DisparodeNieve |
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Fue como una aparición. Estaba sentada en el centro del banco, completamente sola; o al menos él no vio a nadie más, con el deslumbramiento que le produjeron sus ojos. Al mismo tiempo que él pasaba, ella levantó la cabeza; él hizo una inclinación instintiva; y alejándose más en la misma dirección, se paró a contemplarla. Llevaba un sombrero de paja, de ala ancha, con cintas rosa que palpitaban al viento, detrás de ella. Sus bandós negros, que rodeaban la punta de sus grandes cejas, descendían muy abajo y parecían ceñir amorosamente el óvalo de su cara. Su vestido de muselina clara, de pequeños lunares, se abría en numerosos pliegues. Estaba bordando algo, y su nariz recta, su barbilla, toda su persona destacaba sobre el fondo del cielo azul. Como ella seguía en la misma actitud, Frédéric dio varias vueltas a derecha y a izquierda para disimular su maniobra; después se paró muy cerca de su sombrilla, apoyada en el banco, y fingía observar una chalupa en el río. Nunca él había visto esplendor semejante al de su tez morena, ni talle tan seductor, ni finura como la de aquellos dedos que la luz atravesaba. Contemplaba su cesto de costura, embelesado como una cosa extraordinaria. ¿Cuáles eran su nombre, su casa, su vida, su pasado? Deseaba conocer los muebles de su habitación, todos los vestidos que había llevado, la gente que frecuentaba; y el deseo de la posesión física desaparecía incluso bajo otro más profundo, en una ansiedad dolorosa que no tenía límites. La educación sentimental (1869), Gustave Flaubert, Letras Universales, Cátedra, Madrid, 2005, pp. 64-65. *** Sincero. Quisiera ser sincero, hoy más que nunca, alejarme de todo fingimiento, de toda apariencia, incluso del largo silencio sincero. Me cuesta afrontar mi propio yo, contienda de razones y argumentos, complejidad que deviene en absoluta simpleza, en esa ansiedad dolorosa que no tiene límites. La sinceridad se hace notar. Cuando uno se sincera, todo resulta más claro, las palabras brotan directamente desde el corazón, sin aduana que medie. En cambio, a mí me van las ramas, la genealogía de la conversación, el origen y los precedentes de lo que digo, que a veces sólo llega a ser lo que me gustaría haber dicho y no dije o no supe decirlo. Hace unos días hablaba sobre la escapada, sobre cómo Jean-Luc Godard también escapaba a su modo, no yendo directo al corazón, pero, aún así, llegando el primero. Mi escapada por el mundo, ese vagar perdido buscando cualquier camino que me lleve, es a mi corazón, lo que mi divagar es a mi sinceridad: no un quiero y no quiero, sino un quiero y no puedo. Finaliza otro año, y, pese a que uno continúa midiendo el tiempo en estados anímicos, esta vez coincide la Navidad con tímidos regresos. Y he dedicado tiempo al regreso, pero al regreso silencioso, lento y solitario. Y quizá el regreso no sea la vuelta a casa, sino la vuelta a uno mismo. Sin embargo, hay que reeducarse, aprender de nuevo a llamar a la puerta para que no nos abra un desconocido, ni siquiera una sombra de lo que fuimos, sino nuestro reflejo y sus circunstancias, mirarnos a los ojos verdes y decirnos: ¡Carallo, aquí estabas! Y he dedicado tiempo al regreso... He ido dos días a Compostela... a caminar... Tenía las excusas reales de una charla amistosa que se canceló y una pseudoreunión con un productor de cine, pero realmente a lo que yo iba era a disfrutar de la ciudad de piedra... Llegué a Galicia un jueves, él último jueves universitario antes de las vacaciones. Esa misma noche ya me perdía por la zona vieja. Quizá me esté volviendo loco, pero empiezo a recordarlo todo a mi modo..., que no es una versión alternativa de la realidad, sino una recapitulación sincera de mis sentimientos. No es mi estilo imponer nada, tampoco restar libertad a nadie, cada uno es libre de hacer lo que desee, cada uno se timonea a su modo, viento a favor, viento en contra, siguiendo una derrota o a la deriva; sin embargo, lo que nunca admitiré es que alguien intente cambiar una sola coma en mis recuerdos. No se debería caer en el autoengaño, ni disfrazar el pasado, el recuerdo se presenta sin adorno, virginal. En las manos de nuestra experiencia está el saber modelar el significado de esas sensaciones, cuanto mayor sea el manoseo, menor será la pureza. Caminante... Levantando la vista y bajando unas escaleras, cualesquiera, las de la Plaza de la Quintana, ..., observando, de nuevo volvió aquella sensación de pies fríos... su origen nace en la elección: algodón, no lana... quizá falte una mujer. El tiempo de los Cines Compostela se ha agotado, esa misma noche veían a su última sesión, me acerco, una última visita. Cuántas veces me habré detenido en el soportal a causa de los carteles y algún abrazo, qué agradable espera... Caigo en la tentación, doy unos pasos y me acerco a unos ventanales. Al otro lado continúa el mármol verde, aquel mármol de tantas y tantas sobremesas y siestas donde capucinos y vieneses hacías las veces de hogares con chimenea en la Cafetería d'Lucía. Un film al azar: Things you can tell just by looking at her (Cosas que diría con sólo mirarla, 2000), de Rodrigo García. Historias, tramas y comentarios aparte, durante aquella sesión años atrás comprobé la fragilidad de la muchacha más riquiña, cuyos ojos inmensos no me miraban precisamente desde la pantalla. Su fragilidad era mi debilidad. Y uno, que se va conociendo y continúa enamorado, sabe que no amará a nadie más... *** (…) y en la otra habitación estaba yo mismo, a lo mejor, con dolor de estómago o de corazón, escribiendo mentalmente el libro que escribe uno durante toda la vida, sin escribirlo, con las neuronas, desde el útero materno, en cuya elaboración y maduración nos cogerá la muerte (…) pp. 88-89. (…) Mirar a otros ojos da miedo. Los ojos queman los ojos. El mal de ojo, decían los antiguos. ¿Y qué es el mal de ojo sino los ojos del mal? Los ojos se refrescan mirando el mundo y se queman mirando otros ojos. Nada nos abrasa como una mirada. La mirada del odio, la mirada del amor, la mirada de la pregunta. Sé que mis ojos pueden incendiar el mundo. Sé que otros ojos pueden incendiarme. Sólo otros ojos. Unos ojos de mujer (…) p. 94. (…) Tu ausencia queda dibujada en un orden que es un desorden (…) p. 96. Mortal y rosa (1975), Francisco Umbral, Letras hispánicas, Cátedra / Destino, Madrid, 2007, pp. 53-54. *** Mi mente quizá esta noche se lleve la palma y consiga que sea una velada especial, ojalá que además de los cuatro comensales consiga traer todas mis ausencias y nos sentemos veinte a la mesa. Sólo un gesto, una mirada que me incendie y seré feliz. Fecha: 01/01/2008 22:26. |