DisparodeNieve |
![]() http://disparodenieve.blogia.com |
|
|
Se muestran los artículos pertenecientes al tema "¡Ah de la vida!". Madrugada de mi último examen..., sí, todavía me examinan... -sincronizados, alzo barbilla y hombros- ¿qué pasa? En estos momentos, a las mujeres de mi vida se les aparece un bocadillo de pensamiento: "Ay, ya lo sabía yo: un estudiante de por vida y que trabaje Dios [cualquiera de ellos]". Sí, mejor sería que dejase de escribir, hoy es día tonto -doce horas de estudio y las que le quedan-, y puede que esto se convierta en una casa de ..., una casa como la ESCAC, que es donde estudio o me examino a mí mismo o me estudian, porque allí no aprendes nada, te aprendes a ti, que ya es bastante. Sí, Issis, debería de colgar... ¡Manda carallo! Mucho guaraná cafeínico hacedor de palabros varios... y el calor barcelonés que invita a salir a habanear a la calle, pero sin alcohol... que el alcohol es un invento del demonio y de las mujeres, Dios las tenga en un cesto, el Dios del cesto, que alguno habrá... Uala... qué desorden en mi bedroom... lo único de por vida que tengo es un desorden habitacional generado por mi presencia activa... Y mañana el examen va a ser más chungo que comer kiwis con monda -no, que eso está, literalmente, chupado-, más chungo que ... yo qué sé... kimbalera... Bueno, confieso que no he bebido... Ah, se me olvidaba, ¡me he comprado una novia!, sí, lectores, sí, pongámonos serios, confieso que no he bebido. Pero, carallo, tuve que pedir un crédito a cinco años... cuando uno no tiene ni para generar sudor... ¿Qué pasa? Pues la más cara... sí, y no habla, ni molesta, ni está colgada como una chota... qué gusto... hace lo que le pido casi antes de pedírselo -eso da miedo, lector miedoso... , uhhh!-, confieso haber visto a una jirafa blanca en mi habitación, ah, la novia, le puse MACaira, por su melena rubia y por su gran panel frontal pulgada a pulgada, qué bella, y, en el fondo, es mulata... Aunque hay un actorcillo-cojo por ahí que ya quiere que le haga la comida y la cena y le acompañe con la playstation y con la birra y con la chilena en un ménage à trois, pero, bueno, ¿qué va a ser esto? Por el momento, está en mi bedroom... y, qué rica, me trae una canción, qué tonta... -cara de enamorado estúpido, sabéis de sobra cómo es-. Nilo MC, hacía años que no sabía nada de él... MACaira... MACaria... las vas a llevar... Bueno... ¡Vaya! ¡El Riviera! ¡Yo estuve allí! ... Y, la verdad, benditos cubanos, que la gente se queja de que roban y de que no sé qué más... que asco de turistas, MACaira... Tuve una charla con Nilo hace un tiempo... me está entrado el sueño por babor... me pusieron de mal humor los turistas... ¡Ciao! ¡Viva Cuba! No soy un amante del cine, realmente no lo soy en el sentido romántico actual y quizá en ningún otro. Y esto es algo que venía tarareando mientras pedaleaba hacia mi humilde morada bajo algunos de los pocos árboles que le recuerdan a Barcelona en qué estación del año estamos. La soledad del ciclista ocasional permite pasar por el mundo de un modo especial, ya que te proporciona otra velocidad de observación, ni tan detenida como el caminante, ni tan fugaz como el conductor, y es así como, teniendo sólo unos momentos de atención, uno consigue proyectar en su misma experiencia lo que está ante sus ojos. El jardín de las delicias (El Bosco) *** Chau número tres Te dejo con tu vida tu trabajo tu gente con tus puestas de sol y tus amaneceres. Sembrando tu confianza te dejo junto al mundo derrotando imposibles segura sin seguro. Te dejo frente al mar descifrándote sola sin mi pregunta a ciegas sin mi respuesta rota. Te dejo sin mis dudas pobres y malheridas sin mis inmadureces sin mi veteranía. Pero tampoco creas a pie juntillas todo no creas nunca creas este falso abandono. Estaré donde menos lo esperes por ejemplo en un árbol añoso de oscuros cabeceos. Estaré en un lejano horizonte sin horas en la huella del tacto en tu sombra y mi sombra. Estaré repartido en cuatro o cinco pibes de esos que vos mirás y enseguida te siguen. Y ojalá pueda estar de tu sueño en la red esperando tus ojos y mirándote. *** Hagamos un trato Compañera, usted sabe que puede contar conmigo, no hasta dos ni hasta diez sino contar conmigo. Si algunas veces Advierte que la miro a los ojos, y una veta de amor reconoce en los míos, no alerte sus fusiles ni piense que deliro; a pesar de la veta, o tal vez porque existe, usted puede contar conmigo. Si otras veces me encuentra huraño sin motivo, no piense que es flojera igual puede contar conmigo. Pero hagamos un trato: yo quisiera contar con usted, es tan lindo saber que usted existe, uno se siente vivo; y cuando digo esto quiero decir contar aunque sea hasta dos, aunque sea hasta cinco. No ya para que acuda presurosa en mi auxilio, sino para saber a ciencia cierta que usted sabe que puede contar conmigo. *** Viceversa Tengo miedo de verte necesidad de verte esperanza de verte desazones de verte. Tengo ganas de hallarte preocupación de hallarte certidumbre de hallarte pobres dudas de hallarte. Tengo urgencia de oírte alegría de oírte buena suerte de oírte y temores de oírte. o sea, resumiendo estoy jodido y radiante quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa. *** Táctica y estrategia Mi táctica es mirarte aprender como sos quererte como sos. Mi táctica es hablarte y escucharte construir con palabras un puente indestructible. Mi táctica es quedarme en tu recuerdo no sé cómo ni sé con qué pretexto pero quedarme en vos. Mi táctica es ser franco y saber que sos franca y que no nos vendamos simulacros para que entre los dos no haya telón ni abismos. Mi estrategia es en cambio más profunda y más simple. Mi estrategia es que un día cualquiera no sé cómo ni sé con qué pretexto por fin me necesites. (Mario Benedetti) *** Ella no te necesita. Tiene tu recuerdo, que vale más que tú. (Alejandro Casona) Sólo salgo para renovar la necesidad de estar solo. (Lord Byron) Vivimos como soñamos, solos. (Joseph Conrad) Y no sé a dónde me estoy cayendo (…) La sensación. Se me desequilibra el mundo. Se-des-cri-be-co-mo-via-je. La madre de los huérfanos. Haces enloquecer. No oigo, el mundo se ha quedado mudo y sonríe. Volar, sueño, regazo. Viajar, ser sin cariño, viaje cálido, viaje al centro materno. Desarmonía del ciclo del héroe. Planeante, azor, bajazor. Demoro echado, hierbas en Bamio, suicidio, aguas lusas. Caliente en el malecón, melocotón, subo… desde arriba. Florencia en invierno. Pierdo orientación, Tariego. De nuevo, me elevo… Y una mariposa sobre Holyroodhouse. *** Hoy viene a ser como la cuarta vez que espero desde que sé que no vendrás más nunca. He vuelto a ser aquel cantar del aguacero que hizo casi legal su abrazo en tu cintura, y tu apareces en mi ventana suave y pequeña, con alas blancas, yo ni respiro para que duermas y no te vayas. Qué maneras más curiosas de recordar tiene uno, qué maneras más curiosas, hoy recuerdo mariposas, que ayer sólo fueron humo, mariposas, mariposas, que emergieron de lo oscuro, bailarinas sileciosas. (S. R.) *** La primavera se demora tanto que voy a olvidar que estuvo ayer, cuando regrese su emoción de árbol no me acordaré de florecer. Confundiré tus senos con su trino y en vez de cantar te besaré, tu cuerpo me parecerá un suicidio y de fecundarlo moriré. Jamás sabré si soy dichoso si maravilloso o si terrible, y no sabré lo que termina o recién camina o lo imposible. Esta primavera puede hacerme enloquecer. (S. R.) *** Desciendo, el regazo. ¡Pequeñita, me duermo! He soñado... Aquel atardecer eras una naranja, la naranja que duerme por las noches en un cesto de mimbre viejo —tú, que alguna vez dormías como un niño que duerme—, aquel atardecer era del septiembre suave, de septiembre y tuyo; tú..., que con tus apellidos rojos y verdes creabas el cielo quemado y el musgo fresco de los árboles, de las rocas donde el río suspira; no sé si la naturaleza, si lo bello, si lo armonioso, si parte, si todo, tú eras —tus trapos dorados y tu mirada verde manzana— el equilibrio..., el equilibrio de las olas del mar y el equilibrio del calor en las mejillas de la brisa que cierra los ojos al soplar. Y tanta ilusión me daba aquel amor inmaculado que a veces era nuestro amor, que a día de hoy todavía lo recuerdo llorando, sin entender el camino entre un sí y un no, dos extremos en el universo. Aquel atardecer tuve que detener el coche a un lado, y desde la orilla de tus labios mirarte a los ojos y decirte con mi lengua sencilla y tímida... no sé, algo así como que te amaba. Y hoy no hay ni fotografías, para qué, si aquel atardecer eras naranja de desayuno... Fue como una aparición. Estaba sentada en el centro del banco, completamente sola; o al menos él no vio a nadie más, con el deslumbramiento que le produjeron sus ojos. Al mismo tiempo que él pasaba, ella levantó la cabeza; él hizo una inclinación instintiva; y alejándose más en la misma dirección, se paró a contemplarla. Llevaba un sombrero de paja, de ala ancha, con cintas rosa que palpitaban al viento, detrás de ella. Sus bandós negros, que rodeaban la punta de sus grandes cejas, descendían muy abajo y parecían ceñir amorosamente el óvalo de su cara. Su vestido de muselina clara, de pequeños lunares, se abría en numerosos pliegues. Estaba bordando algo, y su nariz recta, su barbilla, toda su persona destacaba sobre el fondo del cielo azul. Como ella seguía en la misma actitud, Frédéric dio varias vueltas a derecha y a izquierda para disimular su maniobra; después se paró muy cerca de su sombrilla, apoyada en el banco, y fingía observar una chalupa en el río. Nunca él había visto esplendor semejante al de su tez morena, ni talle tan seductor, ni finura como la de aquellos dedos que la luz atravesaba. Contemplaba su cesto de costura, embelesado como una cosa extraordinaria. ¿Cuáles eran su nombre, su casa, su vida, su pasado? Deseaba conocer los muebles de su habitación, todos los vestidos que había llevado, la gente que frecuentaba; y el deseo de la posesión física desaparecía incluso bajo otro más profundo, en una ansiedad dolorosa que no tenía límites. La educación sentimental (1869), Gustave Flaubert, Letras Universales, Cátedra, Madrid, 2005, pp. 64-65. *** Sincero. Quisiera ser sincero, hoy más que nunca, alejarme de todo fingimiento, de toda apariencia, incluso del largo silencio sincero. Me cuesta afrontar mi propio yo, contienda de razones y argumentos, complejidad que deviene en absoluta simpleza, en esa ansiedad dolorosa que no tiene límites. La sinceridad se hace notar. Cuando uno se sincera, todo resulta más claro, las palabras brotan directamente desde el corazón, sin aduana que medie. En cambio, a mí me van las ramas, la genealogía de la conversación, el origen y los precedentes de lo que digo, que a veces sólo llega a ser lo que me gustaría haber dicho y no dije o no supe decirlo. Hace unos días hablaba sobre la escapada, sobre cómo Jean-Luc Godard también escapaba a su modo, no yendo directo al corazón, pero, aún así, llegando el primero. Mi escapada por el mundo, ese vagar perdido buscando cualquier camino que me lleve, es a mi corazón, lo que mi divagar es a mi sinceridad: no un quiero y no quiero, sino un quiero y no puedo. Finaliza otro año, y, pese a que uno continúa midiendo el tiempo en estados anímicos, esta vez coincide la Navidad con tímidos regresos. Y he dedicado tiempo al regreso, pero al regreso silencioso, lento y solitario. Y quizá el regreso no sea la vuelta a casa, sino la vuelta a uno mismo. Sin embargo, hay que reeducarse, aprender de nuevo a llamar a la puerta para que no nos abra un desconocido, ni siquiera una sombra de lo que fuimos, sino nuestro reflejo y sus circunstancias, mirarnos a los ojos verdes y decirnos: ¡Carallo, aquí estabas! Y he dedicado tiempo al regreso... He ido dos días a Compostela... a caminar... Tenía las excusas reales de una charla amistosa que se canceló y una pseudoreunión con un productor de cine, pero realmente a lo que yo iba era a disfrutar de la ciudad de piedra... Llegué a Galicia un jueves, él último jueves universitario antes de las vacaciones. Esa misma noche ya me perdía por la zona vieja. Quizá me esté volviendo loco, pero empiezo a recordarlo todo a mi modo..., que no es una versión alternativa de la realidad, sino una recapitulación sincera de mis sentimientos. No es mi estilo imponer nada, tampoco restar libertad a nadie, cada uno es libre de hacer lo que desee, cada uno se timonea a su modo, viento a favor, viento en contra, siguiendo una derrota o a la deriva; sin embargo, lo que nunca admitiré es que alguien intente cambiar una sola coma en mis recuerdos. No se debería caer en el autoengaño, ni disfrazar el pasado, el recuerdo se presenta sin adorno, virginal. En las manos de nuestra experiencia está el saber modelar el significado de esas sensaciones, cuanto mayor sea el manoseo, menor será la pureza. Caminante... Levantando la vista y bajando unas escaleras, cualesquiera, las de la Plaza de la Quintana, ..., observando, de nuevo volvió aquella sensación de pies fríos... su origen nace en la elección: algodón, no lana... quizá falte una mujer. El tiempo de los Cines Compostela se ha agotado, esa misma noche veían a su última sesión, me acerco, una última visita. Cuántas veces me habré detenido en el soportal a causa de los carteles y algún abrazo, qué agradable espera... Caigo en la tentación, doy unos pasos y me acerco a unos ventanales. Al otro lado continúa el mármol verde, aquel mármol de tantas y tantas sobremesas y siestas donde capucinos y vieneses hacías las veces de hogares con chimenea en la Cafetería d'Lucía. Un film al azar: Things you can tell just by looking at her (Cosas que diría con sólo mirarla, 2000), de Rodrigo García. Historias, tramas y comentarios aparte, durante aquella sesión años atrás comprobé la fragilidad de la muchacha más riquiña, cuyos ojos inmensos no me miraban precisamente desde la pantalla. Su fragilidad era mi debilidad. Y uno, que se va conociendo y continúa enamorado, sabe que no amará a nadie más... *** (…) y en la otra habitación estaba yo mismo, a lo mejor, con dolor de estómago o de corazón, escribiendo mentalmente el libro que escribe uno durante toda la vida, sin escribirlo, con las neuronas, desde el útero materno, en cuya elaboración y maduración nos cogerá la muerte (…) pp. 88-89. (…) Mirar a otros ojos da miedo. Los ojos queman los ojos. El mal de ojo, decían los antiguos. ¿Y qué es el mal de ojo sino los ojos del mal? Los ojos se refrescan mirando el mundo y se queman mirando otros ojos. Nada nos abrasa como una mirada. La mirada del odio, la mirada del amor, la mirada de la pregunta. Sé que mis ojos pueden incendiar el mundo. Sé que otros ojos pueden incendiarme. Sólo otros ojos. Unos ojos de mujer (…) p. 94. (…) Tu ausencia queda dibujada en un orden que es un desorden (…) p. 96. Mortal y rosa (1975), Francisco Umbral, Letras hispánicas, Cátedra / Destino, Madrid, 2007, pp. 53-54. *** Mi mente quizá esta noche se lleve la palma y consiga que sea una velada especial, ojalá que además de los cuatro comensales consiga traer todas mis ausencias y nos sentemos veinte a la mesa. Sólo un gesto, una mirada que me incendie y seré feliz. ¿Dónde estás? Mañana es tarde, ahora es tarde, siempre es tarde. Me sostengo en la escapada, comenzó hace ya cuatro años, me equilibra de algún modo que no conozco. A veces, escapar no es más que estudiar cuatro blancas paredes que se esconden tras tu sombra, no es más que vagar bajo la lluvia del Raval esquivando yonkis, putas y maricones mientras piensas en los otoños de tu vida, no es más que apagar la luz, no es más que meterse en la pantalla, no es más que volver por otro camino, a veces, escapar no es más que besar al Otro, sin significante, que no existe, no es más que revolver el tiempo con el café, no es más que callar, no es más que amar, dar rodeos, enumerar…, no es más que soñar; pero, ¿qué habrá allá..., al final de la escapada? Me sostengo en la escapada, el equilibrio justo entre el Otro y yo: la distancia. Me escapo. Solo. Escapando. Una trenca hasta las rodillas, con capucha. Mi reloj desapareció hace tiempo y suelo llegar una hora antes al cine: el descuido se hace virtud. En una cafetería destilo los minutos en latidos al ritmo de las cucharadas de café con leche y de un film orgánico de Jonas Mekas que proyecta el iPod en algún lugar del corazón. Invisible, me voy. El cine. Solo. No dejo notas ni avisos de adonde voy, nadie lo sabe. Tomo mi último boleto verde y me acerco a la taquilla para canjearlo por una entrada roja. Delante, una trenca negra acompañando a una solitaria melena que hace desmerecer las manos de cualquier peluquero, tan larga y hermosa que al posarse sobre unas sábanas trasladaría a la irreflexión. La butaca. Solo. A un lado, nadie, al otro, nadie, delante, mi amiga, la pantalla, inmóvil… Sobra tiempo para no hacer nada, acomodándose, escuchando Estoy matizando, de Bebo Valdés, notando cómo crece la sala, levantando tímidamente la vista hacia la derecha y observado cómo la larga melena no era más que la antesala de la belleza con los matices más finos de Barcelona: tan guapa, que era imposible desearla. Continúo matizando, lo noto en mi costilla, la rota. Se me ocurre una preciosa frase sobre la ceguera, entre mi desorden busco un papel y un bolígrafo, no alcanzo a nada más que un lápiz embotado y un viejo y arrugado ticket de óptica. Se me olvida la frase. Al otro lado del ticket asoma la punta del lápiz, jugando a escribir susurros. Perdona el atrevimiento. Añado una dirección de correo electrónico y guardo el papel en el bolsillo. Silencio. Abre de negro. Éloge de l’amour (Elogio del amor, 2001), de Jean-Luc Godard. Abstracción. Un poema íntimo, una mirada cómplice entre el autor y unos pocos. Godard también escapa a su modo, no va directo al corazón y, aún así, llega el primero. Los poros se abren a los susurros franceses, el blanco y negro ilumina el rostro con los matices más finos de Barcelona, los ojos inmensos. Godard cita de Notes sur le cinématographe (Notas sobre el cinematógrafo, editado por Gallimard en 1975), de Robert Bresson: el buen director es aquel que no sólo sabe dirigir actores, sino el que sabe dirigirse a sí mismo. En la oscuridad vuelvo sobre el ticket, el lápiz susurra: ¿Cómo te llamas? Vuelve la luz y ella se va. Voy. El equilibrio justo entre el Otro y yo: la distancia: veinte pasos: apurada, apurado. El ticket de compra juega con mis dedos dentro del bolsillo. El corazón…, a su ritmo. Afuera, los aires helados de un domingo donde las lucecitas de navidad no dejan ni la mitad de estela que ella. La sigo y me culpabilizo. Camina mientras se pone un gorrito de lana con dos cordeles de los que cuelgan dos pompones. Me culpabilizo y la miro. Ya son treinta pasos. Me detengo, intento dejar fuera de combate al ticket. Quieto. Ella dobla la esquina. El ticket me tumba. He perdido la estela. Cruzo la calle, doy vuelta atrás, me pierdo, me detengo: tumbé al ticket y ya puedo caminar tranquilo hacia casa. Respiro hondo, todo lo que me permite mi costilla, la rota, doblo la esquina. Sobre una bicicleta Bicing, la boca de los matices más finos de Barcelona exhala vaho mientras espera con el semáforo en rojo. Escapar, a veces, no es más que seguir adelante. Cruzo el paso…, el ticket hace ruido, mi puño lo encarcela…, un cruce de miradas, creo que me reconoce del Éloge…, paso de largo, semáforo verde… Me detengo, me vuelvo y contemplo cómo se pierde a lo lejos en la gran vía desierta, mientras pienso que ojalá pudiese canjear un semáforo verde por otro rojo… Y de vuelta a lo cotidiano desde lo cotidiano, me siento como El Perseguidor (1959), de Julio Cortázar, persiguiendo un sueño y decepcionándome con la realidad. Era el propio Jean-Luc Godard quien decía: como principio siempre elijo hacer lo que otros no hacen. Si nadie lo hace, entonces es algo que está por hacer. Intentémoslo. Y, aunque la melancolía y la soledad continúen rondándome la vida, voy a intentar ser constante con lo poco que tengo: ... Allá por los siglos IV y V a.C., Hipócrates elaboró una tipología del hombre en base a su temperamento, había cuatro tipos: coléricos, sanguíneos, flemáticos y melancólicos. Basándose en los estudios del médico griego más una buena dosis de ciencia, en el siglo XX Jung encasilló al hombre dentro de una estructura bipolar: extravertidos-introvertidos y estables-inestables. Sanguíneo (extravertido-estable), Colérico (extravertido-inestable), Flemático (introvertido-estable) y Melancólico (introvertido-inestable). Aunque las fronteras entre uno y otro no son nada rígidas, uno sabe más o menos en qué lugar puede echarse una siesta o un sueño. Quizá yo esté en un lugar perdido entre lo flemático y lo melancólico, por eso en muchas ocasiones no sé qué rumbo tomar -quizá influya también que los gallegos tenemos una capacidad de decisión increíble-. Y, aunque no me entusiasme demasiado estar escribiendo en primera persona, de hecho confieso que me da vergüenza y siento cierto pudor, lo único que me convence plenamente son mis prioridades: el cine y … Pero, como en los sentimientos no hay reglas que valgan, ni morales ni sintácticas —si las hubiese, me las saltaría—, me quedo con … y el cine. Y, en realidad, … —vocativo—, podría vivir sin el cine —acusativo—. Un chico, que conoce alguna cosa sobre cine y alguna más sobre cerveza y white russians, me acaba de decir no sé qué cosa sobre una cámara que filma a 40.000 fotogramas por segundo… Si tenemos en cuenta que cuando tiramos una fotografía tan sólo utilizamos un fotograma de nuestra película o que en el caso de la cámara cinematográfica cada segundo equivale a 24 fotogramas, lo de ahí arriba se me escapa… Y, un servidor, que sirve y nunca es servido, que conoce algunas pocas cosas sobre algo y bastantes más sobre nada, está comenzando a sentir 40.000 pinchazos a la vez en cada terminación nerviosa de su cuerpo, cuando lo normal es que sólo sean 24 o una sola y continua... Echo de menos… un paraguas bajo la lluvia, una noche de meigas y de niebla, el abrazo de los soportales, el eco de la risa en la ciudad de piedra, el eco de mi voz en la tuya..., un árbol solo que nos mira … Si tan sólo es amor, ¿por qué esta carga? Que no haya escrito en las últimas semanas ni una sola letra se debe más a que es posible que me encuentre enfermo terminal y decidiese ocupar mi tiempo en paliar el dolor a base de alcohol, baños atlánticos, divagaciones a golpe de pedal, ciertas historias y demás odiseas nocturnas, danzas del infierno —que es un cóctel— y bailes del hades —que son la noche—, húmedas lecturas entre salitre y sudor, regresos de egresados, exordios de tetas y culos, respirar y volver a llegar al otro lado de la raya. Perdiendo el compás del corazón... Hasta hace un tiempo contaba los años por cursos y pensaba que pronto cambiarían las cosas, que llegaría el día en que el tiempo se mediría por lo que es, no por lo que uno hace. Sin embargo, ahora siento que me he saltado un capítulo de Cómo contar el tiempo, pues mis momentos los marcan los estados de ánimo. Por eso, cuando alguien me pregunta por la edad, a veces no sé que contestar, incluso he llegado a confundirme o a olvidarme. Es así que he tenido tres ciclos en mi vida, espero que no se trate ya del desenlace…, quiero más comienzos y, sobre todo, más nudos… *** Y… *** Tumbado en mi ostentosa cama veo a lo lejos —no puede ser muy lejos en esta habitación— un móvil hecho añicos, del que tan sólo queda intacta la pantalla… Me hace gracia la pantallita. Hace unas semanas que me han comprado mi primer cortometraje —que nadie vaya a pensar que uno se hace de oro, más o menos el precio equivale a lo que cuesta un empaste hecho con arte*… y con guante blanco—, estoy contento y me contengo, me han llamado de una productora-distribuidora austriaca para hacerse con los derechos de distribución en Austria, Holanda y Dinamarca. Lo realmente interesante es que si el corto fuese para todos los públicos, la misma productora me lo hubiese comprado para televisión y ahí el precio sí que se dispararía. Me han dicho que están interesados en seguirme de cerca, cuando alguien te dice algo así no puedes esperar a mirar tras de ti, asustado, no vaya a ser que ya estén a la expectativa. Recordé esto porque se va a emitir en las pantallas de los móviles: a dónde hemos llegado y a dónde llegaremos… *¿Qué es el arte? No lo sé. Aunque pueden existir ciertas pautas inherentes. Sin embargo, ahora cualquier cosa es arte, incluso hacerse un cocido madrileño. Ya existe una definición para la gastronomía entendida como arte —me la ha comentado un colega, yo no digo estas cosas—: la gastronomía es el único arte que se caga. *** Idas de olla a las dos de la madrugada… *** ¡Ah, si nos fuera dado el poder de vernos como nos ven los demás! De cuantos disparates y necedades nos veríamos libres. Robert Burns. Once de junio. Debería haberme quedado en casa estudiando para selectividad, pero me fui de paseo marítimo... [hace ocho años] *** De pronto, una mano me sujetó por el hombro y me detuve. -¿Os vais ya? –Era Beatriz. No parecía guardarme rencor. A veces las mujeres resultan incomprensibles. Nunca acabamos de desentrañar la capacidad de su cariño ni la de su odio. Por eso los hombres terminamos esquizofrénicos. Supuse que ella no iba a hacer nada por impedir que me marchara, pero contenía dentro de sí tal ansia de agradar que no podía tolerar que me fuera sin un buen recuerdo de ella. -Yo estoy segura de que algún día volveremos a vernos. -O no. -Yo sí –insistió ella. -Bueno... -Suerte en tu vida. -Y tú en la tuya. -Lo intentaré. Me dio un beso fugaz en los labios, casi inexistente, alzándose sobre las puntillas de sus zapatillas de tenis. Se volvió. El jersey anudado a la cintura se balanceó y dejó ver lo que siempre había imaginado. El pelo danzaba sobre su cabeza. Envidié su capacidad innata para hacerte sentir mal, para tocar la derrota en victoria. Mi preciosa menuda se había salido con la suya, dejar tras de sí la estela del deseo. *** Cuatro amigos, David Trueba Pernoctando en terraza egarense Doscientas setenta y nueve noches [actualizo: mil ciento trece noches] de insomnio, esta madrugada la velo en mi propio Lago de los cisnes, adoradores de la nocturna claridad, andantes surcadores del almíbar que manan sus afluentes gota a gota, allegros entre lágrimas negras sobre alabastra tez tenaz vals tras vals balseando de orilla a orilla. Desconocido, delirándome infante acompañado de hermosa morena cabrera vestida de blanco en loco locus amoenus; pero locuaz cabrera infante, no mayorcilla ni voz de grilla: inexperiencia, verdor y lozanía, más un canto tenor spinto, susurro que me invadiese en alta voz. Tchaikovsky y yo observamos esta noche el firmamento: él, matemático, intentándolo ordenar, yo, cual gen Quijada, ansioso por arremeter versus los picos de Motserrat, la rocosa, la de allá en el horizonte, vedando mi línea celeste, mas no el celeste armonio dulce y velado (más dulce, pero menos velado que yo; o no) con que la Danza Napolitana regala brisa donde no soplan gaitas ni pollas (en Napoli: pilas; que por ser italianissimas no se librarán nunca de distinción: alcalinas o mininas). Bona nit, que ya nunca será como un boas noites, ni mucho menos como un Ciao! Domani: doscientas ochenta noches on, es decir, siniestro total: incluso bebiendo cloroformo y merendando Valium 10 nunca estaré en el nirvana. Bye, bye… ó carallo, Morfeo. viernes, 11 de febrero de 2005 [No me preguntéis, no sabría qué decir...] La música ya suena, intento crear un ambiente tranquilo no tocando nada de lo que me rodea; por favor, que reine la armonía, no quiero que se rompa nada, ni una jarra ni un jarrón, ni una coraza ni un corazón... Django Reinhardt, en Jazz in Paris, da las primeras notas de September Song. No agarro ni una botella, debe de ser el momento del cigarro. Me siento como aquel que calada tras calada cierra los ojos y expulsa la tensión acumulada en forma de humo, pero yo no fumo, ni sé fumar, ni me interesa la posibilidad de verme fumando, así que tan sólo me imagino qué conmueve a aquel que calada tras calada cierra los ojos… Soy una persona radicalmente escéptica, sobre todo cuando el tema gira en torno a lo artístico, al significado de Arte. Sin embargo, sólo me rindo con Silvio Rodríguez: Mariposas, así son nuestros recuerdos, nuestra memoria... Besos... A contracorriente, así voy últimamente. Mis vacaciones se semana santa no sólo duran el doble o el triple que las del resto, sino que cuando llego a Galicia noto un desánimo general en la gente, tanto a nivel sentimental como profesional. Yo vuelvo y ellos se quieren marchar: puedo entender que un cambio de aires siempre puede sentar bien, pero lo que me extraña es el modo en que se hace uso del lenguaje para decir, muy resumidamente, que se necesitan unas merecidas vacaciones. Necesito largarme, me ahogo, no aguanto más… son algunas de las perlas que he escuchado de más de cuatro bocas en varios lugares diferentes. ¿Tan mal se está en Galicia? A mí me encanta. Yo me exilié hace tres años por razones que no atienden a cosas como un simple cambio de aires, unos estudios, un trabajo o un resfriado mal curado, y lo hice totalmente a disgusto. A todas horas echo de menos la gente y el paisaje gallego; ahora vivo bajo túneles y cien por cien ocupado. Pero lo que realmente me preocupa de estos comentarios es el poco respeto que se le tiene a la tierra, a una tierra que significa mucho en la vida de un aldeano como yo. No soy nacionalista, no me considero de derechas y ni siquiera la izquierda me parece una alternativa a cualquier cosa. Por decirlo de un modo sutil, mi entorno familiar siempre ha sido bastante conservador, y yo he tenido como todo muchachote mis momentos reaccionarios de liberal progresista… He sido un extremista nato, y es que no me sentía bien con las cosas a medias: o tengo algo o no lo tengo, pero las medias tintas… Por eso ya no me puedo poner del lado de ningún partido político –esto no sé a qué viene–, e incluso dudo del sistema democrático vigente: no me considero ni por encima ni por debajo de todo eso, sino al margen… totalmente al margen… y esto me preocupa. De todos modos, con el paso del tiempo uno aprende a ceder en la vida, a buscar el justo medio, no todo es blanco o negro, y la escala de grises puede contener verdes o azules, vamos, que hasta el mismo Einstein terminó creyendo en Dios. Y, bueno, volviendo al desánimo general, no he intentado que la semana fuera peor o mejor, sino que me he retirado por momentos a casa de mi abuela para disfrutar de sus noventa y tres años, del olor a hierba y árboles, del sonido de los pájaros y del calor de una cocina de madera mientras, por ejemplo, veía Secretos del corazón (1996), de Montxo Armendáriz, una película en la que se nos muestra el despertar de un niño ante el mundo de los adultos en una aldea española de mediados de siglo XX. Me ha gustado mucho –el verbo gustar está prohibido en la crítica, pero como esto no lo es…–, no se trata de la presentación de un caso, un problema o un conflicto, sino de una situación, un ambiente, un tiempo, y esto, particularmente, me conmueve. Aunque algunas frases parezcan demasiado literarias, Armendáriz se las ingenia muy bien para crear moralejas, sentencias sencillas que guardan mucha sabiduría detrás y, lo más importante, que induzcan al espectador a cambiar, a hacer algo, a pensar... como ya había sucedido con Obaba (2005). Como apunte final, anoto un diálogo de The Fisher King (El rey pescador, 1991), de Terry Gilliam, peli que ya he visto hace unos meses, pero que me vuelve continuamente a la mente por su alto grado de humanidad disfrazada. |