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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2007.
MELANCOLÍA *** DE OTOÑO (Rubén Darío) Ano natsu, ichiban shizukana umi (Escena frente al mar, Japón, 1991), de Takeshi Kitano. Con su tercer film, Escena frente al mar, Kitano inicia un nuevo modo de relatar, no sólo en cuanto a la temática, sino también al tratamiento de los personajes, al ritmo, a los conflictos, a los espacios, etcétera. Por lo tanto, va creando una base de autor con locus comunis a los que volverá constantemente en sus siguientes obras y que ya se perciben en cierto modo también en las anteriores Violent Cop (1989) y Boiling Point (1990), pese a que allí la piedra angular giraba en torno a la violencia. Escena frente al mar es un ejercicio de siembra inconsciente, pero sincero, cuyos frutos madurarán hasta convertirse en El verano de Kikujiro (1998) o Dolls (2002). Así, pues, en este trabajo ya se entrevé esa base artística que hará del cineasta japonés un autor con estilo propio. Partiendo de una idea que, a primera vista, puede estar exenta de grandes conflictos, viajamos de la mano de un chico y sus ilusiones: practicar surf —en el mundo de Kitano cualquier razón es buena para soñar—. El tratamiento del sueño o la ilusión del chico es lo que convierte a este film en una práctica personal. En primer lugar, se nos muestran unos personajes inexpresivos, con el aliciente de que ni hablan ni pueden hacerlo. Además, sus escasas acciones son casi siempre las esperadas, por lo que el público se ve inmerso en un mundo de espera y pocas veces se le recompensa. Podría decirse que Kitano ama la elipsis negada y desea contar donde muy pocos cuentan o donde muy pocos son capaces de contar. Por otra parte, el hecho de que la narración sea lineal ya otorga un cierto seguimiento de los hechos en cuanto a verídicos dentro de este mundo poético. Una constante no sólo en Escena frente al mar, sino en toda su filmografía, es el seguimiento que hacemos con ellos, caminamos calle tras calle con los personajes, casi en tiempo real. En otro tipo de cine esto sería una debacle, pero aquí el autor no es que le esté otorgando tiempo a la historia ni a los personajes, sino que se lo está ofreciendo al espectador para que viva ese mismo instante de pensamiento que por elipsis no aparecería. Por lo tanto, desde Violent Cop hasta Zatoichi (2003), pasando por El verano de Kikujiro, el camino se muestra como idea no sólo de paso de un lugar a otro, sino como instante de reflexión, sobre todo, para el espectador. Además, otra constante en esta obra es la presencia de la figura del acompañante, siempre se crean binomios, tanto en la pareja de novios, como la de amigos, etcétera. Otro punto importante en el film es la premisa, que ya viene dada en el primer minuto a modo de letrero: hundirse o nadar. Sin tirar mucho del hilo, esta frase supone un momento decisivo en el que el personaje pone fin a una rutina en la que se hundía poco a poco, una rutina que se resume mediante el fango de la basura que recogía, para trasladarse a un nuevo espacio y a un nuevo medio: el mar, en el que se iniciará. Allí nadará por voluntad propia, libre, y si, llegado el caso, tiene que hundirse, se hundirá con una sonrisa de felicidad porque él así lo quiso: la felicidad desde las pequeñas cosas. Kitano invita a sus personajes a tomar decisiones por iniciativa propia que a simple vista pueden parecer minúsculas, pero que en definitiva cambian sus vidas (El verano de Kikujiro) y las de los demás (Escena frente al mar, la nueva pareja de surfistas). La distancia física es otro referente que Kitano refiere en sus films —incluso en las historias de violencia, pues el acto del golpe no conlleva un acercamiento íntimo y personal—. En este caso, la pareja, el chico y la chica, no entran en contacto en toda la historia, ni en los momentos más íntimos. Hay quien lo ve como una exageración, aunque más bien puede tratarse del amor puro: ¡que sí existe! Y dentro de esta pureza incluso se percibe en ella la presencia de la figura materna, una chica que lo acompaña en todo momento, que le dobla la ropa, que no le importa esperar ni quedarse rezagada. Finalmente, un lugar al que siempre vuelve Kitano es al de la comedia entendida a su modo. Su antiguo trabajo como animador televisivo le ha otorgado el don de arrancar unas risas en pequeños gestos, que en ocasiones también son tomados directamente del cine anime japonés; como, por ejemplo, la caída constante de uno de los surfistas cuando corre hacia el mar quedando sus piernas en alto. En definitiva, el arte de Kitano parte de una premisa sencilla que no hace falta complicarla, sino hacerla fluir por medio de unos personajes cinéticos, no en brazos y piernas, sino en corazón y mente, cuyo silencio nos acompaña de la mano para adentrarnos en ese mundo de sentimientos minimalistas que son los más grandes. Y, aunque la melancolía y la soledad continúen rondándome la vida, voy a intentar ser constante con lo poco que tengo: ... Allá por los siglos IV y V a.C., Hipócrates elaboró una tipología del hombre en base a su temperamento, había cuatro tipos: coléricos, sanguíneos, flemáticos y melancólicos. Basándose en los estudios del médico griego más una buena dosis de ciencia, en el siglo XX Jung encasilló al hombre dentro de una estructura bipolar: extravertidos-introvertidos y estables-inestables. Sanguíneo (extravertido-estable), Colérico (extravertido-inestable), Flemático (introvertido-estable) y Melancólico (introvertido-inestable). Aunque las fronteras entre uno y otro no son nada rígidas, uno sabe más o menos en qué lugar puede echarse una siesta o un sueño. Quizá yo esté en un lugar perdido entre lo flemático y lo melancólico, por eso en muchas ocasiones no sé qué rumbo tomar -quizá influya también que los gallegos tenemos una capacidad de decisión increíble-. Y, aunque no me entusiasme demasiado estar escribiendo en primera persona, de hecho confieso que me da vergüenza y siento cierto pudor, lo único que me convence plenamente son mis prioridades: el cine y … Pero, como en los sentimientos no hay reglas que valgan, ni morales ni sintácticas —si las hubiese, me las saltaría—, me quedo con … y el cine. Y, en realidad, … —vocativo—, podría vivir sin el cine —acusativo—. A ti sólo se llega por ti. Te espero. Yo sí que sé dónde estoy, mi ciudad, la calle, el nombre por el que todos me llaman. Pero no sé dónde estuve contigo. Allí me llevaste tú. ¿Cómo iba a aprender el camino si yo no miraba a nada más que a ti, si el camino era tu andar, y el final fue cuando tú te paraste? ¿Qué más podía haber ya que tú ofrecida, mirándome? Pero ahora, ¡qué desterrado, qué ausente es estar donde uno está! Espero, pasan los trenes, los azares, las miradas. Me llevarían adonde nunca he estado. Pero yo no quiero los cielos nuevos. Yo quiero estar donde estuve. Contigo, volver. ¡Qué novedad tan inmensa eso, volver otra vez, repetir lo nunca igual de aquel asombro infinito! Y mientras no vengas tú yo me quedaré en la orilla de los vuelos, de los sueños, de las estelas, inmóvil. Porque sé que adonde estuve ni alas, ni ruedas, ni velas llevan. Todas van extraviadas. Porque sé que adonde estuve sólo se va contigo, por ti. Poema 24, de "La voz a ti debida", en Aventura Poética, Pedro Salinas, Cátedra, Madrid, 1996, pp. 134-135. *** Perdidos en un lugar desconocido, sólo nos queda recurrir a las estanterías amigas en la biblioteca filóloga. ¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba? Vivir, desde el principio, es separarse. En el primer encuentro con la luz, con los labios, el corazón percibe la congoja de tener que estar ciego y sólo un día. Amor es el retraso milagroso de su término mismo: es prolongar el hecho mágico, de que uno y uno sean dos, en contra de la primer condena de la vida. Con los besos, con la pena y el pecho se conquistan, en afanosas lindes, entre gozos parecidos a juegos, días, tierras, espacios fabulosos, a la gran disyunción que está esperando, hermana de la muerte o la muerte misma. Cada beso perfecto aparta el tiempo, le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve donde puede besarse todavía. Ni en el llegar, ni en el hallazgo tiene el amor su cima: es en la resistencia a separarse en donde se le siente, desnudo, altísimo, temblando. Y la separación no es el momento cuando brazos, o voces, se despiden con señas materiales. Es de antes, de después. Si se estrechan las manos, si se abraza, nunca es para apartarse, es porque el alma ciegamente siente que la forma posible de estar juntos es una despedida larga, clara. Y que lo más seguro es el adiós. *** Nocturno, disnea de soledad. Estoy solo y no hay nadie en el espejo. Jorge Luis Borges. No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras. Juan Luis Vives. Los espejos deberían de pensárselo dos veces antes de devolver una imagen. Jean Cocteau. La simpatía es muy frecuentemente un prejuicio sentimental basado en la idea de que la cara es el espejo del alma. Por desgracia, la cara es casi siempre una careta. Santiago Ramón y Cajal. El cine es un espejo pintado. Ettore Scola. Hay dos maneras de difundir la luz... ser la lámpara que la emite, o el espejo que la refleja. Lin Yutang. La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural. Federico Fellini. Martina no era de esa clase de mujeres a las que les gusta tener dibujado su futuro sobre un lienzo, tampoco de las que alocadamente se lanzan al trapecio sin mirar si allá abajo hay una red que las proteja, no era de la clase de mujeres que hablan de hombres ni como los hombres, no se trata de la mujer que todo lo vuelve maravilloso a su paso, nunca tampoco ha pasado inadvertida en ningún lugar, Martina no era de la clase de mujeres que uno se puede encontrar en el metro un martes a eso de las siete de la mañana, ni un ama de casa que a las doce se pone a ver la televisión con su café, sus magdalenas y sus rulos, no era una ejecutiva rica, ni una enchufada que se arrodilla ante el jefe a las menos cuarto, Martina no hacía deporte, tampoco se preocupaba por su barriguita, el tipo de chica que todo hombre busca, Martina lo ignoraba, no era de esa clase de mujeres que leían las revistas guapas, ni se interesaba por los líos de falda y bragueta de la jeti, ella no leía apenas una línea de poesía al día, nunca se la veía sola en el cine, no era de esa clase de mujeres que se pasa horas en los fastfood, no fumaba porque odiaba el humo, no bebía porque odiaba a su padre, no lloraba porque yo la hacía feliz, Martina no era de esa clase de mujeres que se acuesta con cualquier cualquiera que se lo proponga o que no se lo proponga, a ella no le gustaban las improvisaciones, nunca pensaba en los niños, Martina tampoco se imaginaba un futuro sin ser madre, no era de esa clase de mujeres que hace las cosas por capricho, cada paso y cada giro, aunque cortos, estaban calculados, Martina no idolatraba a nadie, ella nunca quiso tener los ojos verdes, tampoco quería ir a más de ciento veinte, Martina no tenía los pies calientes, más bien eran gélidos extremos de sus piernas, no era de esa clase de mujeres que se visten para matar, no tenía la piel canela, ni seca y nunca se secaba los labios, Martina no tuvo nombre de mago y, aún así, hizo magia, no era de esa clase de mujeres de clase, ella no tenía cuidado con el azúcar, ni con las sonrisas que rompían corazones, Martina no se quedó, no era de esa clase de mujeres con la frente baja, no tuvo juegos de niña, nunca mentía una lágrima, nunca lloraba una mentira, no sesteaba con el pastor de tendales, no vivía en el mar ni en la montaña ni en las nubes, Martina no era de esa clase de mujeres, Martina era, simplemente, Martina, un melocotón en almíbar, y por eso me enamoré. |