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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2006.
Hace dos semanas tuve la ocasión de ver Adaptation (El ladrón de Orquídeas, 2002), de Spike Jonze, un film que trata sobre el tortuoso y arduo camino de un guionista para llevar a cabo el volcado de un texto novelado a guión literario. Hasta aquí podría parecer un argumento más, bajo la temática del cine dentro del cine, pero si tenemos en cuenta que los guionistas del film son Charlie y Donald Kaufman y el personaje principal es también Charlie Kaufman (Nicolas Cage) intentado adaptar la misma novela que su homónimo real y concluyendo con el idéntico guión en el que él mismo aparece, el filmado por Spike Jonze; estamos ante algo magnífico, una historia circular que, además, tiene tres actos o una historia que tiene tres actos que, además, es circular. ¡Vaya! Si bien lo que más me sorprendió fue la total identificación con el personaje principal, no haré hincapié en esto, a nadie debiera importarle, aunque sí tengo que decir que no hablo de identificación en el sentido proyectarse —lo personal me lo reservo—, sino que sigo al personaje hasta donde sea, sin que me tire de la patilla, me dice: ¡ven, te voy a enseñar algo de ti! Sólo quiero comentar un diálogo que aparece hacia el final. Quizá a algunos les parezca de lo más cursi o ridículo, ya que tiene como tema principal el amor, pero me da exactamente igual lo que piense la ingente gente o la gentil gente. La verdad, es que existen modos y modos de hablar sobre el amor y si dijera que incluyo aquí este texto porque me parece que está por encima de la media en cuanto a discursus amatorius, mentiría, caería en un error, pues no hay una forma más o menos válida para hablar sobre este tipo de sentimientos, puede que sobre ningún tipo de sentimientos. Aun así, valoro este diálogo porque me lleva a lugares donde no he estado, no se trata de que me parezca mejor ni peor, sino que lo hice mío. La escena sucede cuando los dos hermanos y guionistas Kaufman, nerviosos y asustados, se esconden de un loco, armado y desdentado que los busca para afinar puntería para liquidarlos. Es de noche, en medio de la selva, detrás de un árbol caído al lado de un río donde nos haríamos unos cuantos bolsos y chupas a costa del caimán más chico… Donald, el hermano gemelo de Charlie, es pragmático, cerebral, inmoral, decidido, extrovertido, mujeriego, exitoso y dogmático del guión, la cara opuesta de su hermano, aunque, sobre todo, ama y admira a Charlie. .- No quiero morir, Donald. He desperdiciado mi vida. .- No, de eso nada. Y no vas a morir. .- La he desperdiciado. Te admiro, Donald. Me he pasado la vida paralizado, preocupado por lo que pensarán de mí y a ti te da lo mismo. .- No me da lo mismo. .- No, no lo entiendes. Es un cumplido. Una vez en el instituto, te estaba mirando por la ventana de la biblioteca, y estabas hablando con Sarah Marsh. .- ¡Oh, Dios! ¡Estaba enamorado de ella! .- Lo sé. Estabas ligando con ella y ella parecía encantada. .- Lo recuerdo. .- Pero cuando te fuiste se burló de ti con Kim Canetti.Y fue como si se estuvieran riendo de mí. Tú no tenías ni idea. Se te veía tan feliz. .- Lo sé. Lo oí. .- ¿Y cómo estabas tan contento? .- Quería a Sarah, Charles. Era mío… ese amor. De mi propiedad. Ni siquiera Sarah tenía derecho a quitarme eso. Yo puedo querer a quien quiera. .- Ella creía que eras patético. .- [risas] Ese era su problema, no el mío. Lo importante es a quien quieres, no quién te quiere a ti. Decidí eso hace mucho tiempo. .- … [con lágrimas en los ojos] .- ¿Qué pasa? .- Gracias. .- ¿Por qué?… La fuerza de este fragmento viene potenciada porque tratan el tema en el momento de máximo peligro de la historia, por el espacio donde se encuentran y porque Charlie acaba de conocer verdaderamente a su hermano Donald mediante una confesión íntima, pues pensaba que era un hombre sin sentimientos. Además, Nicolas Cage interpreta a los dos hermanos como si ambos fueran los mejores papeles de su vida. Exagero, vale, ¿y qué? Lo que me interesa de esta escena es que el guionista nos demuestra que hoy en día apenas se habla sobre el amor, parece que sea un tema tabú al que tan sólo se pueda recurrir en momentos extremos: es una lástima. Son estas las conversaciones que uno recuerda al cabo de los años, por placenteras, por insuficientes… Tratamos sobre guerra, política, sexo, terrorismo, religión, ciencia, arte…, sobre miles de estupideces, y lo que realmente está censurado en esta selva es el amor: no lo prohíban, ¡por favor! En Il Postino (Michael Radford, 1995), Pablo Neruda (Philipe Noiret) regañaba a su cartero, Mario (Massimo Troisi, un actor de otra galaxia), por plagiarle poemas sin su consentimiento con ánimo de conquistar a una mujer de la que estaba locamente enamorado, Beatricce Russo. Mario le responde, resentido de amor, que la poesía no es de quien la escribe, es de quien la necesita. Me gusta la metarrelación amorosa: una relación en la que se vuelve continuamente sobre la misma relación, un estudio delicioso del amor, una relación en la que hablamos de lo que nos ha sucedido, de lo que quizá nos suceda y, sobre todo, de lo que nos está sucediendo. Si hoy pudiese regresar a mi metarrelación, la adaptaría, cambiaría el punto de vista y buscaría mis respuestas en ti… ¿Por qué te pienso? ¿Por qué te amo? Solo. Y así, solo, solamente hago solitarios. El primero fue Roman Holiday (Vacaciones en Roma, 1953), de William Wyler, con Gregory Peck y Audrey Hepburn, la dulce principiante que tiene tanto y tan poco de fantasma. Las primeras cartas no fueron muy esperanzadoras, perdí demasiadas liras al póker, luego el destino me presentó algo mejor que una reina: una princesa que bailaba y sonreía, para después llegar a un final agradable para mí: doloroso. Los casinos que ponen sobre la mesa cartas de la clase alta, de los prejuicios y del elitismo, para después tirarlas al suelo y quedarse con el verdadero lujo de lo sencillo, del amor, son los que conmueven: terminen bien, terminen mal. El segundo fue For Whom the Bell Tolls (Por quién doblan las campanas, 1943), de Sam Wood, con Gary Cooper e Ingrid Bergman. El crupier tenía la mano lenta, la baraja era demasiado delicada para tocarla con manos no literarias. De todos modos, me admiró su capacidad para repartir en una partida tan barata, en un plató que deseaba ser y conseguía ser la España de la Guerra Civil, y quizá cualquier otro país. Póker de Hemingway. Continúo con mis solitarios y el Romanze (Larguetto) de Chopin, aunque haya fantasmas que desde las esquinas se abalancen sobre mí. Me han llegado varios mails en los que me contaban que en raras ocasiones Disparo de Nieve sale de su tristeza, de ese tono melancólico y de un cierto pesimismo existencial. Bueno, dudo que se llegue a ese grado de pesadumbre, pero los colegas lectores pueden opinar lo que quieran y siempre tendrán razón: todos interiorizamos los textos de un modo diferente. Lo cierto es que quizá aquí se escriba sólo durante determinados estados de ánimo y, aunque se pueda ser más melancólico por naturaleza, en ocasiones, unmo se convierte en un completo desatado. En fin, confesiones íntimas aparte, seguiré con mi sencillo recato: que corra el aire. Pues bien, para variar un poco, hoy os muestro unos videos de Michel Gondry, cineasta de origen francés considerado uno de los grandes maestros del videoclip, si bien yo diría del lenguaje cinematográfico (también ha dirigido algún largometraje, por ejemplo, Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Olvídate de mí, 2004). Este tío me encanta, resulta genial por arriesgado. Esta mañana, en clase de Dirección Cinematográfica, tratando el juego que pueden dar perspectivas, los puntos de fuga, las posiciones y movimientos de cámara, la composición de los planos, los raccords de miradas, la velocidad de filmación, los diferentes términos de una imagen, los espacios, los decorados, etcétera, etcétera, y pasando ejemplos de films como The Clockwork Orange (Stanley Kubrick,1971), High Noon (Fred Zinnemann, 1952), Driving Miss Daisy (Bruce Beresford, 1989), To Vlemma tou Odyssea (Theo Angelopoulos, 1995), París, Texas (Wim Wenders, 1984), North by Northwest (Hitchcock, 1959), Idioterne (Lars Von Trier, 1998), Royal Wedding (Stanley Donen, 1951), etcétera, etcétera, no recuerdo todo..., terminamos con este videoclip de Michel Gondry: una clase magistral de cine. Sólo haré un comentario... después de que lo veáis. Lucas with the lid off, Lucas Es un PLANO SECUENCIA, tremenda animalada. No hay cortes de planos ni modificación por ordenador. Se trata de un plató pequeñito con decorados alrededor. El cantante principal corre de un lado a otro por detrás de la steadycam mientras esta se mueve despacio y va girando para dar la sensación de que los decorados se mueven. Todo lo demás son proyecciones en pantallas. Bueno, judgad vosotros mismos. Si hoy no ha sido un día señalado, lo señalo yo, y eso que todavía queda toda la tarde. Eran las cinco de la madrugada cuando harto de tener la luz apagada y los ojos encendidos pasé la primera página de Death of a salesman (Muerte de un viajante, 1949), de Arthur Miller. Leí sobre la almohada fría, desayunando en la barra más baja de la ciudad, de pie en el metro cargado, hediondo, ante dos distraidas y dormilonas en el tren, caminando hacia la ESCAC y en la divertida clase de guión -no es ironía-. Esta obra de teatro no me atrapó, simplemente vivía en ella, a pesar mío. No recuerdo haber tenido nunca la sensación de vahído mental mezclado con un alto grado de excitación, todo ello recubierto de una enorme angustia y abatimiento. Si lloré, no me acuerdo, pero ese Biff, ese Will... llevan mucho de mí..., quizá de todos vosotros, pero yo no lo puedo saber, sólo sé de mí... y poco. ¿Hasta qué punto puede alterarte la respiración, calentarte la sangre e hincharte las venas el ritmo estudiado de un diálogo y de una situación? Resulta demasiado habitual en los tiempos que corren confundir la figura del artista con la del provocador impúdico, aunque bien es cierto que ambas pueden llegar a confluir en una misma persona. El medio cinematográfico tiende la mano a cualquiera que desee expresarse a través de imágenes y sonidos, sin realizar ningún tipo de distingos entre la forma y el contenido de los mensajes que se elaboren: todo es válido. Por otra parte, tampoco es pasajera la opinión de que el proceso creativo debiera estar lo más alejado posible de las restricciones morales, del hacer para agradar a terceros. Sin embargo, si se prescinde de ese tupido velo moral, no quedarán problemas que resolver, obstáculos que saltar ni ataques que esquivar, el esfuerzo sería mínimo, tanto física como intelectualmente. Aunque parece ser que realiza el cine que desea, en cierta medida, cabe considerar al holandés Paul Verhoeven como un cineasta de moral distraída. Hace más de treinta años que este doctor en matemáticas y física decidió convertirse en narrador audiovisual, y tras llevar a la gran pantalla films de bajo coste rebosantes de un libertinaje juvenil que invariablemente iba de la rebeldía a las íntimas obsesiones del director: el sexo y la violencia, el presupuesto de sus proyectos fue aumentando en proporción a su probada y muy curiosa acogida, por lo que a cada paso firmaba una y otra vez las obras más caras del cine holandés, donde Verhoeven no flirtea con la sutileza de la sugerencia, sino que muestra directamente. Se le ha tratado de hiperrealista sicalíptico, de enseñar lo que los demás esconden, acaso sea porque el público tiene falta de costumbre o le resulta complicado realizar el lejano extrañamiento necesario para suspender la incredulidad y para que las obras del cineasta cobren verosimilitud. Verhoeven no filma un mundo interior, sino que toma el preexistente y lo desnuda mediante historias en las que pasan a primer plano olores y fluidos varios, donde lo escatológico no viene sólo gracias a las personas, sino que también intervienen perros y chimpancés, donde el noventa por ciento del cuerpo humano se constituye de sangre espesa, donde el símil de la mujer con brujas, asesinas pervertidas y arañas carnívoras es continuo, donde los abusos sexuales dejan de ser espectaculares para convertirse en desagradables, etcétera. Verhoeven vuelve sobre sus monomanías una y otra vez, y, en ocasiones, sus locus comunis se consideran la consecuencia de una mala comida. Verhoeven nunca ha sido ni ha pretendido ser un auteur. La verdad, es que en un principio parecía estar encaminado hacia esa meta, apuntando una temática llana, pero clara y perenne, sin embargo, se quedó en el primer peldaño de una larga escalera. Su exilio voluntario en Hollywood, propuesto por Steven Spielberg, le corroboró de una vez por todas como un hombre de industria con una impresionante capacidad de adaptación a los grandes estudios, al trabajo en equipo y a sus increíbles posibilidades, pero también a sus grandes inconvenientes. Dirigió varios proyectos de acción, de mayor o menor éxito y con colosales cantidades de dinero de por medio, teniendo que hacer alguna que otra concesión a los estudios en detrimento de su estilo: quedaba mucho de violencia y de sexo, pero no tan salvaje como en sus comienzos, aunque esto nunca pareció importarle. Su evolución como cineasta quedó considerablemente truncada con su marcha al nuevo continente, lo que rodó allí ya lo había propuesto en Europa con una presentación más fresca: objetos punzantes, lenguaje obsceno y chabacano, torpes conductores, bastos espejos, pieles flácidas, cuerpos desgarrados, ojos arrancados de cuajo, … Ahora, tras dos décadas trabajando en Estados Unidos, Verhoeven vuelve a rodar en Europa su nuevo trabajo Black Book, contextualizado en la ocupación nazi de Holanda y, por supuesto, manteniendo ese estilo en el que todo vale. Habrá que ver si los aires europeos consiguen que evolucione un mundo interior que quedó impedido desde la notable De vierde man (1983). Por lo de pronto, ya se le ha reprochado tanta escena cruda y violenta. El Festival de Cine de Sitges le galardona con el Premio Honorífico a su carrera. (Artículo publicado en El Periódico de Cataluña con motivo de la celebración del Festival de Cine de Sitges 2006) Me tiemblan las manos, prácticamente no duermo. Cuando a las seis de la mañana salgo a la calle suelo ponerme estas dos canciones para empezar el día. Arc Arsenal, At the Drive-In Invalid Litter Dept., At the Drive-In Leon (1994), de Luc Besson. SONETO V Escrito está en mi alma vuestro gesto, Garcilaso de la Vega Cuando estudiaba Filología Hispánica en la Universidad de Santiago de Compostela uno de los primeros exámenes que hice fue el de la asignatura Introducción a la Historia de la Literatura Española. En principio, se presentaba como una ardua asignatura, de contenido inabarcable, y con un profesor del que se decía que no explicaba el temario. ¡Tonterías! El profesor, que era Director del Departamento de Literatura, Teoría de la Literatura y Lingüística, fue de lo mejor que me ha pasado en las aulas. Más que sus comentarios sobre Literatura, que todavía están rondándome en las noches y los días y que me han ayudado en lo que él nunca pretendió: enseñarnos a escribir, lo que guardo con mayor entusiasmo son sus comentarios sobre la vida, que apuntaba como notas al margen en mis apuntes y que, en realidad, constituían casi lo más importante del día. Y así pasaba yo mi primer año como universitario, en la maravillosa ciudad de piedra, observando el mundo paralelo que se formaba en las calles gracias a la lluvia sobre la piedra de la zona vella, que es bellísima. Salía de clase y me refrescaba el orvallo, los parques verdes se dejaban hacer, una cerveza con algún amigo acompañaba la conversación, un libro o una siesta sobre la hierba de la Alameda eran la paz... Era feliz ... ¿era feliz? La verdad es que antes de hacer el examen de Introducción estaba un poco nervioso, más que nada, porque me intimidaba el conocimiento de quien me iba a corregir después. Nos sentamos, nos explicó, siempre trajeado, cómo quería que se llevara a cabo el examen y lo repartió. Garcilaso. Esto merece un breve comentario. La asignatura, como su nombre indica, no estaba asociada a una determinada época de la Literatura Española -eso ocurriría en otros cursos-, así que podía habernos tocado cualquier texto de cualquier autor de cualquier época: tremendo. Garcilaso. Leí el poema, en realidad, yo conocía sus sonetos y ellos me hipnotizaban -quizá algún compañero hubiese preferido a Fray Luis de León...-. Leí y, mientras leía, no pude sino hacer volar la imaginación, dibujar a la amada en mis pensamientos, quizá darle forma, ver en sus ojos ¿verdes? la ternura que Garcilaso vio, acaricar sin tocar su larga melena, soplarle el vestido blanco, beber sus pies al borde del río... A mi lado estaba Sara, una preciosidad romana. Recuerdo cuando la conocí. Ella se me acercó para preguntarme algo sobre el Quijote -por aquel entonces ambos lo estábamos leyendo-, tenía dudas en la traducción de ciertos tiempos verbales que actualmente están desfasados -con esto, acabo de darme cuenta de los detalles que pueden quedar retenidos en el fondo de la memoria y volver a la superficie-. Cuando me enseñó el párrafo y la línea en la que estaba... Creo que hay más posibilidades de que a alguien le toque un premio, que de que alguien se acerque y te pregunte sobre algo que ocurre en la misma línea que estás leyendo del Quijote, y, además, ya de la segunda parte. Quizá ese sea el premio: ella. La ayudé, me ayudó, nos ayudamos. Nos fuimos a tomar algo por la ciudad de piedra y hablamos largo y tendidos sobre la costa del sur de Italia y la tierra gallega. Los segundos a su lado eran tranquilos, no sólo era hermosa, era graciosa, sonriente y más inteligente. Al final de curso volvía a Roma para terminar Historia del Arte. No hubiera podido imaginar que la última vez que la iba a ver sería a mi lado..., haciendo un examen sobre ella. Casualmente. Me había dado sus señas, todas. Casualmente se desbanecieron de entre mis cosas. Casualmente. Como una belleza robada (Stealing Beauty). Casualmente. Había sido un disfrute aquel examen, perdí la noción del tiempo, también del espacio, no escribía una pluma sobre un papel, sino que éramos aquel poema y yo haciendo el amor. Cuando lo entregué, en aquel preciso instante, supe que yo estaba aquí para hacer algo especial, quizá mis compañeros también. Amo la Filología, y aunque estemos pasando por un momento de separación, sé, estoy convencido de que nuestros caminos convergerán otra vez, que será para siempre. Foto: Cartier Bresson Lo primero que hice al salir de la facultad de letras fue telefonear a unos ojos más verdes que castaños y decirles que quería repetir el examen. Hoy, de nuevo, el poema cobra sentido: ...por vos nací, por vos tengo la vida, Foto: Cartier Bresson |