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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2007.
Au revoir les enfants (Adiós muchachos, 1987), de Louis Malle. El director francés, uno de mis preferidos, presenta una historia llena de ternura y sinceridad. Los ojos de los dos protagonistas resumen el film. Hermoso. Un lugar en el mundo (1992), de Adolfo Aristaráin. Una historia que trata sobre la búsqueda, del encuentro con esas pequeñas cosas que son las más grandes, como ya he dicho en otras ocasiones. Aristaráin nos lleva de la mano hasta llegar a los últimos quince minutos donde uno ya está preparado para sentir muy adentro aquello que busca. En cierto modo, me recuerda a Lugares Comunes (2002), del mismo director, el fondo sentimental no ha cambiado. Cuanto más vivo, menos me fio de las ideas y más de las emociones. Una maravilla emotiva. The Pursuit of Happyness (En busca de la felicidad, 2006), de Gabrielle Muccino. Quien nos había entretenido con L’ultimo bacio (El último beso, 2001), parece caer en las redes del sueño americano, que no es más que humo contaminado. Film inmaduro. Sonatine (1993), de Takeshi Kitano. Dicen que se trata de una obra maestra, creo que podría estar muy cerca. La perrera (2005), de Manuel Nieto Zas. Nada en la nada. Tedioso. Green Street Hooligans (2005), de Lexi Alexander. Film donde de nuevo se pone de manifiesto la mala y ya conocida educación británica... Pésima realización que no se pudo suplir ni en el montaje. Innecesaria. The Fabulous Baker Boys (Los fabulosos Baker Boys, 1989), de Steve Kloves. Película entretenida sobre una pareja de músicos interpretada por Jeff Bridges y Beau Bridges que deciden contratar a una fabulosa cantante, Michelle Pfeiffer. Correcta dirección y agradable historia. Lock, Stock and Two Smoking Barrels (Lock & Stock, 1998), de Guy Ritchie. ¡Olé! Hay que verla. París-Tombuctú (1999), de Luis García Berlanga. No me explico cómo lleva esa firma. Pésima. Crash (1996), de David Cronenberg. Ni tanto ni tan poco. Un film hecho desde las entrañas, Cronenberg está en cada choque, en cada herida, en cada relación sexual, … es Cronenberg. Birth (Reencarnación), de Jonathan Glazer. El aclamado director de videoclips nos presenta una premisa tremenda: el difunto marido de una mujer (Nikole Kidman) vuelve reencarnado en un niño de diez años para intentar impedir su nuevo matrimonio. Es una pena que el guión se desinfle a la media hora. Incompleta. White Hunter, Black Heart (Cazador blanco, corazón negro, 1990), de Clint Eastwood. Un clásico que nunca falla. The final cut (La memoria de los muertos, 2002), de Omar Näim. Un film sobre el montaje de la memoria de los muertos, sobre sus recuerdos. El guión deja mucho que desear… deseamos demasiado… [REC] (2007), de Jaume Balagueró y Paco Plaza. Inverosímil, incoherente y, lo peor, tramposa. High crimes (Toda la verdad, 2002), de Carl Franklin. Film de juicios donde no llegamos a picar el anzuelo. Floja. Not another teen movie (No es otra estúpida película americana, 2001), de Joel Gallen. Parodia sobre las comedias de adolescentes estadounidenses en la que se ponen en juego todos los arquetipos. Saben lo que se hacen, aunque no hagan nada. The devil wears Prada (El diablo se viste de Prada, 2006), de David Frankel. Comedia muy interesante, quizá de las que no pasen a la historia, pero de las que sí nos pueden hacer pasar un buen rato. Ágil y sexy. A Guide to Recognizing Your Saints (Memorias de Queens, 2006), de Dito Montiel. Indiferente. The Deer Hunter (El cazador, 1978), de Michael Cimino. Una pequeña obra de arte con grandes momentos de interpretación por parte de Robert De Niro, Meryl Streep, Christopher Walken, John Savage, George Dzundza, John Cazale, Amy Writght y Joe Grifasi. My left foot (Mi pie izquierdo, 1989), de Jim Sheridan. Daniel Day-Lewis: magnífico. Gran film. Fados (2007), Carlos Saura. Da gusto comprobar cómo todavía quedan directores que saben lo que quieren. Fados supone el cierre a Flamenco (1995) y Tango (1998). Aquí ya no hay historia, sino que son sucesiones de actuaciones musicales, donde sí se respeta el estilo fotográfico de las anteriores películas. Der letzte Zug (Último tren a Auschwitz, 2006), de Joseph Vilsmaier y Dana Vávrová. Cómo llevar el film dentro de un vagón de tren… excelente dirección y elección de planos, aunque poca verosimilitud en cuanto a hechos históricos. Conmovedora. Brokeback Mountain (2005), de Ang Lee. Pese a su éxito, personalmente no me agradan los films de Lee, exceptuando Wo hu cang long (Tigre y dragón, 2000). Sin embargo, admito que en Brokeback Mountain se ha acercado al tempo que me atrae. Mañana es tarde, ahora es tarde, siempre es tarde. Me sostengo en la escapada, comenzó hace ya cuatro años, me equilibra de algún modo que no conozco. A veces, escapar no es más que estudiar cuatro blancas paredes que se esconden tras tu sombra, no es más que vagar bajo la lluvia del Raval esquivando yonkis, putas y maricones mientras piensas en los otoños de tu vida, no es más que apagar la luz, no es más que meterse en la pantalla, no es más que volver por otro camino, a veces, escapar no es más que besar al Otro, sin significante, que no existe, no es más que revolver el tiempo con el café, no es más que callar, no es más que amar, dar rodeos, enumerar…, no es más que soñar; pero, ¿qué habrá allá..., al final de la escapada? Me sostengo en la escapada, el equilibrio justo entre el Otro y yo: la distancia. Me escapo. Solo. Escapando. Una trenca hasta las rodillas, con capucha. Mi reloj desapareció hace tiempo y suelo llegar una hora antes al cine: el descuido se hace virtud. En una cafetería destilo los minutos en latidos al ritmo de las cucharadas de café con leche y de un film orgánico de Jonas Mekas que proyecta el iPod en algún lugar del corazón. Invisible, me voy. El cine. Solo. No dejo notas ni avisos de adonde voy, nadie lo sabe. Tomo mi último boleto verde y me acerco a la taquilla para canjearlo por una entrada roja. Delante, una trenca negra acompañando a una solitaria melena que hace desmerecer las manos de cualquier peluquero, tan larga y hermosa que al posarse sobre unas sábanas trasladaría a la irreflexión. La butaca. Solo. A un lado, nadie, al otro, nadie, delante, mi amiga, la pantalla, inmóvil… Sobra tiempo para no hacer nada, acomodándose, escuchando Estoy matizando, de Bebo Valdés, notando cómo crece la sala, levantando tímidamente la vista hacia la derecha y observado cómo la larga melena no era más que la antesala de la belleza con los matices más finos de Barcelona: tan guapa, que era imposible desearla. Continúo matizando, lo noto en mi costilla, la rota. Se me ocurre una preciosa frase sobre la ceguera, entre mi desorden busco un papel y un bolígrafo, no alcanzo a nada más que un lápiz embotado y un viejo y arrugado ticket de óptica. Se me olvida la frase. Al otro lado del ticket asoma la punta del lápiz, jugando a escribir susurros. Perdona el atrevimiento. Añado una dirección de correo electrónico y guardo el papel en el bolsillo. Silencio. Abre de negro. Éloge de l’amour (Elogio del amor, 2001), de Jean-Luc Godard. Abstracción. Un poema íntimo, una mirada cómplice entre el autor y unos pocos. Godard también escapa a su modo, no va directo al corazón y, aún así, llega el primero. Los poros se abren a los susurros franceses, el blanco y negro ilumina el rostro con los matices más finos de Barcelona, los ojos inmensos. Godard cita de Notes sur le cinématographe (Notas sobre el cinematógrafo, editado por Gallimard en 1975), de Robert Bresson: el buen director es aquel que no sólo sabe dirigir actores, sino el que sabe dirigirse a sí mismo. En la oscuridad vuelvo sobre el ticket, el lápiz susurra: ¿Cómo te llamas? Vuelve la luz y ella se va. Voy. El equilibrio justo entre el Otro y yo: la distancia: veinte pasos: apurada, apurado. El ticket de compra juega con mis dedos dentro del bolsillo. El corazón…, a su ritmo. Afuera, los aires helados de un domingo donde las lucecitas de navidad no dejan ni la mitad de estela que ella. La sigo y me culpabilizo. Camina mientras se pone un gorrito de lana con dos cordeles de los que cuelgan dos pompones. Me culpabilizo y la miro. Ya son treinta pasos. Me detengo, intento dejar fuera de combate al ticket. Quieto. Ella dobla la esquina. El ticket me tumba. He perdido la estela. Cruzo la calle, doy vuelta atrás, me pierdo, me detengo: tumbé al ticket y ya puedo caminar tranquilo hacia casa. Respiro hondo, todo lo que me permite mi costilla, la rota, doblo la esquina. Sobre una bicicleta Bicing, la boca de los matices más finos de Barcelona exhala vaho mientras espera con el semáforo en rojo. Escapar, a veces, no es más que seguir adelante. Cruzo el paso…, el ticket hace ruido, mi puño lo encarcela…, un cruce de miradas, creo que me reconoce del Éloge…, paso de largo, semáforo verde… Me detengo, me vuelvo y contemplo cómo se pierde a lo lejos en la gran vía desierta, mientras pienso que ojalá pudiese canjear un semáforo verde por otro rojo… Y de vuelta a lo cotidiano desde lo cotidiano, me siento como El Perseguidor (1959), de Julio Cortázar, persiguiendo un sueño y decepcionándome con la realidad. Era el propio Jean-Luc Godard quien decía: como principio siempre elijo hacer lo que otros no hacen. Si nadie lo hace, entonces es algo que está por hacer. Intentémoslo. Los encantos en la naturaleza bella, que se encuentran con tanta frecuencia mezclándose, por decirlo así, con la forma bella, pertenecen: o a las modificaciones de la luz (en el colorido), o a las del sonido (en los tonos), pues estas son las únicas sensaciones del sentido que permiten no sólo sentimiento sensible, sino también reflexión sobre la forma de esas modificaciones del sentido, y encierran, por decirlo así, un lenguaje que nos comunica con la naturaleza y que parece tener un alto sentido. Así, el color blanco del lis parece disponer el espíritu a la idea de inocencia, y los otros colores, según el orden de los siete, desde el rojo hasta el violeta, parecen disponer: 1º, a la idea de sublimidad; 2º, de audacia; 3º, de franqueza; 4º, de afabilidad; 5º, de moderación; 6º, de firmeza, y, 7º, de ternura. El canto de los pájaros anuncia la alegría y el contento de su existencia. Por lo menos, así interpretamos la naturaleza, sea o no esa su intención, pero ese interés que aquí tomamos en la belleza exige totalmente de esa belleza de la naturaleza y desaparece del todo tan pronto como se nota que se ha sido engañado y que sólo es arte; de tal modo que el gusto después no puede encontrar en él nada bello, ni la vista nada encantador. ¿Qué aprecian más los poetas que el canto bello y fascinador del ruiseñor, en un soto solitario, en una tranquila noche de verano, a la dulce luz de la luna? En cambio hay ejemplos de que donde no se ha encontrado ningún cantor semejante, algún alegre hostelero, para contentar a sus huéspedes, venidos a su casa para gozar del aire del campo, los ha engañado escondiendo en su soto a algún compadre burlón, que sabía imitar ese canto como lo produce la naturaleza (con un tubo o una caña en la boca); pero, conocido el engaño, nadie consentirá en oír largo tiempo esos sonidos, tenidos antes por tan encantadores, y ocurre lo mismo con cualquier otro pájaro cantor. Tiene que tratarse de la naturaleza misma o de algo que nosotros tengamos por tal, para que podamos tomar en lo bello, como tal, un interés inmediato, y más aún si hemos de exigir de los demás que también lo tomen en él, lo cual ocurre, en realidad, al estimar nosotros como groseros y poco nobles a quienes no tienen sentimiento alguno de la naturaleza bella (pues así llamamos la capacidad de un interés en su contemplación), y se atienen a la comida o a la bebida en el goce de meras sensaciones de los sentidos. *** *** Foto: Cartier Bresson. ¿Dónde estás? Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud. Todo lo que somos, sí, tiene ese revés de sueño, ese cimiento o esa escombrera turbia, y alguien se preguntaba, irónico, por los sueños de Kant, de Descartes, de Hegel. ¿Qué clases de sueños no tendrían esos monstruos de razón? Toda la represión mental de sus sistemas había de tener, sin duda, un revés caótico, doliente y atribulado. Cómo negar la mitad en sombra de la vida, si están ahí los sueños. Hay una época de la existencia en que uno decide ser sólo sus sueños, y el surrealismo es una adolescencia en cuanto que quiere alimentarse de sueños. Hay una madurez, un clasicismo —a cualquier edad de la vida— en que optamos por nuestra razón, por nuestro rigor, por nuestra estatura. Qué más da. Tan pueril es vivir de sueños como vivir de silogismos. Claro que se vive de lo que se puede, y tarda uno en aprender a vivir de realidades, de cosas, de objetos, como viven los seres naturales. El hombre es un ser de lejanías, dijo el otro. Sí, el hombre es un ser de utopías, de distancias, de «proyectos líricos». El hombre tiene que aprender a ser criatura de cercanías, pastor de lo inmediato. Mis sueños sólo me dan una versión embrollada de lo que tengo muy claro. Cuando sueño soy el exegeta confuso de mí mismo, el amanuense indescifrable y pelmazo que quiere anotarlo todo y todo lo embarulla. El sueño le pone a mi vida un comentario ocioso y oscuro, sin secreto, pero con sombra. Estoy en esto con monsieur Sastre, que le niega al sueño todo significado y le atribuye la imposibilidad de formular una sola imagen coherente, porque en cuanto formulo una imagen coherente «ya estoy despierto». No me interesan mis sueños como no me interesa ya, casi, mi pasado. De la prosa de la vida hago en sueños poemas surrealistas. Breton vive de mí y sale por la noche a comerme en porciones. A la mierda con Breton. Sé que consisto en una cloaca, un légamo, una putrefacción, pero me aburre, ya, constatarlo, y he perdido la fascinación de mis propias heces, que es una fascinación infantil perpetuada en el poeta, el neurótico y el psicoanalista. Sólo necesita recurrir a sus sueños la gente sin imaginación. A Breton y a Freud seguro que no se les ocurría nada, nunca. Tan primitivo es interpretar los sueños hacia el pasado como era interpretarlos hacia el futuro, en tiempos de José. La linterna sorda del soñar no alumbra ni un adarme de futuro, y sobre el pasado sólo proyecta sombras confusas, bultos y versiones equívocas de lo que estaba claro. Soñar con mi madre muerta o con calefacciones que debía encender de pequeño, y los miles de escaleras que debía subir, no es sino repetir tediosamente, en una película mala y con los rollos cambiados, una vida que no deseo recordar. Ya es bastante surrealista que se le muera a uno la madre mientras tiene que subir miles y miles de escaleras como recadero. ¿Qué surrealismo le puede añadir el sueño a una realidad tan poco real? Me arranco, pues, de la selva pantanosa de los sueños y me resumo como puedo, recojo porciones de realidad que yacen tristes por la habitación, me doblo por la mitad y mis riñones, cargados de pasado y de licores, gimen dulcemente. Ya estoy en pie. (...) *** Mortal y rosa (1975), Francisco Umbral, Letras hispánicas, Cátedra / Destino, Madrid, 2007, pp. 53-54. *** Fuego y caricias aparte, un modo interesante de hacer entrar en calor a un cuerpo gélido como el mío es teclear los textos literarios que me mueven y me conmueven, sea la tarde del veinticinco de diciembre o la mañana de mi funeral. Me han regalado Mortal y rosa y he sentido la necesidad de compartir el arranque con vosotros, saltándome algún que otro derecho de edición, pero con la convicción de que despertará cierto interés y, quizá, alguno o alguna o algo se acerque a una librería... Fue como una aparición. Estaba sentada en el centro del banco, completamente sola; o al menos él no vio a nadie más, con el deslumbramiento que le produjeron sus ojos. Al mismo tiempo que él pasaba, ella levantó la cabeza; él hizo una inclinación instintiva; y alejándose más en la misma dirección, se paró a contemplarla. Llevaba un sombrero de paja, de ala ancha, con cintas rosa que palpitaban al viento, detrás de ella. Sus bandós negros, que rodeaban la punta de sus grandes cejas, descendían muy abajo y parecían ceñir amorosamente el óvalo de su cara. Su vestido de muselina clara, de pequeños lunares, se abría en numerosos pliegues. Estaba bordando algo, y su nariz recta, su barbilla, toda su persona destacaba sobre el fondo del cielo azul. Como ella seguía en la misma actitud, Frédéric dio varias vueltas a derecha y a izquierda para disimular su maniobra; después se paró muy cerca de su sombrilla, apoyada en el banco, y fingía observar una chalupa en el río. Nunca él había visto esplendor semejante al de su tez morena, ni talle tan seductor, ni finura como la de aquellos dedos que la luz atravesaba. Contemplaba su cesto de costura, embelesado como una cosa extraordinaria. ¿Cuáles eran su nombre, su casa, su vida, su pasado? Deseaba conocer los muebles de su habitación, todos los vestidos que había llevado, la gente que frecuentaba; y el deseo de la posesión física desaparecía incluso bajo otro más profundo, en una ansiedad dolorosa que no tenía límites. La educación sentimental (1869), Gustave Flaubert, Letras Universales, Cátedra, Madrid, 2005, pp. 64-65. *** Sincero. Quisiera ser sincero, hoy más que nunca, alejarme de todo fingimiento, de toda apariencia, incluso del largo silencio sincero. Me cuesta afrontar mi propio yo, contienda de razones y argumentos, complejidad que deviene en absoluta simpleza, en esa ansiedad dolorosa que no tiene límites. La sinceridad se hace notar. Cuando uno se sincera, todo resulta más claro, las palabras brotan directamente desde el corazón, sin aduana que medie. En cambio, a mí me van las ramas, la genealogía de la conversación, el origen y los precedentes de lo que digo, que a veces sólo llega a ser lo que me gustaría haber dicho y no dije o no supe decirlo. Hace unos días hablaba sobre la escapada, sobre cómo Jean-Luc Godard también escapaba a su modo, no yendo directo al corazón, pero, aún así, llegando el primero. Mi escapada por el mundo, ese vagar perdido buscando cualquier camino que me lleve, es a mi corazón, lo que mi divagar es a mi sinceridad: no un quiero y no quiero, sino un quiero y no puedo. Finaliza otro año, y, pese a que uno continúa midiendo el tiempo en estados anímicos, esta vez coincide la Navidad con tímidos regresos. Y he dedicado tiempo al regreso, pero al regreso silencioso, lento y solitario. Y quizá el regreso no sea la vuelta a casa, sino la vuelta a uno mismo. Sin embargo, hay que reeducarse, aprender de nuevo a llamar a la puerta para que no nos abra un desconocido, ni siquiera una sombra de lo que fuimos, sino nuestro reflejo y sus circunstancias, mirarnos a los ojos verdes y decirnos: ¡Carallo, aquí estabas! Y he dedicado tiempo al regreso... He ido dos días a Compostela... a caminar... Tenía las excusas reales de una charla amistosa que se canceló y una pseudoreunión con un productor de cine, pero realmente a lo que yo iba era a disfrutar de la ciudad de piedra... Llegué a Galicia un jueves, él último jueves universitario antes de las vacaciones. Esa misma noche ya me perdía por la zona vieja. Quizá me esté volviendo loco, pero empiezo a recordarlo todo a mi modo..., que no es una versión alternativa de la realidad, sino una recapitulación sincera de mis sentimientos. No es mi estilo imponer nada, tampoco restar libertad a nadie, cada uno es libre de hacer lo que desee, cada uno se timonea a su modo, viento a favor, viento en contra, siguiendo una derrota o a la deriva; sin embargo, lo que nunca admitiré es que alguien intente cambiar una sola coma en mis recuerdos. No se debería caer en el autoengaño, ni disfrazar el pasado, el recuerdo se presenta sin adorno, virginal. En las manos de nuestra experiencia está el saber modelar el significado de esas sensaciones, cuanto mayor sea el manoseo, menor será la pureza. Caminante... Levantando la vista y bajando unas escaleras, cualesquiera, las de la Plaza de la Quintana, ..., observando, de nuevo volvió aquella sensación de pies fríos... su origen nace en la elección: algodón, no lana... quizá falte una mujer. El tiempo de los Cines Compostela se ha agotado, esa misma noche veían a su última sesión, me acerco, una última visita. Cuántas veces me habré detenido en el soportal a causa de los carteles y algún abrazo, qué agradable espera... Caigo en la tentación, doy unos pasos y me acerco a unos ventanales. Al otro lado continúa el mármol verde, aquel mármol de tantas y tantas sobremesas y siestas donde capucinos y vieneses hacías las veces de hogares con chimenea en la Cafetería d'Lucía. Un film al azar: Things you can tell just by looking at her (Cosas que diría con sólo mirarla, 2000), de Rodrigo García. Historias, tramas y comentarios aparte, durante aquella sesión años atrás comprobé la fragilidad de la muchacha más riquiña, cuyos ojos inmensos no me miraban precisamente desde la pantalla. Su fragilidad era mi debilidad. Y uno, que se va conociendo y continúa enamorado, sabe que no amará a nadie más... *** (…) y en la otra habitación estaba yo mismo, a lo mejor, con dolor de estómago o de corazón, escribiendo mentalmente el libro que escribe uno durante toda la vida, sin escribirlo, con las neuronas, desde el útero materno, en cuya elaboración y maduración nos cogerá la muerte (…) pp. 88-89. (…) Mirar a otros ojos da miedo. Los ojos queman los ojos. El mal de ojo, decían los antiguos. ¿Y qué es el mal de ojo sino los ojos del mal? Los ojos se refrescan mirando el mundo y se queman mirando otros ojos. Nada nos abrasa como una mirada. La mirada del odio, la mirada del amor, la mirada de la pregunta. Sé que mis ojos pueden incendiar el mundo. Sé que otros ojos pueden incendiarme. Sólo otros ojos. Unos ojos de mujer (…) p. 94. (…) Tu ausencia queda dibujada en un orden que es un desorden (…) p. 96. Mortal y rosa (1975), Francisco Umbral, Letras hispánicas, Cátedra / Destino, Madrid, 2007, pp. 53-54. *** Mi mente quizá esta noche se lleve la palma y consiga que sea una velada especial, ojalá que además de los cuatro comensales consiga traer todas mis ausencias y nos sentemos veinte a la mesa. Sólo un gesto, una mirada que me incendie y seré feliz. |