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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2007.
¿Serás, amor un largo adiós que no se acaba? Pedro Salinas No se trata de que hoy no tenga fuerzas ni ganas de escribir cualquier cosa, sólo es que supongo que debe de ser mejor dejar aquí un gran cuento de Horacio Quiroga, antes de que me ponga a dar detalles de mis sueños, en los que suelen aparecer siempre las mismas personas. Sin embargo, en La gallina degollada hay tanto de cuento como de sueño, hay tanto de ahora como de antes, hay tanto de nada como de todo, hay tanto o más de ellas como de mí y, sobre todo, hay tanto de algo... *** Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre. —¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito. El padre, desolado, acompañó al médico afuera. —A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá. —¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...? —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente. Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad. Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos! Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores. Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores. Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba. —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos. Berta continuó leyendo como si no hubiera oído. —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos. Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada: —De nuestros hijos, ¿me parece? —Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos. Esta vez Mazzini se expresó claramente: —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no? —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró. —¿Qué no faltaba más? —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir. Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla. —¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos. —Como quieras; pero si quieres decir... —¡Berta! —¡Como quieras! Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga. Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini. —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...? —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito. Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto! —Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla! —¡Qué! ¿Qué dijiste?... —¡Nada! —¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú! Mazzini se puso pálido. —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías! —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos! Mazzini explotó a su vez. —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora! Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios. Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra. A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina. El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo... —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina. Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos. —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco. Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa. Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca. De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo. —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó. —Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. —Me parece que te llama—le dijo a Berta. Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio. —¡Bertita! Nadie respondió. —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada. Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento. —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror. Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola: —¡No entres! ¡No entres! Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro. Hay que ser infiel, pero nunca desleal. Ningún lugar en la vida es más triste que una cama vacía. Lo más importante que aprendí a hacer después de los cuarenta años fue a decir no cuando es no. El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada. La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado. La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener. Nunca releo mis libros, porque me da miedo. El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar. La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla. En todo momento de mi vida hay una mujer que me lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres y en las cuales se orientan mejor con menos luces. No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad. Once de junio. Debería haberme quedado en casa estudiando para selectividad, pero me fui de paseo marítimo... [hace ocho años] *** De pronto, una mano me sujetó por el hombro y me detuve. -¿Os vais ya? –Era Beatriz. No parecía guardarme rencor. A veces las mujeres resultan incomprensibles. Nunca acabamos de desentrañar la capacidad de su cariño ni la de su odio. Por eso los hombres terminamos esquizofrénicos. Supuse que ella no iba a hacer nada por impedir que me marchara, pero contenía dentro de sí tal ansia de agradar que no podía tolerar que me fuera sin un buen recuerdo de ella. -Yo estoy segura de que algún día volveremos a vernos. -O no. -Yo sí –insistió ella. -Bueno... -Suerte en tu vida. -Y tú en la tuya. -Lo intentaré. Me dio un beso fugaz en los labios, casi inexistente, alzándose sobre las puntillas de sus zapatillas de tenis. Se volvió. El jersey anudado a la cintura se balanceó y dejó ver lo que siempre había imaginado. El pelo danzaba sobre su cabeza. Envidié su capacidad innata para hacerte sentir mal, para tocar la derrota en victoria. Mi preciosa menuda se había salido con la suya, dejar tras de sí la estela del deseo. *** Cuatro amigos, David Trueba Hasta hace un tiempo contaba los años por cursos y pensaba que pronto cambiarían las cosas, que llegaría el día en que el tiempo se mediría por lo que es, no por lo que uno hace. Sin embargo, ahora siento que me he saltado un capítulo de Cómo contar el tiempo, pues mis momentos los marcan los estados de ánimo. Por eso, cuando alguien me pregunta por la edad, a veces no sé que contestar, incluso he llegado a confundirme o a olvidarme. Es así que he tenido tres ciclos en mi vida, espero que no se trate ya del desenlace…, quiero más comienzos y, sobre todo, más nudos… *** Y… *** Tumbado en mi ostentosa cama veo a lo lejos —no puede ser muy lejos en esta habitación— un móvil hecho añicos, del que tan sólo queda intacta la pantalla… Me hace gracia la pantallita. Hace unas semanas que me han comprado mi primer cortometraje —que nadie vaya a pensar que uno se hace de oro, más o menos el precio equivale a lo que cuesta un empaste hecho con arte*… y con guante blanco—, estoy contento y me contengo, me han llamado de una productora-distribuidora austriaca para hacerse con los derechos de distribución en Austria, Holanda y Dinamarca. Lo realmente interesante es que si el corto fuese para todos los públicos, la misma productora me lo hubiese comprado para televisión y ahí el precio sí que se dispararía. Me han dicho que están interesados en seguirme de cerca, cuando alguien te dice algo así no puedes esperar a mirar tras de ti, asustado, no vaya a ser que ya estén a la expectativa. Recordé esto porque se va a emitir en las pantallas de los móviles: a dónde hemos llegado y a dónde llegaremos… *¿Qué es el arte? No lo sé. Aunque pueden existir ciertas pautas inherentes. Sin embargo, ahora cualquier cosa es arte, incluso hacerse un cocido madrileño. Ya existe una definición para la gastronomía entendida como arte —me la ha comentado un colega, yo no digo estas cosas—: la gastronomía es el único arte que se caga. *** Idas de olla a las dos de la madrugada… *** ¡Ah, si nos fuera dado el poder de vernos como nos ven los demás! De cuantos disparates y necedades nos veríamos libres. Robert Burns. City Lights (Luces de la ciudad, 1931), de Charles Chaplin. Una de las mejores obras que he visto de Chaplin, en la que se ponen en juego las clases sociales y el amor… ya sabemos que el cómico era todo un romántico. Para el recuerdo la escena del baile. Nobody’s Business (1996), de Alan Berliner. Un grandísimo documental que realiza el director a la figura de su padre. Las entrevistas están llenas de acidez, ironía y, sobre todo, sinceridad. No se trata de una película que un cineasta dedica a un ídolo, sino una conversación de hombre a hombre, de padre a hijo, donde el único inconveniente es que el padre no sabe porqué demonios su hijo, con lo inteligente que era, gasta su tiempo haciendo películas… Maravilloso. The hunted (La presa, 2003), de William Friedkin. Una peliculilla de la que destacaría el modo con el que el director no te pone de parte de ninguno de los personajes. Por lo demás, se me antoja una historia resabida y superficial. No me interesan demasiado los films que no me aportan algo nuevo, un modo diferente o profundo de leer la vida, ni en mis ratos de mayor esparcimiento… Sommersturm (Tormenta de verano, 2004), Marco Kreuzpaintner. Una sorpresa. Esta película alemana, que trata sobre el despertar homosexual de un adolescente que descubre que está enamorado de su mejor amigo, no cae en la mayoría de los lugares comunes de mariquitas y mariconazos, sino que se ríe de ellos y nos habla de la amistad y del amor: de la frustración, de la felicidad, de compasión, de la diversión, … Se trata de una obra ligera, pero entretenida. Con una fotografía muy colorista y embellecedora. Dut yeung nin wa (In the mood for love o Deseando amar, 2000), de Wong Kar-Wai. Recuerdo hace unos meses, casi diría que un año, cuando me acerqué hasta la filmoteca para ver Wong gok ka moon (As tears go by o El fluir de las lágrimas, 1989), también del mismo director, aquella fue la primera vez que en un cine pasé del duermevela al sueño profundo. En cambio, con esta película he conocido a uno de los mayores cineastas vivos. Recomendaría la obra tan sólo por los encuadres, los movimientos de cámara, la música, la fotografía, …, pero es que hay mucho más: … vedla. Mystery Train (1989), de Jim Jarmusch. Este es uno de mis puntos flacos, Jarmusch consigue llegar a esas terminaciones nerviosas que poca gente conoce. Cada vez que vemos una película suya un colega suizo y yo, nos miramos, y siempre sale un qué hijo de puta el Jarmusch. Con todas… Una maravilla… [Desconozco si esta nota os valdrá de algo a la hora de valorar la película] Noviembre (2003), de Achero Mañas. Una película que no pasa del simple aprobado, pero que se hace interesante a los ojos de los amantes del teatro. Sin embargo, quizá esté un poco equivocada a la hora de defender la farándula callejera con los argumentos que expone, pues la falta de ética ciudadana resulta tremenda. O sea, cuando alguien defiende algo, necesita que el espectador simpatice con el personaje principal, si no, estaremos a la contra. De todos modos, resulta original. The fog of war (2003), de Errol Morris. Documental sobre un antiguo secretario de defensa de los Estados Unidos, Robert S. McNamara, en el que se pretende recordar sus momentos más decisivos en las guerras donde participó. Una obra sobre los valores morales de uno de los hombres que lleva más muertes de civiles a sus espaldas. Entrevista punzante a McNamara. Bande à part (Banda aparte, 1964), de Jean-Luc Godard. Film que se integra dentro del movimiento conocido como Nouvelle Vague, del que soy adicto, pero del que también parto con unas expectativas tremendas. En este caso, la película tiene mucho de la nueva ola: tono poético, caracterización natural e inocente –aunque trate de una banda de ladronzuelos–, ritmo suave…, más los aspectos vanguardistas de Godard, como la fotografía quemada o la utilización expresiva del sonido, donde mezcla desde silencios absolutos hasta música jazz. Sin embargo, la historia no me ha enganchado en ningún momento, no me identifiqué con ninguno de los personajes e incluso la intención dramática de algún fragmento me desmontaba el ritmo que la inercia me iba creando. Sin duda, esta película me llama a gritos para que haga un segundo visionado en otro momento. The man who cried (Vidas furtivas, 2001), de Sally Potter. No entiendo cómo una película que tiene entre su reparto a Christina Ricci, Johnny Depp, Cate Blanchett, John Turturro, Harry Dean Stanton, Oleg Yankovsky, Claudia Lander-Duke, ha sido lo peor que he visto en lo que va de año. No tiene nada, aunque en principio plantea temas que podrían ser interesantes como la búsqueda de la identidad, la guerra, la ambición, el amor… Se queda en lo meramente expositivo sin ahondar en nada, es por eso que uno se queda perplejo ante tanta superficialidad. Lo único destacable es el papel de Turturro como un cantante de ópera italiano y fascista: suele bordar sus personajes. Girl With a Pearl Earring (La joven de la perla, 2003), de Peter Webber. Drama pesado. Una joven tiene que ganarse la vida trabajando como criada en una familia que ya está en decadencia, ya que el hombre de la casa ya no se inspira lo suficiente como para crear nuevas pinturas. La llegada de la joven criada produce un cambio. Lo único salvable es el trabajo de fotografía y dirección de arte. Aus dem Leben der Marionetten (De la vida de las marionetas, 1980), de Ingmar Bergman. Otra debilidad, el director sueco. En este film juega con el lenguaje cinematográfico y, para narrar la historia de un marido que desea asesinar a su mujer –sólo lo desea–, introduce un montaje propio del documental. Si alguien entiende porqué la película se enmarca en color –el primer y el último minuto son en color– que no deje de comentarlo. The front page (Primera Plana, 1974), de Billy Wilder. Una de las comedias con las que mejor me lo he pasado en los últimos tiempos. El humor de Wilder, más los prodigiosos Jack Lemmon y Walter Matthau, podría decirse que hacen que este mundo sea más feliz. Me han parecido magníficas las frases que el doctor ruso hace desde la camilla a toda velocidad por la calle... ¡Marriquitas! The ladykillers (2004), de Joel y Ethan Coen. Comedia que no pasará a la historia. The inperpreter (2005), Sydney Pollack. A ver, Sydney, ¿cómo se te ocurre rodar una película sin tener un guión medianamente cerrado sobre la mesa y después quejarte en los extras del dvd? Space Cowboys (2000), de Clint Eastwood. The Million Dollar Hotel (2000), de Wim Wenders. Film que ya no quise ver en el año 2000 porque la crítica lo había destrozado y, más adelante, cuando comencé a conocer en trabajo de Wenders volvió a interesarme. Me decididí hace unas semanas. La verdad es que se trata de una película arriesgada. La primera escena hace que a uno se le despierten los cinco sentidos, en cambio, cuando comienza la segunda uno se pregunta: ¿qué me quieres contar, Wim?, ¿en qué mundo de locos me has metido? Lo importante, bajo mi punto de vista, es que a medida que avanzan los minutos los personajes consiguen enternecerte. La entonación, el timbre y el tono de la voz en off son fabulosos. Milla Jovovich... Ha habido un rodaje en Grande Gracia, donde me las dieron de script y donde me las di de algo más. Entre toma y toma casi siempre aparecen momentos de paz y uno ya confunde el tacto con la piel: sentado en el balcón de un edificio, si no isabelino, muy antiguo, rodeado de plantas, a la penumbra en una tarde mediterránea de auténtico calor, me encontraba sentado en una hamaca, echado en una hamaca, tirado en una hamaca, con la brisa acariciándome las ventanas de la nariz, leyendo Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, y a mi lado, en un sofá, una hermosa actriz existiendo en una suave siesta gracias a que la gran habitación estaba desierta y tanto las sombras de las ramas como mi silencio lector y observador se lo permitían... Existe un párrafo en el que el personaje principal se encuentra sobre la cama de una estancia a una joven natural, sin ropa: creí estar reviviendo el momento imaginado y escrito..., aunque con vestido de verano..., un fantasma con vestido regalado… *** Tomé conciencia de que la fuerza invencible que ha impulsado al mundo no son los amores felices sino los contrariados... El órgano con que yo he comprendido el mundo es el ojo. J. W. Goethe Más vale la pena en el rostro que la mancha en el corazón. Miguel de Cervantes Saavedra |