la estupidez bípeda. ******************************************** Edipo, Rey (s. V a. C.), Sófocles. Tragedia en estado álgido. Ya es de sobra conocida por todos la desventura sufrida por el hijo de Layo y Yocasta, así que no perderé el tiempo recordándola aquí. Sin embargo, si tuviera que destacar dos parágrafos, eligiría dos que funcionan a modo de anticipo enunciados por Edipo y Yocasta. Me vino a la memoria, como una bala perdida, cómo se utilizó la misma técnica en una de las mejores obras de teatro de la historia, La vida es sueño (1635), de Pedro Calderón de la Barca. Sin duda, mejor utilizado este recurso en el teatro de los Siglos de Oro de la Literatura Española, pues, aunque Sófocles fuese uno de los pioneros, Calderón se apoya no sólo en el talento, sino en los siglos de experiencia. ******************************************** Cyrano de Bergerac (1897), de Edmond Rostand. Siempre ha sido una de mis historias preferidas la del infortunado poeta con una prominencia descomunal en su cara. La verdad, es que hasta el momento tan sólo la conocía en una de sus versiones fílmicas, la de Jean-Paul Rappeneau en 1990, con un Gérard Depardieu rozando lo sublime. Siento vergüenza por no haberla leído antes. En cierta medida, este personaje se me hace muy familiar, ¡vete tú a saber porqué! La última secuencia de Cyrano de Bergerac (1990), de Jean-Paul Rappeneau, está guiada por Cyrano y su prima Roxana. Cyrano ha amado en silencio y durante toda su vida a Roxana. Años atrás ayudó a un joven a conquistarla y lo logró con su exquisita locuacidad, gracias a cartas y a conversaciones en la oscuridad. Cyrano [está hablando, se cae, Roxana le ayuda] ******************************************** ¿Por qué la última rima es orgullo y no vos? *************************************** Cléo de 5 à 7 (1961), de Agnès Varda. Cineasta francesa, madre de la novelle vague, presenta con esta obra el descubrimiento de la alegría de la vida dentro de la tristeza de la muerte. Me ha vuelto a impresionar cómo son tratados en imágenes los momentos cotidianos del día a día: tomar un taxi, paseo parisiense, ensayo musical, etc. *************************************** The purple rose of Cairo (1985), de Woody Allen. Cecilia: Verás... Aquí la gente envejece y muere y... y nunca encuentran el verdadero amor. Cecilia: Así no encontrarás a nadie en la vida real. Si alguien te da una vida de cine, ¿por qué te vas con el que sólo te da dinero? Al final uno se lamenta, ¿no? Pues de esto trata, más o menos, la película, siempre con ese toque de humor rumiado del conocido cineasta. ******************************************** Jabberwocky (La bestia del reino, 1977), de Terry Gillian. Esta es la película que ayer dejé por la mitad, no por falta de tiempo -era la última obra que leía o veía ayer y todavía eran las ocho de la tarde-, sino porque esperaba ver algo cercano a lo que ya había hecho con Monty Python and the Holy Grail en 1974 (Los caballeros de la mesa cuadrada), sin embargo, en esta ocasión no me pareció estar a la altura, pese a que durante los pocos minutos que tuve ocasión de ver no se echó en falta alguna carcajada. ******************************************** Y, al fin y al cabo, tras un día como el de ayer, repito que me sonroja no haberme apropiado antes de estas obras. Hay quien no es capaz de leer un libro en un año, no por su extensión, sino por la alergia al mayor placer de la vida. A leer teatro se aprende, a mí me enseñó un excelente profesor en Compostela. Primera lección: una obra de teatro debe leerse de una vez, ya que está pensada para ser representada en una sola sesión, y no se tardará mucho más que el tiempo de la representación -una o dos horas-, pues hay que fijarse en las acotaciones escénicas, etc. ******************************************** Hoy es catorce de febrero, dicen que el día de los enamorados, pero yo me pregunto: ¿el de los enamorados... de qué? ******************************************** Un día quizá aparezca un nuevo cineasta con otro manifiesto en el que apoye el cine sin imágenes, sólo con sonido. ¿Quién sabe...? Si lo redacta bien, quizá logre convencer a algún despistado, quizá no. ******************************************* Viridiana (1961), Luis Buñuel. Me daba reparo enfrentarme a la historia de una monja que hereda unas tierras en la España decadentista de posguerra, pero es que si me lo cuentan tan bien... es otra cosa. El director estructura esta obra de tal modo que tenemos dos películas en una, todo un riesgo, pues los productores no estaban muy de acuerdo con el gancho que podría tener de cara a la industria. Sin embargo, el gancho llegó con el escándalo que se creó cuando el Vaticano quiso detener el rodaje... Aparece un personaje secundario, uno de los pobres, no sé cómo se llama, que se me hace simpatiquísimo: un viejiño esquelético. ******************************************** Le bonheur (La felicidad, 1965), Agnès Varda. La moralidad como algo esencial para un propósito vitalista: ser feliz. ******************************************** Une belle fille comme moi (Una chica tan decente como yo, 1972), François Truffaut. Si el francés no hubiera realizado esta película, tampoco se la echaría de menos. La crítica es fácil, y el arte difícil (Le glorieux). Dicho esto, el derecho a criticar a Shakespeare no conlleva la potestad de escribir obras superiores (George Bernard Shaw). De todos modos, bien cierto es, por ejemplo, que todos y cada uno de los cineastas de la Nouvelle Vague (Rivette, Jean Luc Godard, François Truffaut, Claude Chabrol, Angès Varda...) comenzaron siendo críticos en la revista de cinematografía por antonomasia: Cahiers du Cinéma. Siempre señalaban que la crítica en ocasiones incluso es un quehacer complicadísimo, el mismo Hitchcock decía que hacer crítica era hacer cine y viceversa. Tienen derecho a censurar los que tienen corazón para ayudar (William Penn). Ordenar bibliotecas es ejercer de un modo silencioso el arte de la crítica (Jorge Luis Borges). Resulta de todo punto monstruosa la forma en que la gente va por ahí hoy en día criticándote a tus espaldas por cosas que son absolutamente y completamente ciertas (Oscar Wilde). Oscar Wilde también llegó a decir que En los mejores días del arte no existían los críticos del arte, sin embargo, ¿qué es si no La Poética de Aristóteles o Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega? ¿Manuales? No, pienso que metaliteratura, en fin, crítica. *********************************** Recomendación: La dramaturgia (2003), Yves Lavandier, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid. *********************************** Foto: Cartier Bresson. He estado revisando estos días algún poema de Rafael Alberti, recordando lecturas en grupo que hacíamos con una excelente comunicadora, M. S. Z. –amante de la obra de Valle-Inclán-, allá en la Universidad de Santiago de Compostela. Hermenéutica y excitación se mezclaban en aquellas aulas. Lo más probable es que exagere, sin embargo, lo viví y cuesta explicar cómo se puede llegar a sentir uno durante la explicación de un poema. Bien es cierto que Dámaso Alonso advierte que el poema no se explica, se entiende, pero existen en ocasiones tantos grados de subtexto, que los humildes lectores imploramos: ¡muletas! Recomendación, por ser el último leído: Marinero en tierra (1924). Durante un curso de guión cinematográfico en el verano de 2003, tras las sesiones a veces nos quedábamos conversando con David Trueba. En una ocasión me contó una anécdota que le había referido el mismo Alberti. Al llegar ese momento en que al hombre ya no le responde el cuerpo tan bien como el alma, el poeta necesitó contratar los servicios de un secretario que le mecanografiara lo que le dictaba y le ordenase un poco sus textos. Tras una leve búsqueda, decidió emplear a un joven que no encajaba totalmente o prácticamente nada en el perfil requerido, por el contrario poseía algo que Alberti creía muerto: la voz de Federico García Lorca. Además, se casó en segundas nupcias con María Asunción Mateo, la cual era la viva imagen joven de su primera esposa, María Teresa León, fallecida en 1988. Me hechizó cómo Alberti me contaba, con David de médium, que los últimos días de su vida los pasaba con los ojos cerrados escuchando a su queridísimo amigo Federico recitar poemas o interpretando dramas sabiendo que al abrir los ojos se encontraría de nuevo con su primer amor sentado a su lado cogiéndole la mano. Foto: Rafael Alberti junto a María Teresa León y Federico García Lorca en un merendero de Madrid. En fin, dejo aquí varios poemas del gaditano. LO QUE DEJE POR TI TAL VEZ, OH MAR... NOCTURNO HACE FALTA ESTAR CIEGO "Tú no te irás, mi amor, y si te fueras, Pues esto es lo que hay y no hay más. Mírame cuando te hablo. Si te gusta, lo tomas, si no te gusta, no me rompas la jodida cabeza. Párrafo corto. En fin..., que no te enteras, neno. La gente pasa de todo, va a su rollo, ¿me entiendes? Porque mira: ¿crees que alguien vendrá a tu casa a buscarte? ¡Olvídalo! ¡La gente...! Un día caerás de la burra y te darás cuenta de que estás solo, pero solo de verdad, en esto y en todo. Fíjate en la calle. ¿Crees que le importas a alguien? Esa señora va pensando en cómo cocinará hoy los grelos y te aseguro que esos grelos son para ella más importantes que tú. Y esa pareja... Oye, que me mires cuando te hablo. Parecen unidos, ¿no es cierto? No, no lo creas, porque esto no es así de sencillo, tan sólo es sexo. El tío va pensando en llegar pronto a casa para desnudarla y ella se deja mientras no encuentra otro mejor. A nadie le importa nadie. Ahora tú estás delante de mí..., bien, no hay problema, aquí los dos sentados..., ¿no? Tomamos un café, luego, si quieres, pues otro. ¡Y no pasa nada! ¿Me entiendes? Quiero decir que estamos aquí para lo que estamos, porque nos interesa, pero, en fin, tú a mí me importas una mierda y yo a ti también, aunque no lo sepas, porque no tienes ni puta idea. Ni-puta-idea. Esta noche tengo que acercarme al garito del que te hablé, no pienses que allí hay alguien que me quiera o al que le importe, no, voy, me pagan bien y me largo. Es lo que hay y no hay más. Como me vuelvas a decir que quieres a alguien más que a ti mismo, daré por hecho que estoy hablando con un completo gilipollas. ¿Me entiendes? No digas gilipolleces, piénsalas, si te apetece, pero no digas gilipolleces delante de mí, porque no quiero que me relacionen con gente como tú. No es nada personal, entiéndeme. ¿Tienes un cigarro? ¿Lucky? Perfecto. Si te he venido a buscar es porque vales y yo me rodeo de lo mejor, pero como sigas diciendo estas gilipolleces, lo lamentarás, te largas, ¿me entiendes?, estás fuera. No te quiero, no me importas y ni si quiera me caes bien, y aún así firmarás el contrato porque eres un puto genio. Un-puto-genio. ¿Tienes el número de Iria? Ok, llámala, dile que ya has hablado conmigo, que te prepare todo el papeleo para mañana. No te olvides. Mira, ¿ves a aquel pringado de la puerta? Tuve que contratar a uno desde que pisé Los Ángeles, ¿por qué?, porque a la gente le importo un polla, ¿sabes? Se te acercan, te hablan como si te conocieran de toda la vida, quieren un autógrafo... y mil historias. Le digo: ¿por qué voy a tratarte bien, si ni siquiera te conozco? No seas amable, a no ser que quieras conseguir algo. En este mundillo todos somos unos hijos de puta y tú tienes que serlo también, si no, ni podrás pedir otro café. No vuelvas a hablarle así a un puto camarero, no te está haciendo un favor. ¿Qué mariconadas son esas? Tienes que darte cuenta de la escoria de tu alrededor. Es un puto camarero, una mierda, ¿entiendes? Qué por favor, gracias ni chorradas. Tú llegas y mandas que te hagan esto y lo otro y él se calla la boca. Lo que quieras, lo tendrás, pero debes imponerte, pisar a todo Dios, incluso a mí, porque no dudes de que yo lo haré cuando tenga que hacerlo. Pero, bueno, ahora estás conmigo porque me harás ganar una talegada, mucha pasta, si lo haces bien. Y tienes que hacerlo bien, no me vale otra cosa, ¿entiendes? En fin..., me largo, que no puedo estar aquí todo el día. Llámala, ¿me oyes?, llámala y... paga esto. |