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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2006.
Tu imagen me llegó a las seis menos diez y no pude dormir ni un instante después: te confundías con mis sábanas, te me enredabas en la sien. Lucías tan real que casi fui feliz, pero a las seis y diez me comprendí sin ti: eran mis solitarias sábanas y una habitual mañana gris... Y tú eras mi viento, mas no a favor; eras mi barca en el pedregal; eras mi puerta sin tirador; eras mi beso buscando hogar. Y tú eras un parto de antigüedad, maña de un diablo desesperado; eras espuma de soledad, carne con llagas de desamor. Y así fuiste la otra mitad de amanecer que no alumbró jamás. (S.R.D.) ¿Cómo lo haces? Sentiste alguna vez lo que es Si resulta que sí, si podrás entender lo que me pasa a mi esta noche, Todo lo que termina, termina mal, poco a poco. Me parece que soy de la quinta que vio el Mundial 78, No me lastimes con tus crímenes perfectos, Si resulta que sí, si podrás entender lo que me pasa a mi esta noche, El verano comienza entre pesadillas, brasas, amigos, fantasmas, ollas express que van y vienen, sesiones de cine y ... la vuelta a las olas, que no al Vilar. Ayer, en Río Sieira, las olas no eran iguales que las de antes, pasarlas por encima o por debajo sólo era cuestión de pensarlo, no de decirlo. Y, por si fuese poco, me quedé sordo durante unas horas. Últimamente no he visto demasiado cine, pero dejaré aquí unas notas de varios filmes. Requiem for a dream (2000), de Darren Aronofsky, con Jared Leto, Jennifer Connelly, Ellen Burstyn y Marlon Wayans. El primer visionado de este film sabe a poco y con los títulos de crédito del final a uno le apetece volver a verlo todo. No es sólo por la historia o por la excelente interpretación, sino por el ritmo y la banda sonora que meten al espectador en ese mismo universo de la drogadicción. Me ha encantado y la recomiendo. Garden State (2004), de Zach Braff, con Natalie Portman y el mismo Zach Braff. Drama romántico, un buen modo de no malgastar dos horas, aunque no vaya más allá del pasatiempo. No destaco nada en concreto, quizá todo siga una línea mediocre. La actuación de Zach Braff no me disgustó: un joven sorprendido por lo que podría haber sido su vida... Born on the Fourth of July (1989), de Oliver Stone, con Tom Cruise. No puedo dejar de decir que tan sólo me parece un film interesante, pero nada más. De todos modos, sé que guardo un mejor recuerdo de la primera vez que lo vi en el cine con poco más de diez años, me había impresionado mucho comprobar cómo era la vida de un paralítico, bueno, la vida que nos narra Stone: el descenso y el ascenso de los infiernos. Siento que la haya vuelto a ver el mismo año en que me estoy encontrando con detallitos fílmicos como Paths of Glory (Kubrick, 1957), Full Metal Jacket (Kubrick, 1987), Apocalypse Now (Coppolla, 1979), etc: obras maestras del cine bélico. Lost in La Mancha (2002), de Keith Fulton & Louis Pepe. Se trata del documental sobre el proyecto de adaptación del Quijote que Terry Guilliam quiso llevar a cabo en tierras españolas. Imprescindible para todo amante del cine por dentro. Por cierto, Terry, estás chalado..., pero eres un genio. A Candela (esta foto de Johnny Deep). No me extenderé, ni me excederé, ni me extinguiré… No me extenderé por no perder el tiempo escribiendo lo que pienso, ni para aburrir al lector, en el caso de haberlo. No me excederé, pues nunca lo hago, siempre guardo: la discreción y el recuerdo, que es mío… y tuyo. No me extinguiré –por el momento–, el perdedor siempre cree que puede ganar, si no, ya me huebiera apartado. Una rosa de Francia (2005), de Manuel Gutiérrez Aragón. La primera noticia que tuve de este film fue allá por el verano de 2004. No sé ni cómo recuerdo esto, ya que por aquel entonces mis venas no sólo canalizaban tinta roja, sino toda una mezcolanza de colorines que me mostraban Babia y parte del cielo. Un profesor que tuve en varias asignaturas de Literatura, tras devolverme los trabajos de curso, me anunciaba que Manolo se va ahora a La Habana a rodar una nueva película. Y, mientras me decía esto, yo estaba volando entre sogas y hogueras, cerca de vías y precipicios, pero por lo visto algo retuve. Otra cosa que no entiendo es el porqué de lo que ocurrió cuando vi el cartel de Una rosa de Francia. No conocía ni el reparto, ni la fecha de estreno y mucho menos el título, pero lo vi de lejos, no se leía nada, sólo la foto: esta es la nueva de Gutiérrez-Aragón. ¿Por qué? No lo sé. Me había encantado su anterior trabajo, La vida que te espera, con Luis Tosar, Marta Etura y Juan Diego, que me la jugó en la ciudad hermosa. Una historia del norte, llena de monte y vacas, pero ahora se nos ha ido a Cuba: ¡Cuba, compadre! No quiero saber lo complicado que debió ser rodar allí un film entero: oye, hermano, cortaron la lus y hasta el mielcoles nada. En líneas generales, Una rosa de Francia narra la historia de un buscavidas habanero que educa a una muchacha con el fin de venderla a un juez, pero se acaba enamorando de ella… Hay quien dice que el final no es lo más importante, sin embargo, personalmente creo que el final es la historia: puede no ser un final potente, pero sí un lugar hacia el que avancen los hechos. El final de esta obra está cojo y casi manco, y es una pena, porque todo el esqueleto estaba bien armado –por eso se salva la película–. Jorge Perugorría (Fresa y Chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío; Lista de Espera, de Juan Carlos Tabío) vuelve a ser ese actor total, acompañado de una virtuosa niña no tan niña llamada Ana Celia de Harmas, con un futuro… no escrito. Técnicamente: clásico, o sea, hacer sencillo lo complicado. José Salcedo al montaje, un viejo lobo de mar del cine español. Estoy colocado... y quizá por eso voy a escribir este artículo. Llevo todo el tiempo pensando y todo es mucho, más de lo que me imagino yo mismo. Y es continuo. Días como el de hoy, rodeado de pintura blanca, uno está más cerca de la última sobredosis que de luchar contra molinos de viento, causas perdidas. Ahora son las dos y media de la madrugada y las pupilas se abren paso. A eso de las ocho y media, recién lavadas las pintas blancas de los dedos y con ganas de viajar a los países durmientes, llegan unos colegas a casa y me arrastran hasta la pista de basquet: pim, pam, pum: partidillo y una botella, con sandalias y arenas ellos, con sandalias y buena area yo: gané la botella... y es lo que me queda... Después de la sesión deportiva al borde de la Ría de Arosa, el Arroás quería ir a cenar al Rodas, el Camarón no opinaba, la Nécora se apuntaba a todas, la Faneca Brava iría, pero a algún otro lugar, a Picasso no le iba ni le venía... "A ver, nenos, mi casa está a veinte metros. Hago unas tortillas y nos las tomamos en la huerta..." Tremenda tortilla... mejillones, patatas made in Faneca Brava, cerveza y caña de herbas: así estoy. Pero lo mejor es la conversación..., aunque yo continúe pensando y pensando... Recordaba en la oscuridad un título recurrente: Animados na sombra, de Xavier L. T., un libro de relatos cortos escrito en gallego que es ideal para echarse una siesta mientras tus hijos se lo leen y, si tienen suerte, lo disfrutan. Porque disfrutar con un buen libro, con una buena historia no depende de la calidad que tenga, sino de la simpatía que se cree entre el lector y el texto. En el verano de 2004 me acerqué tanto a Animados na sombra como a O páxaro que canta un nome, del mismo autor. No creo que sea conveniente utilizar la palabra disfrute con esta novela, pues lo pasé fatal durante la lectura: se me antojaba haber estado entre las páginas. Trataba de la vida familiar en una pequeña aldea gallega durante los años sesenta o setenta, no alcanzo, y, contra todo pronóstico, entre esas sabrosas páxinas galegas hablaban, escuchaban, crecían, miraban, saltaban, reían, lloraban.. mis abuelos, mis padres, mis parientes, mi gente... Y me dije: vaya, si al fin y al cabo familias como la mía hay a punta pala, ¿o no? Por esas fechas creo que estaba releyendo El perfume, y puedo asegurar que mi cuerpo captaba más sensaciones con los agros de O páxaro que con cualquier otra cosa. La ficción me llevó por un tiempo a los bosques de Guitiriz; la ficción tuvo que llevarme... Por cierto, O páxaro obtuvo el Premio Blanco Amor en 1996... Nunca leo una sinopsis, me irritan, no me gustan: al llegar a la última página, miré de reojo la contraportada y al percatarme de quien formaba el jurado no pude si no sonreir. Yo no escribiré un libro en mi vida, ni un minirelato, ni filmaré un largo, ni un cortometraje, ni tendré un hijo, ni un can de palleiro, ... a veces me gustaría volver atrás en el tiempo y no haber plantado ninguno de los innumerables árboles que dejo: me hubiese gustado irme de este mundo como he venido. En una ocasión, un cineasta me dijo que notó que la vida era una putada cuando los jugadores de su equipo favorito eran más jóvenes que él; yo pienso que la vida es una putada cuando al acostarte y al levantarte los te quiero van dirigidos al whisky... y a los fantasmas... Y a estas horas de la noche, borrachera en ristre, me pregunto por qué Andrés Calamaro no se vuela de una vez la tapa de los sesos. La nuit américaine (Una noche americana, 1973), de François Truffaut. Creo que no estoy viendo muchos films durante este verano, y digo creo porque no sé muy bien ni qué está ocurriendo en esta época: un verano muy extraño, ni siquiera lo parece. En fin, como hoy no he ido a darme un baño en el Atlántico, me he quedado viendo una de las grandes películas de Truffaut, La nuit américaine. Este trabajo había sido premiado con el Óscar a la mejor película extranjera y para mucha gente se trata de una obra de cabecera..., a mí, en ocasiones, casi me me invitó a echar una cabezada. Quizá sea conveniente señalar que no he llegado a cerrar los ojos, pero sí se me hizo un poco pesada. La historia trata del rodaje de un film, por lo tanto, volvemos a tener cine dentro del cine, tema muy recurrente. Quizá el inconveniente que le encuentro a la obra sea de guión: la trama principal es la misma película que se intenta rodar y las secundarias son las que viven los actores, directores, etcétera. Llegado un momento al espectador no le importa lo más mínimo cómo termine esa película que intentan hacer, lo interesante es qué ocurre con las vidas de los protagonistas... y en cierta medida se resuelve al final, pero no se mantiene durante todo el tiempo. Jacqueline Bisset... Lo siento, pero es que en estos momentos podría escribir cualquier cosa. El mayor placer del ser humano no es otro que la comunicación, poder expresarse libremente y sin miedos. Es más, no sólo se trata de un placer, sino que también se trata de una necesidad vital, y me gustaría incidir en esto: lo necesario no es en ningún modo voluntario. Por lo tanto, y en mi más modesta opinión, cuando a las personas se les prohíbe comunicarse se les está entregando una invitación a la muerte, se les está borrando de la faz de la tierra, se les está negando el privilegio de su propio recuerdo. El incomunicado es privado y, después, obligado a asumirlo, a hacerse cargo, a responsabilizarse de su situación. Responsabilizarse de su situación… Un tigre encerrado en una jaula a los pocos días empieza a dar vueltas sobre sí mismo, un loro encerrado en una jaula a los pocos días comienza a tener tics que no son propios de su comportamiento, un perro encerrado en una jaula a los pocos días sólo se entretiene comiéndose la cola, un ser humano… El carcelero tira la piedra y esconde la mano, corta la comunicación y no explica los porqués, y, por encima, hay que asumirlo… No entiendo… Ya no me preocupa que existan infiernos como el de Guantánamo, lo que me aterra es que sus patrones estén siendo adaptados por el pueblo llano. A veces me imagino una escenita, una escenita enorme: el carcelero, irreflexivo, se planta cierto día ante la celda tras años sin acordarse del preso, abre la reja y le obliga a marcharse de allí, «sal corriendo», «vete y sigue con tu vida». Estoy seguro de que a quien se le priva de la comunicación, de la libertad, esa sensación no se le va ni un momento de la cabeza, lo tiene ahí fresquito durante todo el tiempo de su aislamiento. Llega el carcelero de vivir su vida y da la orden de que el encerrado viva la suya. ¿Qué? ¿Quién, con ganas de vivir, puede ser obligado a asumir la muerte? «La muerte es más dura asumirla que padecerla», René de Chateaubriand (1768-1848), diplomático y escritor francés. Hace unos días, en el weblog de una amiga mediterránea llamado Lanzas Palabras Veloces, leí una cita de Joan Maragall que anoto a continuación: «Vivir es desear más, siempre más; desear, no por apetito, sino por ilusión. La ilusión, ésta es la señal de la vida; amar, esto es la vida. Amar hasta el punto de poder darse por lo amado. Poder olvidarse a sí mismo, esto es ser uno mismo; poder morir por algo, esto es vivir. Sólo el que puede darse, el que ama, en una palabra, está vivo. Y entonces no tiene sino que echar a andar. Ama, y haz lo que quieras». (MARAGALL, Joan: Elogio del vivir) Opino prácticamente lo mismo en relación al deseo, a la ilusión, a la muerte, a la vida y al echar a andar…, en cambio, las diferentes lecturas de la última frase me incomodan, no estoy a gusto con ellas, por lo que prefiero voltearla y pensar que en realidad cuando uno ama no puede hacer lo que quiera. ******************** «El andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos», Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616). «Las personas cambian y generalmente se olvidan de comunicar dicho cambio a los demás», William Hellman (1905-1984), dramaturga y guionista estadounidense. «La libre comunicación de los pensamientos y las opiniones es uno de los derechos más preciados por el hombre», François de la Rochefoucauld (1613-1680), escritor francés. Y, para los carceleros, «Yo no hablo de venganzas o de perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón», Jorge Luis Borges (1899-1986), escritor argentino. ******************** Contrapunto: «Nunca se tiene la libertad de amar o de dejar de amar», François de la Rochefoucauld (1613-1680), escritor francés. «Ni la ausencia ni el tiempo son nada cuando se ama», Louis Charles Alfred de Musset (1810-1857), poeta francés. Una de las versiones más bellas de Ojalá, del disco Mano a Mano (Silvio Rodríguez y Luis Eduardo Aute). Es una auténtica pena que el realizador del video no haya filmado al público, cada vez que comienza a cantar el estribillo sin que Silvio le de la entrada se me pone la piel de ... ¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos? "Qué cuernos hago con el agujerito que siento adentro mío cuando no estás?" "¡Pod favod!" (de La Historia de Mafalda, Joaquín Salvador Lavado, Quino) Sábado noche, ya domingo, madrugada veraniega, brisa marítima... todos estaréis de fiesta con los amigos o las parejas, quizá paseando por un jardín, bailando en una discoteca o conversando al pie de una tienda de campaña. Esta noche me he quedado en casa, más por ese pequeño deseo de pasar tantas horas en soledad, que por la fiebre que me ha regalado el trato que le doy al cuerpo. En noches como esta en las que las sorpresas no aparecen, si uno no se las regala a sí mismo, me decidí por Otto e mezzo (8 y 1/2), de Federico Fellini: una historia que nos muestra al alter ego del director encarnado por Marcelo Mastroniani y acompañado por un hermoso elenco de actrices. Cine-poesía en forma y contenido, y, como advertía Dámaso Alonso, el poema no se explica, se entiende, por lo que prefiero quedarme en silencio. La crisis creativa del director ficticio se narra a través de imágenes oníricas que muestran la imaginación, los sueños, las pesadillas, los recuerdos, ... En cierta ocasión me dijo el director Gonzalo Suárez que el mejor momento para escribir una historia es cuando la mente está tranquila y sana, según él es una mentira que las grandes obras de arte surjan de situaciones intensas en las que los sentimientos están a flor de piel. La verdad es que en Otto e mezzo el director no sólo está pasando por una crisis creativa, sino que también la sufre en el plano familiar, social y, sobre todo, en el referente al amor. Si no podemos tenerlo todo, la verdadera perfección es el nada. (Cita de Rimbaud, en Otto e mezzo). Esta cita me recuerda en cierto modo a un texto de Jorge Alania Vera, Música de fondo, del que transcribo aquí un fragmento y me despido: Cada vez comprendo con mayor claridad que el amor es el gran argumento de la vida. Sólo en él hay una plenitud que abarca todo lo que somos y tenemos; rescata lo que no llegamos a ser y nos devuelve lo que perdimos. Únicamente bajo su mágico cristal vemos las cosas como realmente son, aunque ello suceda de vez en cuando y por apenas unos instantes en la inexorable marcha de los días. Sólo el amor puede dar un sentido final al dolor y a la esperanza, un arresto de dignidad al evidente naufragio de la vida. Pablo de Tarso dijo que podíamos tenerlo todo pero que si no teníamos amor no éramos nada. Cada cual (y su fantasma) lo saben muy bien. El que escribe esta página y el que la olvida antes de que cante el gallo. El que trata torpemente de descifrar el lenguaje de los sueños y el que se resigna, quizás con sabiduría, a su misterio. Todo hombre (yo, entre ellos. Yo y mi sombra) sabe lo que son una presencia y una ausencia, no porque sepa lo que es el amor, sino porque ama. El amor es el único puente entre lo que es y lo que está y lo que no es y ya no está más. Ama y haz lo que quieras, dice San Agustín, es decir, piérdete, bórrate, desaparece…el amor te devolverá al centro de tu vida y de la vida. |