DisparodeNieve |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.
Hoy que llevo en la boca el sabor a vencido procura tener a la mano a un amigo que cuide tu frente y tu voz y que cuide de ti, para ti y tus vestidos y a tus pensamientos mantenlos atentos y a mano a tu amigo. La importancia de verte morderte los labios de preocupación es hoy tan necesaria como verte siempre, como andar siguiéndote con la cabeza en la imaginación. Porque sabes, y si no lo sabes no importa, yo sé lo que siento, yo sé lo que cortan después unos labios, esos labios rojos y afilados, y estos puños que tiemblan de rabia cuando estás contenta, y que tiemblan de muerte, si alguien se te acercara a ti. Hoy procura que aquella ventana que mira a la calle en tu cuarto se tenga cerrada, porque no vaya a ser yo el viento de la noche y te mida y recorra la piel con mi aliento y hasta te acaricie y te deje dormir y me meta en tu pecho y me vuelva a salir y respires de mí… O me vuelva una estrella y te estreche en mis rayos y todo por no hacerme un poco de caso, ten miedo de mayo y ten miedo de mí. Porque no vaya a ser que cansado de verte me meta en tus brazos para poseerte y te arranque las ropas y te bese los pies y te llame mi diosa y no pueda mirarte de frente y te diga llorando después: por favor tenme miedo, tiembla mucho de miedo mujer, porque no puede ser… Fernando Delgadillo Aquel atardecer eras una naranja, la naranja que duerme por las noches en un cesto de mimbre viejo —tú, que alguna vez dormías como un niño que duerme—, aquel atardecer era del septiembre suave, de septiembre y tuyo; tú..., que con tus apellidos rojos y verdes creabas el cielo quemado y el musgo fresco de los árboles, de las rocas donde el río suspira; no sé si la naturaleza, si lo bello, si lo armonioso, si parte, si todo, tú eras —tus trapos dorados y tu mirada verde manzana— el equilibrio..., el equilibrio de las olas del mar y el equilibrio del calor en las mejillas de la brisa que cierra los ojos al soplar. Y tanta ilusión me daba aquel amor inmaculado que a veces era nuestro amor, que a día de hoy todavía lo recuerdo llorando, sin entender el camino entre un sí y un no, dos extremos en el universo. Aquel atardecer tuve que detener el coche a un lado, y desde la orilla de tus labios mirarte a los ojos y decirte con mi lengua sencilla y tímida... no sé, algo así como que te amaba. Y hoy no hay ni fotografías, para qué, si aquel atardecer eras naranja de desayuno... -Niña, voy a proponerte algo: desnudaré mis deseos, dejaré a la luz mis miedos, verás mis sueños, gritarás mis pesadillas, te ahogarás en mis incoherencias, nos sobreactivaremos, nos desequilibraremos, te enseñaré a mirar a los ojos de tu mismo yo, me conocerás tal y como me ves, tal y como aparento, tal y como quiero ser, tal y como soy: ¿quieres entrar en mi juego? ... David Lynch, una invitación al parque de atracciones que es su mente. La niña aceptó... Inland Empire (2006). Ciudad en mí (Santiago) «Ciudad extraña, hermosa y fea a un tiempo.» (Rosalía de Castro, En las orillas del Sar, «Santa Escolástica», III, 1). Yo no pude elegir: abrí los ojos y la vida era lluvia y noche y piedra, y sólo el húmedo reflejo de un farol gemebundo; yo no tuve la culpa si invadieron mis sueños las campanadas grises, el musgo, los paraguas litúrgicos, aquellas nubes pétreas; yo no tengo la culpa si esa melancolía fue mi patria nativa, la costumbre de mis años silvestres; y tampoco si ahora llevo conmigo, dentro, aquella lluvia y lluvia y lluvia que ponía —...martes, miércoles, jueves...— pensativas las piedras de Santiago. 28-XI-75, Miguel d'Ors *** El frío es más que el frío, el frío es lo que de enemistad tiene la vida para conmigo, el gesto hosco que me pone, una agresión repetida a lo largo de los años, serpiente de cristal, hoguera helada que me consume. Para el frío tomo cosas, bebidas calientes, medicinas de media tarde, pero noto cómo el frío me va sustituyendo el alma, cómo voy teniendo una conciencia de frío y sólo frío. Ya no es que me enfríe por dentro, sino que mis adentros son de frío, y un corazón de témpano me va pesando como no debiera. Esto debe ser, hijo, el ir viviendo, un pasar del sol a la sombra, del calor al frío, del verano al invierno, un irse quedando del lado del invierno, una residencia en noviembre que antes creíamos transitoria y que ahora se va haciendo definitiva. El frío era una visita inoportuna. Ahora viene a quedarse o, peor aún, el frío soy yo. Antes pasábamos por noviembre como por una estación de trasbordo. Ahora me veo condenado a vivir para siempre en el frío ferroviario de las estaciones. El frío va siendo mi manera de experimentar el tiempo, mi vivencia más metafísica, mi único comercio con lo otro. Mortal y rosa (1975), Francisco Umbral, Letras hispánicas, Cátedra / Destino, Madrid, 2007, p. 227. |