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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2008.
Dead Man (1995), de Jim Jarmusch. El viejo oeste a través de la mirada de uno de los grandes: Jarmusch. ¿Quién da más? Nota: 7 Spellbound (Recuerda, 1945), de Alfred Hitchcock. Hacía tiempo que no volvía sobre la filmografía del gran cineasta inglés, pero en una tarde como esta, llena de sombras dentro de las cuatro paredes más inhóspitas que recuerde, necesitaba un desquite primaveral y sobreseguro. Spellbound ya forma parte de la historia del cine y aquí poco o nada se puede decir que no se haya dicho anteriormente, de todos modos, uno, que tiene opinión y no está obligado a guardársela, puede dejar caer migas… Migas como que el laureado compositor Miklós Rózsa crea una banda sonora brillante, con un leitmotiv que continúa en el aire tras el final de la película -parece que a Ingrid Bergman y a Gregory Peck les vaya a salir por las orejas tanto amor musical-. Migas como que el sueño que filma Hitchcock bajo el imaginario de Salvador Dalí tendría que haber jugado un papel más importante a lo largo de la historia. Migas como que es un film que me encanta… Nota: 8 ¡Ah! Queréis saber por qué os odio hoy. Sin duda a vos os será menos fácil comprenderlo que a mí explicarlo, pues sois, según creo, el más bello ejemplo de impermeabilidad femenina que pueda encontrarse. Habíamos pasado juntos una larga jornada que me había parecido corta. Nos habíamos prometido mutuamente que todos nuestros pensamientos serían comunes y que, en lo sucesivo, nuestras dos almas no serían sino una —un sueño que, después de todo, no tiene nada de original, sino es el que, soñado por todos los hombres, no ha sido realizado por ninguno. Por la noche, algo cansada, quisisteis sentaros en un café nuevo que hacía esquina con un nuevo bulevar, todavía lleno de cascotes y enseñando ya gloriosamente sus inacabados esplendores. El café refulgía. El mismo gas desplegaba allí todo el ardor de un debut, e iluminaba con todas sus fuerzas las paredes, cegadoras de blancura, las deslumbrantes superficies de los espejos, los oros de las medias cañas y de las cornisas, los pajes de abultadas mejillas arrastrados por una traílla de perros, las damas sonriendo al halcón perchado en su puño, las ninfas y las diosas que llevaban sobre su cabeza frutas, pasteles y caza, Hebe y Ganimedes que ofrecían a brazo tendido la pequeña ánfora de bavaroise, o el obelisco bicolor de los arlequines; toda la historia y toda la glotonería puestas al servicio de la glotonería. Justo ante nosotros, sobre la calzada, estaba plantado un hombre de unos cuarenta años, el rostro cansado, la barba grisácea, llevando de una mano a un niño y sosteniendo con la otra a un ser demasiado débil para caminar. Hacía de niñera y llevaba a sus hijos a tomar el aire del atardecer. Todos en andrajos. Los tres rostros estaban extraordinariamente serios, y aquellos seis ojos contemplaban fijamente el nuevo café con idéntica admiración, matizada por los años de forma diversa. Los ojos del padre decían: «¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!; se diría que todo el oro del mísero mundo ha venido a mostrarse en estas paredes.» —Los ojos del niño: «¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!; pero es una casa donde sólo pueden entrar personas que no son como nosotros.» —Los ojos del más pequeño estaban demasiado fascinados para expresar otra cosa que no fuese una alegría estúpida y profunda. Los cancioneros dicen que el placer hace buena al alma y ablanda el corazón. Respecto de mí, la canción estaba en lo cierto aquella noche. No sólo me había enternecido ante aquella familia de ojos, sino que además sentía cierta vergüenza por nuestros vasos y garrafas, mayores que nuestra sed. Volví la mirada hacia la vuestra, mi querido amor, para leer en ella mi pensamiento; me zambullí en vuestros ojos tan bellos y tan extrañamente suaves, en vuestros ojos verdes, habitados por el Capricho e inspirados por la Luna, cuando me dijisteis: «¡Esa gente me resulta insoportable, con sus ojos abiertos como puertas de una cochera! ¿No podrías rogar al dueño del café que los apartase de aquí?» ¡Tan difícil es entenderse, querido ángel mío, y tan incomunicable es el pensamiento, incluso entre personas que se aman! Pequeños poemas en prosa. Los paraísos artificiales, Charles Baudelaire, Letras Universales, Cátedra, pp. 95-97. Ya se va otro nueve de mayo y los ojos de los pobres son los mismos de entonces, ¿habrán cambiado los ojos de los que los miran? ¡Comprad libros! The butcher boy (El carnicero, 1917), de Roscoe “Fatty” Arbuckle. Este gracioso y famoso mediometraje del gordo Arbuckle tiene como nota interesante que en uno de los papeles secundarios actuaba por vez primera un tal Buster Keaton. Puro slapstick que contiene un bazar, una residencia de chicas y una relación de amor… Nota: 6 *** Hoy es uno de esos días en los que me gustaría abandonar el cine, esta ciudad y muchas otras cosas. Acostarme sobre el lado frío de la almohada y no volver a soñar… Jacques Rivette: Todos tenemos momentos en los cuales uno se pregunta por qué continuamos. Creo que, por desgracia, no soy el único en tener estos momentos de duda… Yo la admiro y le envidio que no los tenga, pero no creo que eso pueda durar mucho tiempo. Marguerite Duras: Yo puedo decirle que somos nosotros, es Rivette, quien gana. Jacques Rivette: Seremos los vencedores en nuestras tumbas. «Sur le Pont du Nord un bal y est donnés», Le Monde, 25-03-1982. *** Madrugada del 17 de mayo de 2008. Como la mayoría de los últimos fines de semana me despierto de los sueños para ir a otro mundo de sueños. Ruedo de nuevo un corto, como las semanas anteriores y como las posteriores, con un paréntesis madrileño: mañana me voy a Madrid al rodaje del nuevo film de Daniel Sánchez Arévalo (Azuloscurocasinegro, 2006)… Lo importante de todo esto no es esto en sí, sino que me voy en camión y, si me apuran, en autostop: llego, rodamos y de nuevo vuelta y continuar… Lo decía días atrás: ¡no hagáis cine! Hay algo de valentía —mucho— en decir: «No sé». A veces lo decimos con la cara gacha, la expresión avergonzada, la voz temblorosa. Otras fingimos que somos unos frívolos y decimos jovialmente: «No sé, ni idea» o simulamos chulería: «Pues no, no sé, ¿qué pasa?». Los políticos nunca dicen: «No sé». Ya va siendo hora. (35-36) La vida ya es bastante complicada como para pasársela en la cocina, quitándole las escamas a una merluza o descifrando las instrucciones de un sifón. (49) Domingos de adolescencia a la salida de la Filmoteca, después de ver una película de Bergman (que en sus memorias hace varias referencias a la tristeza suprema del domingo por la tarde) que nos zarandeaba hasta la médula y que nos empujaba a partes iguales hacia el deseo de hacer cine y hacia el cementerio. (54) Uno de aquellos días. Vancouver. Seis de la mañana. Llevas despierta desde las tres. Has leído tres cuentos de Richard Ford, has visto dos publireportajes (uno sobre un curso de Pilates en video, otro sobre un revolucionario sistema que permite elaborar tu propia comida para perros), has bebido zumo de zanahoria, Coca-Cola light y leche con cacao, has escrito tres e-mails que has perdido y has pasado veinte minutos intentando buscarlos. Cuando suena el teléfono con la risueña voz de Alec, la recepcionista jamaicana del hotel, tienes la energía de una marmota a punto de hibernar. Hoy es uno de «esos días». Esos días en que te preguntas qué coño haces a veinte mil kilómetros de Barcelona, haciendo una película sobre una chica-con-una-enfermedad-incurable [Mi vida sin mí]. Esos días en que una foto de Truffaut vista de pasada en un libro te hace sentirte irremediablemente inútil. Esos días en los que el coraje que te ha llevado a escribir un guión en inglés, convencer a Pedro Almodóvar para que lo produzca en Canadá y arrastrar a un montón de gente contigo, te ha abandonado completamente. Esos días en los que piensas que el cine debería haberse prohibido después de que Eisenstein rodara El acorazado Potemkin. Esos días en que recuerdas con nostalgia a tu madre habándote de las ventajas de estudiar odontología (97-98) Continúa… La vida es un guión (2004), Isabel Coixet, Quinteto, Barcelona. *** La pasada tarde de domingo me ventilaba en una hora La vida es un guión, y nada me ventilaba a mí en aquel autobús ALSA, Barcelona-Zaragoza-Madrid. No se trata de un gran acontecimiento literario, sin embargo, al igual que en sus films, Isabel Coixet se sincera y se desnuda para expresar las alegrías y los miedos de una vida rodeada de cine, donde la más leve brisa supone un nuevo punto de vista. A mí tampoco me interesan mucho las tardes de domingo, odio cocinar y continuamente pienso en la decisión de hacer cine, aunque …«no sé». The loneliness of the long distance runner (La soledad del corredor de fondo, 1962), de Tony Richardson. Film representativo del Free Cinema, línea cinematográfica inglesa que de algún modo pretendía plasmar en imágenes la rebeldía juvenil contra los valores establecidos y la inadaptación al tiempo y al lugar en donde les tocó vivir a esos jóvenes. En este caso, se nos presenta un joven que sabe que está aprendiendo con el paso de los años, pero no tiene ni idea de qué está aprendiendo ni entiende las lecciones que le brinda la vida. Rebeldía como característica personal, rebeldía como medio entre la causa y el efecto, sin conocer ni la salida, ni la meta. Nota: 7 |