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Despertando

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Los encantos en la naturaleza bella, que se encuentran con tanta frecuencia mezclándose, por decirlo así, con la forma bella, pertenecen: o a las modificaciones de la luz (en el colorido), o a las del sonido (en los tonos), pues estas son las únicas sensaciones del sentido que permiten no sólo sentimiento sensible, sino también reflexión sobre la forma de esas modificaciones del sentido, y encierran, por decirlo así, un lenguaje que nos comunica con la naturaleza y que parece tener un alto sentido. Así, el color blanco del lis parece disponer el espíritu a la idea de inocencia, y los otros colores, según el orden de los siete, desde el rojo hasta el violeta, parecen disponer: 1º, a la idea de sublimidad; 2º, de audacia; 3º, de franqueza; 4º, de afabilidad; 5º, de moderación; 6º, de firmeza, y, 7º, de ternura. El canto de los pájaros anuncia la alegría y el contento de su existencia. Por lo menos, así interpretamos la naturaleza, sea o no esa su intención, pero ese interés que aquí tomamos en la belleza exige totalmente de esa belleza de la naturaleza y desaparece del todo tan pronto como se nota que se ha sido engañado y que sólo es arte; de tal modo que el gusto después no puede encontrar en él nada bello, ni la vista nada encantador. ¿Qué aprecian más los poetas que el canto bello y fascinador del ruiseñor, en un soto solitario, en una tranquila noche de verano, a la dulce luz de la luna? En cambio hay ejemplos de que donde no se ha encontrado ningún cantor semejante, algún alegre hostelero, para contentar a sus huéspedes, venidos a su casa para gozar del aire del campo, los ha engañado escondiendo en su soto a algún compadre burlón, que sabía imitar ese canto como lo produce la naturaleza (con un tubo o una caña en la boca); pero, conocido el engaño, nadie consentirá en oír largo tiempo esos sonidos, tenidos antes por tan encantadores, y ocurre lo mismo con cualquier otro pájaro cantor. Tiene que tratarse de la naturaleza misma o de algo que nosotros tengamos por tal, para que podamos tomar en lo bello, como tal, un interés inmediato, y más aún si hemos de exigir de los demás que también lo tomen en él, lo cual ocurre, en realidad, al estimar nosotros como groseros y poco nobles a quienes no tienen sentimiento alguno de la naturaleza bella (pues así llamamos la capacidad de un interés en su contemplación), y se atienen a la comida o a la bebida en el goce de meras sensaciones de los sentidos.

 

 

***

 

Crítica del juicio (1981), Immanuel Kant, Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, pp. 207-208.

 

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Foto: Cartier Bresson.

Martes, 18 de Diciembre de 2007 08:16. Previsualizar. Tema: Literatura.

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