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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2007.
Soy de la opinión de que a la gente no se le puede enseñar a escribir, si no sabe pensar o, por lo menos, pensar escribiendo, sin embargo, sí he cambiado un poco mi visión sobre los recursos narrativos de los que echar mano si uno se siente atascado en determinada situación. Y es que hay cosas que desde los griegos nunca fallan. Me empapo de La Poética aristotélica, de la Ars Poética horaciana, de manuales del guión hollywoodiense como los de Robert McKee, Linda Siger o el cuadrado Syd Field, noto y compruebo que a ninguno le falta razón, que existen cantidad de ejemplos que respaldan sus teorías, pero… Scener ur ett äktenskap (Secretos de un matrimonio, 1973), de Ingmar Bergman, me ha roto todos los esquemas dos días antes del examen de guión cinematográfico. Y en Europa se habla de arte y en otros lugares de industria… Obra maestra. Me da vergüenza no tener palabras para ella, no sé qué se puede decir que no esté ya en el film. Me siento tan pequeño a su lado que prefiero cerrar la boca y disfrutar. Por favor, vedla en versión original. Un saludo. -Qué entrada más floja para una película como esta... debe de ser la gripe-. Esta mañana, en el día de mi cumpleaños, en uno de esos descansos que huelen a libro viejo, me he perdido a propósito en la literatura del siglo XVIII, y allí estaba..., aquel soneto de Meléndez Valdés, que hace años me enseñaba el fuego sin mostrármelo... EL DESPECHO Era cierto que Ralkólnikov se alegraba, se alegraba mucho, de estar a solas con su madre sin nadie más. Era como si, después de aquella época horrible, se le ablandara de golpe el corazón. Cayó ante ella de rodillas, le besó los pies y luego lloraron los dos abrazados. Esta vez la madre no manifestó sorpresa ni preguntó nada. Había comprendido desde hacía mucho tiempo que algo espantoso le sucedía a su hijo y que ahora había llegado un momento fatal para él. ––Rodia, hijo mío querido –decía sollozando–. Ahora estás igual que cuando eras pequeño; igual acudías a mí, me abrazabas y me besabas. Ya en vida de tu padre, dentro de nuestra penuria, nos consolaba el solo hecho de tenerte a ti. Y, cuando él faltó, ¡cuántas veces hemos llorado tú y yo sobre su tumba, abrazados así como ahora! Y eso de que lloro desde hace ya tiempo, es porque mi corazón de madre presentía una desgracia. En cuanto te vi la primera vez, la noche que llegamos, ¿te acuerdas?, todo lo adiviné por tu mirada y ya me dio un vuelco el corazón. Y hoy, nada más abrir la puerta, nada más verte he comprendido que había llegado la hora fatal. Rodia, ¿no te marchas ahora mismo, verdad Rodia? ******************** Fiódor Dostoievski (2005), Crimen y Castigo, Letras Universales, Cátedra, p. 663. ******************** Seré sincero: no se me ocurría cómo comenzar una nueva entrada en Disparo de Nieve después de haberlo enviado al olvido por una temporada. Me siento como esa persona que, así, de repente, se encuentra con un conocido, con un amigo, con una amante, con una antigua novia o con cualquiera que se le haya perdido en el camino y se fuera borrando las huellas. Generalmente, suele tratarse de un momento incómodo en el que los silencios son atajados con la primera simpleza u obviedad generada por esa amalgama de conexiones neuronales... o a golpe de martillo por los genios malvados de nuestro interior –prefiero la segunda opción–. Quizá sea, que no lo sé, puede ser, que no tengo ni idea, que por casualidad se trate de esa cosa que llaman apariencia y que no es otra cosa que la automasturbación del ego –no alcanzo a dibujar esta imagen en mi mente, sé que automáticamente algunos de mis colegas ya tienen un inventario de bocetos mentales catalogados por colores, texturas, tonos, tamaños, etcétera, con sólo leerlo–. Y el acto de darse placer a uno mismo con los disimulos, los estúpidos velos y demás recelos, tanto a la larga como a la corta frustran… ¡Ay, gente! Si os preguntan algo, sed sinceros, que si no lo sois vosotros, lo será ese labio superior que no controláis y se sube travieso como arqueando la verdad hasta convertirla en mentira. No estoy hablando de nada en particular, simplemente se me ha ido la olla hace rato y la pinza ya comienza a esconderse. Como decía: la sinceridad. Este año he recibido la mejor lección que me podían dar en la escuela de cine. En la última clase que tuve de una de las asignaturas más importantes –aunque todo sea importante en cine–, después de habernos enseñado lo habido y por haber, uno de los profesores más exigentes, más motivadores, más realistas y más directos nos dijo: tíos, ahora coged todo lo que habéis escuchado en estas clases, haced una gran bola y tiradla a la basura. Aquí lo único que importa es la sinceridad: si sois sinceros con vosotros mismos, lo demás no importa. Vale, suena un poco a Fame!, pero es que en realidad es así. Alguno pensará: pues si tienes que asistir a un aula para aprender esto, mal te veo. Puede ser cierto, pero esto sólo se comprende después de muchas horas analizando film tras film tras film…, puede ser un modo de no obcecarse con lo que vemos que han hecho los demás, pero también es un modo de conocernos a nosotros –y después volveré sobre esto–. En fin, que no tenía ni idea de cómo comenzar y fui sincero, preferí un fragmento de Crimen y Castigo en el que Raskólnikov habla por última vez con su madre, momento que me emocionó -quien tuviera…- Página a página, Crimen y Castigo conduce al lector por un sendero psicológico tan sombrío que al llegar a la página setecientos uno, al último párrafo, no se cree lo que está leyendo. Y no estoy hablando de verosimilitud, sino de una de las genialidades de la literatura… las últimas líneas que se le ocurrieron a Fio –para los amigos–, que no tendrían sentido sin toda la obra que le antecede, así que a nadie se le ocurra atajar, que la carrera es deliciosa. Me estoy convirtiendo en una persona poco atenta, quizá esté perdiendo ese aprecio por el cuidado de los pequeños detalles, pues he dicho que volvería sobre el tema del autoconocimiento y ya no me apetece... Quizá esté pasando por una crisis de identidad. Sasom i en Spegel (Como en un espejo,1961), de Ingmar Bergman. El sueco se pregunta de nuevo si existe un Dios y tiene como eje central las relaciones interpersonales. Una auténtica maravilla. Paris, Texas (1984), de Wim Wenders. Me he proyectado como frente a un espejo. Una obra maestra. Día extraño en un lugar extrañísimo. Puede resultar obvio que cada uno espere a conciencia la onomástica festiva de sus estudios, trabajos o lugares, obvio, normal. El descanso es el des-canso. Lo que ya se escapa un poco de la lógica que nos rodea a algunos es que en una escuela de cine se suspendan las clases el día posterior a la entrega de los Oscars... No se hace ni después de la entrega de los premios de Cannes, ni de Venecia, ni de Berlín, ni muchísimo menos en los premios Goya, pero mis compañeros tiran a Hollywood, cosa que me parece muy correcta y considerada... Aquí, un matado al que la vida no hace más que darle un agradable sufrimiento, se encuentra solo con toda una serie de material cinematográfico esperando la hora en la que su equipo técnico deje de una vez las sábanas que les hace soñar con alfombras rojas retrasando continuamente esa experiencia vital que se llama rodaje. Y hoy, como veo tan desprotegido al cine español por las últimas decisiones gubernamentales, hago un homenaje a un de los films más bellos que haya visto jamás: El espíritu de la colmena (1974), de Víctor Erice. Historia sobre la niñez, sus descubrimientos y la imaginación. De nuevo se presenta una obra en la que el artista nos enseña que no hay que seguir ninguna regla para realizar poesía cinematográfica... Perderos entre sus versos, versos que hemos vivido todos... Ciao. *Rodaje y parsimonia, antónimos. Estoy solo y no hay nadie en el espejo. Jorge Luis Borges. El infierno está todo en esta palabra: soledad. Victor Hugo. La soledad se admira y se desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente. Carmen Martín Gaite. Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad. Guy de Maupassant. |