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Se muestran los artículos pertenecientes al tema "¡Ah de la vida!". Selección gallega de voleibol, infantiles, 1993 (arriba, segundo por la izquierda) Nervioso. Preparándome para volver a soñar esta noche contigo. Incapaz de dormir, alejado ya de una breve astenia primaveral y con el termómetro de puntillas, escribo de madrugada… en un verano con negativos fotográficos de otros veranos, con fantasmas y recuerdos, sin nada. Aunque el aroma sea otro, las noches de verano continúan igual, una tras otra hasta el otoño. Algunas nos calientan las mejillas, otras la nuca y las sábanas, sólo un par el ombligo y, las que más, nos calientan el estómago y nos enfrían el corazón. Pero ocurre que las noches de verano continúan igual, de vez en cuando, pipas, a veces nos hacemos un cine o se lían un porro. En estas noches calurosas y estrelladas pescan calamares en el puerto, en las calurosas y nubladas te cubres bajo la capota y que corra el aire como pueda, las insoportables conducen tus pies entre arena y mar, las solitarias te impiden casi cualquier maniobra interesante, las ociosas, como la de hoy, nos llevan hacia un Trivial, varias cañas y la vuelta a casa... Y es que tipos de noches de verano hay tantos como sus supervivientes multiplicados por el verano. Tengo los ojos rojos, quizá irritados, las lentillas no se deberían mezclar con el agua del mar, al igual que no es conveniente juntar ciertas cosas ni acercarse a esta o aquella ni acumular mejillones y licor café. Con humor, los ojos y lo demás se lleva mejor... Nunca escribo sobre fútbol en Disparo de Nieve, pero el F.C. Barcelona se merece una felicitación infinita por la temporada que ha realizado. Vaya fiesta aquí en Barcelona, ¡qué bien sienta! Mis brazos, algas que nadan en el fondo del océano. Viajo en tren, tren Estrella. Fugaz en su lentitud, en su último trayecto Barcelona – La Coruña, fugaz nace y fugaz muere. Chatarra. No sé describir este vagón, no me alcanzan las palabras ni las ideas, no me alcanzan para nada. Este Estrella se muere hoy, este vaivén de dieciséis horas avanza hacia su última estación, como nosotros avanzamos hacia atrás. Hoy no utilizaré puntos suspensivos, tres gotas de sangre en Un ser de lejanías, Umbral —que viaja conmigo: "Sé que mañana ya no habrá muertos. No suelen estar más de un día. La noche se los lleva. Tampoco soñamos mucho con ellos. Yo tuve años de soñar con mi madre"—. Hoy no quiero no saber qué decir, hoy quiero decirlo todo, aunque carezca de expresión, aunque me falte la luz, aunque no diga nada. Y todo es verde, aquí dentro todo es verde, las entrañas de este Estrella son verdes, la moqueta verde que piso, fundas verdes de los asientos, cortinas verdes que tapan la noche que no se deja ver, forradas de verde las paredes y, en el techo, luciérnagas verdes, mi bolígrafo es verde y estos ojos son verdes también. Afuera la noche es negra. Viajo al funeral de mi abueliña, Matilde, tranquila y de campo, memoria de Galicia, que se lleva muy poco dejando un hueco infinito. Mis brazos, algas que nadan en el fondo del océano, allá donde todo es oscuridad. Ese gesto era una relectura que yo hacía de mi vida en aquella plaza. Su gesto lo estaba escribiendo yo, porque ella no lo hizo desde ella, sino desde mí. *** Ella era mi verbo. Y después todo quedó estático. Todo se detuvo y el cuadro perdió su vida. Y sentí el espacio entre una piedra y yo, el espacio entre las cosas y yo, entre mi ropa y yo, me sentía alejado de mí. Y era capaz de ver mi soledad subiendo como un globo, y el cielo lleno de mis globos internos. *** Si algún día fueses consciente de lo que te ha querido una persona, alguien ajeno a ti, que te veía, te escuchaba, te perseguía, sí, te perseguía y se relamía en ti. Imagínate estornudar y que ese extraño quiera abrazarte […] La soledad. Dicen que es la más feliz compañera de los hombres geniales. Yo creo que no están solos, tú les acompañas, estás presente en su paso, en su respiración, en su voz, eres la luz de sus ojos, su mirada. Contigo hablan a todas horas. Esa soledad sólo se hace física en los sueños. *** Le di una conversación llana, sin más subordinación que la de sus cualidades femeninas, sin más yuxtaposición que su alegría y mi extrañeza. Me veía demasiado inteligente, no sabía de qué hablarme, la intenté besar, se apartó como dejándome pasar, no tan rápido. Nunca una mujer me hizo sentir más tonto. La llamaban la puta del pueblo. Y después de cinco años sólo tengo claro que las dudas crecen, retroalimentándose y consumiendo lo poco que me queda sano, esparciéndose a través de las carencias que me acompañan. Me siento como un héroe incapaz de cumplir su ciclo, hundido en la caverna más oscura y quedándose huérfano para siempre. Todo parece tan sencillo, que ni apetece. Hablas solo, de vez en cuando un recuerdo te regala una carcajada que se agota cuando el semáforo cambia de peatón verde a peatón rojo, miras a un lado y un fumador tira la colilla al suelo. ¡Trágatela, imbécil! No me he documentado, pero si se las tragasen, probablemente se muriesen antes y dejarían de dar el coñazo. En fin, quizá haya que pensar en ir muriendo. Barcelona intenta ser una ciudad de postal, un lugar cool al que no he conseguido acercarme en estos cinco años, un gran cuenco que desborda colillas y polvo, donde la suciedad se acumula en la memoria de sus piedras. Quizá en este tiempo tampoco me hubiese acercado a ningún otro lugar, tampoco sabría cómo llevarme ni por dónde tirar de mí mismo. Y el café me produce disnea y a ratos me mata. Hace diez años mi madre tomaba unas enormes tazas de café, mientras a ratos yo corría tras liebres imaginarias por un paseo marítimo teñido de gris, salitre en los labios y en las piernas una sensación de sencillez, que ni apetecía. A la liebre la alcancé más tarde, muy despacito, prácticamente me alcanzó ella a mí. O los vecinos están follando, o este allegro con fuoco de Tchaikovsky se quema en mis oídos a viva llama: creo que lo primero resulta más convincente, no hay más que fijarse en el contrapunto, no van al compás, incluso diría que están agotados o aburridos: de sencillo, ni apetece. A cheat and a liar, The Nu-Niles —clásicos aparte—. El sexo está sobrevalorado. Pensando en voz alta, un profesor de cine me dijo una vez que cada día que uno pasa sin follar, es un día menos sin follar. Y como un rayo acude a mi cabeza el dineral que me ha costado matricularme para que me expliquen como aforismo que x es igual a x, le otorgues el valor que sea. Mi próximo corto comienza con una escena de sexo desde el primer fotograma. Lo interesante no es ver a dos follando, para eso ya están los documentales didácticos sobre todo tipo de animales, sean humanos o no. Lo interesante reside en saber qué es lo que pasa por la cabeza de esas dos personas mientras follan, hacen el amor o, simplemente, se confunden. Eso sí tiene valor. ¡Qué desorden en mi habitación! Yo sólo valoro lo bello, venga en forma de mirada, de idea, de ritmo, de ayuda, de chorrada, de mujer, de film, de tristeza, de animal, de angustia, de melodía, de viento, de baile, de voz, de amistad, de vacío, de imperfección, de pesadilla, de intuición, de color, de tiempo, de vaivén, de vértigo, de saliva, de sinceridad, de refresco, de verano, de ahogo, de relatividad, de vestido, de rivalidad, de punto, de sudor… Lo más bello puede incluso aparecer bajo la forma de lo más feo, pero, como decía alguien: eso no se explica, eso se entiende. El sexo está sobrevalorado. No sé a dónde voy. Cinco años hablando solo: se trata de una mezcla entre cierta inadaptación y la música a un volumen demasiado alto. A veces canto y no llueve: ¿puede haber mayor desprecio de este planeta hacía una persona? ¡Ah, de la vida! ¿Nadie me responde? Cinco años estudiando filología, ¿para qué? Cinco años estudiando cine, ¿para qué? Cinco años estudiando un doctorado, ¿para qué? Y que lloriqueen los que vengan, que uno ya se ha acostumbrado a charlar con sus rodillas y con alguna que otra aparición pasajera, aunque ni escuchen. Dicen que hace unos días llegué tan borracho a casa que descolgué una ventana de un sexto piso, la posé con cuidado en el suelo y mi chaqueta apareció en el lugar del pseudocrimen: yo no me creo nada, no me acuerdo. Imposible. Yo no sé desencajar una ventana. Si lo hice sonámbulo —que lo soy—, sólo se me ocurre que quizá sería para ver mejor la noche. No sé qué rumbo llevo. Ya no me queda imaginación para más liebres, ni para más ilusiones. Todo es inercia. Hoy he estado grabando el nuevo videoclip de los The Nu-Niles, después me he ido al cine —la duodécima película esta semana, más o menos, seguramente haya visto alguna más— y me he quedado dormido a los cinco minutos. Al despertar, intenté seguir la historia, pero volví a cabecear al momento: me marché —era una de Otto Preminger, cualquiera—. La verdad es que las salas de cine han sido mi mayor remedio paliativo en momentos complicados, aquel día me fui al cine y aquel otro también, aunque cueste creerlo: esta semana casi he vivido literalmente dentro de los cines de media Barcelona —sin colillas— como espectador activo hasta esta noche. Y mañana otra vez: es como entrenar para un partido que nunca vas a jugar. ¿Qué importa? Yo he tenido que acercarme al cine para apreciar algo que antes sólo alcanzaba a ver o a imaginarme de reojo: la importancia de ser sincero con uno mismo y adiestrar el alma para sentir en las cosas más pequeñas algo inmenso. Todo esto suena a gilipollez tremenda y redonda porque lo es. Todo parece tan sencillo, que ni apetece -tanto el autoconocimiento, como el descolgar una ventana-. Me voy a dormir… Hemos acudido a la cita y nos lo hemos pasado como críos o mejor... The Prodigy nos brindó con un conciertazo potente, eléctrico y sudoroso... No saltaba tanto desde aquellos partidos de Voleybol, no repartía tantos codazos desde aquellos partidos de fútbol y no sudaba tanto desde... Un concierto corto, pero intenso: muy intenso. Un colega y yo nos pusimos en el centro de la sala Razzmatazz. Entre el miedo por los golpes y demás, preferimos ser cautelosos y quedarnos un poco alejados: quién me iba a decir que a los diez segundos de comezar la música yo iba a proponer y obligar a mi colega a irnos a primera fila al ladito de la valla. Pues eso, en treinta segundos ya estábamos allá -¿quién me mandará hacer esta crónica personal?... ¡vaya!-. Resulta complicado llegar a primera línea en un concierto como este... Y lo extraño es que disfruté con los golpes, el sudor y, sobre todo, el ritmo... Es que llegué a tirarle del pelo a Maxim y a no soltar la mano de Keith Flint, cosa que hizo que me regase con agua desde su propia boca cuando le pedíamos algo para refrescarnos allí abajo: ¿asqueroso?, bueno..., sí. La magníficas Diesel Power, Firestarter, Breathe, Smack my Bitch Up, Out of Space, Voodoo People, Baby’s got a temper, mezclado con nuevas como: World’s on fire (video). Vale..., dejando de lado esta adolescencia que se alarga, hoy las cosas han ido por otro cauce. Os invito a la 8ª edición del Festival Gai i Lésbic de Barcelona, donde formo parte del jurado. No se trata de cine erótico, sino de temática homosexual, con films espectaculares. Ciao, nenos. ¿Serás, amor un largo adiós que no se acaba? Pedro Salinas Estoy harto de los falsos y egoistas: seres despreciables que no merecen vivir. La hipocresía es el colmo de todas las maldades. Molière. La ingratitud es hija de la sobervia. Cervantes. No soy un amante del cine, realmente no lo soy en el sentido romántico actual y quizá en ningún otro. Y esto es algo que venía tarareando mientras pedaleaba hacia mi humilde morada bajo algunos de los pocos árboles que le recuerdan a Barcelona en qué estación del año estamos. La soledad del ciclista ocasional permite pasar por el mundo de un modo especial, ya que te proporciona otra velocidad de observación, ni tan detenida como el caminante, ni tan fugaz como el conductor, y es así como, teniendo sólo unos momentos de atención, uno consigue proyectar en su misma experiencia lo que está ante sus ojos. El jardín de las delicias (El Bosco) *** Chau número tres Te dejo con tu vida tu trabajo tu gente con tus puestas de sol y tus amaneceres. Sembrando tu confianza te dejo junto al mundo derrotando imposibles segura sin seguro. Te dejo frente al mar descifrándote sola sin mi pregunta a ciegas sin mi respuesta rota. Te dejo sin mis dudas pobres y malheridas sin mis inmadureces sin mi veteranía. Pero tampoco creas a pie juntillas todo no creas nunca creas este falso abandono. Estaré donde menos lo esperes por ejemplo en un árbol añoso de oscuros cabeceos. Estaré en un lejano horizonte sin horas en la huella del tacto en tu sombra y mi sombra. Estaré repartido en cuatro o cinco pibes de esos que vos mirás y enseguida te siguen. Y ojalá pueda estar de tu sueño en la red esperando tus ojos y mirándote. *** Hagamos un trato Compañera, usted sabe que puede contar conmigo, no hasta dos ni hasta diez sino contar conmigo. Si algunas veces Advierte que la miro a los ojos, y una veta de amor reconoce en los míos, no alerte sus fusiles ni piense que deliro; a pesar de la veta, o tal vez porque existe, usted puede contar conmigo. Si otras veces me encuentra huraño sin motivo, no piense que es flojera igual puede contar conmigo. Pero hagamos un trato: yo quisiera contar con usted, es tan lindo saber que usted existe, uno se siente vivo; y cuando digo esto quiero decir contar aunque sea hasta dos, aunque sea hasta cinco. No ya para que acuda presurosa en mi auxilio, sino para saber a ciencia cierta que usted sabe que puede contar conmigo. *** Viceversa Tengo miedo de verte necesidad de verte esperanza de verte desazones de verte. Tengo ganas de hallarte preocupación de hallarte certidumbre de hallarte pobres dudas de hallarte. Tengo urgencia de oírte alegría de oírte buena suerte de oírte y temores de oírte. o sea, resumiendo estoy jodido y radiante quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa. *** Táctica y estrategia Mi táctica es mirarte aprender como sos quererte como sos. Mi táctica es hablarte y escucharte construir con palabras un puente indestructible. Mi táctica es quedarme en tu recuerdo no sé cómo ni sé con qué pretexto pero quedarme en vos. Mi táctica es ser franco y saber que sos franca y que no nos vendamos simulacros para que entre los dos no haya telón ni abismos. Mi estrategia es en cambio más profunda y más simple. Mi estrategia es que un día cualquiera no sé cómo ni sé con qué pretexto por fin me necesites. (Mario Benedetti) *** Ella no te necesita. Tiene tu recuerdo, que vale más que tú. (Alejandro Casona) Sólo salgo para renovar la necesidad de estar solo. (Lord Byron) Vivimos como soñamos, solos. (Joseph Conrad) Y no sé a dónde me estoy cayendo (…) La sensación. Se me desequilibra el mundo. Se-des-cri-be-co-mo-via-je. La madre de los huérfanos. Haces enloquecer. No oigo, el mundo se ha quedado mudo y sonríe. Volar, sueño, regazo. Viajar, ser sin cariño, viaje cálido, viaje al centro materno. Desarmonía del ciclo del héroe. Planeante, azor, bajazor. Demoro echado, hierbas en Bamio, suicidio, aguas lusas. Caliente en el malecón, melocotón, subo… desde arriba. Florencia en invierno. Pierdo orientación, Tariego. De nuevo, me elevo… Y una mariposa sobre Holyroodhouse. *** Hoy viene a ser como la cuarta vez que espero desde que sé que no vendrás más nunca. He vuelto a ser aquel cantar del aguacero que hizo casi legal su abrazo en tu cintura, y tu apareces en mi ventana suave y pequeña, con alas blancas, yo ni respiro para que duermas y no te vayas. Qué maneras más curiosas de recordar tiene uno, qué maneras más curiosas, hoy recuerdo mariposas, que ayer sólo fueron humo, mariposas, mariposas, que emergieron de lo oscuro, bailarinas sileciosas. (S. R.) *** La primavera se demora tanto que voy a olvidar que estuvo ayer, cuando regrese su emoción de árbol no me acordaré de florecer. Confundiré tus senos con su trino y en vez de cantar te besaré, tu cuerpo me parecerá un suicidio y de fecundarlo moriré. Jamás sabré si soy dichoso si maravilloso o si terrible, y no sabré lo que termina o recién camina o lo imposible. Esta primavera puede hacerme enloquecer. (S. R.) *** Desciendo, el regazo. ¡Pequeñita, me duermo! He soñado... Aquel atardecer eras una naranja, la naranja que duerme por las noches en un cesto de mimbre viejo —tú, que alguna vez dormías como un niño que duerme—, aquel atardecer era del septiembre suave, de septiembre y tuyo; tú..., que con tus apellidos rojos y verdes creabas el cielo quemado y el musgo fresco de los árboles, de las rocas donde el río suspira; no sé si la naturaleza, si lo bello, si lo armonioso, si parte, si todo, tú eras —tus trapos dorados y tu mirada verde manzana— el equilibrio..., el equilibrio de las olas del mar y el equilibrio del calor en las mejillas de la brisa que cierra los ojos al soplar. Y tanta ilusión me daba aquel amor inmaculado que a veces era nuestro amor, que a día de hoy todavía lo recuerdo llorando, sin entender el camino entre un sí y un no, dos extremos en el universo. Aquel atardecer tuve que detener el coche a un lado, y desde la orilla de tus labios mirarte a los ojos y decirte con mi lengua sencilla y tímida... no sé, algo así como que te amaba. Y hoy no hay ni fotografías, para qué, si aquel atardecer eras naranja de desayuno... Fue como una aparición. Estaba sentada en el centro del banco, completamente sola; o al menos él no vio a nadie más, con el deslumbramiento que le produjeron sus ojos. Al mismo tiempo que él pasaba, ella levantó la cabeza; él hizo una inclinación instintiva; y alejándose más en la misma dirección, se paró a contemplarla. Llevaba un sombrero de paja, de ala ancha, con cintas rosa que palpitaban al viento, detrás de ella. Sus bandós negros, que rodeaban la punta de sus grandes cejas, descendían muy abajo y parecían ceñir amorosamente el óvalo de su cara. Su vestido de muselina clara, de pequeños lunares, se abría en numerosos pliegues. Estaba bordando algo, y su nariz recta, su barbilla, toda su persona destacaba sobre el fondo del cielo azul. Como ella seguía en la misma actitud, Frédéric dio varias vueltas a derecha y a izquierda para disimular su maniobra; después se paró muy cerca de su sombrilla, apoyada en el banco, y fingía observar una chalupa en el río. Nunca él había visto esplendor semejante al de su tez morena, ni talle tan seductor, ni finura como la de aquellos dedos que la luz atravesaba. Contemplaba su cesto de costura, embelesado como una cosa extraordinaria. ¿Cuáles eran su nombre, su casa, su vida, su pasado? Deseaba conocer los muebles de su habitación, todos los vestidos que había llevado, la gente que frecuentaba; y el deseo de la posesión física desaparecía incluso bajo otro más profundo, en una ansiedad dolorosa que no tenía límites. La educación sentimental (1869), Gustave Flaubert, Letras Universales, Cátedra, Madrid, 2005, pp. 64-65. *** Sincero. Quisiera ser sincero, hoy más que nunca, alejarme de todo fingimiento, de toda apariencia, incluso del largo silencio sincero. Me cuesta afrontar mi propio yo, contienda de razones y argumentos, complejidad que deviene en absoluta simpleza, en esa ansiedad dolorosa que no tiene límites. La sinceridad se hace notar. Cuando uno se sincera, todo resulta más claro, las palabras brotan directamente desde el corazón, sin aduana que medie. En cambio, a mí me van las ramas, la genealogía de la conversación, el origen y los precedentes de lo que digo, que a veces sólo llega a ser lo que me gustaría haber dicho y no dije o no supe decirlo. Hace unos días hablaba sobre la escapada, sobre cómo Jean-Luc Godard también escapaba a su modo, no yendo directo al corazón, pero, aún así, llegando el primero. Mi escapada por el mundo, ese vagar perdido buscando cualquier camino que me lleve, es a mi corazón, lo que mi divagar es a mi sinceridad: no un quiero y no quiero, sino un quiero y no puedo. Finaliza otro año, y, pese a que uno continúa midiendo el tiempo en estados anímicos, esta vez coincide la Navidad con tímidos regresos. Y he dedicado tiempo al regreso, pero al regreso silencioso, lento y solitario. Y quizá el regreso no sea la vuelta a casa, sino la vuelta a uno mismo. Sin embargo, hay que reeducarse, aprender de nuevo a llamar a la puerta para que no nos abra un desconocido, ni siquiera una sombra de lo que fuimos, sino nuestro reflejo y sus circunstancias, mirarnos a los ojos verdes y decirnos: ¡Carallo, aquí estabas! Y he dedicado tiempo al regreso... He ido dos días a Compostela... a caminar... Tenía las excusas reales de una charla amistosa que se canceló y una pseudoreunión con un productor de cine, pero realmente a lo que yo iba era a disfrutar de la ciudad de piedra... Llegué a Galicia un jueves, él último jueves universitario antes de las vacaciones. Esa misma noche ya me perdía por la zona vieja. Quizá me esté volviendo loco, pero empiezo a recordarlo todo a mi modo..., que no es una versión alternativa de la realidad, sino una recapitulación sincera de mis sentimientos. No es mi estilo imponer nada, tampoco restar libertad a nadie, cada uno es libre de hacer lo que desee, cada uno se timonea a su modo, viento a favor, viento en contra, siguiendo una derrota o a la deriva; sin embargo, lo que nunca admitiré es que alguien intente cambiar una sola coma en mis recuerdos. No se debería caer en el autoengaño, ni disfrazar el pasado, el recuerdo se presenta sin adorno, virginal. En las manos de nuestra experiencia está el saber modelar el significado de esas sensaciones, cuanto mayor sea el manoseo, menor será la pureza. Caminante... Levantando la vista y bajando unas escaleras, cualesquiera, las de la Plaza de la Quintana, ..., observando, de nuevo volvió aquella sensación de pies fríos... su origen nace en la elección: algodón, no lana... quizá falte una mujer. El tiempo de los Cines Compostela se ha agotado, esa misma noche veían a su última sesión, me acerco, una última visita. Cuántas veces me habré detenido en el soportal a causa de los carteles y algún abrazo, qué agradable espera... Caigo en la tentación, doy unos pasos y me acerco a unos ventanales. Al otro lado continúa el mármol verde, aquel mármol de tantas y tantas sobremesas y siestas donde capucinos y vieneses hacías las veces de hogares con chimenea en la Cafetería d'Lucía. Un film al azar: Things you can tell just by looking at her (Cosas que diría con sólo mirarla, 2000), de Rodrigo García. Historias, tramas y comentarios aparte, durante aquella sesión años atrás comprobé la fragilidad de la muchacha más riquiña, cuyos ojos inmensos no me miraban precisamente desde la pantalla. Su fragilidad era mi debilidad. Y uno, que se va conociendo y continúa enamorado, sabe que no amará a nadie más... *** (…) y en la otra habitación estaba yo mismo, a lo mejor, con dolor de estómago o de corazón, escribiendo mentalmente el libro que escribe uno durante toda la vida, sin escribirlo, con las neuronas, desde el útero materno, en cuya elaboración y maduración nos cogerá la muerte (…) pp. 88-89. (…) Mirar a otros ojos da miedo. Los ojos queman los ojos. El mal de ojo, decían los antiguos. ¿Y qué es el mal de ojo sino los ojos del mal? Los ojos se refrescan mirando el mundo y se queman mirando otros ojos. Nada nos abrasa como una mirada. La mirada del odio, la mirada del amor, la mirada de la pregunta. Sé que mis ojos pueden incendiar el mundo. Sé que otros ojos pueden incendiarme. Sólo otros ojos. Unos ojos de mujer (…) p. 94. (…) Tu ausencia queda dibujada en un orden que es un desorden (…) p. 96. Mortal y rosa (1975), Francisco Umbral, Letras hispánicas, Cátedra / Destino, Madrid, 2007, pp. 53-54. *** Mi mente quizá esta noche se lleve la palma y consiga que sea una velada especial, ojalá que además de los cuatro comensales consiga traer todas mis ausencias y nos sentemos veinte a la mesa. Sólo un gesto, una mirada que me incendie y seré feliz. ¿Dónde estás? Mañana es tarde, ahora es tarde, siempre es tarde. Me sostengo en la escapada, comenzó hace ya cuatro años, me equilibra de algún modo que no conozco. A veces, escapar no es más que estudiar cuatro blancas paredes que se esconden tras tu sombra, no es más que vagar bajo la lluvia del Raval esquivando yonkis, putas y maricones mientras piensas en los otoños de tu vida, no es más que apagar la luz, no es más que meterse en la pantalla, no es más que volver por otro camino, a veces, escapar no es más que besar al Otro, sin significante, que no existe, no es más que revolver el tiempo con el café, no es más que callar, no es más que amar, dar rodeos, enumerar…, no es más que soñar; pero, ¿qué habrá allá..., al final de la escapada? Me sostengo en la escapada, el equilibrio justo entre el Otro y yo: la distancia. Me escapo. Solo. Escapando. Una trenca hasta las rodillas, con capucha. Mi reloj desapareció hace tiempo y suelo llegar una hora antes al cine: el descuido se hace virtud. En una cafetería destilo los minutos en latidos al ritmo de las cucharadas de café con leche y de un film orgánico de Jonas Mekas que proyecta el iPod en algún lugar del corazón. Invisible, me voy. El cine. Solo. No dejo notas ni avisos de adonde voy, nadie lo sabe. Tomo mi último boleto verde y me acerco a la taquilla para canjearlo por una entrada roja. Delante, una trenca negra acompañando a una solitaria melena que hace desmerecer las manos de cualquier peluquero, tan larga y hermosa que al posarse sobre unas sábanas trasladaría a la irreflexión. La butaca. Solo. A un lado, nadie, al otro, nadie, delante, mi amiga, la pantalla, inmóvil… Sobra tiempo para no hacer nada, acomodándose, escuchando Estoy matizando, de Bebo Valdés, notando cómo crece la sala, levantando tímidamente la vista hacia la derecha y observado cómo la larga melena no era más que la antesala de la belleza con los matices más finos de Barcelona: tan guapa, que era imposible desearla. Continúo matizando, lo noto en mi costilla, la rota. Se me ocurre una preciosa frase sobre la ceguera, entre mi desorden busco un papel y un bolígrafo, no alcanzo a nada más que un lápiz embotado y un viejo y arrugado ticket de óptica. Se me olvida la frase. Al otro lado del ticket asoma la punta del lápiz, jugando a escribir susurros. Perdona el atrevimiento. Añado una dirección de correo electrónico y guardo el papel en el bolsillo. Silencio. Abre de negro. Éloge de l’amour (Elogio del amor, 2001), de Jean-Luc Godard. Abstracción. Un poema íntimo, una mirada cómplice entre el autor y unos pocos. Godard también escapa a su modo, no va directo al corazón y, aún así, llega el primero. Los poros se abren a los susurros franceses, el blanco y negro ilumina el rostro con los matices más finos de Barcelona, los ojos inmensos. Godard cita de Notes sur le cinématographe (Notas sobre el cinematógrafo, editado por Gallimard en 1975), de Robert Bresson: el buen director es aquel que no sólo sabe dirigir actores, sino el que sabe dirigirse a sí mismo. En la oscuridad vuelvo sobre el ticket, el lápiz susurra: ¿Cómo te llamas? Vuelve la luz y ella se va. Voy. El equilibrio justo entre el Otro y yo: la distancia: veinte pasos: apurada, apurado. El ticket de compra juega con mis dedos dentro del bolsillo. El corazón…, a su ritmo. Afuera, los aires helados de un domingo donde las lucecitas de navidad no dejan ni la mitad de estela que ella. La sigo y me culpabilizo. Camina mientras se pone un gorrito de lana con dos cordeles de los que cuelgan dos pompones. Me culpabilizo y la miro. Ya son treinta pasos. Me detengo, intento dejar fuera de combate al ticket. Quieto. Ella dobla la esquina. El ticket me tumba. He perdido la estela. Cruzo la calle, doy vuelta atrás, me pierdo, me detengo: tumbé al ticket y ya puedo caminar tranquilo hacia casa. Respiro hondo, todo lo que me permite mi costilla, la rota, doblo la esquina. Sobre una bicicleta Bicing, la boca de los matices más finos de Barcelona exhala vaho mientras espera con el semáforo en rojo. Escapar, a veces, no es más que seguir adelante. Cruzo el paso…, el ticket hace ruido, mi puño lo encarcela…, un cruce de miradas, creo que me reconoce del Éloge…, paso de largo, semáforo verde… Me detengo, me vuelvo y contemplo cómo se pierde a lo lejos en la gran vía desierta, mientras pienso que ojalá pudiese canjear un semáforo verde por otro rojo… Y de vuelta a lo cotidiano desde lo cotidiano, me siento como El Perseguidor (1959), de Julio Cortázar, persiguiendo un sueño y decepcionándome con la realidad. Era el propio Jean-Luc Godard quien decía: como principio siempre elijo hacer lo que otros no hacen. Si nadie lo hace, entonces es algo que está por hacer. Intentémoslo. Y, aunque la melancolía y la soledad continúen rondándome la vida, voy a intentar ser constante con lo poco que tengo: ... Allá por los siglos IV y V a.C., Hipócrates elaboró una tipología del hombre en base a su temperamento, había cuatro tipos: coléricos, sanguíneos, flemáticos y melancólicos. Basándose en los estudios del médico griego más una buena dosis de ciencia, en el siglo XX Jung encasilló al hombre dentro de una estructura bipolar: extravertidos-introvertidos y estables-inestables. Sanguíneo (extravertido-estable), Colérico (extravertido-inestable), Flemático (introvertido-estable) y Melancólico (introvertido-inestable). Aunque las fronteras entre uno y otro no son nada rígidas, uno sabe más o menos en qué lugar puede echarse una siesta o un sueño. Quizá yo esté en un lugar perdido entre lo flemático y lo melancólico, por eso en muchas ocasiones no sé qué rumbo tomar -quizá influya también que los gallegos tenemos una capacidad de decisión increíble-. Y, aunque no me entusiasme demasiado estar escribiendo en primera persona, de hecho confieso que me da vergüenza y siento cierto pudor, lo único que me convence plenamente son mis prioridades: el cine y … Pero, como en los sentimientos no hay reglas que valgan, ni morales ni sintácticas —si las hubiese, me las saltaría—, me quedo con … y el cine. Y, en realidad, … —vocativo—, podría vivir sin el cine —acusativo—. Un chico, que conoce alguna cosa sobre cine y alguna más sobre cerveza y white russians, me acaba de decir no sé qué cosa sobre una cámara que filma a 40.000 fotogramas por segundo… Si tenemos en cuenta que cuando tiramos una fotografía tan sólo utilizamos un fotograma de nuestra película o que en el caso de la cámara cinematográfica cada segundo equivale a 24 fotogramas, lo de ahí arriba se me escapa… Y, un servidor, que sirve y nunca es servido, que conoce algunas pocas cosas sobre algo y bastantes más sobre nada, está comenzando a sentir 40.000 pinchazos a la vez en cada terminación nerviosa de su cuerpo, cuando lo normal es que sólo sean 24 o una sola y continua... Echo de menos… un paraguas bajo la lluvia, una noche de meigas y de niebla, el abrazo de los soportales, el eco de la risa en la ciudad de piedra, el eco de mi voz en la tuya..., un árbol solo que nos mira … Si tan sólo es amor, ¿por qué esta carga? Que no haya escrito en las últimas semanas ni una sola letra se debe más a que es posible que me encuentre enfermo terminal y decidiese ocupar mi tiempo en paliar el dolor a base de alcohol, baños atlánticos, divagaciones a golpe de pedal, ciertas historias y demás odiseas nocturnas, danzas del infierno —que es un cóctel— y bailes del hades —que son la noche—, húmedas lecturas entre salitre y sudor, regresos de egresados, exordios de tetas y culos, respirar y volver a llegar al otro lado de la raya. Perdiendo el compás del corazón... Hasta hace un tiempo contaba los años por cursos y pensaba que pronto cambiarían las cosas, que llegaría el día en que el tiempo se mediría por lo que es, no por lo que uno hace. Sin embargo, ahora siento que me he saltado un capítulo de Cómo contar el tiempo, pues mis momentos los marcan los estados de ánimo. Por eso, cuando alguien me pregunta por la edad, a veces no sé que contestar, incluso he llegado a confundirme o a olvidarme. Es así que he tenido tres ciclos en mi vida, espero que no se trate ya del desenlace…, quiero más comienzos y, sobre todo, más nudos… *** Y… *** Tumbado en mi ostentosa cama veo a lo lejos —no puede ser muy lejos en esta habitación— un móvil hecho añicos, del que tan sólo queda intacta la pantalla… Me hace gracia la pantallita. Hace unas semanas que me han comprado mi primer cortometraje —que nadie vaya a pensar que uno se hace de oro, más o menos el precio equivale a lo que cuesta un empaste hecho con arte*… y con guante blanco—, estoy contento y me contengo, me han llamado de una productora-distribuidora austriaca para hacerse con los derechos de distribución en Austria, Holanda y Dinamarca. Lo realmente interesante es que si el corto fuese para todos los públicos, la misma productora me lo hubiese comprado para televisión y ahí el precio sí que se dispararía. Me han dicho que están interesados en seguirme de cerca, cuando alguien te dice algo así no puedes esperar a mirar tras de ti, asustado, no vaya a ser que ya estén a la expectativa. Recordé esto porque se va a emitir en las pantallas de los móviles: a dónde hemos llegado y a dónde llegaremos… *¿Qué es el arte? No lo sé. Aunque pueden existir ciertas pautas inherentes. Sin embargo, ahora cualquier cosa es arte, incluso hacerse un cocido madrileño. Ya existe una definición para la gastronomía entendida como arte —me la ha comentado un colega, yo no digo estas cosas—: la gastronomía es el único arte que se caga. *** Idas de olla a las dos de la madrugada… *** ¡Ah, si nos fuera dado el poder de vernos como nos ven los demás! De cuantos disparates y necedades nos veríamos libres. Robert Burns. Once de junio. Debería haberme quedado en casa estudiando para selectividad, pero me fui de paseo marítimo... [hace ocho años] *** De pronto, una mano me sujetó por el hombro y me detuve. -¿Os vais ya? –Era Beatriz. No parecía guardarme rencor. A veces las mujeres resultan incomprensibles. Nunca acabamos de desentrañar la capacidad de su cariño ni la de su odio. Por eso los hombres terminamos esquizofrénicos. Supuse que ella no iba a hacer nada por impedir que me marchara, pero contenía dentro de sí tal ansia de agradar que no podía tolerar que me fuera sin un buen recuerdo de ella. -Yo estoy segura de que algún día volveremos a vernos. -O no. -Yo sí –insistió ella. -Bueno... -Suerte en tu vida. -Y tú en la tuya. -Lo intentaré. Me dio un beso fugaz en los labios, casi inexistente, alzándose sobre las puntillas de sus zapatillas de tenis. Se volvió. El jersey anudado a la cintura se balanceó y dejó ver lo que siempre había imaginado. El pelo danzaba sobre su cabeza. Envidié su capacidad innata para hacerte sentir mal, para tocar la derrota en victoria. Mi preciosa menuda se había salido con la suya, dejar tras de sí la estela del deseo. *** Cuatro amigos, David Trueba Pernoctando en terraza egarense Doscientas setenta y nueve noches [actualizo: mil ciento trece noches] de insomnio, esta madrugada la velo en mi propio Lago de los cisnes, adoradores de la nocturna claridad, andantes surcadores del almíbar que manan sus afluentes gota a gota, allegros entre lágrimas negras sobre alabastra tez tenaz vals tras vals balseando de orilla a orilla. Desconocido, delirándome infante acompañado de hermosa morena cabrera vestida de blanco en loco locus amoenus; pero locuaz cabrera infante, no mayorcilla ni voz de grilla: inexperiencia, verdor y lozanía, más un canto tenor spinto, susurro que me invadiese en alta voz. Tchaikovsky y yo observamos esta noche el firmamento: él, matemático, intentándolo ordenar, yo, cual gen Quijada, ansioso por arremeter versus los picos de Motserrat, la rocosa, la de allá en el horizonte, vedando mi línea celeste, mas no el celeste armonio dulce y velado (más dulce, pero menos velado que yo; o no) con que la Danza Napolitana regala brisa donde no soplan gaitas ni pollas (en Napoli: pilas; que por ser italianissimas no se librarán nunca de distinción: alcalinas o mininas). Bona nit, que ya nunca será como un boas noites, ni mucho menos como un Ciao! Domani: doscientas ochenta noches on, es decir, siniestro total: incluso bebiendo cloroformo y merendando Valium 10 nunca estaré en el nirvana. Bye, bye… ó carallo, Morfeo. viernes, 11 de febrero de 2005 [No me preguntéis, no sabría qué decir...] La música ya suena, intento crear un ambiente tranquilo no tocando nada de lo que me rodea; por favor, que reine la armonía, no quiero que se rompa nada, ni una jarra ni un jarrón, ni una coraza ni un corazón... Django Reinhardt, en Jazz in Paris, da las primeras notas de September Song. No agarro ni una botella, debe de ser el momento del cigarro. Me siento como aquel que calada tras calada cierra los ojos y expulsa la tensión acumulada en forma de humo, pero yo no fumo, ni sé fumar, ni me interesa la posibilidad de verme fumando, así que tan sólo me imagino qué conmueve a aquel que calada tras calada cierra los ojos… Soy una persona radicalmente escéptica, sobre todo cuando el tema gira en torno a lo artístico, al significado de Arte. Sin embargo, sólo me rindo con Silvio Rodríguez: Mariposas, así son nuestros recuerdos, nuestra memoria... Besos... A contracorriente, así voy últimamente. Mis vacaciones se semana santa no sólo duran el doble o el triple que las del resto, sino que cuando llego a Galicia noto un desánimo general en la gente, tanto a nivel sentimental como profesional. Yo vuelvo y ellos se quieren marchar: puedo entender que un cambio de aires siempre puede sentar bien, pero lo que me extraña es el modo en que se hace uso del lenguaje para decir, muy resumidamente, que se necesitan unas merecidas vacaciones. Necesito largarme, me ahogo, no aguanto más… son algunas de las perlas que he escuchado de más de cuatro bocas en varios lugares diferentes. ¿Tan mal se está en Galicia? A mí me encanta. Yo me exilié hace tres años por razones que no atienden a cosas como un simple cambio de aires, unos estudios, un trabajo o un resfriado mal curado, y lo hice totalmente a disgusto. A todas horas echo de menos la gente y el paisaje gallego; ahora vivo bajo túneles y cien por cien ocupado. Pero lo que realmente me preocupa de estos comentarios es el poco respeto que se le tiene a la tierra, a una tierra que significa mucho en la vida de un aldeano como yo. No soy nacionalista, no me considero de derechas y ni siquiera la izquierda me parece una alternativa a cualquier cosa. Por decirlo de un modo sutil, mi entorno familiar siempre ha sido bastante conservador, y yo he tenido como todo muchachote mis momentos reaccionarios de liberal progresista… He sido un extremista nato, y es que no me sentía bien con las cosas a medias: o tengo algo o no lo tengo, pero las medias tintas… Por eso ya no me puedo poner del lado de ningún partido político –esto no sé a qué viene–, e incluso dudo del sistema democrático vigente: no me considero ni por encima ni por debajo de todo eso, sino al margen… totalmente al margen… y esto me preocupa. De todos modos, con el paso del tiempo uno aprende a ceder en la vida, a buscar el justo medio, no todo es blanco o negro, y la escala de grises puede contener verdes o azules, vamos, que hasta el mismo Einstein terminó creyendo en Dios. Y, bueno, volviendo al desánimo general, no he intentado que la semana fuera peor o mejor, sino que me he retirado por momentos a casa de mi abuela para disfrutar de sus noventa y tres años, del olor a hierba y árboles, del sonido de los pájaros y del calor de una cocina de madera mientras, por ejemplo, veía Secretos del corazón (1996), de Montxo Armendáriz, una película en la que se nos muestra el despertar de un niño ante el mundo de los adultos en una aldea española de mediados de siglo XX. Me ha gustado mucho –el verbo gustar está prohibido en la crítica, pero como esto no lo es…–, no se trata de la presentación de un caso, un problema o un conflicto, sino de una situación, un ambiente, un tiempo, y esto, particularmente, me conmueve. Aunque algunas frases parezcan demasiado literarias, Armendáriz se las ingenia muy bien para crear moralejas, sentencias sencillas que guardan mucha sabiduría detrás y, lo más importante, que induzcan al espectador a cambiar, a hacer algo, a pensar... como ya había sucedido con Obaba (2005). Como apunte final, anoto un diálogo de The Fisher King (El rey pescador, 1991), de Terry Gilliam, peli que ya he visto hace unos meses, pero que me vuelve continuamente a la mente por su alto grado de humanidad disfrazada. - ¿Conoces la historia del Rey Pescador? - No. - Empieza cuando el rey, siendo niño, debe pasar una noche solo en el bosque para probar su valor. Y mientras está solo le sorprende una visión sagrada. En la hoguera aparece el 56, símbolo de la gracia divina de Dios. Y una voz le dice: “Tú custodiarás el Grial para curar el corazón de los hombres”. Pero el chico estaba cegado por una vida llena de poder, gloria y belleza. Y en un estado de inmenso asombro se sintió por un instante no como un niño sino invencible. Como Dios. Y se acercó a la hoguera para coger el Grial. El Grial desapareció dejándole la mano terriblemente quemada. A medida que el niño crecía, la herida se agravaba. Hasta que un día perdió la razón de vivir. No tenía fe en los hombres ni en sí mismo. No podía amar ni ser amado. Estaba hastiado de experiencias. Y empezó a morirse. Un día, un tonto entró en el castillo y vio solo al rey. Como era tonto e ingenuo no supo que era el rey. Él vio a un hombre solo con su dolor. Y le preguntó: ¿Qué te aflige, amigo? Y el rey le contestó: Estoy sediento, necesito agua para refrescar mi garganta. El tonto cogió un vaso de agua que había junto a la cama y se lo dio al rey. En cuanto éste empezó a beber vio que su herida estaba curada. Miró sus manos: tenía el Santo Grial que había buscado toda su vida. Y le dijo al tonto: ¿Cómo has encontrado tú lo que mis valientes no pudieron? Y el tonto contestó: No lo sé, sólo sé que tenías sed. Una historia preciosa. Los aires difíciles (2006), de Gerardo Herrero. La adaptación cinematográfica de una de las obras de Almudena Grandes no es más que otra película española de esas que pasan sin pena ni gloria por las carteleras de los cines. De todos modos, en este caso no me extraña, el cine de este país tiene que dejar de ser tan estático, dejar de tener a dos personajes hablando durante minutos y minutos, las conversaciones se hacen largas y aburridas, etc. Falta puesta en escena, una elección más dramática del valor de plano, un sonido más trabajado, en fin, que falta casi todo. Aún así, lo que salvo de este film es la atmósfera que se consigue crear en momentos muy puntuales, un recuerdo nostálgico de veranos pasados o de momentos de tranquilidad a la orilla del mar. ************ Hoy es día de San José... ¡cómo se echan de menos las fiestas familiares! Un saludo... Era cierto que Ralkólnikov se alegraba, se alegraba mucho, de estar a solas con su madre sin nadie más. Era como si, después de aquella época horrible, se le ablandara de golpe el corazón. Cayó ante ella de rodillas, le besó los pies y luego lloraron los dos abrazados. Esta vez la madre no manifestó sorpresa ni preguntó nada. Había comprendido desde hacía mucho tiempo que algo espantoso le sucedía a su hijo y que ahora había llegado un momento fatal para él. ––Rodia, hijo mío querido –decía sollozando–. Ahora estás igual que cuando eras pequeño; igual acudías a mí, me abrazabas y me besabas. Ya en vida de tu padre, dentro de nuestra penuria, nos consolaba el solo hecho de tenerte a ti. Y, cuando él faltó, ¡cuántas veces hemos llorado tú y yo sobre su tumba, abrazados así como ahora! Y eso de que lloro desde hace ya tiempo, es porque mi corazón de madre presentía una desgracia. En cuanto te vi la primera vez, la noche que llegamos, ¿te acuerdas?, todo lo adiviné por tu mirada y ya me dio un vuelco el corazón. Y hoy, nada más abrir la puerta, nada más verte he comprendido que había llegado la hora fatal. Rodia, ¿no te marchas ahora mismo, verdad Rodia? ******************** Fiódor Dostoievski (2005), Crimen y Castigo, Letras Universales, Cátedra, p. 663. ******************** Seré sincero: no se me ocurría cómo comenzar una nueva entrada en Disparo de Nieve después de haberlo enviado al olvido por una temporada. Me siento como esa persona que, así, de repente, se encuentra con un conocido, con un amigo, con una amante, con una antigua novia o con cualquiera que se le haya perdido en el camino y se fuera borrando las huellas. Generalmente, suele tratarse de un momento incómodo en el que los silencios son atajados con la primera simpleza u obviedad generada por esa amalgama de conexiones neuronales... o a golpe de martillo por los genios malvados de nuestro interior –prefiero la segunda opción–. Quizá sea, que no lo sé, puede ser, que no tengo ni idea, que por casualidad se trate de esa cosa que llaman apariencia y que no es otra cosa que la automasturbación del ego –no alcanzo a dibujar esta imagen en mi mente, sé que automáticamente algunos de mis colegas ya tienen un inventario de bocetos mentales catalogados por colores, texturas, tonos, tamaños, etcétera, con sólo leerlo–. Y el acto de darse placer a uno mismo con los disimulos, los estúpidos velos y demás recelos, tanto a la larga como a la corta frustran… ¡Ay, gente! Si os preguntan algo, sed sinceros, que si no lo sois vosotros, lo será ese labio superior que no controláis y se sube travieso como arqueando la verdad hasta convertirla en mentira. No estoy hablando de nada en particular, simplemente se me ha ido la olla hace rato y la pinza ya comienza a esconderse. Como decía: la sinceridad. Este año he recibido la mejor lección que me podían dar en la escuela de cine. En la última clase que tuve de una de las asignaturas más importantes –aunque todo sea importante en cine–, después de habernos enseñado lo habido y por haber, uno de los profesores más exigentes, más motivadores, más realistas y más directos nos dijo: tíos, ahora coged todo lo que habéis escuchado en estas clases, haced una gran bola y tiradla a la basura. Aquí lo único que importa es la sinceridad: si sois sinceros con vosotros mismos, lo demás no importa. Vale, suena un poco a Fame!, pero es que en realidad es así. Alguno pensará: pues si tienes que asistir a un aula para aprender esto, mal te veo. Puede ser cierto, pero esto sólo se comprende después de muchas horas analizando film tras film tras film…, puede ser un modo de no obcecarse con lo que vemos que han hecho los demás, pero también es un modo de conocernos a nosotros –y después volveré sobre esto–. En fin, que no tenía ni idea de cómo comenzar y fui sincero, preferí un fragmento de Crimen y Castigo en el que Raskólnikov habla por última vez con su madre, momento que me emocionó -quien tuviera…- Página a página, Crimen y Castigo conduce al lector por un sendero psicológico tan sombrío que al llegar a la página setecientos uno, al último párrafo, no se cree lo que está leyendo. Y no estoy hablando de verosimilitud, sino de una de las genialidades de la literatura… las últimas líneas que se le ocurrieron a Fio –para los amigos–, que no tendrían sentido sin toda la obra que le antecede, así que a nadie se le ocurra atajar, que la carrera es deliciosa. Me estoy convirtiendo en una persona poco atenta, quizá esté perdiendo ese aprecio por el cuidado de los pequeños detalles, pues he dicho que volvería sobre el tema del autoconocimiento y ya no me apetece... Quizá esté pasando por una crisis de identidad. Sasom i en Spegel (Como en un espejo,1961), de Ingmar Bergman. El sueco se pregunta de nuevo si existe un Dios y tiene como eje central las relaciones interpersonales. Una auténtica maravilla. Paris, Texas (1984), de Wim Wenders. Me he proyectado como frente a un espejo. Una obra maestra. Hoy me han dicho algo que me ha dolido mucho, no sé si por la persona que me lo dijo o porque mi vida es demasiado volátil. Se trata de una tontería que no viene a cuento, algo sobre un jersey que se ha mezclado con la edad y con la vida. Uno es demasido frágil para que la morriña, la nostalgia y los recuerdos empiecen a jugar con este tipo de cosas. Y, en el declive de Disparo de Nieve, sólo se me ocurre recurrir a Rubén Darío. Un beso. Lo fatal Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, Rubén Darío Fotografía de Bill Brandt. ********* Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles. Bertolt Brecht (1898-1956), dramaturgo y poeta alemán. ********* Hay hombres que aman un día y son buenos. Hay otros que aman un año y son mejores. Hay quienes aman muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que aman toda la vida, esos son los imprescindibles. ********* Caminando por el paseo marítimo de mi pueblo en una mañana que es la continuación a una larga noche y el momento de arranque al último día del año, flotando en una atmósfera de nubes negras, suelo húmedo, viento marino y orvallo gallego como compañía, rodeado de tanta naturaleza, me da miedo el ser que parece humano... Ayer asesinaron a Saddam Hussein en la horca y los etarras anónimos continúan disfrutando con sus fuegos artificiles como si de una caverna hubieran salido. Y las palabras se quedan cortas y las imágenes se hacen demasiado largas, ¿de qué material está hecho el humano? Y me pregunto por qué no los condenan a plantar árboles durante todos los días del resto de su vida y, si no les gusta, que se cuelguen ellos mismos de una rama bien frondosa. Con lo bonito que estaba hoy el temporal gallego... Nadie debe decidir nunca sobre la vida de los demás, pertenezca a quien pertenezca. Hoy siento vergüenza de convivir con ciertos humanos, aunque siempre nos queda la esperanza de poder educarlos. Habrá que comenzar enseñándoles a limpiarse la baba... y terminar mostrándoles cómo el odio no tiene porque generar odio... Y nada... un beso en la frente. Pd. El año se termina y todavía me da la sensación de que no ha comenzado, todo se mezcla, Disparo de Nieve cumple dos años y todavía no sabe ni caminar ni hablar, y me pregunto en qué estaría pensando Saddam con el Corán entre las manos, quizá en un amor de verano, aquel que le rompió el corazón y dio el giro definitivo a su vida... ¡Que sin poder saber cómo ni adónde, Ayer se fue; mañana no ha llegado; En el hoy y mañana y ayer, junto Francisco de Quevedo Cuando hablo de Galicia, hablo de esto. Playa de Carregueiros, ayer por la tarde, en mi aldeiña, cerquita de mi casa. El espectro visual del norte sólo es comparable a la reposada gradación un delirum tremens... (foto mía). Hoy, martes, tengo una resaca que viene ya del jueves al mediodía en Compostela, pero es que si las noches boirenses comienzan así, cómo resistirse: están buenísimas. Llamadme todos para tomar algo, porque yo no voy a poder, que mi teléfono cogió frío y se olvidó de los números, yo cogí frío hace tiempo y no retengo ni uno, ahora tan sólo tengo escritos en servilletas con letras preocupantes los de las chicas de anoche... esas perezosas que dan calor y sacan brillo... ¡vaya por Dios con GaliZa! Pd. Creo que no es resaca, todavía es puntazo. La del jueves fue espectacular. La teoría decía esto: Toño, soy la Teoría y te voy a decir algo como esto: llegas a Compostela con sentidiño y sin correr, desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche tienes que recorrerte las bibliotecas de filología, periodismo e historia, documentarte y después, cuando hayas acabado todo, puedes quedar un rato con tus amiguitos. La práctica dijo esto: Toño, soy la Práctica y te digo algo como esto: a las nueve casi te escoñas contra la facultad sacamuelas mientras tenías las manos ocupadas con discos de Smashing Pumpkins y las rodillas con el volante para dar una curva cuesta abajo y, de paso, porque te pillaba de pasada, quedarte mirando cómo les sentaban de bien unos vaqueros a una galleguiña. Entras en la facultad de filología y te paras: a la derecha la biblioteca, a la izquierda la cafetería. Inclinas la cabeza asomándote al silencio de la sala de lectura y te metes en el bar. Clarita de limón y charla con un exprofe. Once y media, no tienes móvil, ¿cómo quedas con la gente?. Messenger, te encuentras con una amiga, le pides el número de tu hermano, le llamas desde una cabina, le pides el número de otro amigo, le llamas y le dices: "estoy en una cabina, no tengo pasta, me quedan cinco segundos, en diez minutos delante de la catedral". Pero lo haces esperar porque te metes en la biblio de periodismo y recoges unos libros porque LA TEORÍA es una rayada. De paso, porque te pillaba de pasada y no tenías prisas, ves que otros vaqueros bien calzados están buscando algo en la sección de cinematografía con cara de duda. Tú, con cara de limón bien fría que ya escondía el germen del día, le dices a la cara de fresa, sonrisa de nata y cabello de piña: "hola, ¿estás buscando algo en concreto?, si quieres, puedo ayudarte." Le echas una mano con la bibliografía de Scarface, aunque le echarías las dos. Te deja un poco de nata en la mejilla y el número en un papel, quiere un café la semana que viene. Cuando ya se iba se para y te dice: "oye, qué camiseta tan chula, pero ¿no tienes frío?", piensas, miras también su camiseta, dudas y respondes: "no se me había ocurrido...". Te vas para la catedral y, por una casualidad, llegas justo cuando llega tu coleguita de batallas, un abrazo y te dice: "estás en los huesos... yo estoy en un bar con una colega, hoy pasamos del trabajo, vamos". Es la una y te pasas toda la tarde por la zona vieja de riojas, tapas, Baileys y White Labels, hablando con un buen amigo físico particular y una ingeniera ferrolana. A las siete se os ocurre ir de compras y de paso, porque te pillaba de pasada, te acercas hasta el limpiaparabrisas del coche a ver si hay alguna multa, hay una, hablas con el poli que está por allí, consigues que te la anule y que no te ponga más porque vas a dejar el coche en el mismo sitio y de nuevo sin el papelito de la hora. Llegáis a Springfield con una chispa chispeante y vais directos a la sección de pantalones, uno de pitillo, entras en el probador y comentas en voz alta cómo es el proceso de probarse unos pantalones con tus colegas que no están en el pasillo de los probadores, si no en la tienda, lejos: "llévalo si es fácil de poner", "no, me lo llevo dependiendo de cuanto se tardan en quitar", y todos os reís, incluso una dependienta que andaba por allí. Salís, entráis en Woman's Secret y un sujetador rojo estaba hecho expresamente para la chica del Ferrol, os parece bien y seguís por la zona bella hasta las seis de la mañana... con muchas más historias...Ay, qué bien se combate el frío en Galicia... A las seis os vais a tomar algo sólido y a las diez entráis en Bershka, creéis que sólo allí se puede bailar a esas horas... y es cierto... Viernes cena, 8:00 am, sábado ruta, 7:30 am, domingo nochebuena, 7:30, lunes baretas, 4:30... cómo tarda la próxima... y cómo sigues echando de menos... y tiras todas las servilletas con sus números a la fuente de Platerías... porque eres sincero contigo mismo y pides otros deseos... y el jueves salió redondo y te parece haber vivido en sueños el Today de Smashing Pumpkins... Necesito algo fresco y ligero... con continuidad... ¡¡¡Pienso en aquella tarde..., como lo tienes tú..., si quieres bailamos... todo!!! ...yo, que soy un animal, que no entiendo de nada, que todo me sale mal, te tuve cien días dentro de mi cama, no te supe aprovechar, ando perdido pensando que estás sola y pude haber sido tu abrigo, cuelgo de un hilo, rebaño las sobras que aún quedan de tu cariño, yo, que me quiero aliviar, escribiéndote un tema, diciéndote la verdad, cumplo condena por ese mal día, de haberte dejado marchar, yo pienso en aquella tarde cuando me arrepentí de todo, daría, todo lo daría por estar contigo y no sentirme sólo, a ti que te supo tan mal que yo me encariñara con esa facilidad, y me emborrachara los días que tú no tenías que trabajar, era un domingo, llegaba después de tres días comiéndome el mundo, todo se acaba, dijiste mirándome que ya no estábamos juntos... un día quiero dejar el mundo entero por ti, la misma noche, me aburro y no eres para mí... soy caro cuando hay vicio... soy igual, pero distinto... si quieres, bailamos, me pongo los zapatos y me llevas, y me llevas contigo, por ese mundo oscuro y desconocido del compás, olvidarnos del tiempo perdido, despertar y ver que aún estás... dame calor, sácame brillo... ten un descuido... ya no sé qué besarte que no te haya besado ya... vuela, vuela, vuela conmigo... todo, todo, todo... muy lento... todo... [hoy hay una falta impresionante del sentido del ridículo y debería mantenerse] Pienso en aquella tarde... Como lo tienes tú... Todo... Mis amigos tirados en sofás hace un rato, martes, 4:00 am, ¿qué necesitamos?: un balneario hasta el jueves que viene... Despertar y ver que aún estás... ¡¡¡Un biquiño, rulas!!! La semana que viene ruedo ¿Te imaginas? o ¿Recuerdas? ¡¡¡Vivan los pantalones de pitillo!!! Pd. Estamos envenenados, clausurando el pub Hi-Fi con cosas como The Rakes..., acompañándolo de un portentoso temporal en las mentes, something like that... Ciao!!! Se me ha ido la pinza... del todo... A ver si nos vamos muriendo de una vez... Antes de nada, debo admitir que me es totalmente indiferente que Disparo de Nieve se convierta en determinados momentos en uno de esos blogs en el que se narran acciones cotidianas, es decir, en el que cada quien intenta hacer ver que su vida resulta interesante, mucho más o mucho menos de lo que es en realidad. Cuando menos, mi vida se presenta atractiva desde mi punto de vista, puesto que no tengo otro. Lo ideal es que lo cotidiano, mediante un milagro, puede convertirse en algo extraordinario... como se verá al final de esta entrada. Hace unas horas que llegué a Galicia, está preciosa y lleva el nombre de la hija que nunca tendré. Siempre viajo solo, la última vez que alguien voló conmigo fue hacia tierras escocesas -parece que fue ayer cuando a la vuelta sentía que volvía totalmente solo-. Esta vez no avisé a nadie de mi llegada, me gustan las sorpresas, me gustan los libros y las rosas, quizá porque hace mucho que no juego con ellas ni ellas juegan conmigo. La noche anterior deambulé por mi humilde morada, tenía que salir a las cinco de la madrugada hacia el aeropuerto y mezclarme con mi edredón era lo último que me apetecía. No dormí, ¿para qué? Me puse Der Blaue Angel (El ángel azul, 1930, Josef von Sternberg) y Jungfrukällan (El manantial de la doncella, 1960, Ingmar Bergman)... el tiempo transcurría a su modo. Luego, medio dormido sobre un melocotón en almíbar que se me aparecía en sueños, se me ocurrió una idea para otro spot publicitario y, a las tres de la madrugada, me puse a redactar el guión. Una ducha, la maleta por hacer, meto cualquier cosa y salgo. Metro, tren, avión, dos autobuses y Boiro. Galicia me enamora, me gusta el color verde y la gente clara. Hay quien sale de Galicia y cree que sale de la aldea, hay quien no habla ni escribe en gallego porque lo considera un idioma de pobres desgraciados, pero también hay quien no sabe echar el freno a su estúpida ignorancia supina. A veces, como ahora, noto que despacho las palabras como si el viento me dijese: no te preocupes, si ocurre algo, yo te ayudo. No puedo remediarlo, Galicia es mi madre y Galicia es la chica que dio un vuelco a mi corazón, por eso regresamos, siempre se regresa, queremos encontrarlo todo en su lugar y no quedan más que minúsculos resquicios. Uno siempre fue bastante inconformista en la vida y, tras mucho desengaño, ahora me conformo con tener los pies calientes y una taza de leche entre las manos mientras afuera llueve y me dejo llevar por un film. Esto fue ayer, me dormí y hoy me desperté. Pero somos humanos y siempre tropezamos con la misma piedra. Amanecí con frío, medio acatarrado, con los ojos rojos... Conduje, observé los alrededores: todo son recuerdos. Quizá haya quien considere todo esto como un exceso de melancolía de un chaval y, en realidad, no se trata ni de un exceso ni de un abuso. El tiempo me parece lo más subjetivo que nos podemos encontrar en la vida, por lo que yo no llevo ni una semana, ni tres meses, ni dos años y medio lejos de lo que me hace vivir, interiormente siento que ya hace más de sesenta años que la vida me dio la espalda. Y, nada, uno espera a que se termine el tiempo de una vez. Me detuve en una calle de Boiro, freno de mano, doble fila, me dolían los ojos. No me puse las lentillas, llevo mis viejas y raras gafas doradas, me las quito y ya se me hace tarde la espera para ir al oculista esta tarde. Tengo miedo, le tengo miedo a todo lo que tenga que ver con la medicina, sobre todo, si es del cuello hacia arriba: lo que daría yo por un corazón nuevo. Dejo las gafas sobre el asiento de al lado, me duele la cabeza y vuelvo a tener los pies fríos, helados. Pero, cuando menos te lo esperas, levantas la vista, estás ensimismado, tocando la palanca de marchas, ¡atchisss!, y, sí, algo te dice que levantes la vista. Y veo. Allí está, ¡la veo!, ¡la estoy viendo! Camina por la acera, se detiene, mira a derecha y a izquierda, cruza la calle y se mete en una frutería. Fue como acercarse al sol o a un manantial, es una fuente de vida. Suena cursi y lo ha escrito mucha gente, pero es que el mundo se detiene, se para el tiempo y todo lo demás. Os lo cuento de otro modo, a ver... Levanto la vista, hago foco instantáneo en una chaqueta blanca, es una panorámica de derecha a izquierda que ya ha empezado antes del corte anterior, paso a un teleobjetivo embellecedor y hago un primer plano con el fondo desenfocado, el ruido de la calle desaparece, suena una pequeña brisa y el sonido de su garganta al tragar saliva, ella mira a la derecha y cuando vuelve a la izquierda pongo un pequeño ventilador picado y se levanta un mechón de pelo para dejar su cara al descubierto, la maquillo como si no tuviera pinturas, no le hacen falta, tonos claros, la chica de vestuario ha encontrado unas gafas blancas, último modelo, elegantes, paso a un plano entero y comienzo un travelling mientras ella cruza el paso de peatones con una bolsa en la mano, la actuación es perfecta, camina muy recta, con la cabeza alta, llego hasta la entrada de una frutería, detengo el travelling en el mismo momento en que ella duda, entra, lo hace con el pie correcto y se pierde entre naranjas y manzanas. ¡Toma buena! Es perfecto, nunca hay que repetir nada. Durante esta escena sudaba, los pies me ardían, veía perfectamente sin lentes, notaba la sangre bombeada por todo el cuerpo y no podía respirar: y esto no es la tensión de un rodaje, esta era mi vida, las consecuencias del amor. Hace años entraría en la frutería, la cogería por la cintura, le daría un beso en el cuello, compraríamos melocotones y nos iríamos a casa; ahora, mientas mi vida vive su vida lejos de mí, yo me resigno a intentar que mis pies no se enfríen, que tenga algo de leche que llevar a la boca y una película que ver. Lo peor de todo esto se puede resumir en una frase que Alvin Straight dice en The Straight Story (Una historia verdadera, 1999, David Lynch) cuando una muchacha le pregunta qué es lo peor de ser viejo y él contesta: lo peor de ser viejo es recordar cuando eras joven. Nunca hablo de esta película, quizá porque me supera y no encuentro las palabras adecuadas. Cada uno tiene su historia de cabecera (Sunset Boulevard, The apartment, Citizen Kane, The Godfather, etcétera), la mía es esta y son todas, no me guío por el cine, sino por mis sentimientos. Nunca antes había experimentado una proyección como la que tengo con Alvin y su vida. Poesía. Así es como me hizo sentir la escena de mi vida cruzando por el paso de peatones, tirándome a la cara de viejo lo mejor de cuando era joven. Y yo continúo aquí, enamorado del pasado, levantando la vista de vez en cuando para ver si me encuentro con mi vida pequeñita, que es la mujer más hermosa que he visto jamás, y deseando que, por una casualidad, me lleve la muerte, porque lo peor de no tener nada es recordar que lo tuviste todo: y ese todo era yo y hoy estoy desecho y esparcido por diferentes lugares y diferentes tiempos y la vida sería más sencilla si entrara a comprar unas naranjas... y saliese con un melocotón. Lo siento, vida. Todo va bien, todo va bien, todo va bien..., pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje. Y mientras caía con los ojos vendados me decía que todo iba bien, que todo iba bien, que todo iba bien..., y, en realidad, me maté al aterrizar. No era un delirio, realmente lo creía así: todo iba bien y todo iba mejor y todo iba perfecto... Ahora vivo entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, que no es una frase, es una sensación en las entrañas, en la garganta y en el corazón... Si después no hay nada, prefiero que llegue cuanto antes: estoy abandonando, y ojalá pudiera decir: he abandonado. La verdad es que nada va bien, nada va bien, nada va bien... ********************* Escribir un poema es hacerte preguntas a ti mismo y buscar las respuestas en tu interior. Esta mañana se me apareció uno, tenía un lápiz y un papel: lo fijé en el papel y en el fondo de un cajón, allí solo, sin luz, sin poder respirar. Me sentí como los buscadores de agua en el desierto, quería escribir sobre un estado de ánimo y todo me conducía hacia mi sequía interior: mi corazón está falto de lluvia, de manantiales, de ríos y de mares, de lágrimas mías y de lágrimas de todos... Y estoy seco, se lo llevaron todo... ********************* Hoy, veinte años después, quizá entiendas que la última vez que nos vimos no te estaba diciendo que te quería, estaba diciéndote te quiero. ********************* ********************* Nada va bien, nada va bien, nada va bien... y, tras leer el correo, arrastrando los pies, la cabeza gacha, horas bajas, me he ido a pasar la tarde en un templo, pesándote en las pinturas de Flagonard (1732-1806) y estabas en todas... ********************* Puedo tener la ayuda de un poema, de una pintura, de una canción, de un film..., pero necesito ayuda. Hace casi dos meses que puse de nuevo pies en polvorosa, en la comunidad menos comuna, pero más común de lo que aquí creen, de la España católica y monárquica: Cataluña. Hace casi dos meses que llegué a Barcelona y desde entonces me he emborrachado en varias ocasiones, no he faltado ni un sólo día a estas clases de más de seis horas, he pintado gran parte de mi piso, he escrito, producido, dirigido y editado un cortometraje en 16mm. que no desagrada ni a la vista ni al oído -según me han comentado, aunque lo dude-, he ido a una entrevista de trabajo, he conseguido dos trabajos, tengo cuatro horas diarias de desplazamiento entre metro y trenes, me han publicado un artículo en El Periódico de Cataluña, tengo todos mis apuntes al día y releídos, he ido a dos comisarías por razones diferentes: denunciar e identificar, he leído sólo tres novelas y dos obras de teatro, salgo algún fin de semana a disgusto, he hecho de guía para dos suizas, he ido a alguna clase de interpretación, he visto más de sesenta films y fragmentos de otros, me hago la comida casi a diario, me lavo la ropa, pero no la plancho -no tengo plancha-, he escrito cuatro cortometrajes, he leído varios manuales de dirección, edición, fotografía e historia cinematográfica, me he atrevido con Retahílas, he conocido a alguna gente y el lado oculto de los que eran semidesconocidos, he ido a dos conciertos gratis, me han dado un portentoso porrazo, he visto cómo un hombre se suicidaba en el metro, he tomado fotografías a desconocidos, ha triunfado Mozart en mi minidisc, he disfrutado con The Straight Story en una pantalla inmensa, a veces quedo para tomar algo ... si me apetece, he perdido también el tiempo, y no he dejado ni por un momento de pensar dolores. Ahora mismo estoy tirado en una cama, solo, escuchándome, hablándome y hasta cantándome, creo que me estoy volviendo loco. Duermo poco, me gustan las almohadas frías y siempre me despierto de buen humor, pese a las pesadillas y al destrozo interior de trozos enamorados morados por el golpe del tempo del tiempo. ¿Por qué esta confesión y aquella enumeración de acciones estancadas? Porque estoy harto, no os imagináis hasta qué punto, de que una y otra vez me llegue, tímida, esa pregunta que tan sólo se sostiene con pinzas: oye, ¡hummm!, ¿qué tal... de chicas?, ¿tienes novia? (...) ... (...) ¿Qué... me...? (...) ¡Oooh, va fan culo...! Quien me conozca, sólo un poco, sabrá que en mi vocabulario no hay lugar para una mala palabra, pero, ché, que ya me ehtán jhodiendo con boludeses varias y variadas -mis compañeros de piso me proporcionan desahogo verbal-. Y, realmente, esta pregunta, que ya son dos, me incomoda, ¡me irrita...!, no me gusta y me pone neurasténico... que no sé muy bien lo que significa o no lo quiero saber, pero, ¡manda carallo!, lo decía mi querida MAMÁ a propósito del mundo. Yo no tendría ningún problema en hablar de amor durante el tiempo necesario, acaso todo el tiempo, acaso el tiempo todo, acaso el todo todo, acaso infinito por infinito, pero no de mujeres, por favor..., de mujeres no. Que corra el aire. -un segundo, voy a la cocina, sacacorchos, compañera de piso dormida en el sofá, botella de vino a la cama, son las dos, tangos, glugluglú, qué calorcito- Ojala que la noche traiga recuerdos que hagan menos pesada la soledad. Vaya. ¿Qué decía de las mujeres? Me he encontrado con este fragmento sonando en mi cabeza, me he perdido. No estoy tan solo. La cama es inmensa, nunca tuve una cama tan grande, aunque prefiero la mía pequeñita, la mía compostelana. Pero no estoy tan solo. Bebo. No estoy tan solo. Ocupo media cama, que no me pertenece, guardo el lado izquierdo, que no es el mío. Y bebo. A mi derecha duermen ellas, bellas, desnudas que no esconden nada, historias que me abrazan y me sonríen al cerrar los ojos, historias en papel, en imágenes, en sonidos, en sueños, ... Las alterno y raras veces vuelvo sobre ellas, son muchachas de moral distraída que se acuestan con cualquier cualquiera, yo las hago mías a mi manera, os las presento, aunque quizá ya las hayáis amado u os las hayáis follado, lo que me quita toda originalidad: la originalidad de lo virgen. Veo por aquí a una linda francesa, Le feu follet (Louis Malle, 1963), amante con la que repito, no por el clímax, sino por los delicados preeliminares que queman y ese ritmo lento y sin pausa de dos horas que son la gloria. Asoma también una blanca y negra hollywoodiense, Raging Bull (Martin Scorsese, 1980), que, a diferencia de la anterior, tiene toda la pinta de entregarse por combates. Una habanera me rozó las ganas hace un par de años, ahora me roza el tobillo, La Habana para un Infante Difunto (Guillermo Cabrera Infante), me voy a atrever con ella y haremos su viaje iniciático juntos. Tranquila, en silencio, sentada sobre la cama, me mira, y en su mirada sencilla, y en su mirada sin parpadeo, me pierdo, me hundo en las sábanas (The servant, Joseph Losey, 1960). Muchas otras hacen fila entre cojines y almohadas, a veces las tomo de dos en dos, pero es ella, con la experiencia que le otorgan los años, quien me recuerda que todo esto sucede gracias a que no existe un padre que proteja en exceso a sus hijas, ese padre que no quiere para su hija un amor puro, sino una dote cuantiosa: L'avare (Molière, 1668). Y bebo. Miro la botella de tinto y la sangre me devuelve al tema, creo que hablaba de mujeres..., que, dado el caso, es como hablar de barcos o del tiempo. Repito: me irritan, siento cierta aversión hacia el trato con ellas, quizá porque mi escepticismo me acerca a su verdad. Tras el apaleamiento continuo, uno prefiere dudar por método. Me declararía misógino de no haber conocido a mi madre, de no haber conocido a algún familiar, de no haber conocido a varias amigas y, en fin, de no haberla conocido a ella. Me declararía misógino, pero las mujeres me han dado los mejores momentos de mi vida..., los otros momentos también han sido por su culpa. Y bebo. Me quito las sábanas de encima. Hace calor. Y bebo. Siempre me acuesto de manga corta. Guardo dos sudaderas de no sé qué universidades por si acaso hace frío, aquellas tan anchas. Me duelen las piernas. Quizá sea la mala vida, el alcohol, los fármacos venenosos u otras drogas que sobrevuelan. El nueve de mayo de 2004 dejé el deporte... o el deporte me dejó a mí, que no es lo mismo, pero es igual. No he vuelto a dar un paso sobre un campo de fútbol, y con ello sé que he perdido sensaciones que no volverán nunca más: calzar unas botas de cuero ajustadas al pie mientras los tacos de aluminio penetran en el césped húmedo. Y bebo, y recuerdo. Hacía deporte más de cuatro horas todos los días. Y bebo. Este verano pasado me convenció G. para participar en un campeonato de voleyplaya por parejas, quizá para recordar viejos tiempos en este deporte. Lo ganamos, no sé si por experiencia del pasado o porque nunca se nos dio nada mal. En la final, el equipo contrario casi no nos dio problemas, aunque nos forzó un tercer set: ¿por qué? Pues porque cada vez que la chica de enfrente me miraba a los ojos conseguía desarmarme... Son sus armas..., eran verdes. Con dieciséis años ya están armadas y listas para ir desangrando al mundo. En aquel nueve de mayo la rosa se marchitó a cámara rápida y el césped se secó lentamente. Pero en mi corazón ella continúa roja y en un campo verde. Ayer, viernes, me invitaron unos amigos a cenar a su casa. Bebimos y vimos mi primer cortometraje en 16 mm., Cuentagotas. Tras el primer visionado el silencio era total. Me fijé en las cuatro personas que estaban allí, sin mover un dedo, sin decir nada. Aquí es donde conecto mi escepticismo y me pregunto si es porque les pareció horroroso o todo lo contrario. Exactamente lo mismo había ocurrido el día que lo presenté en la escuela de cine: silencio absoluto. Para quien no esté al tanto, una escuela de cine es un lugar en el que los proyectos que se presentan nunca están bien, ni para el profesor ni para los compañeros, un lugar donde fluye una profunda envidia hacia todo lo que hace el del pupitre de al lado, un lugar donde parece no haber amigos, sino rivales, ... Creo que, después del mundo literario, quizá sea este el que lance más dardos. Pues presenté Cuentagotas y todo el mundo se quedó callado. Da un subidón que la gente se quede así..., sobre todo, si al finalizar, los aplausos de deferencia que se les da a todos los proyectos los inicia el profesor, diciendo: ¡vaya trabajo! Y, la verdad, es que tampoco es que sea un magnífico trabajo: sé que hay errores de raccord, alguno de luz, etcétera. Quizá de lo que estoy más contento no es de haber contado una historia que se entienda y que a la vez obligue al espectador a tirar un poco del hilo, sino que he conseguido un tono y un ritmo en un minuto y medio, algo complicado, incluso en largometrajes. Lo que me hace seguir adelante es el apoyo de la gente que se acercó en privado a felicitarme... y es que esto no me pasaba desde hace años, quizá desde cuando jugaba al fútbol. Cuentagotas es un drama trágico, si es que estas dos palabras pueden unirse de algún modo, pues el drama y la tragedia son cosas bastante diferentes. ¿Por qué estudio cine? Nadie lo sabe. Yo sí lo sé, pero no se lo digo a nadie. No es que me guste el cine, ni quiera contar historias, ni me encanten los rodajes, ni tenga una sensibilidad característica, creo que todo esto se da por supuesto. Es otra cosa. Y está relacionada totalmente con mi vida, también con las mujeres de mi vida. Me he ido por los Cerros de Úbeda. Estaba en la cena, vimos el corto, salimos a tomar algo... Amigos y amigas, bebidas y tiempo por delante y por atrás, sobre todo, por atrás. La gente habla, pero yo ya no me meto en las conversaciones, desconecto antes de que me digan hola. Vivo en mi mundo, eso es cierto. Me dice un colega: pero alegra esa cara, tío. No puedo, es la cara y el ánimo que tengo. Me dice no sé qué una tía desde el otro lado de la mesa y le contesto no sé cuánto desde mi sofá... y me devuelve un qué irascible. Bueno, esto es lo que hay que aguantar... y me da igual lo que piensen sobre mí, no porque no sepan lo que pienso sobre ellas, sino porque no pienso nada sobre ellas, siento un total desinterés hacia las mujeres. Me atraen muy pocas, casi ninguna, y podría dar un paso adelante, pero las leo entre líneas y doy cuatro hacia atrás. No es más que tirria contenida. Y lo siento, porque quizá tenga alguna amiga que no se pueda incluir aquí, amigas muy valiosas, algunas casi desconocidas. Ese no es el problema, el problema es qué me hizo llegar hasta esta posición... de enamorado de la nada. Me han despedido del trabajo. Es la primera vez. Y esta es mi versión, la que vale. Trabajaba en una tienda de juguetes, de ocio, casi diría que alimentaba la parsimonia nacional. Ganaba un sueldo precario, con el que apenas tenía para comer durante un mes, ni qué hablar de pagar el alquiler... -es lo que tenemos los humildes-. La entrevista de trabajo ya no había sido muy normal, quizá porque yo no estoy acostumbrado a tanta hipocresía. Una psicóloga, recién licenciada o recién liberada de la facultad -que no es lo mismo-, muy dinámica, hablaba con ese tono que suelen utilizar los médicos y las enfermeras al entrar en las habitaciones de los hospitales, con un volumen excesivamente elevado y tratando a las personas como si fuesen estúpidas, todo ello sin apenas rebajarse a mirarlas a los ojos. Me recordaba a esa rara avis que está poblando la televisión: estos jurados de programas para una distracción tonta o los profesores de programas de canto, belleza y mentiras. Con acento rosa va y me dice: bueno, Antonio, lo que harás será, sobre todo, vender, así que primero te tienes que vender tú para que yo te dé el trabajo. Yo estaba en un primer plano pausado, con la boca abierta y pensando de todo. Muy correctamente, contesté lo más suave posible: yo no me vendo. Me mira y me dice: hombre, es una forma de hablar, algo así como una metáfora. Me encendí por dentro. Pero, ¿esta tía qué me está contando? ¿Me explica que una palabra puede tener más de un sentido?, y ¿qué carallo dice de las metáforas? Oiga, ¿ha leído mi currículum? Saca una carpetilla. No, pero tampoco te creas que es algo tan importante. ¡Qué mema! Antonio Chouza, ¿verdad?. -Sí. No sé si lo fue leyendo o lo fue mirando por encima, pero la sonrisa se le cayó al suelo y se volvió a hacer el silencio. Recuperó la sonrisa, esta vez sarcástica, con la que dijo: vaya, estudias cine, ¿más españoladas? ¡Qué hijaputa! Ya se verá, se hará lo que se pueda, poco a poco... Y la conversación continuó, pero no es lugar aquí de transcribirla toda: tomaros una tila o un café conmigo y os la cuento. To business. Conseguí el trabajo. Los sábados y algún domingo de diez a diez tenía que estar aguantando a los freakys de Barcelona que compraban cosas rarísimas y muy caras. Algún mocoso se me acercaba y me preguntaba por características de los diablos de los campos infernales de Warhammer. Chavales de veinte años enfermizos por no haber visto la luz del día para otra cosa que no sea jugar a perder el tiempo y comprar chuminadas. En fin, no me quiero meter con la clientela, pero ¡manda carallo na Habana! Yo a lo mío, muy correcto, muy educado, intentando mantener las formas ante gente que nunca ha oído hablar de los buenos modales en su vida, tragando saliva. Generalizo, puntualmente entrabada algún señor muy amable con intención de comprar una maqueta y conectábamos al instante. Mis compañeras de trabajo, una caña. Un duende con el pelo rosa que hablaba como un robot, se sabía los catálogos de juguetes al pie de la letra: tiempos modernos, mala vida. Después estaba la muñequita, una chica que entre o sea y o sea parpadeaba veinticuatro veces por segundo, no sé cómo no se empotraba contra las paredes. Hablaba a los clientes por encima del hombro, con la superioridad que le daba saberse dependienta de una tienda de juguetes en un centro comercial. También estaba la Trol emporrada... No sé cómo doy con esta gente. Con la gente hipócrita, hay que ser el doble de hipócrita. Te pueden tratar de pardillo, pero tú te ríes en su propia cara y no alcanzan a darse cuenta. Este miércoles de camino a un rodaje me suena el móvil. Diga. -Hola, Toño (...) Bueno, es que es algo desagradable de decir por teléfono, pero no encajas en la empresa. Con el teléfono en la oreja iba mirando las calles a través de la ventanilla del coche, me acomodé, iba a pasar un rato interesante. Me acababan de expulsar de operación triunfo. No-encajas-en-la-empresa. Te tenemos que despedir. -Pero, ¿qué ha pasado? .-Hombre, o sea, no es que haya pasado nada, pero has hecho algo que no se puede hacer...... Aquí me asusté un poco, ¿fui borracho a trabajar o me cargué algún juguetito?...... Leíste un libro en el trabajo.........te vimos por las cámaras de seguridad.......-Bueno, pero después de haber limpiado el escaparate yo solo, haber barrido yo solo, haber preparado la tienda yo solo y después de haber tenido un sólo cliente en dos horas, le pregunté a la encargada si podía leer un libro mientras no entraba nadie en la tienda y me dijo que sí. .-Bueno, no sé... (...) cuando puedas, acércate a firmar el finiquito... ... ... Nunca me olvidaré de En el momento del parpadeo, de Walter Murch, un libro sobre la vida y el montaje cinematográfico. Me viene a la memoria una frase de la obra: La vida consiste en ir perdiendo cosas. La verdad, es que me han hecho un favor, despedirme por leer un libro en el trabajo: no pienso comentar esto, se explica por sí solo. A la gente que se lo conté se infló a reír. Así que estas navidades iré a Cabo de Cruz, me emborracharé y perderé la noción de la realidad que me rodea para no ver a nadie más que a quien yo quiera. Me han despedido por leer un libro. Puedo jugar con todas las mariconadas de la tienda, pero de leer un libro ni hablar. Así os pudráis en el infierno. Y yo sigo por aquí... medio ciego física, psíquica y moralmente, escuchando los graves en Breed de Nirvana..., despedido... abandonado... y solo... en mi cama, con mis historias y notando cómo se mueve el suelo cada vez que pasa el metro, esperando a que se me aparezca en sueños esa mujer que sólo tiene una línea de lectura, una magia como la de Merlín, una gran parte de mí... Me voy a ver una peli... Hace un tiempo que no visito este invento del demonio, esta red donde nos enredamos y enredamos coma meniños; es un tiempo que se lleva algún mes y parte de otros, de sol y playas, de alcohol y lágrimas, de lecturas mojadas, un tiempo de cenas con viejos amigos, de desayunos con la soledad, de claras oscuras, de pesca por la tarde y pescado por la noche, de incendios e incendiados, de olas sin compañía, un tiempo de objetos perdidos en el asiento de atrás, de no decir nada y sentirlo todo, de crímenes y castigos, un tiempo de piel oscura y ojos claros, de música y poesía, un tiempo que ya se hace atemporal, en que te echo de menos, de natación nocturna por la ría con chalados, de piraguas y canoas, un tiempo con nostalgia en la yema de los dedos, con polillitas compañeras y con la cama sin hacer, un tiempo de corchos y vino, de imaginación e ilusión, de realidad y frustración, de dibujos desanimados y películas italianas, de chef de primera, de rotura de fibras, de pobreza, de reencuentros esperados, de estudios arriesgados, de momentos divertidos, un tiempo en que cierro los ojos y te veo, un tiempo de sueños soñados, sin susurros, con mensajes al alba, mas con respuestas oscuras, un tiempo caminante, mudo, de fotografías en blanco y negro, un tiempo más o un tiempo menos, un tiempo pasado, de pies descalzos y manos heridas, de cura marítima, de arroz y ensaladas, un tiempo que no es descanso, escaso, en el que sé de quien soy, un tiempo sin parsimonia, de dornas y sarabanduxas, de pulpo y básquet, de polos y voleyplaya, de agua dulce y agua salada, un tiempo de sed, un tiempo en el que me releo contigo… José Luis Cuevas (Autorretrato, yo con la Lectora, 1997) Todavía no ha concluido el verano en el calendario, pero parece que ya está cerca su último estertor, se nota en el mal humor de la gente, se nota en la gente de mal humor. En cambio, no se nota en la temperatura, la playa todavía me llama silente y acudo como amante a la cita. Los que hayáis ido a menudo a cualquier playa seguro que conocéis ese momento justo antes de la puesta de sol en el que las conversaciones quieren ocupar ya un lugar en el recuerdo cuando todavía no han terminado, viendo el mar en calma, acostados en la toalla, con la arena entre los dedos juguetones, hablando de él, de ella, de aquellos tiempos, de la-tarde-en-que, de esa noche, de pasado mañana… que es cualquier día; seguro que conocéis ese momento de las nueve de la tarde y del sol escondiéndose…: ese momento son todas las tardes de verano en septiembre. Este verano no va a pasar a los anales de mi historia particular, de hecho no es otra cosa que un verano más o un verano menos, atrás quedaron dos décadas felices y algún dos mil enamorado, mil novecientos noventa y tres, mil novecientos noventa y cuatro. Y ahora que lo recuerdo, creo que fue por aquellos años cuando descubrí la obra de Silvio Rodríguez, desde entonces he ido bebiendo a sorbos su manantial hasta hace unos días, cuando de nuevo se reinventó ante mí y en vivo con un repertorio de lujo extremo: Días y Flores, Escaramujo, Casiopea, La maza, Monólogo, El elegido, Te doy una canción, Rabo de Nube, …Ojalá. El público asistía al concierto con pancartas, con emblemas políticos, con oídos sordos, … Silvio va más allá de la política, habla de los recuerdos, de la niñez, de la soledad, de amantes, de amigos, de la vida y de la muerte, del amor y del desamor… Una de las canciones que nunca he tenido la ocasión de escuchar en los conciertos a los he asistido es Tu fantasma: maravillosa letra que sintetiza un estado universalmente conocido. Por cierto, ya le he conseguido significado al verso nuestro cabaret privado sigue activo por su bar: resulta grandioso que una canción se enriquezca con el paso del tiempo. Tu fantasma Me decido a tatarearte todo lo que se te extraña, desde el siglo en que partiste hasta el largo día de hoy. Me acompaño de guitarra porque yo no sé de cartas, y además ya tú conoces que ella va donde yo voy. Lo único que me consuela es que uso dos almohadas y que ya no me torturo cuando te hago trasnochar. Otro alivio es que en su árbol los pajaritos del alba siguen ensayando el coro con que te bienvenirán. El teléfono persiste en coleccionar absurdos, embrumarme sigue siendo un deporte universal, y la puerta a esta comida donde la ha golpeado el mundo, cuando menos una buena parte de la humanidad. El cine de enamorados tuvo un par de buenas pistas, nuestro cabaret privado sigue activo por su bar, se nos sigue desangrando la llave de la cocina y yo sigo sin canciones habiendo necesidad. Pueden ser casualidades u otras rarezas que pasan, pero dondequiera que ando todo me conduce a ti, especialmente la casa me resulta insoportable cuando desde sus rincones te abalanzas sobre mí. No exagero si te cuento que le hablo a tu fantasma, que le solicito agua y hasta el buche de café. En días graves le he pedido masajes para mi espalda, los peores ni te cuento porque no vas a creer. Hay días que en tu sacrificio acaricio tu fantasma, pero ¿dónde iba el delirio?, no oigo tu respiración. Siempre termino en lo mismo, asesino tu fantasma, y a la diana me sorprende recostado en el balcón. Ya no sé si lo que digo realmente nos hace falta, hoy no es día inteligente y no sé ir más allá, pero cuando puedas vuelve porque acecha tu fantasma, jugando a las escondidas y yo estoy muy viejo ya, pero cuando puedas vuelve porque acecha tu fantasma, jugando a las escondidas y yo estoy muy viejo ya. Como siempre, soy un desordenado. Comienzo con un tiempo, continúo con el verano y termino con un poeta, una poesía y el trigo apilado al final del verano bajo el punto de vista de Monet... quizá sean los fantasmas... No puedo escribir, tengo las yemas de los dedos quemadas, literalmente..., duele... Tecleo con un pulgar... Hoy llueve... "Qué cuernos hago con el agujerito que siento adentro mío cuando no estás?" "¡Pod favod!" (de La Historia de Mafalda, Joaquín Salvador Lavado, Quino) Sentiste alguna vez lo que es Si resulta que sí, si podrás entender lo que me pasa a mi esta noche, Todo lo que termina, termina mal, poco a poco. Me parece que soy de la quinta que vio el Mundial 78, No me lastimes con tus crímenes perfectos, Si resulta que sí, si podrás entender lo que me pasa a mi esta noche, Tu imagen me llegó a las seis menos diez y no pude dormir ni un instante después: te confundías con mis sábanas, te me enredabas en la sien. Lucías tan real que casi fui feliz, pero a las seis y diez me comprendí sin ti: eran mis solitarias sábanas y una habitual mañana gris... Y tú eras mi viento, mas no a favor; eras mi barca en el pedregal; eras mi puerta sin tirador; eras mi beso buscando hogar. Y tú eras un parto de antigüedad, maña de un diablo desesperado; eras espuma de soledad, carne con llagas de desamor. Y así fuiste la otra mitad de amanecer que no alumbró jamás. (S.R.D.) ¿Cómo lo haces? Las colas... Hay quien hace cola para entrar al cine, para entrar a un concierto, para ir al baño, para enrollarse con la fresca de clase, para conseguir ... lo que sea. En las colas también influye el factor tiempo: mientras que para comprar fruta puedes tardar como máximo unos diez minutos, para conseguir una entrada para Michael Jackson probablemente se tenga uno que pasar dos noches delante del estadio..., quizá lo exagerado sea lo que vi en la embajada española de La Habana, colas de semanas para que los funcionarios les dijesen hoy no funciona la impresora, tendrá que volver otro día. Esto de las colas tiene su tela, sobre todo cuando ves a un grupo de chicos entre los veinte y treinta años haciendo cola para entrar a la biblioteca y estudiar y leer y releer y aprender y comentar y escribir y relacionar y formarse y ... ¿Qué tiene de raro? Pues quizá el hecho mismo, pero, sobre todo, que si se hace a las ocho de la mañana de un domingo de junio con la playa cerquita o con la resaca en la saca... la cosa cambia: qué gusto por enriquecerse. Resultó interesante: madrugar, temperatura agradable con brisa marina, hombros y pies al descubierto, chinos, rusos, italianos, cubanos, argentinos, suecos, ..., y Prince como telón de fondo: ¡vaya genio! Ya comienzo a estar un poco harto de todo. En ocasiones uno necesita distracción, pero distracción en el sentido de realizar otro tipo de cosas y no tanto ese buscado relajo mental que algunos creen que existe si se van al bar con los amigos, a la playa con el sol, al campo con los burros, al mar con las fanecas, a la montaña con los árboles, a la literatura con los muertos... Al cabo de dos tilas, de dos caipirinhas, de dos whiskys, de dos aguas, de dos mojitos..., al cabo de un par cualquiera, todo el mundo se toma la licencia de aconsejar, de dar su opinión sobre la vida de los demás, es decir, sobre la vida de uno mismo... Nunca he sido proclive a aconsejar, es más, no sé si alguien me ha pedido consejo en alguna ocasión, de todos modos, si alguien me lee, si es que alguien me lee, ya dejo claro que lo mejor sería no pedírmelo, ¿por qué?, pues porque puedo ser tan estoico que llegaríais a pensar que no me importáis lo más mínimo -a veces, incluso es cierto, aunque sea cierto no sé el qué. Si alguno se siente aludido por el bar, los burros o la playa, que no lo haga, sólo cito los lugares que me vienen ahora mismo a la cabeza y, en definitiva..., aquí tan sólo generalizo-. Como decía, no me gusta que nadie me aconseje sobre la vida y menos si no soy yo el que lo pide. Y hay quien va más allá y se atreve a dar consejo sobre el amor: ¡qué gran pérdida de tiempo! Tengo un don especial: no hacer ni puto caso -caso omiso, para los de carrera técnica, los de letras llamamos a las cosas por su nombre- de lo que me dice la gente. Con esto no quiero decir que recoja verborrea que luego dejo de lado, no, es más simple y se puede entender con estas dos frases: X: ¿Me sigues? Toño: No..., ya había desconectado antes de decirte hola. Ayer, una chica de risa constante -cosa que se agradece-, me dijo que llevaba un mes apagado, que apenas hablaba con los demás, que apenas nada... Apenas nada siempre, contesté. Y, para quitar hierro al asunto, zanjé con algo insignificante: mayo no me sienta muy bien. Hoy es tres de junio, hace unos siete años que me despierto todos los días con las mismas sensaciones, que abro los libros con la mente en tres lugares, que al correr me impongo liebres imaginarias, premios fantásticos, que hago las tostadas con mantequilla y azúcar, que me saco mejor los jerseis, que bajo el parasol de los coches, que se me encoje el estómago, que exprimo naranjas para zumo, que me cepillo verticalmente, que veo fantasmas en todas partes, que cierro el grifo al enjabonarme, que me acuesto con las mismas sensaciones, que sueño con ellas, que no me abandonan en cada instante de un segundo... Ahora..., ahora echo de menos las uñas que se clavaban en mis brazos en las salas de cine... el terror ya no me hace reír... pero ya no tengo el consuelo de poder llorar. Y dicen que no estoy enamorado, ¿qué sabrán ellos... del amor? Y el tiempo continúa pasando sin detenerse un segundo. Hoy ha muerto mi pastor alemán, Yacky. Ciao, neno, guárdame un sitio...!!! Suelo tener pesadillas, pesadillas que al despertar me persiguen durante todos los segundos y que se renuevan al volver a cerrar los ojos. No se puede vivir con esto. Tengo los pies frios y quizá sea ese un resumen de cómo me encuentro actualmente. Ya no suelo escribir artículos, si es que se les puede llamar artículos, como el que parece que está naciendo ahora mismo. Quizá se trate de un fragmento intimista, no lo sé. Lo que sí puedo decir es que antes, y cuando digo antes me remonto a un tiempo indefinido atrás, solía contar más cosas sobre mí, lo que me ocurría, lo que me gustaba, lo que soñaba, lo que ansiaba, en fin, podría parecer un libro abierto. Hoy he cambiado, aunque yo nunca lo pretendí ni me agrada esta nueva forma de ser. Me he convertido en una persona demasiado discreta, quizá prudente, muy callada y, sobre todo, dubitativa e incluso miedosa. Soy muy consciente de lo que estoy diciendo, como también sé que mi intención no era ni mucho menos estar así: el timón de la vida a veces gira como le viene en gana, y a mí me falta timonel. "Pueden ser casualidades u otras rarezas que pasan", pero las circunstancias me han traído hasta este sitio, perdido en las antípodas de mi hogar, de mis amigos y de mis lugares. Recién terminada una licenciatura que durante no sólo los cinco años que duró, sino también antes, me encantaba, ahora me encuentro vacío -y esto es harto complicado de explicar si no te has sentido así nunca-. Mis antiguos compañeros de Filología, personas muy válidas para cualquier cosa, también están un poco asqueados de este mundo: no se entiende cómo este mundo no le requiera nada a una persona licenciada en Letras hoy en día. Sólo se buscan personas que le hagan a uno la vida más sencilla, gente que produzca dinero y dinero, nuevos ricos, capitalistas enfermos. Como decía, algo me ha traído hasta aquí, una de las mejores escuelas de cine de Europa: ¿y qué? Si me hubiesen dicho a los dieciocho o a los veintitrés años que iba a estar aquí me hubiera subido por las paredes, en estos momentos mi motivación es cero y tengo que decir que mi media en el primer año fue de matrícula de honor, la mejor. El auténtico problema no es la falta de motivación en este aspecto, sino la falta de motivación en todos los aspectos de la vida: ahora mismo, aunque suene triste, no me importaría pasarme el resto de mis días encamado esperando nada. ¿Son retazos de locura? No lo sé ni me importa. Los días están vacíos, arrastro los pies al caminar, las lágrimas se asoman para ver qué hay al otro lado, el pecho se hunde contra los pulmones... y así todos los días. Hubo quien me dijo que el victimismo no es la solución, sin embargo, esto está del todo lejos del victimismo porque yo no soy una víctima, yo soy así: y no quiero. He intentado de todo y esto sigue igual, no voy a decir que llegada la hora me vaya a cansar, porque ya hace rato que estoy más que cansado. Sobre todo, cansado porque mi cabeza no deja de darle vueltas a todo durante todas las horas que dura un día, por supuesto, incluídas las noches. Ya seguiré escribiendo otro día, ahora estoy bastante roto... Supongo que este artículo lo borraré la próxima vez que me encuentre con él... si es que vuelvo. (Pues no lo he borrado, 30/10/2006) Tengo las horas contadas... Yo dormí en el mismo sitio varias noches, a dos metros del río -quizá porque el río hacía las veces de nevera me atraía más; no, no es cierto, se estaba muy bien-. Era un paraíso porque era un paraíso, sin más. Dormirse y despertarse con el sonido de las aguas deslizantes del río y tener como sonido de fondo el de unas olas enormes da una sensación de alivio sensorial tremenda. El sol se pone sobre el horizonte marítimo y no sale hasta que sobrepasa la gran montaña, tarde, lo que supone un gran favor para los que estamos descansando. Esta cala podría ser, sin duda, mi hábitat natural. Esta noche echo mano de una estimable toma de Clorazepato diapotásico (D.C.I.), formada por GABOB (150 mg) y Piridoxina (75 mg), y que se conoce por el nombre de Dorken. Además, y es que esto me sienta como una aspirina para niños, tengo que disponer varios temas para que suenen de modo intravenoso durante el tiempo que esté consciente -ya no corto las canciones sin que terminen-. El efecto se presenta rápidamente, ya siento cómo me pesan los codos, los antebrazos se llenan de un calor extrangulador. Son las doce y veintidós de la noche, ya estamos en un nuevo viernes, y los fines de semana comienzan a darme miedo. La verdad es que le tengo miedo a todo, prácticamente a todo y a nada. El amigo de un conocido se ha suicidado ayer o el antes de ayer, que me da igual. Lo primero que pensé cuando me llegó la noticia fue que en general el suicida posee una mezcla importante de valentía y decisión. Quizá también esté en el aire la típica opinión de que estas personas son en realidad unos cobardes: yo lo pongo en duda. Hay que estar en una situación muy clara para dar ese pequeño o gran paso. Todavía no conozco qué dimensiones puede alcanzar. Como mi amigo comentó lo de la muerte de este chaval delante de varias personas, amigas todas, yo me contuve a la hora de hacer algún tipo de declaraciónn, dar mi opinión o preguntar por los detalles. No lo hice porque no era mi intención asustar a nadie con mis intereses. De todos modos, aunque hoy ceno con mi colega, no sé si será conveniente preguntar. Sinceramente, lo que más me interesa no es el porqué, qué razón le ha llevado a despojarse de la vida, pues toda razón es plausible y diferente en cada persona: la cosa más insignificante para unos, para otros puede convertirse en lo más importante de su existencia, puede ser razón de vida o muerte. Una amiga opinaba que el camino a esa meta te lo marca únicamente una gran depresión -es muy posible-. A mí lo que me intriga es el cómo y si le habrá dolido. En fin, espero que este chaval haya encontrado un lugar mejor, quizá un lugar lejos del dolor que seguramente lo atormentase aquí, un lugar sin fantasmas, un lugar mejor: quizá la nada. Hoy he tomado unos huevos con patatas fritas, hacía tiempo que no los provaba. Tengo una enorme ansiedad por dormirme y no despertar... El tiempo pasa corriendo, pasa a una velocidad terrible, pero, aún así, siento segundo tras segundo. Hoy me han preguntado desde cuándo siento que el tiempo se va, desde qué edad. Contesté que desde los diecisiete años y no por simple capricho, mis diecisiete años fueron muy buenos en todos los aspectos, tanto que miro atrás y no me reconozco en aquel chaval que hacía tantas cosas ... bien o mal, pero las hacía. Ahora, con veintiséis, echo de menos algunas cosas, casi todo. Sin embargo, en cierto modo, sigo teniendo lo mismo que entonces y más. Es decir, todo lo guardo en mi memoria -aunque mi memoria no sea muy buena-. Desde aquella época he vivido lo mejor y lo peor de mi vida, he tocado los puntos más altos y los más bajos. Ahora, y no se trata de un cambio de tema, llega otro verano, es el verano que más rápido ha llegado, como un tiro. Mis deseos, secundarios -los primarios son ilusorios-, son que llueva a raudales, que pueda navegar mucho, sacar fotos y fotos con mi hermano -y que, de paso, me enseñe a sacarlas-, escribir páginas a montones, respirar días calurosos bajo el agua, asistir a conciertos, hacer kilómetros al volante para conocer nuevos sitios, en fin..., intentar estar... Todavía no sé en qué lugar pasaré este verano, aunque sí sé dónde me gustaría. Necesito, esté donde esté, un verano para pensar, para continuar aprendiendo de la vida y de mis conclusiones. Quiero ver filmes sin pausa. Estar en compañía de mi familia, tomarme una mousse de yogurt en la huerta de mi abuela, a la sombra de un árbol rodeado de flores y de olor a naturaleza, gozando del silencio de ese lugar mientras leo; vendimiar y meterme dentro de un barril lleno de uvas tintas; escuchar a los viejos y sus viejas historias. Ver a la gente conocida, pero sin pasarse, que la soledad es muy cara. Espero que mis amigos disfruten de su verano gallego, pero que se den cuenta de que se trata de su verano y no del mío. Yo no necesito vivir lo mismo que ellos, sino otras cosas. Soy diferente a ellos, así como ellos son diferentes entre sí, aunque quizá más parecidos a ellos mismos que a mí. Continúo esperando... Se dice que si nadie sabe que te ha ocurrido algo es como si nunca hubiese ocurrido, por eso hoy, transcurrido un tiempo, voy a contarlo. Allá por el mes de agosto o septiembre de 2004, me acerqué hasta Vigo para presenciar un concierto del magnífico Silvio Rodríguez. Siendo sincero, soy un seguidor acérrimo de este poeta cubano, de su unicornio, de su rabo de nube, de su quién fuera, de su playa Girón, en fin, de su disparo de Nievi que se me antoja nieve. Quizá se lo puedan imaginar, pero lo dudo, no creo que se hagan a la idea de lo que significó, significa, este artista en mi vida. Cuando un poeta está muerto, cuando se hace mito, sus seguidores lo suben a un altar, se imaginan conversaciones con él, conversaciones que nunca tendrán lugar. Se les hace la boca agua soñándose a su lado. Y es que se trata de los autores del Werther, del Quijote, de la Divina Comedia, de … Ojalá. Silvio no está muerto, nunca morirá. Había llegado con tiempo sobrado a los aledaños del estadio donde iba a actuar. Me senté por allí, paseé un poco mientras pensaba, pensaba y tomaba un refresco, veía a la ciudad de Vigo maravillosa, me volví a tirar en la acera. Un hombre pasó cerca de mí, me fijé, su cara me sonaba… era Silvio Rodríguez. Me levanté, estábamos solos -sus guardaespaldas-, le hablé, nos saludamos, nos dimos la mano, le comenté un par de cosas que siempre las recordaré como muy escasas y le pedí un favor que cumplió en el acto. Esa noche, mientras sonaba Ojalá, habíamos formado un triángulo Silvio y yo con nuestro Fantasma. Las tres y siete de la madrugada, en esta noche veo sombras en color; recuerdo aquellas mañanas de playa, calurosas, toallas para no mojar los asientos del renault dieciocho, arena fina entre los dedos de mis pies, hierba y mar, roca y arena; ojalá existiese mi nave del tiempo para volver a buscarte; desde aquí veo, no veo demasiado, padezco de vaciedad memorística, rincones de mi pasado que se encuentran bajo llave o se han borrado o ya no sé si existieron, no veo; sin embargo, veo que no veo y me entristezco, consciente-inconsciente. Miña terra galega, Siniestro Total Qué bien me ha recibido mi tierra, bajé las escaleras del avión y ya me sentía cono pez en el agua: cómo llovía, cómo llueve. Llevaba meses sin ver la naturaleza con ganas de vivir, en Cataluña parece que agoniza, aquí el viento bate una y otra vez contra la ventana. Qué agradable sensación. Lo cierto es que siempre que llueve duermo mejor. |