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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2008.
Je ne suis pas là pour être aimé (No estoy hecho para ser amado, 2004), de Stéphane Brizé. Rogue (El territorio de la bestia, 2007), de Greg Mclean. El director australiano que ya pretendía asustarnos con Wolf Creek (2005), presenta un nuevo film donde lo verosímil no tiene lugar y, por lo tanto, el espectador se siente tratado como un ser que come lo que le sirven, pasivo e inútil de cara al cierre de la acción comunicativa, simplemente porque lo que está viendo es una sucesión de acciones que son sólo efectos sin causas. Por si fuese poco, el cocodrilo gigante está a la altura de la tontería de los personajes, así que lo que intenta mostrarse como una hazaña heroica, aunque de la mano de la suerte, por parte del americano de turno, no es más que el suicidio de un bicho que no quiere formar parte de esta absurdidad. Lo mejor de mí (2007), de Roser Aguilar. Ópera prima de una antigua alumna ESCAC. Aunque se merezca una enhorabuena por el hecho de haber realizado su primer film, con lo complicado que es, todavía le queda por caminar un trozo, que puede ser largo o corto dependiendo de la distancia con la que crea que el público recibe una obra. A partir de la crítica, me hice a la idea de que se trataba un elogio de la humildad en cuanto a obra cinematográfica, sin muchos alardes y ninguna pretensión, sin embargo, el público necesita, si no alardes, por lo menos pretensiones, ya sean en forma de azúcar o de sal, pero con la intención de dejar algún sabor de boca. Insípido comienzo de Escándalo Films, aunque estoy impaciente por ver cómo evoluciona tanto la productora, como Roser. Pleasantville (1998), de Gary Ross. Ha sido todo un descubrimiento Gary Ross, que hasta el momento sólo ha firmado, junto con Pleasantville, Seabiscuit (2003). Me interesa su primer film por lo que tiene de subtexto y de estilo, y, tras decir esto, los ávidos lectores se harán con un tirachinas y me acribillarán. Vale, el subtexto nos lo sirven bien cocido, está claro, tanto que puede llegar a molestar: ningún espectador quiere que le hagan sentir como un tonto. Sin embargo, no sólo me parece que sobrevuele en este film el subtexto obvio, sino que también está por ahí el evidente y, más allá, el velado… que es el más excitante, si cierras los ojos quizá lo sientas. The adventures of Baron Münchausen (Las aventuras del Barón de Münchausen, 1988), de Terry Gilliam. Recuerdo cuando a eso de las doce de la mañana de un sábado en 1992 estaba toda mi familia delante del televisor, expectante: ¡había llegado Canal + a casa! Al conectar el aparatito se abrió una ventana a nuevos mundos… y, sin ir más lejos, el primero que visité fue uno de los más lejanos… el loco mundo de Terry Gilliam, con The adventures of Baron Münchausen, un film lleno de problemas de principio a fin en cuanto a producción, pero que, sin embargo, tiene una factura maravillosa. Cuando leo un poema no me importa si el autor se sacó de un vaso de licor un verbo o una coma, tampoco creo que sea importante si redactó la obrilla a las orillas del río Miño o desde el rincón más nauseabundo de San Petersburgo: sólo me importa la obra, porque la obra ya es mía. Gilliam puede dar tumbos y volteretas, irá a trancas y barrancas en algunos proyectos, sin embargo, siempre tiene un caramelo que regalarnos. Atención a la niña Sarah Polley (Mi vida sin mí), espléndidos efectos visuales, genial dirección artística. Tokyo monogatari (Cuentos de Tokio, 1953), de Yasujiro Ozu. Fue en el mes de abril de 2004, mes que seguía a rajatabla el refranero español y me hacía entrar en aquel cine improvisado de Bonaval, de la mano de una mano frágil y de un paraguas negro. Lluvia decolorante… Asistía como espectador fantasma a un ciclo donde no estaba inscrito, pero con unos cuantos deberes personales en relación a varios films y otros tantos resúmenes. Las gotas de agua salían espantadas del paraguas posado en el suelo de baldosa y en pendiente, los asientos eran incómodos. Y comenzó… al final de la pendiente, en la pantalla, y yo, pendiente de lo frágil del instante, dejé el film a medias cuando la pareja de ancianitos estaba mirando el mar… Un abrazo, frágil. En la ciudad de Sylvia (2007), de José Luis Guerín. Un film maravilloso. Ausencia, búsqueda, azar, encuentro, palpitación, calor, silencio, brisa, susurro, enamoramiento, resignación, enamoramiento, susurro, brisa, silencio, calor, palpitación, encuentro, azar, búsqueda, ausencia… Las Hurdes (Tierra sin pan, 1933), Luis Buñuel. Documental de treinta minutos en donde Buñuel muestra la precaria vida que llevaba en 1932 la población de Las Hurdes (Cáceres). La enfermedad, la hambruna y la miseria se unen en esta desolada región extremeña para privar de sueños a sus habitantes en un clima tan árido, como baldío, que provoca la emigración de los jóvenes y la soledad de quienes se quedan. Buñuel destapa la realidad a modo de imágenes que reflejan la cotidianeidad de este pequeño grupo de aldeas y una voz en off explicativa, que no sólo describe al habitante medio, sino que se detiene en casos particulares llenos de interés... Elegy (2008), de Isabel Coixet. La directora catalana ha alcanzado un nivel de madurez cinematográfico propio de los que son sinceros consigo mismos. Con Elegy no sólo plantea un modo íntimo de sentir la vida y las relaciones sociales y sentimentales, sino que consigue hacer suya una novela que volaba por otros cielos. Cuando en un comentario no aparecen las palabras actor, fotografía, música, etcétera, es que la obra sabe bien, está rica. Être et avoir (Ser y tener, 2002), de Nicolas Philibert. Un tierno documental que nos muestra el día a día en una pequeña escuela de pueblo de la Landa francesa, donde se agrupan alumnos de entre cuatro y diez años y un profesor, Georges López, cuya dedicación y método son envidiables por momentos. Un film que hace notar el paso del tiempo, que nos hace crecer y sentir como esos niños, un film que mira al futuro sin hacerse muchas preguntas, sin curiosear, pero que mira con ojos llenos de incertidumbre y pánico por el miedo al cambio: ¡que se detenga el tiempo! El baño del Papa (2005), de César Charlone y Enrique Fernández. Film uruguayo que rememora de algún modo lo que ya nos habían presentado décadas atrás Vittorio de Sica, con Ladri di biciclette (El ladrón de bicicletas, 1948), y Luis García Berlanga, con Bienvenido, Mr. Marshall (1952): la revolución de una comunidad debido a la llegada de alguien renombrado, el Papa, y las pequeñas cosas que se hacen básicas e importantes, como por ejemplo una bicicleta. En fin, se trata de una historia basada en hechos reales, donde se respira humildad y, en ocasiones, humor ácido. Aunque consiga unos colores tan vivos y unas texturas tan orgánicas, César Charlone, asiduo director de fotografía de Fernando Meirelles (Cidade de Deus, 2002, The constant gardener, 2005, Blindness, agosto 2008), pone nerviosa a la cámara en demasiadas ocasiones y eso puede irritar al espectador. En definitiva, El baño del Papa no muestra nada nuevo ni en el fondo ni en la forma. Nota: 5 Nanook of the North (Nanuk, el esquimal, 1922), de Robert J. Flaherty. Considerado el primer documental cinematográfico de la historia, Nanook of the North no ha sido superado por ninguno de sus compañeros de género. Flaherty inventa el documental a medida que va realizando este film, aquí ya están presentes, entre otros modelos de documental, el shockumentary o falso documental y la ficción dentro de la realidad. Nanook of the North nos narra cómo vive un esquimal su día a día en la Bahía de Hudson (Canadá) lejos de la civilización, cómo se las ingenia para cazar morsas, focas, peces y zorros, o para levantar un iglú en menos de una hora, vivimos juntos el mercado de pieles, la construcción de kayaks, el manejo del trineo y el adiestramiento de los huskies. Genial. Un film relajante. Nota: 9 Eraserhead (Cabeza borradora, 1976), de David Lynch. Un film brillante. Ópera prima del deslumbrante e iluminado David Lynch. Una atmósfera surrealista para contarnos la historia de un joven que vive dentro de una pesadilla. Imprescindible. Nota: 8 El camino de los ingleses (2006), de Antonio Banderas. La añoranza de la juventud, de cualquier verano en el calendario, pero del verano de nuestras vidas, de una época de cambios importantes… Antonio Banderas pone sobre la mesa todos estos ingredientes y, sin embargo, no cocina un buen plato, las proporciones no se ajustan, crean una suerte de magma que salpica al corazón de un modo tan ligero y sin dirección, que no llega a sentir ni el más mínimo calor de cualquier verano, ni el más mínimo amor de aquel verano... De todos modos, no cargo las tintas contra el director —aquí el que use tinta corre el riesgo de mancharse las manos—, sino que desconfío del trabajo del guionista: Antonio Soler, que adapta una novela propia. Tuve la ocasión de leer el guión antes de ver el film y esa fue una de las razones por las que me sentí atraído por este proyecto, ya que no me imaginaba cómo se podía pasar al celuloide un guión sin pies ni cabeza, aunque lo más probable es que yo mismo no tenga ni pies ni nada. Lo que sí me llamó la atención fue la poca madurez del personaje principal: puede crearse un joven soñador, pero no por ello tiene que ser un joven iluso. Por esto, Antonio Banderas podría estar a salvo de un disparo de nieve, pero la planificación, la elección del plano, la puesta en escena... no tiene ni brazos ni piernas, ni sal ni azúcar, ni chicha ni limoná… Totalmente desmadrada la dirección... Y, sin cambiar totalmente de tema, desmitificaría los premios a mejor montaje, pues no se trata de nada más que una bendita gilipollez premiar algo que se basa en reestructurar un material bruto que tanto los jurados, como el público desconocen. A veces, un montaje que no llame demasiado la atención puede ser toda una obra maestra porque el material, teniendo en cuenta que el material que llega de rodaje sería carne de cañón en otra época, eléctricos incluidos. Sin embargo, aunque en este caso es muy posible que el material no diese ni la talla ni el corte sencillo, también es cierto que aparecen planos en los que las miradas no coinciden y que la solución vive en el prpio film al cabo de unos segundos, por lo que sí estaba rodada la mirada, sólo que… … ¡Ay! Adoro a ese ser llamado montador... ¡Qué paciencia tienen algunos! (ironía directa) Y, finalmente, María Ruiz es una sonrisa… Nota: 3 Era primavera, y por primera vez desde hacía dos años, desde la muerte de mi padre, yo esperaba esa estación con impaciencia. En mi cuaderno de textos había copiado estas líneas extraídas de una novela de mi abuelo, François Mauriac: «La felicidad es estar rodeado de mil deseos, oír que a tu alrededor crujen las ramas». Si la primera parte de esa definición todavía me resultaba desconocida, empezaba a entrever la segunda: yo escuchaba, oía «a mi alrededor crujir las ramas». Era algo difuso, nuevo, turbador. Surgía sin motivo alguno, en cualquier lugar. Yo soñaba con lo que podía llegar a ser mi vida, estaba agitada, traspasada por fragmentos de esperanza. Pero esa embriaguez primaveral no duraba apenas, y al final me encontraba confundida, segura de que nada conseguiría jamás apartarme de mi mediocridad. La visión de mi cuerpo acababa de desanimarme: había sufrido una especie de muda, y la jovencita en la que estaba a punto de convertirme era una extraña para mí. La joven (2007), de Anne Wiazemsky (en la foto), El Aleph Editores, p. 16. Anne Wiazemsky novela cómo fueron sus inicios en el cine de la mano de Robert Bresson. Una novela sobre el desarrollo personal, las ilusiones y los miedos. Con la compra de libros, viajes, etc., a través de los anuncios dejas un porcentaje del total (sin que cueste más) para el mantenimiento de Disparo de Nieve. Cobardes (2008), de José Corbacho y Juan Cruz. Si Tapas (2005) fue una experiencia agria y bobalicona, con regusto a teleserie y a fritanga, Cobardes me ha proporcionado una digestión incómoda, como si de un guantazo fílmico se tratase. No tiene ritmo, no tiene personajes, no tiene evolución y ni siquiera los tópicos funcionan como tales. La música parece sacada de un teléfono móvil y no ayuda al pobre argumento de un guión que está rígidamente encorsetado y sobre el que se mueven unas dualidades inverosímiles… En definitiva, ni hay dirección, ni se transmite sentimiento, ni existe historia… Nota: 2 |