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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Cinematografía. Se va un hombre carismático. Y desde el principio de mi adicción a la máquina de contar historias, las secuencias favoritas eran aquellas que en el guión iban señaladas como exterior noche. O sea: las que generalmente ni eran exterior ni mucho menos noche. El colmo del fingimiento, el supremo artificio, el gran simulacro, la mayor patraña narrativa. La creación artística exige del artista una verdadera "entrega de sí mismo", en el sentido más trágico de la palabra. Esculpir en el tiempo (1991), Andrei Tarkovski, Libros de cine, EDICIONES RIALP, 63. Las condiciones imprescindibles para la lucha del artista hasta llegar a su propio arte son la fe en sí mismo, la disposición de servir y la falta de compromisos externos. Esculpir en el tiempo (1991), Andrei Tarkovski, Libros de cine, EDICIONES RIALP, 63. Hace unos días que estoy encerrado en la habitación con una de esas mascarillas famosas para posibles portadores de la gripe A. Lo que ocurre es que fui a Urgencias con fiebre y se armó la gorda. Realmente ya ni tengo fiebre ni nada, simplemente estoy un poco hecho polvo y por eso me quedo descansando... ¿A qué viene todo esto? Pues porque así me tomo un descanso del documental que estaba realizando (aunque lo siga editando) y estos días estoy aprovechando para ver películas que ya tenía atrasadas... Le scaphandre et le papillon (La escafandra y la mariposa, 2007), de Julian Schnabel. Un hombre vuelve del coma que lo mantuvo aislado de la realidad para contarnos en primera persona su experiencia. Se trata de una historia muy poética y humana, contada de un modo impecable y con un estilo muy atractivo. Las actrices... District 9 (2009), de Neill Blomkamp. Un film de ciencia ficción tiene que tener como piedra angular de toda su estructura la verosimilitud, crear un universo nuevo con reglas y leyes nuevas, pero con lógica interna. Si eso no se da, lo demás sobra. Formalmente posee una gran carga documental y de videojuego y el fondo tiene un subtexto moralista que no seduce. Me tenían intrigado las buenas críticas, pero... Inverosímil, con excesivas cursiladas. Anoche tuve la ocasión de ver En la cama (2005), de Matías Bize, y francamente me ha decepcionado. En principio apetece ver cómo se las arregla un director para contar una historia en la que sus dos personajes no salen de la habitación de un motel de carretera, ya que la planificación para narrar dentro de un espacio cerrado es muy compleja. Bize se la ha saltado en toda regla, no aparece en ningún momento un retazo de voluntad estilística y que un plano vaya detrás de otro tiene más que ver con la causalidad del diálogo y con la aleatoriedad. Según mi opinión, Bize no tenía ni idea de lo que estaba haciendo o, si la tenía, sabía que no tenía ningún control sobre el material, que es como no saber qué estás haciendo. Lo que sí me parece notable es el trabajo de los actores, donde seguro la improvisación tuvo un peso importante. Nota: 3 (la portada es sólo una idea, nunca la definitiva) Madrugar, despertar, alertarse y activarse en pleno agosto resulta más sencillo en una habitación amplia, blanca y fresca del casco histórico de Logroño. La Rioja me despidió con lluvia y un zumo de naranja recién exprimido (volveré en unos días). La furgoneta es amplia, parece un barco. Daba la sensación de que las ocho plazas vacías comenzaban a destilar cierto aroma a viaje, haciendo sitio para los recuerdos que se crearán durante todo agosto Hacia el final de la Tierra. Las voces de mis compañeros comenzaban a llenar el ambiente, junto con el cansancio, los duermevelas, las botellas llenas de agua fría y medio vacías con agua caliente, con silencios sepulcrales y silencios placenteros, con luz de hierba y arena y oscuridad de niebla y estrellas. Quinientos kilómetros después llego a Barcelona con mi vehículo apodado Furjalla. Me tomo un melón diminuto y rico con Nina, una cerveza con Emilio y ceno con mis (ya) ex-compis de piso, arquitectos brasileiros con sueños lumínicos y aficionados a la fotografía (me roban la réflex y experimentan: ¡qué bueno el experimentar!). Mañana últimos preparativos: nos hemos comprado un Volvo 740 de veintiún años que será el que conduzcan los dos personajes. No puedo dejar de pensar en mi primer coche, un Volvo 340, meu pobre, … Con Bob Marley y una tienda de campaña hice mi última acampada en Muros: nocturno concierto de blues, resfriado, calor, Ézaro, playa, desmayo, ducha, desayuno y una sencillez pequeñita y risueña. Cuando no hacía falta irse lejos, tan sólo con una conversación éramos felices. Volvo en latín significa hacer rodar, volver, pensar… Hoy he comenzado una nueva aventura: Hacia el final de la Tierra, un largometraje (falso) documental que muestra a dos hermanastros, uno español y otro argentino, unidos en la búsqueda de sus raíces por rutas del norte de España. Una búsqueda que irá más allá de las propias raíces y que incluso les llevará a respuestas o, cuanto menos, a más vías de búsqueda sobre la vida misma. El film se trata del proyecto de fin de carrera en la ESCAC del documentalista Emilio Rebollo. Andreu Vidal y Thiago Sachs se ocuparán de la fotografía y el sonido respectivamente, Nina Obrador activa los motores en preproducción y yo llevaré a cabo tareas que irán desde la ayudantía y asistencia de dirección, hasta temas de producción. Los actores os los presentaré en breve… Crear un largometraje entre siete personas… *** Ayer subía al tren en la estación de Santiago de Compostela. La sensación que habita mi cuerpo desde hace un tiempo siempre que abandono mi aldea es la de viaje a ninguna parte. El tren multiplica la nada afuera, crees que lo puedes tocar todo, crees que puedes ser dueño de la luz de los paisajes, pero ya han pasado y todo se oscurece. Viajar a ninguna parte es desolador, mortuorio, aunque un buen modo de prepararse para ir hacia el final de la Tierra. Alejarse resulta incómodo, quizá sea la morriña. Ante una oportunidad hacia un mundo de descubrimientos no me pone nervioso el miedo a lo desconocido, sino la ausencia, el desamparo… Cierro los ojos y el vagón se convierte en un mar de olas gigantes donde viajo saltando de una a otra, rodeado de velos multicolores y transparentes, quietos. ¿Cuánto peso sostengo? Si me lo permites, Berta, tengo que decir que te echo de menos cuando salto de ola en ola, cuando viajo Hacia el final de la Tierra, de la mano de aquella sustancia esencial y elixires que vuelven, Solo. Logroño: gente muy amable, acogedora y con una sonrisa de regalo. Un Rioja, ¡la hostia! El director demuestra su individualidad sobre todo por su sensibilidad de cara al tiempo, por medio del ritmo. El ritmo adorna su obra con características de estilo. El ritmo no se construye pensando arbitrariamente ni de forma meramente especulativa. En el cine, el ritmo surge orgánicamente, en correspondencia al sentimiento de la vida que tiene el propio director, en correspondencia a su "búsqueda del tiempo". Yo tengo la impresión de que, en una toma, el tiempo tiene que discurrir de forma independiente y con su propia dignidad. Únicamente entonces las ideas encuentran un sitio en él, sin presusosa intranquilidad. La sensibilidad del ritmo es lo mismo que -por ejemplo- la sensibilidad de la palabra exacta en la literatura. Una palabra inexacta en determinada obra literaria destroza el carácter verídico de ésta, de la misma manera que un ritmo impreciso lo hace en la obra cinematográfica. Esculpir en el tiempo (1991), Andrei Tarkovski, Libros de cine, EDICIONES RIALP, 147. es imposible seguir siendo el mismo... Hay pocas flores en la isla de las flores. Un interesante cortometraje documental, ¿qué os parece? El nuevo proyecto de David Lynch es un auténtico regalo: Interview Project. En el cine no hay ningún problema técnico para la expresión cuando se sabe qué es exactamente lo que se quiere decir, cuando internamente se ve cada línea de la película, cuando se intuye con precisión. Esculpir en el tiempo (1991), Andrei Tarkovski, Libros de cine, EDICIONES RIALP, 135. Si alguien intenta llegar a ser director de cine, está arriesgando su vida entera, y él es el único responsable de ese riesgo. Por ello, sólo una persona madura debería asumir conscientemente ese riesgo. El gran colectivo de pedagogos que «forma» a los futuros artistas no puede ser hecho responsable de que todos los años se sacrifique inútilmente a un infeliz sin suerte, que muchas veces llega a la cinematografía directamente desde el colegio. Al seleccionar a sus estudiantes, los centros de formación de carreras artísticas no deberían proceder sólo por criterios pragmáticos, pues a menudo pueden surgir también problemas morales. Se ve esto en el hecho de que aproximadamente un ochenta por ciento de los que terminan su formación como directores de cine o como actores van a engrosar las filas de unos profesionales incapaces que durante toda su vida vagarán inútilmente por lo ambientes cinematográficos. La inmensa mayoría de ellos nunca tendrá fuerzas para abandonar el cine y dedicarse a otra profesión. Pues para alguien que ha superado nada menos que cinco años de estudios de cine resulta tremendamente difícil despedirse de las ilusiones que tuvo. Presento mi nuevo proyecto de cortometraje, De l’Amore, que se compone de cuatro historias corales y entrelazadas... 1. Miss Amnesia 2. Alérgica y Criminal 3. Astenia primaveral 4. Melocotón y fresa De l'Amore, un film de Toño Chouza (Teaser) from Toño Chouza on Vimeo. Entrevista en Xornal Certo publicada hoy mismo. Ausencia de cambio participa en la nueva edición de Curtas na Rede. La mejor escuela de cine es vivir el cine, sea viendo cine, haciendo crítica, escribiendo sobre las experiencias fílmicas, emborrachándose durante los festivales -salvo en Curtas na Rede, que dura meses-, leyendo cualquier cosa, escuchando música, fijándose en las conversaciones de la gente, editando spots, lavando la ropa, comprando condones, sirviendo un café, estudiando la realización de una emisión futbolística, anotando chistes en servilletas del bar de la esquina, estudiando detenidamente a los actores, imaginándose porqué se toman decisiones en cada secuencia, copiando a los maestros, follando al son de Angelo Badalamenti, comiendo en silencio, contando lo que duran las cosas, moviendo un mueble, pintando un garabato, saliendo por una ventana, bebiendo agua no potable, currando a deshoras, respetando lo respetable, ... y un largo etcétera que se resume siendo sincero con uno mismo... SINCERIDAD EN LA CREACIÓN. A lo largo de la semana convencí a unos amigos para rodar el viernes... Todos estaban encantados, pero me preguntaban qué era lo que íbamos a rodar y yo, sinceramente, les contestaba que no tenía ni idea, simplemente que necesitaba rodar emociones. Ayer se presentaron en mi piso bastante temprano -director de foto y actores- y me volvieron a preguntar qué íbamos a rodar y volví a respoder que ni idea. Preparamos el equipo, llevé a los actores a habitaciones diferentes para explicarles los personajes y ... comenzamos a rodar... Incluso el cámara no sabía qué iba a pasar... A medida que avanzaba la acción iba dando consignas, a veces, incluso me los llevaba a un lado y les comentaba cosas al oído... Al cabo de unas horas un compañero de piso llegó del trabajo y asomó la cabeza al salón un par de segundos, para saludar, pero se fue corriendo a su habitación. Cuando lo vi después me dijo que había tal nivel de concentración en el salón que le daba miedo la situación y el poder molestar... La verdad, es una auténtica gozada rodar y crear a la vez, saber cómo meter a los actores en sus personajes y que no los suelten durante horas. Mantener un ritmo de rodaje altísimo y que nadie se queje... Terminamos, fue una experiencia enorme, con lágrimas, besos, discusiones, risas, etc -me refiero a la ficción-, y al final me preguntan: ¿qué hemos hecho? Y yo contesto: pasarlo bien... Hoy voy a comenzar a editar ese material -3:35 de la madrugada- y continúo sin tener idea de lo que estoy haciendo, pero la curiosidad me mantiene en vilo. Os dejo un fotograma del NO SÉ QUÉ... Por la mañana ha sido seleccionado para el Festival de Cans. Guión, dirección, edición y producción: Toño Chouza Billu Barber (2009), de Priyadarshan. Nota: 4 Star Trek (Star Trek XI, 2009), de J. J. Abrams. Al finalizar el pase de prensa un crítico de Fotogramas me enviadiaba el hecho de haber llegado virgen al estreno de Star Trek, ya que no sólo no he tenido ocasión de visionar ninguno de los anteriores films —quizá un par de fotogramas—, ni de seguir la serie televisiva, ni han llegado a mis manos comics o revistas sobre el tema, sino que realmente no conocía absolutamente nada del universo creado por Gene Roddenberry. Con todo lo que tiene de malo, pero también con todo lo que esta visión pura tiene de bueno, escribir unas líneas sobre el nuevo film quizá sea una operación etérea, puesto que para algún lector pueden ser no más que simples repeticiones de la misma cantinela de siempre apropósito de la saga. Por lo tanto, me ceñiré tan sólo a aspectos narrativos y formales. Pese a no estar versado en el universo startrekiano, no resulta complicado intuir hasta dónde llegan los aspectos inherentes a su historia y dónde nace el regalo formal que viene de la mano de J. J. Abrams. Star Trek es la esencia y Abrams es la presencia. Al contrario que en muchas otras sagas en donde la historia y los personajes están siempre presentes tal y como fueron creados y la esencia del director crea una membrana que envuelve la obra, aquí ocurre lo contrario. Abrams está presente en cada movimiento de cámara, en cada plano, en cada decisión. Ha sabido conjugar un producto mainstream con lo mejor de su experiencia televisiva y cinematográfica, y eso se percibe, entre otras cosas, en los pasos justos para conseguir un ritmo frenético en todos los sentidos de la experiencia fílmica. Star Trek es la esencia y su alma también está detrás de cada plano de modo envolvente. Puede decirse que Abrams ha sabido meterse de lleno en el mundo de Star Trek y mover los hilos a su antojo, recuperarlo y dar su visión personal de algo que ¿ya tenía unos cimientos sólidos? Me gustaría destacar, ante todo, el diseño de sonido del film. Las decisiones de dejar por momentos escenas de acción en silencio son un acierto. Mañana se estrena, espero que os divierta. Viernes noche, la ciudad parece un pueblo grande y solitario, cierto calor, tenue y pesado a la vez, me recuerda que la primavera no sólo está de paso. Hace unos días, en la terraza de un bar gallego perdido en alguna de las zonas viejas de Barcelona, mientras nos tomábamos una Estrella Galicia, les preguntaba al aire y a un amigo cuánto alcohol se debe de beber en esta ciudad en verano… La semana ha sido más corta que larga, pero las reuniones se han ido sucediendo constantemente. Un colega productor, con dos dedos de frente y con ojo avizor, me envía por mail una crítica a uno de mis futuros proyectos, De l’Amore. Sí, se puede criticar incluso lo que todavía no se ha realizado… de todos modos, él mismo lo va a producir. Además, con este mail me enlazaba a la primera frase de una de las críticas de Sergi Sánchez —profesor mío y crítico de Cahiers du Cinema, Fotogramas, etc.— en donde decía: Sin duda, Liverpool es la manifestación canónica de la Gran Tendencia del cine contemporáneo: espacios vacíos, narraciones erráticas, personajes sin rumbo, tiempos congelados y alergia a cerrar el relato. HAY QUE CERRAR LOS RELATOS, pues incluso los finales abiertos, son finales cerrados genialmente realizados. Hoy he tenido la ocasión de poder ver Manuel y Elisa (2008), de Manuel Fernández Valdés. Un film documental que se queda a medio camino de cualquier camino... cuando hay camino. Se trata de una pieza que pretende mostrar la cotidianeidad de una pareja de ancianos que vive en el rural gallego y que la mayor fuerza que los une y los hace seguir adelante es el amor De todos modos, cualquier tema puede llegar a ser fructuoso y plausible. Como decía Francisco Umbral, en el arte el tema resulta prescindible —cualquier tema es bueno o malo, sea un alfiler oxidado o la expansión del universo—, sin embargo, la literariedad o, en nuestro caso, lo cinematográfico resulta imprescindible y requiere de una cierta experimentación y un evidente riesgo. Además, advertía que escribir era la manera más profunda de leer la propia vida. No hay otra lectura del yo que la escritura del yo (siempre que sea literaria y no testimonial ni nada de eso). Luego resultará, además, que esa cosa vuelta sobre sí misma es la que más interesa al público. Y, en definitiva, pese a que la elección del tema, sea cual sea el de Manuel y Elisa —ya que no queda claro—, no es importante, el gran inconveniente de esta pieza documental gira en torno a la falta de dirección, a cierta incongruencia gramatical y falta de coherencia formal y estructural. Ha sido una decepción, pero una decepción optimista, porque, pese a todo, quizá sea posible un documental gallego alejado del reportaje y la didáctica de bolsillo. El viaje de vuelta a Barcelona…, más largo, interminable… El tren… Uwasa no onna (La mujer crucificada, 1954), de Kenji Mizoguchi. La mujer crucificada nos habla de todas las mujeres, de las cargas sociales que tienen que soportar, de los accesos de cambio, de la resignación y de la lucha. Una mujer con clase, que ha podido pagar sus estudios universitarios gracias a las ganancias de su madre en el burdel que regenta, siente que su status social está sucio debido a que los esfuerzos de su madre van de la mano del sudor, de la sangre y de la humillación de unas cuantas mujeres. Sin embargo, nada es tan feo como se pinta, y la lectura de Mizoguchi tiende en ocasiones al carpe diem. Es necesario lavarse los ojos después de cada mirada. Kenji Mizoguchi. Las tres y nueve de la madrugada. Ocho grados centígrados. Ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora. Tren novecientos veintidós, coche dos. Barcelona – A Coruña. A la altura de algún punto del norte de España, quizá entre Zaragoza y Burgos, que es una larga y oscura eternidad. La última vez que volé a gatas sobre estas vías, el vagón era románticamente verde, mis brazos algas que nadaban en el fondo del mar y el motivo una despedida para siempre, ahora, esta lenta y confortable nave espacial es un vehículo sin memoria, sin recuerdos, que se desliza por las viejas vías, mis brazos albergues en busca y el motivo el calor de los soportales bajo la lluvia fría de primavera. La boca seca en busca. Un lince exploraba los bajos del tren, un gato enorme, los ojos muriéndose de hambre. Burgos. Acabo de ver Old Boy (2003) de Park Chan-wook. Diecisiete pulgadas panorámicas de cinematografía oriental, de insaciable dramaturgia manipuladora y yo, manipulado, conscientemente manipulado, insaciablemente manipulado de trampas y cartones. Old Boy se desliza sobre vías maestras de gramática y estilo cinematográfico, pero se arrastra sobre engañifas en caras iluminadas. El viaje de vuelta... más largo, seguro… La vida te trae sorpresas cuando menos te lo esperas, aunque bien es cierto que a veces sí que uno se espera que el cesto venga cargado y rebosante dependiendo del caso. Hoy he visto Otto e mezzo (1963), de Federico Fellini. Lo genial no ha sido volver a ver una de las que considero mayores obras maestras del cine, ya que ni a mí mismo me parece importante lo que pueda llegar a considerar; lo genial ha sido ver de nuevo por primera vez Otto e mezzo. Tarde primaveral que sonsaca una plácida sonrisa a una ciudad como Barcelona y en la Filmoteca la pantalla se llena de cine reflexivo, una experiencia emotiva en primera persona. Me ha parecido ver otro film distinto, pero igual: no recordaba la ironía, no recordaba la tipología de personajes y, sobre todo, no recordaba el tormento de Guido Anselmi (Marcello Mastroianni)… o lo recordaba vagamente…La nueva experiencia ha sido muy emotiva, sin duda, porque uno comienza a entender en qué posición se encontraba Guido ante la selva que es la cinematografía… No sé qué contar… parece que cada día tenga menos que contar… parece que vaya a llegar a la nada… Y… quizá ya había hablado de esto en otra ocasión… Cuando me desespero, me tiro en cama y me hago un sudoku con el móvil mientras mi Final Cut me escupe los videos… ¡A lo que he llegado! Yo, un duro y acérrimo enemigo de ese juego estúpido. Juego estúpido que me ayuda a sobrellevar las horas en las que los avances de making of de 18 comidas se van cocinando poco a poco… (ingredientes: paciencia e ilusión). Si apetece... aquí tenéis de nuevo Sueño Imperfecto. Son las tantas de la madrugada y hace como tres meses que no paro ni un minuto, la verdad es que mantengo un serio pulso con mi cuerpo… a ver quién cede primero. Tres meses… porque mi memoria no es capaz de retroceder mucho más allá. Son las tantas y acabo de abrir una cerveza porque me apetece. Lo bueno de Barcelona en primavera… La siesta, ese duermevela perezoso que me reponía en mi época de instituto, la siesta... hoy he intentado tener un encuentro con ella, con la siesta, pero me he puesto Slumdog Millionaire (2008), de Danny Boyle, y no he pasado de un simple descanso regenerador de nada. Por lo que concierne al film, lo interesante podría estar en ese montaje paralelo que mezcla flashbacks y casualidades, más consecuencias que causas y más exotismo que historia. Cada respuesta en el concurso tiene como parangón una anécdota brutal en la vida... ¡Yo no me creo esta peli! Los momentos más emocionantes giran en torno a los encuentros con una chica... Nunca son demasiados los ingredientes para cocinar un beso final, pero aquí no son los suficientes. Cortometraje experimental realizado hace dos años por un colega riojano, Emilio Rebollo, que en breve estará por Galicia realizando un documental interesantísimo del que no adelanto nada... Cry baby (El lágrima, 1990), de John Waters. El director de Pink Flamingos me deleitó hace más de una década con este musical teenager lleno de tópicos, casi veinte años después me vuelvo a encontrar con un guión sin causas ni efectos, sin razones ni porqués..., sin embargo, en cierto modo, continúa teniendo cierto encanto. Eût-elle été criminelle... (Incluso si ella hubiese sido criminal..., 2006), de Jean-Gabriel Périot. Un cortometraje bastante duro acerca cómo trataban en Francia a las colaboracionistas francesas con el régimen nazi. Se fundamenta en material de archivo. Zire darakhatan zeyton (A través de los olivos, 1994), de Abbas Kiarostami. A través de los olivos es una estación necesaria que os recomiendo. La naturalidad de la ficción de Kiarostami bebe de la naturalidad de la naturaleza del ser humano: la improvisación, suma. Blood simple (1984), Joel & Ethan Coen. Días duros, jornadas de quince horas escribiendo, es necesario un descanso. La Filmoteca de Barcelona está reponiendo los grandes éxitos del pasado año. La semana pasada ya tuve la ocasión de ver The Dark Knight (El caballero oscuro: Batman, 2008), de Christopher Nolan y, la verdad, pese a poseer un ingenioso guión y pese a que Nolan saca un notable como director de acción -los últimos cuarenta minutos son imparables-, Batman es un mundo y ese mundo no aparece ni por asomo en este film, porque Batman vive de noche, Bruce Wayne no es prepotente y Gotham City no es New York. Resulta ridículo ver a Batman a la luz del día. La interpretación de Heath Ledge está llena de recursos que ya utilizaban Johnny Depp y Brad Pitt hace más de diez años. Tim Burton sabía lo que hacía. Hoy he visto una trampa, The happening (El incidente, 2008), de M. Night Shyamalan. Sí, un film tan tramposo que da vergüenza tenerlo en cuenta. Los sustos, como ya nos tiene acostumbrado el director de origen indio, nos los da el mezclador de sonido y el guión lo ha escrito un niño de seis años: mucha imaginación, pero ninguna verosimilitud... No me creo nada en ningún momento. Mañana le toca el turno a There will be blood (Pozos de ambición, 2008), de Paul Thomas Anderson. Y aquí creo que voy a ir sobreseguro, porque este tío es un verdadero genio, pero, claro... cuando las espectativas son tan altas... Y, nada más, mañana de nuevo jornada completa de escritura. Estoy redactando mi proyecto final de carrera, un guión de cortometraje titulado provisionalmente Solo, ojalá vea la luz algún día. Esto es un plano-secuencia... (primer plano del film) Este pasado viernes Sueño Imperfecto se llevó el premio al mejor cortometraje en la categoría "Curta Comarcal" en la X Mostra de curtas Vila de Noia. Entre otras cosas, este premio hace que la pieza rodada en Barcelona allá por mayo entre en la categoría "Video Internacional". Por cierto, también se ha colado mi shockumentary (falso documental) O camiño da Loureira en la sección "Curta documental de creación" -la gente dice que el documental se codea con cortos internacionales, yo creo que va de la mano y pidiendo permiso para pasar muy tímidamente-. Resulta extraño, a ver qué pasa... Por lo de pronto y para no variar, yo siempre guardo mi trocito de tristeza-taquicárdica, no vaya a ser... Mi nuevo corto saldrá a la luz en breve... Stromboli, terra di dio (Stromboli, tierra de Dios, 1950), de Roberto Rossellini. Roberto Rossellini nos regala un film sobre la inadaptación, sobre lo cívico y lo animal, sobre el intento de fe en un amor que no existe, sobre lo estanco, lo inmóvil, lo muerto, y, bien es cierto, también trata sobre otras muchas realidades. No obstante, Stromboli fue una de las puntas de lanza del Neorrealismo italiano, momento cinematográfico donde se vieron reflejadas las desastrosas consecuencias de la segunda posguerra mundial, tanto a nivel económico, como moral. Rossellini plantea en este film un viaje antropológico en el que se enfrentan dos modos antitéticos de concebir la vida en sociedad: la de la población de Stromboli y, por extensión, la de una buena parte de las gentes arraigadas a las viejas tradiciones, costumbres y prejuicios, y la de una mujer de mundo que se ve confinada en este laberinto que la aísla de las cuestiones cívicas y progresistas, es decir, de su vida. Varias son las ocasiones en que los lugareños se refieren a Stromboli como el lugar al que vuelven para morirse, como un cementerio perdido en el medio del Mediterráneo. El parangón entre el hurón que mata al conejo y los marineros que cazan atunes dibuja a un hombre que no ha prosperado y que tiene que manchar sus manos con sangre para poder llevarse un poco de comida a la boca. El punto de vista del personaje interpretado por Ingrid Bergman, compartido con el del público, resulta poco claro viniendo de Rossellini, ya que se trató de un cineasta con numerosas carencias en cuanto a posicionamiento político y social, con ideales totalmente contrapuestos, aunque con cierta tendencia conservadora. En definitiva, Tierra de Dios refleja una tierra hecha para los hombres, un lugar donde el cambio es necesario, pero casi imposible, un lugar vigilado y manipulado al antojo de una fuerza mayor: un volcán, que tampoco puede hacer mucho para remover estas aguas estancadas de una isla perdida en medio del mar. Si hacemos una incisión entre los fabricantes y el producto, podemos comprobar que The Fall se trata de un viaje no sólo en la forma y en el fondo, sino que también lo es en cuanto a viaje a través del mundo real y del mundo de los sueños. Los fabricantes, los hacedores de la obra, han viajado por un imaginario fílmico que mezcla los gustos, las obsesiones y las debilidades de todos ellos en un rodaje que duró cuatro años y en el que visitaron veintiocho países. Los productores, David Fincher (Seven, Fight Club, Zodiac) y Spike Jonze (Being John Malkovich, Adaptation) tienen como lugar común en sus respectivas obras un cierto estilismo en la imagen, una búsqueda del preciosismo que, según la coherencia interna de sus obras, puede ser oscuro o brillante. El director, Tarsem Singh, que antes había realizado campañas de publicidad y videoclips, además del anodino largometraje The Cell (2000), en esta ocasión crea un mundo donde la forma supera con creces al fondo, aunque en buena parte del viaje parezcan ir de la mano. Sin duda, quien se ha lucido en esta obra que ha sido el director de fotografía Colin Watkinson, que había trabajado en los efectos visuales de Cité des enfants perdus (Marc Caro y Jean-Pierre Jeunet, 1995), ya que el peso de la historia recae sobre el estilo visual, tan impresionante para los sentidos, donde se inventa un modo de ver completamente diferente dependiendo de los espacios que entran en escena. Sin embargo, la historia de una niña que está ingresada en un hospital y que fantasea con los cuentos que le brinda otro enfermo tiene más carencias que aciertos, puesto que la acción en determinados momentos no avanza y cuando lo hace no se sabe cuál es su dirección. La mezcla de lo real y lo fantasioso, más que magia cinematográfica, se convierte en embrollo de escaleta. En definitiva, este remake de la película búlgara Yo Ho Ho (1981, de Zako Heskija), debido a su excelente presencia, cautivará las retinas de los espectadores. Ahora queda por saber si será capaz de quedar latente en su recuerdo. La fantasía sin emoción se convierte en fantasía pasajera. L'avventura (1960), de Michelangelo Antonioni. Un film que vale por dos en cuanto a historia, ya que si realizamos una incisión en el momento en que una de las protagonistas desaparece, todo cambia -al modo de Psycho, de Alfred Hitchcock en el mismo año-. Personalmente me quedo con la primera parte del film: escapada de unos amigos a un entorno idílico en unas islas italianas. La mezcla entre la preciosidad del lugar, la belleza de las actrices, el toque humorístico italiano -más parecido al gallego que al español- y la sensación del fundirse el calor veraniego con la brisa marítima es todo un placer. La segunda parte os la dejo para que vosotros saqueis una opinión. Monica Vitti (foto). Burn after reading (Quemar después de leer, 2008), de Joel y Ethan Coen. Los hermanos Coen vuelven a realizar una comedia que provoca la risa. Intolerable cruelty (2003) y Ladykillers (2004) suponen tan sólo un pequeño paréntesis donde las musas prefirieron irse de vacaciones. El gran acierto de este film es que las pretensiones nunca han sido muy altas y se podrían situar en el marco del puro esparcimiento, pretensiones que no sólo cumple, sino que también las sobrepasa. Los Coen han vuelto la vista atrás, han recobrado las situaciones absurdas de Arizona baby (1987), han revisado la estructura, los diálogos y las azarosas coincidencias de Fargo (1995), han recuperado el espíritu olvidado en The big Lewoski (1998), y todo ello mezclado con el plus de enmarcarlo en una historia donde en teoría no hay cabida para demasiados personajes estúpidos, pero la plaga es total y dota al film de una verosimilitud sujeta con pinzas: ahí reside el placer de la carcajada absurda. Una de las grandes bazas de este trabajo gira en torno al reparto, donde actores de renombre como George Clooney, Frances McDormand, John Malkovich -genial- o Tilda Swinton sacan lo mejor de sí para mostrar su perfil menos inteligente. Brad Pitt merece una mención aparte, ya que no abandona del todo al tonto que interpreta en otros films y, en esta ocasión, incluso se excede. Si alguien borda su papel, alguien del que no se ha hablado, ese es J.K. Simmons dando vida a un superior de la CIA. Muchos actores pagarían por sus frases, por sus silencios y por su cara. La única pega que habría que ponerle al guión es que no se exprima más el humor que baña las conversaciones en el interior de las oficinas de la CIA, porque resultan realmente de lo mejorcito que se ha escrito este año. En definitiva, los hermanos Coen nos vuelven a demostrar su solvencia a la hora de ejecutar obras cinematográficas redondas, sean comedias —Burn after reading— o thrillers —No country for old men, 2007—, bajo un claro estilo personal que los lleva a ser ya un referente dentro de la cinematografía internacional. Camino (2008), de Javier Fesser Boxcar Bertha (El tren de Berta, 1972), de Martin Scorsese. El segundo film de Martin Scorsese, Boxcar Bertha, pertenece a esa clase de obras cinematográficas que no se pueden desligar del proceso de creación —de producción— en ninguno de los sentidos: ni en el fondo ni en la forma. Por lo tanto, resulta obligada una mención especial a su productor, Roger Corman, quien a lo largo de su carrera también produjo los primeros trabajos de cineastas de la envergadura de Francis Ford Coppola, Ron Howard, Peter Bogdanovich, Jonathan Demme, James Cameron o John Sayles. El ojo avizor de Corman no sólo alcanzaba a directores, sino que también hubo numerosos actores que de su mano emprendieron el vuelo. Entre otros: Jack Nicholson, Peter Fonda, Bruce Dern, Michael McDonald, Dennis Hopper y Robert De Niro. Si traemos a colación estos datos, es porque resulta importante el papel de Roger Corman en la elaboración de los primeros films de estos cineastas, ya que la confianza que depositaba en una persona para llevar las riendas de un proyecto donde se ponen en juego elevadas cifras económicas, también supone un grado de experiencia artística, empresarial y visionaria por parte del productor. Corman se vanagloriaba en sus memorias explicando que había realizado más de cien films en Hollywood sin haber perdido ni un sólo céntimo. Tanto los films dirigidos por él mismo, como los que llegó a producir, tenían como lugares comunes unos rodajes rápidos y unos bajos presupuestos, entre otros aspectos, estos factores hacían que su obra se encasillase dentro de la llamada serie B estadounidense. Roger Corman hizo posible que en 1972 Martin Scorsese dirigiese Boxcar Bertha, el encargo llevó al cineasta a realizar un rodaje bajo las premisas de producción de serie B, rapidez y bajos costes, caso que le sirvió para prepararse para su próximo film: Mean Streets (Malas Calles, 1973). Si bien la crítica vio en Boxcar Bertha la Bonie & Clyde de serie B, el film de Scorsese parecía tener mucho más de lo que a simple vista se puede observar, pues en esta historia de dos delincuentes que escapan de la ley encontramos una amplia gama de referentes que veremos en la posterior filmografía del director: en cierto modo se trata de una road movie con tintes de cine negro, western, incluso cine de ferrocarril, de prisiones, etc., pero con las carencias básicas del presupuesto —que influye en la manera de contar la historia— y de un argumento con mayor consistencia. Sueño Imperfecto II. Conversaciones inteligentes. (No es un corto, es... algo) (Roland Bartés) A estas alturas, intentar dilucidar si un autor perteneciente a los conocidos como nuevos cines tenía más o menos presente la figura del público a la hora de elaborar sus obras, se presenta no sólo como una ardua tarea, sino como una posible investigación a posteriori con la imposibilidad de conocer científicamente en qué preceptos se funda el trabajo de estos artistas. La complicación surge porque lo que se pone sobre la palestra no son otros elementos más que la mente de un creador, la obra de arte y la consiguiente mente de un receptor, puntos determinantes del sistema comunicativo que es la cinematografía —recordemos el esquema de Roman Jakobson—. De este modo, resultaría un tanto peligroso y ocioso rastrear respuestas a las obras en la figura de los creadores, ya que las mentes humanas son volátiles y están muy lejos de ser objeto de estudio en este sentido. Así, considero que un estudio sobre lo que se la pasa por las mientes a los autores está fuera de lugar. (Federico Fellini) Por lo que, como lo que aquí se pretende es ofrecer un punto de vista personal al respecto y mi opinión es posible que resulte demasiado drástica en el campo cinematográfico, tan lleno de estrellas y pseudodioses sentando cátedra, para la realización de este comentario voy a tomarme la licencia de resguardarme bajo la opinión que se han forjado una serie de estudiosos en torno a la literatura y que en mi caso extiendo a la cinematografía. Se trata de una licencia arriesgada. No se detallarán casos concretos y especiales de las obras o los cineastas del Neorrealismo, de la Nouvelle Vague, del Free Cinema, del New American Cinema, etcétera, sino como una reflexión que los tenga en cuenta —una opinión personal—. Por lo tanto, y asumiendo el riesgo, no citaré ningún autor u obra, puesto que para conocer las obras de François Truffaut, Jonas Mekas o Satyajit Ray, no hay más que acercarse a la abundante bibliografía y, como lo que se pretende es todo lo contrario, no tener en cuenta su opinión, prefiero ser sincero conmigo mismo y prescindir de sus figuras. Si titulo el artículo «Receptiva en los nuevos cines» es por intentar demostrar que mi opinión es válida incluso con los cineastas mejor considerados como autores. El subtítulo no es otra cosa que un tímido guiño a la obra de Roland Barthés, La muerte del autor, con la que estoy de acuerdo y no por ello considero que esté plagiando sus ideas: es también mi humilde opinión. En adelante, aplicaré los verbos crear y escribir tanto a nivel literario, como cinematográfico, Para explicar mi punto de vista, permítaseme a continuación una pequeña introducción en el campo teórico. (Victor Sjöstrom) En el siglo XX, a finales de los años sesenta, Roland Barthes, Michel Foucault y Jacques Derrida, los tres pensadores más activos de la Deconstrucción, proclamaron la crisis de la autoría, vinculada a la crisis del yo. Así, la autoría se convertía en el espejismo de la propiedad intelectual, mientras que la figura del autor se transformaba en marca de origen o género, mera signatura para clasificar en fondos de estantería o, en el caso que pretendo exponer, de filmoteca. Ellos hablaban de autor y lector en cuanto que literatura, sin embargo, muy bien podría aplicarse esta teoría a la cinematografía y a cualquier sistema de comunicación. El espectador y la obra se erigen en los verdaderos protagonistas de la cinematografía. Un estudio de mercado podría advertirnos de que tal o cual film ha sido visto por cierto número de espectadores, pero esto no implica al autor, sino a la calidad del receptor. Por lo tanto, se crea un vínculo muy íntimo entre el espectador y la obra que recibe, pero no entre el espectador y el autor. (Werner Herzog & Klaus Kinski) La idea de Dios de la cinematografía hay que desterrarla. En el ámbito de la crítica al pensamiento de Platón, que, según Derrida, planea omnipresente en la cultura occidental, el pensador francés acusa al griego de incurrir en el llamado falogocentrismo. Con este término se nombra un anhelo más de la Metafísica de la Presencia. En síntesis, ésta consiste en el afán de la cultura y la filosofía occidentales por hallar verdades objetivas en las que instalarse que se correspondan con verdades objetivas reales. Con esta metafísica ha creado una serie de oposiciones, consideradas verdades irrefutables —como los dualismos natural / artificial, interior / exterior al sistema, oralidad / escritura—. Sobre el cimiento de estas oposiciones, la cultura occidental ha edificado su propia mitología: la mitología blanca que, como toda mitología, es testimonio de una ideología tendenciosa. En cuanto al término concreto de falogocentrismo dentro de la Metafísica de la Presencia, se trata de la necesidad de fijar un origen para todo, un creador, una figura original visible, en suma, un principio que es identificado con la figura paterna y con el orden y la jerarquía masculinos, al igual que se pretende con la figura del autor en los nuevos cines. Con este argumento, que en realidad desvela y denuncia una especie de falacia ad autoritatem, se pone en tela de juicio el afán de toda la metafísica tradicional, la cual siempre anhela un origen para todo acto, una presencia objetiva, un asidero del que partir, un creador, un autor, cuando el origen está en nosotros mismos. Por ejemplo, si vemos un film en el que se nos muestra a un niño corriendo durante un cierto tiempo, como queriendo dejar atrás algo que lo oprime y, además, saliendo de un contexto urbano para adentrarse en uno natural, al llegar este niño a un gran arenal y mojarse los pies con el agua del mar, a alguno de nosotros puede venírsenos a la cabeza la pregunta de porqué no se ha descalzado, o también nos podemos fijar en que es un joven sano, o que se trata de un desobediente. Que a algunos de nosotros estas imágenes nos remitan a la idea de libertad no tiene nada que ver con el autor, sino con nuestra experiencia personal. Si nos posicionamos en el lugar del autor y llegamos a la conclusión de que él también tiene experiencia personal que le sirve para crear, caemos en un error, puesto que su experiencia personal ya sólo le va a servir para leer la imagen, nunca para escribirla: alguien que crea ya está leyendo, ya está siendo receptor de sí mismo. En este sentido, Barthés se preguntaba si escribir es un verbo transitivo o intransitivo esto es, si en realidad algo puede ser escrito, creado con palabras. Nunca puede saberse quién escribe, si el autor o los personajes que de alguna manera le obligan, el individuo o su experiencia personal, la psicología de la época o, en realidad, la propia escritura, por la simple razón de que ponerse a escribir es renunciar a la individualidad e ingresar en lo colectivo. Desde el instante en que cogemos la pluma o la cámara de cine, escribimos tal como nos han enseñado, con una retórica determinada, con una sintaxis, una gramática y unos tropos ya fijados desde tiempo atrás, con un lenguaje que nos rodea y nos envuelve en un murmullo incesante: un gran almacén de citas y signos de muy diversos centros de la cultura que operan como intertextos. La creación impone una tradición y unas leyes que el autor debe aceptar; su contribución es mínima. Barthes sostiene que la escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco y negro donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe. Nos recuerda también que el Autor es un personaje moderno, producido indudablemente por nuestra sociedad [...] en la medida en que ésta, al salir del Medievo, descubre el prestigio del individuo. En suma, el autor sólo habla el idioma; la unidad del texto no está en sus orígenes sino en su destinatario, que organiza esa masa de signos imponiéndoles un sentido: es en el lector donde la obra se cumple. (François Truffaut) En definitiva, quizá no cabe hablar tanto de cine de autor, como de cine de espectador, que es el que espera, que tiene expectativas gracias a su experiencia y gustos personales. Conscientemente he sido un tanto extremo, quizá demasiado, sin embargo, pese a que existen opiniones más moderadas que en cierto modo puedo llegar a comprender, no podía presentar de otro modo mi visión. Y, concluyendo, podría decirse que los creadores de los nuevos cines ceden la tuerca y la herramienta, pero la vuelta se la consigue dar el espectador en base a su memoria. (Jean Luc Godard) A lo largo de los años, la cinematografía nos ha legado magníficos films, una amalgama de imágenes y sonidos que ha logrado cautivar a infinidad de espectadores y que, sin embargo, tan sólo algunas han llegado a ser consideradas auténticas obras de arte. Personalmente, mi punto de vista para saber cómo puede llegar un film a ser considerado obra de arte orbita en torno a la idea de sinceridad: si una pieza ha sido realizada sin mentir al corazón, tiene todas las papeletas para convertirse en algo grande. De este modo, considero a The Straight Story (David Lynch, 1999) una obra que eleva al cine a su estado más puro y álgido. Y, como sabemos, todos los elementos de un film tienen que estar orientados hacia la misma dirección para conseguir el objetivo que se proponen los artistas. Angelo Badalamenti ha tomado buena nota de esto y ha creado una de las bandas sonoras más maravillosas de la historia del cine. Se trata de una música humilde, sin mayores propósitos que el de acompañar y potenciar una historia verdadera. Me interesa este tipo de trabajo por su apariencia sencilla, y con esto no hablo de minimalismo, sino de claridad en el mensaje. Los violines de Badalamenti arrancan casi a trancas y a barrancas con la cortadora de césped, para más tarde ir de la mano de Alvin Straight; las guitarras acústicas nos acercan a ese mundo melancólico de un amor fraternal que nunca muere. David Lynch crea una historia con altibajos en lo que se refiere a momentos de drama y momentos que rozan la comedia, todo el film se va sucediendo de ese modo y la música ayuda, el compositor no sólo refuerza el estado de ánimo de los personajes, sino que crea un ambiente mágico para los campos de trigo y las carreteras. Sin duda, The Straight Story es uno de mis films de cabecera, pero su banda sonora llega incluso a ocupar el lugar más alto del podium de la música para cine. Una música que me hace sentir vivo mientras veo el film, que me conmueve y que, sobre todo, consigue que yo mismo reescriba la obra, porque matando al autor, la hago mía. Tropic Thunder (2008), de Ben Stiller. Un dardo contra el imperio hollywoodiense. Nota: 6 *** Una falsa primavera me acompaña en esta vuelta al suelo catalán, en el que será mi último año ESCAC. Todo es muy extraño... Al despertarme esta mañana todavía podía paladear los restos de la conversación que tuve con Julio Médem a las puertas de un autobús-bodega en medio del monte gallego. Un extraño sueño que llega un año después de asistir al estreno de Caótica Ana (2007) en los cines Valle-Inclán. Somos pocos los que recibimos este film con buenos ojos, sobre todo, teniendo en cuenta que la maravillosa crítica española nunca peca de trepa. En la revista Film Quarterly (invierno 2007-2008) presentaban así a Médem: With six features to his name, acclaimed by critics and public alike, Julio Médem has arguably produced the most important body of work in contemporary Spanish cinema, with the exception of Almodóvar. And, more even than Almodóvar, he is the figure most likely to be granted the status of auteur. El Médem onírico me decía que se trataba de un viaje especial, maravilloso, un viaje a través de la mujer que es todas las mujeres... La sensación que me dejó a mí fue de vuelo horizontal, placer largo y tendido. La narrativa cinematográfica nos ofrece muchas historias verticales que pretenden ir al fondo de la cuestión, a mí me parece que Médem hace un ejecicio de humilde generosidad egocéntrica al presentar una historia que pasea de puntillas sobre muchos temas sin adentrarse en ninguno por completo. ¿Sensación de vacío? Yo lo que siento es un refresco... Nota: 8 *** La belleza llenaba la pantalla y también alguna butaca... Bullets over Broadway (Balas sobre Broadway, 1994), de Woody Allen. Hellboy (2004), de Guillermo del Toro. Guillermo del Toro crea un mundo nuevo y consigue por momentos acceder a un espectador curioso de conocer, sin embargo, el viaje resulta muy superficial y a algunos nos gustaría adentrarnos y buscar respuestas sin que nos las sirvan en bandeja de plata. Un film que necesita abrir más puertas, aunque no se conozca la dirección a seguir. Nota: 3 Hellboy 2: The Golden Army (Hellboy 2: el ejército dorado, 2008), de Guillermo del Toro. ¿El guión?, para palimpsesto. Nota: 3 Aquí teneis un enlace a un cortito que hice con el móvil en una de esas noches blancas de hospital e insomnio... Si quereis, incluso la podeis votar a partir del 18 de septiembre. Haced click en Contratempo. Además, también tengo allí un Disparo de Nieve Alternativo... Wall-E (2008), de Andrew Stanton. Nota: 10 2046 (2004), de Wong Kar-Wai. Un film que te corteja, te abraza, te besa y luego, aunque te deje con buen sabor de boca, igualmente te deja... Un poema brillante. Nota: 8 El laberinto del Fauno (2006), de Guillermo del Toro. Ivanovo detstvo (La infancia de Iván, 1962), de Andrei Tarkovsky. El cineasta ruso, uno de mis favoritos, crea genialidades y posee un toque personal para plasmar sueños y pesadillas. Nota: 10 Funny Games (1997), de Michael Haneke. Intenso film sobre la violencia como innato placer humano. La interpretación de sus actores es de matrícula de honor. Nota: 7 Tren de sombras (1997), de José Luis Guerín. Guerín crea sobre lo creado: un ensayo cinematográfico bellísimo, una mirada compartida. Obra de arte. Nota: 8 Leo en la habitación, en la sala de espera, en el pasillo, en el ascensor, en la cafetería, en la calle, en el coche, tumbado en la baldosa y ... en urgencias puedo recibir dos veces el diagnóstico de una joven médico que se ríe cuando acierta. The terror (El terror, 1963), de Roger Corman. Un film con la firma de Roger Corman ya viene caracterizado desde el principio por inherencias de la serie B y el cine de terror. Personalmente, no suelen interesarme demasiado este tipo de obras, aunque de todo se aprende. Sin embargo, en este caso supuse que si a esa firma le acompañaba en la produción un hombre como Francis Ford Coppola y en en el reparto actores como Boris Karloff, Jack Nicholson y Dick Miller, algo iba a pintar mejor que lo de costumbre. No. Nota: 3 Remedios paliativos para las noches nubladas en el hospital. Esta vida sólo nos quita: nos quita el texto, el subtexto, lo elíptico y lo por escribir... A inicios del mes de junio me encontraba en el MICEC 08, Muestra Internacional de Cine Europeo Contemporáneo, asistiendo a la proyección de La question humaine (2007), de Nicolas Klotz. Ahora aprovecho para decir que, si bien se trata de un cine arriesgado con gran influencia del documental, la trama estaba poco clara. Nota: 7 (La question humaine) Lo especial de esta proyección fue que al encenderse las luces me di cuenta de que estaba al lado de José Luis Guerín, al que no pude dejar de felicitar por su cine y especialmente por En la ciudad de Sylvia -obra excelente premiada en festivales internacionales y que en esta furcia nación apenas se ha estrenado en salas-. Pudo ser una conversación más larga, pero a veces las cosas tienen que durar lo justo: llegó el mismo Klotz y se lo llevó. Os dejo arriba un fragmento de la peli, el giro más importante. Nosferatu (1922), de F. W. Murnau. Una de las obras maestras del expresionismo alemán, aunque personalmente prefiero Der letzte man (1924), del mismo director. Basada en la legendaria novela de Bram Stoker, esta primera adaptación pone los pelos de punta. Destacaría la composición del plano y el trabajo con la profundidad de campo, sin embargo, no creo convenientes muchos de los movimientos de cámara: gramaticalmente pierde coherencia. Y entre tanto fantasma dentro y fuera del hospital, ya iba siendo hora de pasarse a los vampiros. Nota: 8 Fragmento de Singin' in the rain (1952), de Stanley Donen y Gene Kelly. Fragmento de The Band Wagon (1953), de Vicente Minnelli. Hairspray (2007), de Adam Shankman. Tan vacía que provoca sonrojo y vergüenza ajena. Y es que los estadounidenses ya no nos cuelan ni una en cuanto a comportamiento moral. En fin, no comprendo como la buena de Michelle Pfeiffer se mete en estos fregados. Nota: 2 Reminiscences of a Journey to Lithuania (1972), de Jonas Mekas. Diario íntimo sobre su propia familia y tierra: la nostalgia en forma de automemoria documental, de reminiscencias personales... Cuarta noche blanca a base de sorbos de agua, sonidos que oxigenan y la Cahiers du Cinema de julio-agosto... Nota: 7 (si es que se le puede poner nota a un diario) Superbad (Supersalidos, 2007), de Greg Mottola. Comentaba un crítico, y profesor mío, que Superbad era una de las comedias más trabajadas de los últimos tiempos, ya que suponía un compendio de casi todo el género de films sobre teenagers con acné de serie y erección automática -esto no lo dijo él, pero podría decirlo perfectamente-. La verdad, es cierto. Tiene unas situaciones bastante graciosas por lo desesperadas que las hacen sus personajes y unos diálogos que gravitan en torno a un único fin, vamos, el de siempre. Sin embargo, y se trata de una pega importante, la historia no mantiene el ritmo inicial, ritmo que de algún modo coseguía que el espectador no tuviese tiempo para pensar en lo que estaba viendo. Lo mejor: adentrarse en las mentes de los personajes a modo de flashforwards narrativos que nunca sucederán y que tan sólo son deseos muy improbables -el director lo borda cuando yuxtapone dos veces este recurso y juega con el espectador-. Consejo: no se os ocurra ver esta película cuando estéis velando a un enfermo en una habitación de la planta menos indicada de cualquier hospital... son lugares antitéticos, aunque bien les vendría ser por lo menos adyacentes. Nota: 4 Ugetsu monogatari (Cuentos de la luna pálida de agosto, 1953), de Kenji Mizoguchi. Una obra maestra sobre la imposibilidad de tenerlo todo o de ser feliz. Las horas en vela en el hospital se rebajan con nada, recuerdos, alguna lectura o films como este, aunque sólo llegue en pantalla minúscula. Nota: 8 Histoire de Marie et Julien (La Historia de Marie y Julien, 2003), de Jacques Rivette. Cineuropa, allá por el 2003 ó 2004, todos mis acompañantes se morían de aburrimiento con este film y yo daba un paso más hacia lo que quería. Cosas de la vida. Nota: 7 Zavet (Prométeme, 2007), de Emir Kusturica. Vamos a castrar al toro para que no le jodan la vida las vacas (frase de la película). Before the devil knows you're dead (Antes que el diablo sepa que has muerto, 2007), de Sidney Lumet. Antes que Sidney Lumet supiese que el diablo u otra criatura seudoviviente o cualquier nadería se lo iban a llevar a mejor o peor vida o muerte, el director nos estaba legando su último y magnífico film. No detallaré nada acerca de la obra, solamente que se trata de una de esas películas que te dejan con la sensación física de haber sido vapuleado, recuerdo que caminaba por las calles de Gracia en Barcelona con hielo en los tobillos y fuego en las muñecas. Y ya era hora de que Ethan Hawke espabilase. Nota: 8 Okaasan (Madre, 1952), de Mikio Naruse. Un film sobre la pérdida, con un final de extraordinaria resignación. Una aténtica obra de arte para homenajear a las madres. Nota: 9 I am leyend (Soy leyenda, 2007), de Francis Lawrence. Aceleración de cine, frenada de parquedad dramática. Tiene un comienzo donde el espectador no deja de vivir en una curiosa tensión, sin embargo, el final de esta adaptación necesita menos respuestas y casi tantas preguntas como al inicio. Nota: 4 Yo soy la Juani (2006), de Bigas Luna. Se dice que estamos en crisis, pero realmente esto poco nos importa a los que llevamos en crisis desde siempre; personalmente, a mí, que lo material me importa lo que a una gallina la programación de actos del PP, la crisis que más me enciende y me altera el mal humor -un mal humor alterado- es la crisis de guión cinematográfico a nivel mundial, llegan malos tiempos. Estamos en una época en la que ya se han contado todas las historias -sin duda, hasta parece que los arquetipos dramáticos ya se habían agotado en la Antigua Grecia - y, además, el sucedáneo de convertir la estructura en un laberinto genial ya se está mordiendo la cola. De todos modos, de vez en cuando alguien nos sorprende, sea gracias a la sencillez o a la lámpara mágica; sin embargo, sería mejor que los guionistas de Yo soy la Juani se replantearan el sentido de su vida... Nota: 2 Braveheart (1995), de Mel Gibson. Film apartado durante mucho tiempo a causa de esas razones nada rigurosas llamadas prejuicios. Me ha conmovido... Me voy a poner un poco tonto, ahora incluso aviso. Parece ser que todo a nuestro alrededor se rige por un conjunto de reglas, prácticamente todo, desde los sistemas políticos, hasta las recetas de comida casera, pasando por las novias de los amigos y, por supuesto, los guiones cinematográficos. Sin embargo, existe sólo una cosa que puede romper con lo establecido, y los giros importantes en nuestras vidas o en este guión así lo confirman: todo vale cuando se ama. Pero eso ya lo sabéis vosotros, yo sólo hago tiempo para que me dejen la ducha libre. Nota: 9 Das Parfum. Die geschichte eines mörders (El Perfume. Historia de un asesino, 2006), de Tom Tykwer. La sensación que recuerdo tras la última página de la novela de Patrick Süskind es la de haber visitado lugares llenos de olores, la sensación tras la adaptación cinematográfica es la de ninguna sensación. Nota: 3 Tess (1980), de Roman Polanski. Preciosismo en todos los aspectos cinematográficos. Nota: 7 Bagdad Cafe. Out of Rosenheim (Bagdad Café, 1987), de Percy Adlon. Algo así como la llegada de un ser enviado por los dioses para hacer feliz a la gente. Jasmine aporta todo lo que brilla por su ausencia en una cafetería, no de carretera, sino de desierto. Un film con una estética especial, con una planificación tipo Terry Gilliam y con unos actores extraordinarios. El guión, lo mejor...; el enlace de situaciones, una pasada... Nota: 6 *** Boiro en fiestas... They died with their boots on (Murieron con las botas puestas, 1941), de Raoul Walsh. Pelle erobreren (Pelle, el conquistador, 1987), de Bille August. Stromboli (1950), de Roberto Rossellini. "Cuando tenía diecisiete años podía hacer cualquier cosa. Era tan fácil... Mis emociones estaban a flor de piel. Lo encuentro... cada vez más didícil... Seguir en contacto. Piénsalo, ¿quieres?" Highwaymen (Sin aliento, 2004), de Robert Harmon. ¿Por qué? Nota: 1 Qianxi manbo (Millennium Mambo, 2001), de Hou Hsiao Hsien. El azar y esas cosas que le rodean, vete tú a saber de qué cosas se trata, me presentaron hace unos meses Millennium Mambo, un film que no hace mucho ruido y quizá por eso nunca lo había traído ni a colación ni a la cena. No hace mucho ruido en el sentido de que se trata de una obra humilde, tímida y bella, como una chica vergonzosa que no se atreve a levantar la mirada, pero que si la alzase empezaría por quemar los ojos de los demás, para más tarde hacer lo que ella quisiese... Un ejercicio cuya forma y contenido van de la mano, y, como en todo proceso de enamoramiento, la forma termina por quedar elíptica, aunque continuamente la tengas ante ti, y el contenido no es más que una excusa de la forma: un todo completo que no se atreve a mirar por timidez. Nota: 5 Le voyage du ballon rouge (El vuelo del globo rojo, 2007), de Hou Hsiao Hsien. Y sin que interviniese el azar, ni mucho menos esas cosas que le rodean, que no sé que son, sino de la mano de la Mostra Internacional de Cinema Europeu Contemporani (MICEC) volví a tener delante de mí una obra del director chino. En esta ocasión, presentó un film bastante diferente al anterior, pero con esas constantes personales que hacen de uno un autor. El homenaje al globo rojo viene de Le ballon rouge (El globo rojo, 1956), de Albert Lamorisse, aunque más bien parece una excusa para enseñar París y la fuerza del azar dentro de la situación individual de los diferentes personajes. El director crea un cine de la mirada, nos recuerda que en el fondo lo que nos gusta es mirar, que llevamos dentro un voyeur no que duerme, nos fijamos en los detalles, incluso cuando parece que no pasa absolutamente nada, pero sólo porque el tiempo no se detiene, ya se deja atrás esa idea de la nada… Y, lo mejor de todo, es que en realidad no somos unos mirones, no somos tan exquisitos a la hora de seleccionar lo que queremos ver, sino que vemos a través de la mirada de Hou Hsiao Hsien, quien tiene la amabilidad de compartirla. Nota: 6 NACIMIENTO DE UNA NUEVA VANGUARDIA: LA «CAMÉRA-STYLO» por Alexander Astruc (Originalmente publicado en L’Écran Français Nº 144, 30 de marzo de 1948) "Lo que me interesa del cine es la abstracción." Orson Welles. Es imposible dejar de ver que en el cine está a punto de ocurrir algo. Corremos el peligro de volvernos ciegos ante esta producción habitual que perpetúa año tras año un rostro inmóvil en el que lo insólito carece de espacio. Ahora bien, en la actualidad el cine se está construyendo una nueva cara. ¿En qué se nota? Basta con mirarlo. Hace falta ser crítico para no ver la sorprendente transformación del rostro que se está efectuando bajo nuestros ojos. ¿Cuáles son las obras por donde pasa esta nueva belleza? Precisamente las que la crítica ha ignorado. No es casualidad si de La regla del juego, de Jean Renoir (1), a los films de Orson Welles pasando por Les Dames du Bois de Boulogne (2), todo lo que traza las líneas de un nuevo futuro escape a una crítica a la que, en cualquier caso, no podía dejar de escapar. Pero es significativo que las obras que escapan a las bendiciones de la crítica sean las mismas en las que unos cuantos estamos de acuerdo. Estamos de acuerdo en concederles, por decirlo de algún modo, un carácter innovador. Por dicho motivo hablo de vanguardia. Aparece una vanguardia cada vez que se produce algo nuevo... Precisemos. El cine está a punto de convertirse en un medio de expresión, cosa que antes que él han sido todas las restantes artes, y muy especialmente la pintura y la novela. Después de haber sido sucesivamente una atracción de feria, una diversión parecida al teatro de boulevard, o un medio de conservar las imágenes de la época, se convierte poco a poco en una lengua. Un lenguaje, es decir, una forma en la cual y mediante la cual un artista puede expresar su pensamiento, por muy abstracto que sea, o traducir sus obsesiones exactamente igual como ocurre actualmente con el ensayo o con la novela. Por ello llamo a esta nueva era del cine la era de la Caméra stylo. Esta imagen tiene un sentido muy preciso. Quiere decir que el cine se apartará poco a poco de la tiranía de lo visual, de la imagen por la imagen, de la anécdota inmediata, de lo concreto, para convertirse en un medio de escritura tan flexible y tan sutil como el del lenguaje escrito. Este arte dotado de todas las posibilidades, pero prisionero de todos los prejuicios, no seguirá cavando eternamente la pequeña parcela del realismo y de lo fantástico social que le ha sido concedida en las fronteras de la novela popular, cuando no le convierte en el campo personal de los fotógrafos. Ningún terreno debe quedarle vedado. La meditación más estricta, una perspectiva sobre la producción humana, la psicología, la metafísica, las ideas, las pasiones son las cosas que le incumben exactamente. Más aún, afirmamos que estas ideas y estas visiones del mundo son de tal suerte que en la actualidad sólo el cine puede describirlas. Maurice Nadeau decía en un artículo de Combat; «Si Descartes viviera hoy escribiría novela.» Que me disculpe Nadeau, pero en la actualidad Descartes se encerraría en su habitación con una cámara de 16 mm y película y escribiría el discurso del método sobre la película, pues su Discurso del Método sería actualmente de tal índole que sólo el cine podría expresarlo de manera conveniente. Hay que entender que hasta ahora el cine sólo ha sido un espectáculo, cosa que obedece exactamente al hecho de que todos los films se proyectan en unas salas. Pero con el desarrollo del 16 mm y de la televisión, se acerca el día en que cada cual tendrá en su casa unos aparatos de proyección e irá a alquilar al librero de la esquina unos films escritos sobre cualquier tema y sobre cualquier forma, tanto crítica literaria o novela como ensayo sobre las matemáticas, historia, divulgación, etc. Entonces ya no podremos hablar de un cine. Habrá unos cines como hay ahora unas literaturas, pues el cine, al igual que la literatura, antes de ser un arte especial, es un lenguaje que puede expresar cualquier sector del pensamiento. Es posible que esta idea del cine expresando el pensamiento no sea nueva. Feyder ya decía: «Puedo hacer un film con El Espíritu de las Leyes.» Pero Feyder pensaba en una ilustración de El Espíritu de las Leyes mediante la imagen, de la misma manera que Eisenstein en una ilustración de El Capital (o en una colección de estampas). Nosotros afirmamos, en cambio, que el cine está a punto de encontrar una forma en la que se convertirá en un lenguaje tan riguroso que el pensamiento podrá escribirse directamente sobre la película, sin tener que pasar por las toscas asociaciones de imágenes que han constituido las delicias del cine mudo. En otras palabras, para explicar el paso del tiempo no hay ninguna necesidad de mostrar la caída de las hojas seguida de los manzanos en flor, y para indicar que un personaje tiene ganas de hacer el amor existen muchas más maneras de proceder que la que consiste en mostrar un cazo de leche desbordando sobre el gas, como hace Henri-Georges Clouzot en En legítima defensa. (3) La expresión del pensamiento es el problema fundamental del cine. La creación de este lenguaje ha preocupado a todos los teóricos y autores cinematográficos, desde Eisenstein hasta los guionistas y adaptadores del cine sonoro. Pero ni el cine mudo, por permanecer prisionero de una concepción estática de la imagen, ni el sonoro clásico, tal como sigue existiendo en la actualidad, han conseguido resolver de manera conveniente el problema. El cine mudo había creído poder hacerlo mediante el montaje y la asociación de las imágenes. Ya conocemos la famosa declaración de Eisenstein: «El montaje es para mí el medio de conferir movimiento (es decir, la idea) a dos imágenes estáticas». En cuando al sonoro, se limitó a adaptarse a los procedimientos del teatro. *** El acontecimiento fundamental de estos últimos años es la toma de conciencia, que está a punto de producirse, del carácter dinámico, o sea, significativo, de la imagen cinematográfica. Cualquier film, por ser en primer lugar un film en movimiento, es decir desarrollándose en el tiempo, es un teorema. Es el lugar de paso, de una lógica implacable, que va de un extremo a otro de sí misma, o mejor aún, de una dialéctica. Nosotros consideramos que esta idea, estas significaciones, que el cine mudo intentaba hacer nacer mediante una asociación simbólica, existen en la propia imagen, en el desarrollo del film, en cada gesto de los personajes, en cada una de sus palabras, en los movimientos de cámara que unen entre sí los objetos y a los personajes con los objetos. Cualquier pensamiento, al igual que cualquier sentimiento, es una relación entre un ser humano y otro ser humano, o determinados objetos que forman parte de su universo. Al explicitar estas relaciones, y trazar su huella tangible, el cine puede convertirse realmente en el lugar de expresión de un pensamiento. Desde hoy es posible dar al cine unas obras equivalentes por su profundidad y su significación a las novelas de Faulkner, a las de Malraux, a los ensayos de Sartre o de Camus. Por otra parte, ya podemos contemplar un ejemplo significativo: L’Espoir, de André Malraux (4), donde, quizá por vez primera, el lenguaje cinematográfico ofrece un equivalente exacto del lenguaje literario. Examinemos ahora las concesiones a las falsas necesidades del cine. Los guionistas que adaptan Balzac o Dostoievsky se disculpan del insensato tratamiento que hacen sufrir a las obras a partir de las cuales construyen sus guiones, alegando determinadas imposibilidades del cine para describir los trasfondos psicológicos o metafísicos. Bajo su mano, Balzac se convierte en una colección de grabados donde la moda ocupa el principal espacio y Dostoievsky comienza a parecerse de pronto a las novelas de Joseph Kessel con borracheras a la rusa en los cabarets y carreras de troika en la nieve. Ahora bien, estas incapacidades son fruto exclusivo de la pereza mental y de la falta de imaginación. El cine actual es capaz de describir cualquier tipo de realidad. Lo que hoy nos interesa del cine es la creación de este lenguaje. No sentimos el menor deseo de rehacer unos documentales poéticos o unos films surrealistas cada vez que podemos escapar a las necesidades comerciales. Entre el cine puro de los años veinte y el teatro filmado, sigue habiendo lugar para un cine libre. Lo que implica, claro está, que el propio guionista haga sus films. Mejor dicho, que desaparezca el guionista, pues en un cine de tales características carece de sentido la distinción entre autor y realizador. La puesta en escena ya no es un medio de ilustrar o presentar una escena, sino una auténtica escritura. El autor escribe con su cámara de la misma manera que el escritor escribe con una estilográfica. ¿Cómo es posible que en este arte donde una cinta visual y sonora se despliega desarrollando con ello una cierta anécdota (o ninguna, eso carece de importancia), se siga estableciendo una diferencia entre la persona que ha concebido esta obra y la que la ha escrito? ¿Cabe imaginar una novela de Faulkner escrita por otra persona que Faulkner? ¿Y Ciudadano Kane (5) tendría algún sentido en otra forma que la que le dio Orson Welles? Sé perfectamente que también esta vez el término vanguardia hará pensar en los films surrealistas y en los llamados abstractos de la pasada posguerra. Pero esta vanguardia ya es una retaguardia. Intentaba crear un terreno exclusivo del cine; nosotros, al contrario, intentamos extenderlo y convertirlo en el lenguaje más vasto y más transparente posible. Problemas como la traducción de los tiempos verbales, como las relaciones lógicas, nos interesan mucho más que la creación de ese arte visual y estático soñado por el surrealismo que, por otra parte, no hacía más que adaptar al cine las investigaciones de la pintura o de la poesía. Bien. No se trata de una escuela, ni siquiera de un movimiento, tal vez simplemente de una tendencia. De una toma de conciencia, de una cierta transformación del cine, de un cierto futuro posible y del deseo que sentimos de acelerarlo. Claro está que ninguna tendencia puede manifestarse sin obras. Estas obras aparecerán, verán la luz. Las dificultades económicas y materiales del cine crean la sorprendente paradoja de que sea posible hablar de lo que todavía no existe, pues si bien sabemos lo que queremos, no sabemos cuándo y cómo podremos realizarlo. Pero es imposible que este cine no se desarrolle. Este arte no puede vivir con los ojos vueltos hacia el pasado, rumiando los recuerdos, las nostalgias de una época consumida. Su rostro ya se dirige hacia el futuro y, en el cine como en las demás cosas, no existe otra preocupación posible que la del futuro. *** 1. La règle du jeu, 1939. 2. Film de Robert Bresson de 1944-1945. 3. Quai des Orfèvres, 1947. 4. Espoir/Sierra de Teruel, de 1938-1939. 5. Citizen Kane, de 1941. The loneliness of the long distance runner (La soledad del corredor de fondo, 1962), de Tony Richardson. Film representativo del Free Cinema, línea cinematográfica inglesa que de algún modo pretendía plasmar en imágenes la rebeldía juvenil contra los valores establecidos y la inadaptación al tiempo y al lugar en donde les tocó vivir a esos jóvenes. En este caso, se nos presenta un joven que sabe que está aprendiendo con el paso de los años, pero no tiene ni idea de qué está aprendiendo ni entiende las lecciones que le brinda la vida. Rebeldía como característica personal, rebeldía como medio entre la causa y el efecto, sin conocer ni la salida, ni la meta. Nota: 7 Jacques Rivette: Todos tenemos momentos en los cuales uno se pregunta por qué continuamos. Creo que, por desgracia, no soy el único en tener estos momentos de duda… Yo la admiro y le envidio que no los tenga, pero no creo que eso pueda durar mucho tiempo. Marguerite Duras: Yo puedo decirle que somos nosotros, es Rivette, quien gana. Jacques Rivette: Seremos los vencedores en nuestras tumbas. «Sur le Pont du Nord un bal y est donnés», Le Monde, 25-03-1982. *** Madrugada del 17 de mayo de 2008. Como la mayoría de los últimos fines de semana me despierto de los sueños para ir a otro mundo de sueños. Ruedo de nuevo un corto, como las semanas anteriores y como las posteriores, con un paréntesis madrileño: mañana me voy a Madrid al rodaje del nuevo film de Daniel Sánchez Arévalo (Azuloscurocasinegro, 2006)… Lo importante de todo esto no es esto en sí, sino que me voy en camión y, si me apuran, en autostop: llego, rodamos y de nuevo vuelta y continuar… Lo decía días atrás: ¡no hagáis cine! The butcher boy (El carnicero, 1917), de Roscoe “Fatty” Arbuckle. Este gracioso y famoso mediometraje del gordo Arbuckle tiene como nota interesante que en uno de los papeles secundarios actuaba por vez primera un tal Buster Keaton. Puro slapstick que contiene un bazar, una residencia de chicas y una relación de amor… Nota: 6 *** Hoy es uno de esos días en los que me gustaría abandonar el cine, esta ciudad y muchas otras cosas. Acostarme sobre el lado frío de la almohada y no volver a soñar… Spellbound (Recuerda, 1945), de Alfred Hitchcock. Hacía tiempo que no volvía sobre la filmografía del gran cineasta inglés, pero en una tarde como esta, llena de sombras dentro de las cuatro paredes más inhóspitas que recuerde, necesitaba un desquite primaveral y sobreseguro. Spellbound ya forma parte de la historia del cine y aquí poco o nada se puede decir que no se haya dicho anteriormente, de todos modos, uno, que tiene opinión y no está obligado a guardársela, puede dejar caer migas… Migas como que el laureado compositor Miklós Rózsa crea una banda sonora brillante, con un leitmotiv que continúa en el aire tras el final de la película -parece que a Ingrid Bergman y a Gregory Peck les vaya a salir por las orejas tanto amor musical-. Migas como que el sueño que filma Hitchcock bajo el imaginario de Salvador Dalí tendría que haber jugado un papel más importante a lo largo de la historia. Migas como que es un film que me encanta… Nota: 8 Dead Man (1995), de Jim Jarmusch. El viejo oeste a través de la mirada de uno de los grandes: Jarmusch. ¿Quién da más? Nota: 7 Cobardes (2008), de José Corbacho y Juan Cruz. Si Tapas (2005) fue una experiencia agria y bobalicona, con regusto a teleserie y a fritanga, Cobardes me ha proporcionado una digestión incómoda, como si de un guantazo fílmico se tratase. No tiene ritmo, no tiene personajes, no tiene evolución y ni siquiera los tópicos funcionan como tales. La música parece sacada de un teléfono móvil y no ayuda al pobre argumento de un guión que está rígidamente encorsetado y sobre el que se mueven unas dualidades inverosímiles… En definitiva, ni hay dirección, ni se transmite sentimiento, ni existe historia… Nota: 2 El camino de los ingleses (2006), de Antonio Banderas. La añoranza de la juventud, de cualquier verano en el calendario, pero del verano de nuestras vidas, de una época de cambios importantes… Antonio Banderas pone sobre la mesa todos estos ingredientes y, sin embargo, no cocina un buen plato, las proporciones no se ajustan, crean una suerte de magma que salpica al corazón de un modo tan ligero y sin dirección, que no llega a sentir ni el más mínimo calor de cualquier verano, ni el más mínimo amor de aquel verano... De todos modos, no cargo las tintas contra el director —aquí el que use tinta corre el riesgo de mancharse las manos—, sino que desconfío del trabajo del guionista: Antonio Soler, que adapta una novela propia. Tuve la ocasión de leer el guión antes de ver el film y esa fue una de las razones por las que me sentí atraído por este proyecto, ya que no me imaginaba cómo se podía pasar al celuloide un guión sin pies ni cabeza, aunque lo más probable es que yo mismo no tenga ni pies ni nada. Lo que sí me llamó la atención fue la poca madurez del personaje principal: puede crearse un joven soñador, pero no por ello tiene que ser un joven iluso. Por esto, Antonio Banderas podría estar a salvo de un disparo de nieve, pero la planificación, la elección del plano, la puesta en escena... no tiene ni brazos ni piernas, ni sal ni azúcar, ni chicha ni limoná… Totalmente desmadrada la dirección... Y, sin cambiar totalmente de tema, desmitificaría los premios a mejor montaje, pues no se trata de nada más que una bendita gilipollez premiar algo que se basa en reestructurar un material bruto que tanto los jurados, como el público desconocen. A veces, un montaje que no llame demasiado la atención puede ser toda una obra maestra porque el material, teniendo en cuenta que el material que llega de rodaje sería carne de cañón en otra época, eléctricos incluidos. Sin embargo, aunque en este caso es muy posible que el material no diese ni la talla ni el corte sencillo, también es cierto que aparecen planos en los que las miradas no coinciden y que la solución vive en el prpio film al cabo de unos segundos, por lo que sí estaba rodada la mirada, sólo que… … ¡Ay! Adoro a ese ser llamado montador... ¡Qué paciencia tienen algunos! (ironía directa) Y, finalmente, María Ruiz es una sonrisa… Nota: 3 Eraserhead (Cabeza borradora, 1976), de David Lynch. Un film brillante. Ópera prima del deslumbrante e iluminado David Lynch. Una atmósfera surrealista para contarnos la historia de un joven que vive dentro de una pesadilla. Imprescindible. Nota: 8 Nanook of the North (Nanuk, el esquimal, 1922), de Robert J. Flaherty. Considerado el primer documental cinematográfico de la historia, Nanook of the North no ha sido superado por ninguno de sus compañeros de género. Flaherty inventa el documental a medida que va realizando este film, aquí ya están presentes, entre otros modelos de documental, el shockumentary o falso documental y la ficción dentro de la realidad. Nanook of the North nos narra cómo vive un esquimal su día a día en la Bahía de Hudson (Canadá) lejos de la civilización, cómo se las ingenia para cazar morsas, focas, peces y zorros, o para levantar un iglú en menos de una hora, vivimos juntos el mercado de pieles, la construcción de kayaks, el manejo del trineo y el adiestramiento de los huskies. Genial. Un film relajante. Nota: 9 El baño del Papa (2005), de César Charlone y Enrique Fernández. Film uruguayo que rememora de algún modo lo que ya nos habían presentado décadas atrás Vittorio de Sica, con Ladri di biciclette (El ladrón de bicicletas, 1948), y Luis García Berlanga, con Bienvenido, Mr. Marshall (1952): la revolución de una comunidad debido a la llegada de alguien renombrado, el Papa, y las pequeñas cosas que se hacen básicas e importantes, como por ejemplo una bicicleta. En fin, se trata de una historia basada en hechos reales, donde se respira humildad y, en ocasiones, humor ácido. Aunque consiga unos colores tan vivos y unas texturas tan orgánicas, César Charlone, asiduo director de fotografía de Fernando Meirelles (Cidade de Deus, 2002, The constant gardener, 2005, Blindness, agosto 2008), pone nerviosa a la cámara en demasiadas ocasiones y eso puede irritar al espectador. En definitiva, El baño del Papa no muestra nada nuevo ni en el fondo ni en la forma. Nota: 5 Être et avoir (Ser y tener, 2002), de Nicolas Philibert. Un tierno documental que nos muestra el día a día en una pequeña escuela de pueblo de la Landa francesa, donde se agrupan alumnos de entre cuatro y diez años y un profesor, Georges López, cuya dedicación y método son envidiables por momentos. Un film que hace notar el paso del tiempo, que nos hace crecer y sentir como esos niños, un film que mira al futuro sin hacerse muchas preguntas, sin curiosear, pero que mira con ojos llenos de incertidumbre y pánico por el miedo al cambio: ¡que se detenga el tiempo! Elegy (2008), de Isabel Coixet. La directora catalana ha alcanzado un nivel de madurez cinematográfico propio de los que son sinceros consigo mismos. Con Elegy no sólo plantea un modo íntimo de sentir la vida y las relaciones sociales y sentimentales, sino que consigue hacer suya una novela que volaba por otros cielos. Cuando en un comentario no aparecen las palabras actor, fotografía, música, etcétera, es que la obra sabe bien, está rica. Las Hurdes (Tierra sin pan, 1933), Luis Buñuel. Documental de treinta minutos en donde Buñuel muestra la precaria vida que llevaba en 1932 la población de Las Hurdes (Cáceres). La enfermedad, la hambruna y la miseria se unen en esta desolada región extremeña para privar de sueños a sus habitantes en un clima tan árido, como baldío, que provoca la emigración de los jóvenes y la soledad de quienes se quedan. Buñuel destapa la realidad a modo de imágenes que reflejan la cotidianeidad de este pequeño grupo de aldeas y una voz en off explicativa, que no sólo describe al habitante medio, sino que se detiene en casos particulares llenos de interés... En la ciudad de Sylvia (2007), de José Luis Guerín. Un film maravilloso. Ausencia, búsqueda, azar, encuentro, palpitación, calor, silencio, brisa, susurro, enamoramiento, resignación, enamoramiento, susurro, brisa, silencio, calor, palpitación, encuentro, azar, búsqueda, ausencia… Tokyo monogatari (Cuentos de Tokio, 1953), de Yasujiro Ozu. Fue en el mes de abril de 2004, mes que seguía a rajatabla el refranero español y me hacía entrar en aquel cine improvisado de Bonaval, de la mano de una mano frágil y de un paraguas negro. Lluvia decolorante… Asistía como espectador fantasma a un ciclo donde no estaba inscrito, pero con unos cuantos deberes personales en relación a varios films y otros tantos resúmenes. Las gotas de agua salían espantadas del paraguas posado en el suelo de baldosa y en pendiente, los asientos eran incómodos. Y comenzó… al final de la pendiente, en la pantalla, y yo, pendiente de lo frágil del instante, dejé el film a medias cuando la pareja de ancianitos estaba mirando el mar… Un abrazo, frágil. The adventures of Baron Münchausen (Las aventuras del Barón de Münchausen, 1988), de Terry Gilliam. Recuerdo cuando a eso de las doce de la mañana de un sábado en 1992 estaba toda mi familia delante del televisor, expectante: ¡había llegado Canal + a casa! Al conectar el aparatito se abrió una ventana a nuevos mundos… y, sin ir más lejos, el primero que visité fue uno de los más lejanos… el loco mundo de Terry Gilliam, con The adventures of Baron Münchausen, un film lleno de problemas de principio a fin en cuanto a producción, pero que, sin embargo, tiene una factura maravillosa. Cuando leo un poema no me importa si el autor se sacó de un vaso de licor un verbo o una coma, tampoco creo que sea importante si redactó la obrilla a las orillas del río Miño o desde el rincón más nauseabundo de San Petersburgo: sólo me importa la obra, porque la obra ya es mía. Gilliam puede dar tumbos y volteretas, irá a trancas y barrancas en algunos proyectos, sin embargo, siempre tiene un caramelo que regalarnos. Atención a la niña Sarah Polley (Mi vida sin mí), espléndidos efectos visuales, genial dirección artística. Pleasantville (1998), de Gary Ross. Ha sido todo un descubrimiento Gary Ross, que hasta el momento sólo ha firmado, junto con Pleasantville, Seabiscuit (2003). Me interesa su primer film por lo que tiene de subtexto y de estilo, y, tras decir esto, los ávidos lectores se harán con un tirachinas y me acribillarán. Vale, el subtexto nos lo sirven bien cocido, está claro, tanto que puede llegar a molestar: ningún espectador quiere que le hagan sentir como un tonto. Sin embargo, no sólo me parece que sobrevuele en este film el subtexto obvio, sino que también está por ahí el evidente y, más allá, el velado… que es el más excitante, si cierras los ojos quizá lo sientas. Lo mejor de mí (2007), de Roser Aguilar. Ópera prima de una antigua alumna ESCAC. Aunque se merezca una enhorabuena por el hecho de haber realizado su primer film, con lo complicado que es, todavía le queda por caminar un trozo, que puede ser largo o corto dependiendo de la distancia con la que crea que el público recibe una obra. A partir de la crítica, me hice a la idea de que se trataba un elogio de la humildad en cuanto a obra cinematográfica, sin muchos alardes y ninguna pretensión, sin embargo, el público necesita, si no alardes, por lo menos pretensiones, ya sean en forma de azúcar o de sal, pero con la intención de dejar algún sabor de boca. Insípido comienzo de Escándalo Films, aunque estoy impaciente por ver cómo evoluciona tanto la productora, como Roser. Rogue (El territorio de la bestia, 2007), de Greg Mclean. El director australiano que ya pretendía asustarnos con Wolf Creek (2005), presenta un nuevo film donde lo verosímil no tiene lugar y, por lo tanto, el espectador se siente tratado como un ser que come lo que le sirven, pasivo e inútil de cara al cierre de la acción comunicativa, simplemente porque lo que está viendo es una sucesión de acciones que son sólo efectos sin causas. Por si fuese poco, el cocodrilo gigante está a la altura de la tontería de los personajes, así que lo que intenta mostrarse como una hazaña heroica, aunque de la mano de la suerte, por parte del americano de turno, no es más que el suicidio de un bicho que no quiere formar parte de esta absurdidad. Je ne suis pas là pour être aimé (No estoy hecho para ser amado, 2004), de Stéphane Brizé. DORMIDO EN LA YERBA Todos vienen a darme consejo. Yo estoy dormido junto a un pozo. Todos se acercan y me dicen: -La vida se te va, y tú te tiendes en la yerba, bajo la luz más tenue del crepúsculo, atento solamente a mirar cómo nace el temblor del lucero o el pequeño rumor del agua, entre los árboles. Y tú te tiendes sobre la yerba: cuando ya tus cabellos comienzan a sentir más cerca y fríos que nunca, la caricia y el beso de la mano constante y sueño de la luna. Y tú te tiendes sobre la yerba: cuando apenas si puedes sentir en tu costado el húmedo calor del grano que germina y el amargo crujir de la rosa ya muerta. Y tú te tiendes sobre la yerba: cuando apenas si el viento contiene su rigor, al mirar en ruina los muros de tu espalda, y, el sol, ni se detiene a levantar tu sangre del silencio. Todos se acercan y me dicen: -La vida se te va. Tú, vienes de la orilla donde crece el romero y la alhucema entre la nieve y el jazmín, eternos, y, es un mar todo espumas lo que aquí te ha traído por que nos hables... Y tú te duermes sobre la yerba. Todos se acercan para decirme: -Tú duermes en la tierra y tu corazón sangra y sangra, gota a gota ya sin dolor, encima de tu sueño, como en lo más oculto del jardín, en la noche, ya sin olor, se muere la violeta. Todos vienen a darme consejo. Yo estoy dormido junto a un pozo. Sólo, si algún amigo se acerca, y, sin pregunta me da un abrazo entre las sombras: lo llevo hasta asomarnos al borde, juntos, del abismo, y, en sus profundas aguas, ver llorar a la luna y su reflejo, que más tarde ha de hundirse como piedra de oro, bajo el otoño frío de la muerte. (De Jardín cerrado, Emilio Prados) *** Comienza el final, ya se cuaja el epílogo de Disparo de Nieve. Si no en su totalidad, es posible que sí haya ido cumpliendo en parte su sencilla aspiración: acercamiento y comunicación entre un emisor y un receptor, aunque sin feedback, sin retroalimentación con frutos y frutas. Y parece que se hable de este weblog como de un santuario donde se van colgando recuerdos, cuando no se trata de nada más que de unas sucias hojas cuadriculadas y algo teñidas por la lluvia, que pasan frío y se hacen viejas... y algún día se fijan aquí. Como vieja se hace la aldea que me rodea y donde he alargado una semana más mi estancia por causa de una enfermedad o una lesión en un familiar. Se echaban de menos días así, sin fiesta, tranquilos, días en los que el tiempo se detiene para dejarte ver la lluvia. Días de lectura y relectura. Ayer tuve la ocasión de ver una obra que me hace un gran favor, ya que viene al caso por acontecimientos que tengo muy presentes y frescos: El anacoreta (1976), de Juan Estelrich. Hace dos días que falleció el guionista por antonomasia del cine español: Rafael Azcona. Entre otros muchos films, que no hace falta traer a colación, escribió junto a Juan Estelrich El anacoreta, una historia que nos cuenta cómo Fernando (Fernando Fernán-Gómez) cansado de la vida que le rodea decide encerrarse en el baño de su casa y pasar allí el resto de sus días, sin embargo, todo cambia cuando una preciosa chica llamada Arabel (Martine Andó) se introduce en su vida, en ese especial espacio arquitectónico que los distancia, pero que ella rompe jugando a ser la Reina de Saba, «la más amada de las mujeres». Resulta interesante y demasiado licencioso que se encuentren gracias a un mensaje en una botella enviado años atrás a través de las cañerías del baño y que las mareas llevaron hasta la costa italiana. Quizá algo así como un Disparo de Nieve, sin rumbo, pero con destino. Anacoreta: Persona que vive en lugar solitario, entregada enteramente a la contemplación y a la penitencia (DRAE). Un cineasta no es una persona que haga películas, un cineasta es una persona que en primer lugar intenta hacerse a sí misma, conocerse, vivir cada segundo preguntándose acerca de todo lo que sucede a su alrededor, desde dónde estamos o qué hace esa moza desnuda en el baño, hasta por qué las ortigas no nos pican, si no respiramos, ¿serán cómplices de la muerte? Un cineasta no necesita vivir para hacer cine, al igual que el poeta no necesita viajar a ningún lugar para escribir sobre cualquier lugar… quien vive y viaja gracias al trabajo es la mente, la imaginación y el sentimiento. Todo el mundo puede acercarse a una escuela de cine y enterarse de que existen cámaras con tres CCDs o que el montaje lineal no es lo mismo quel no lineal -no tiene nada que ver con el paralelo, son cosas totalmente diferentes, hablámos de técnica mecánica por un lado y de nararrativa por otro-…, pero ¿quién nos alerta de que el silencio de un anciano dice más que cuarenta mil focos y cuatro modelos en bragas? Todo el mundo puede estudiar literatura, música, ballet, cine, lo que sea… pero hay que hacerlo por necesidad y no por otra cosa… y me refiero a una necesidad interior, como advierte José Luis Sampedro hacia el final de el arte es irracional. Futuro cineasta, toma nota, tómala con calma y con mucho ánimo. Juan Esterich tan sólo nos legó un film, porque tan sólo sintió la necesidad de comunicar una cosa a través de este medio. Y sin muchas más fuerzas, me despido, me retiro no sé muy bien a dónde… Saludando a Fernando Fernán-Gómez y a Rafael Azcona, que nos han regalado más de lo que algunos españoles creen. Por favor, Versión Original en Cines y Televisión. Sigo releyendo, qué placer la relectura y hacer el texto mío, ¿para qué pasar páginas si el poema está vivo y cambia en cada lectura? Nunca he sentido especial interés por adentrarme en terrenos poblados, me seduce en mayor medida lo virgen, lo que está por explorar, en definitiva: lo puro. Me distraigo en la selva en busca de sensaciones alejadas del Otro. El placer de la soledad compartida con mi pluralidad, en el espacio y en el tiempo. En un aeropuerto y en la noche. Conciencias tranquilas e hileras de malas posturas intentan dormir. Vuelo rumbo Tui, pueblo situado al sur de Galicia, bañado por el paso del tiempo junto a la orilla del río Miño, a una mirada de Portugal y cuyas piedras encierran recuerdos y secretos del ayer. Tui, lugar por explorar. Me han invitado a participar en el PLAY-AVID.DOC, un certamen dentro del Play-Doc, el festival de cinematografía documental más importante de Galicia… y, aunque uno sea de carácter volátil, no iba a negarse. Seleccionaron mi proyecto y el de otros tres participantes de entre más de ochenta solicitudes, según me hizo saber algún compañero: se trata de una alegría y una tristeza al mismo tiempo, la competición me irrita… El festival planteó un tema, El camino, y el reto consistía en crear un documental de entre tres y cuatro minutos: rodando miércoles y jueves, editando video el viernes y sonido el sábado: una auténtica chaladura. En un principio, mi proyecto se titulaba El camino que nos queda, con el que pretendía mostrar, desde la atalaya de la ancianidad, el recuerdo concreto de ese momento en que la vida le ofreció a mi personaje dos caminos de los que sólo podía elegir uno, saber qué eligió y si existía arrepentimiento. Sin embargo, al no vivir en Tui o alrededores la preproducción no existió y el miércoles fue un día nefasto: mientras mis compañeros rodaban, yo recorría lugares y ayuntamientos en busca de un personaje y alguna localización. La excelente organización del festival, siempre muy cercana y servicial, se preocupaba por mi situación e intentaba buscarme alternativas, sin embargo, nada, no se dio esa maravilla de la creación. Entonces lo jugué todo a una moneda, casi haciendo magia, y me arriesgué a no tener pieza. Al día siguiente me desplacé unos ciento cincuenta kilómetros en busca de un anciano, una anciana y un camino rural… Sólo tenía unas horas para encontrarlos, rodar, volverme a Tui y volcar el material antes de las ocho de la tarde. Y, como quien no quiere la cosa, a las doce de la mañana no sólo tenía ya grabadas las dos entrevistas, sino que incluso había conseguido algún que otro plano interesante en un bosque… Así, el documental pasó a convertirse en un shockumentary o falso documental, es decir, un documental creado a base de aspectos ficticios que intentan mostrar una realidad. Ramón y Pepa, dos octogenarios, pasaron a ser marido y mujer y a contar la historia de cómo se conocieron en un camino, cómo fueron novios en los años cuarenta, cómo jugaban, cómo moseaban —moceaban— y cómo ese camino ya no existe por culpa de la especulación. Al final me ha quedado un trabajito singular titulado: O camiño da Loureira. Mi enhorabuena para la tudense Diana Gonçalves y el alaricano Miguel Barbosa por su cortometraje documental As trapicheiras. Ya se echan de menos esas conversaciones nocturnas. En definitiva, voy a ciegas... Yendo de un lugar a otro de la mano del aire, sustanciándome con realidades paralelas y vertiéndome en un tímido hermetismo. Sin embargo, lo mejor de esa semana en Tui fue la mañana del domingo cuando me perdí por la orilla norte del río Miño… y me quedé dormido bajo dos sauces y alguna mariposa… Letter from an Unknown Woman (Carta de una mujer desconocida, 1948), de Max Ophüls. Cuando ya es demasiado tarde... 4 luni, 3 saptamini si 2 zile (4 meses, 3 semanas y 2 días, 2007), de Cristian Mungiu. Siempre he sentido un aprecio considerable hacia el cine realizado con el corazón y, en este caso, se nota en todo momento que detrás de cada plano se esconde mucho más de lo que se muestra. Hacía tiempo que no se estrenaba un film con este alto trabajo interpretativo, todos los actores caminan sobre ese hilo fino que separa lo real de lo verosímil —casi la misma cara de cualquier moneda—. Planos secuencia que recuerdan a directores como Amos Gitai y, si me apuran, Ingmar Bergman. Shortbus (2006), de John Cameron Mitchell. El director de la maravillosa Hedwig and the Angry Inch (2001), donde ha dejado el listón demasiado alto, nos ofrece con este nuevo trabajo una visión demasiado superficial acerca de la sexualidad de unos personajes neoyorquinos. El film consigue que el espectador crea que está ante una historia de tintes eróticos, pero en realidad los tintes son explícitamente pornográficos. El habitante incierto (2005), de Guillem Morales. Ópera prima de un antiguo alumno de la ESCAC. Thriller contenido, con un guión que se muerde la cola y se alarma hacia el final, sin embargo, la dirección es notable: rigurosa y con cierto aire hitchcockiano. Bajo las estrellas (2007), de Félix Viscarret. Una historia que realza la pureza del amor donde no existe. Incoherente desde el punto de vista de la puesta en escena y los movimientos de cámara. La interpretación cae en clichés del cine español de los últimos tiempos, pero Emma Suárez siempre funciona. Bonjour tristesse (Buenos días, tristeza, 1958), de Otto Preminguer. La tristeza pasando por la felicidad, con un ligero aroma a verano. Muy recomendada. La soledad (2007), de Jaime Rosales. Un film atrevido, con reminiscencias orientales en la elección del plano y en el tempo narrativo. Sin duda, en la reciente gala de los Goya se premió al cine. La stanza del figlio (La habitación del hijo, 2001), de Nanni Moretti. Esta obra de Moretti, tan premiada en su día, carece de ramificaciones y, aunque siempre vaya a la contra, de más metraje con contenido. Sin embargo, juega bien sus cartas. Punch-Drunk Love (2002), de Paul Thomas Anderson. El director de Magnolia (1999) ha conseguido un estilo propio a la hora de narrar, se percibe en la velocidad de cada travelling, en la elección de cada plano, de cada óptica, de cada espacio, incluso en la música que no acompaña, sino que va de la mano. Este film, con grandes momentos de Adam Sandler, vale por lo que tiene de autor. Cloverfield (Monstruoso, 2008), de Matt Reeves. The Fury (La furia, 1979), de Brian de Palma. Cada vez que tengo la ocasión de ver un film de Brian de Palma su acentuada notoriedad tras la cámara me irrita. Esos alardes técnicos, ese estilo desbordante... Por lo demás, The Fury comienza como una película realista en la que al final los personajes levitan, se comunican telepáticamente y se desatan... una locura, pero con Amy Irving. 8 femmes (8 mujeres, 2002), de François Ozon. Adaptación de la obra de Robert Thomas. Film donde un gran elenco de actrices francesas dan rienda suelta a unas interpretaciones que investigan momentos dulces y sinceros, despiadados y cínicos, en fin, la naturaleza de la donna... Se descubre la seriedad de Virginie Ledoyen cuyos leves matices de sonrisa son regalos y continúa Emmanuelle Béart con esa boca que parece pedir azúcar... Las actrices cantan y a bailan como si nadie las estuviese viendo... En definitiva, un film para pasar un buen rato, no más. *** Volveré a dejar pequeñas notas nada rigurosas por estos lugares... -Niña, voy a proponerte algo: desnudaré mis deseos, dejaré a la luz mis miedos, verás mis sueños, gritarás mis pesadillas, te ahogarás en mis incoherencias, nos sobreactivaremos, nos desequilibraremos, te enseñaré a mirar a los ojos de tu mismo yo, me conocerás tal y como me ves, tal y como aparento, tal y como quiero ser, tal y como soy: ¿quieres entrar en mi juego? ... David Lynch, una invitación al parque de atracciones que es su mente. La niña aceptó... Inland Empire (2006). Au revoir les enfants (Adiós muchachos, 1987), de Louis Malle. El director francés, uno de mis preferidos, presenta una historia llena de ternura y sinceridad. Los ojos de los dos protagonistas resumen el film. Hermoso. Un lugar en el mundo (1992), de Adolfo Aristaráin. Una historia que trata sobre la búsqueda, del encuentro con esas pequeñas cosas que son las más grandes, como ya he dicho en otras ocasiones. Aristaráin nos lleva de la mano hasta llegar a los últimos quince minutos donde uno ya está preparado para sentir muy adentro aquello que busca. En cierto modo, me recuerda a Lugares Comunes (2002), del mismo director, el fondo sentimental no ha cambiado. Cuanto más vivo, menos me fio de las ideas y más de las emociones. Una maravilla emotiva. The Pursuit of Happyness (En busca de la felicidad, 2006), de Gabrielle Muccino. Quien nos había entretenido con L’ultimo bacio (El último beso, 2001), parece caer en las redes del sueño americano, que no es más que humo contaminado. Film inmaduro. Sonatine (1993), de Takeshi Kitano. Dicen que se trata de una obra maestra, creo que podría estar muy cerca. La perrera (2005), de Manuel Nieto Zas. Nada en la nada. Tedioso. Green Street Hooligans (2005), de Lexi Alexander. Film donde de nuevo se pone de manifiesto la mala y ya conocida educación británica... Pésima realización que no se pudo suplir ni en el montaje. Innecesaria. The Fabulous Baker Boys (Los fabulosos Baker Boys, 1989), de Steve Kloves. Película entretenida sobre una pareja de músicos interpretada por Jeff Bridges y Beau Bridges que deciden contratar a una fabulosa cantante, Michelle Pfeiffer. Correcta dirección y agradable historia. Lock, Stock and Two Smoking Barrels (Lock & Stock, 1998), de Guy Ritchie. ¡Olé! Hay que verla. París-Tombuctú (1999), de Luis García Berlanga. No me explico cómo lleva esa firma. Pésima. Crash (1996), de David Cronenberg. Ni tanto ni tan poco. Un film hecho desde las entrañas, Cronenberg está en cada choque, en cada herida, en cada relación sexual, … es Cronenberg. Birth (Reencarnación), de Jonathan Glazer. El aclamado director de videoclips nos presenta una premisa tremenda: el difunto marido de una mujer (Nikole Kidman) vuelve reencarnado en un niño de diez años para intentar impedir su nuevo matrimonio. Es una pena que el guión se desinfle a la media hora. Incompleta. White Hunter, Black Heart (Cazador blanco, corazón negro, 1990), de Clint Eastwood. Un clásico que nunca falla. The final cut (La memoria de los muertos, 2002), de Omar Näim. Un film sobre el montaje de la memoria de los muertos, sobre sus recuerdos. El guión deja mucho que desear… deseamos demasiado… [REC] (2007), de Jaume Balagueró y Paco Plaza. Inverosímil, incoherente y, lo peor, tramposa. High crimes (Toda la verdad, 2002), de Carl Franklin. Film de juicios donde no llegamos a picar el anzuelo. Floja. Not another teen movie (No es otra estúpida película americana, 2001), de Joel Gallen. Parodia sobre las comedias de adolescentes estadounidenses en la que se ponen en juego todos los arquetipos. Saben lo que se hacen, aunque no hagan nada. The devil wears Prada (El diablo se viste de Prada, 2006), de David Frankel. Comedia muy interesante, quizá de las que no pasen a la historia, pero de las que sí nos pueden hacer pasar un buen rato. Ágil y sexy. A Guide to Recognizing Your Saints (Memorias de Queens, 2006), de Dito Montiel. Indiferente. The Deer Hunter (El cazador, 1978), de Michael Cimino. Una pequeña obra de arte con grandes momentos de interpretación por parte de Robert De Niro, Meryl Streep, Christopher Walken, John Savage, George Dzundza, John Cazale, Amy Writght y Joe Grifasi. My left foot (Mi pie izquierdo, 1989), de Jim Sheridan. Daniel Day-Lewis: magnífico. Gran film. Fados (2007), Carlos Saura. Da gusto comprobar cómo todavía quedan directores que saben lo que quieren. Fados supone el cierre a Flamenco (1995) y Tango (1998). Aquí ya no hay historia, sino que son sucesiones de actuaciones musicales, donde sí se respeta el estilo fotográfico de las anteriores películas. Der letzte Zug (Último tren a Auschwitz, 2006), de Joseph Vilsmaier y Dana Vávrová. Cómo llevar el film dentro de un vagón de tren… excelente dirección y elección de planos, aunque poca verosimilitud en cuanto a hechos históricos. Conmovedora. Brokeback Mountain (2005), de Ang Lee. Pese a su éxito, personalmente no me agradan los films de Lee, exceptuando Wo hu cang long (Tigre y dragón, 2000). Sin embargo, admito que en Brokeback Mountain se ha acercado al tempo que me atrae. Ano natsu, ichiban shizukana umi (Escena frente al mar, Japón, 1991), de Takeshi Kitano. Con su tercer film, Escena frente al mar, Kitano inicia un nuevo modo de relatar, no sólo en cuanto a la temática, sino también al tratamiento de los personajes, al ritmo, a los conflictos, a los espacios, etcétera. Por lo tanto, va creando una base de autor con locus comunis a los que volverá constantemente en sus siguientes obras y que ya se perciben en cierto modo también en las anteriores Violent Cop (1989) y Boiling Point (1990), pese a que allí la piedra angular giraba en torno a la violencia. Escena frente al mar es un ejercicio de siembra inconsciente, pero sincero, cuyos frutos madurarán hasta convertirse en El verano de Kikujiro (1998) o Dolls (2002). Así, pues, en este trabajo ya se entrevé esa base artística que hará del cineasta japonés un autor con estilo propio. Partiendo de una idea que, a primera vista, puede estar exenta de grandes conflictos, viajamos de la mano de un chico y sus ilusiones: practicar surf —en el mundo de Kitano cualquier razón es buena para soñar—. El tratamiento del sueño o la ilusión del chico es lo que convierte a este film en una práctica personal. En primer lugar, se nos muestran unos personajes inexpresivos, con el aliciente de que ni hablan ni pueden hacerlo. Además, sus escasas acciones son casi siempre las esperadas, por lo que el público se ve inmerso en un mundo de espera y pocas veces se le recompensa. Podría decirse que Kitano ama la elipsis negada y desea contar donde muy pocos cuentan o donde muy pocos son capaces de contar. Por otra parte, el hecho de que la narración sea lineal ya otorga un cierto seguimiento de los hechos en cuanto a verídicos dentro de este mundo poético. Una constante no sólo en Escena frente al mar, sino en toda su filmografía, es el seguimiento que hacemos con ellos, caminamos calle tras calle con los personajes, casi en tiempo real. En otro tipo de cine esto sería una debacle, pero aquí el autor no es que le esté otorgando tiempo a la historia ni a los personajes, sino que se lo está ofreciendo al espectador para que viva ese mismo instante de pensamiento que por elipsis no aparecería. Por lo tanto, desde Violent Cop hasta Zatoichi (2003), pasando por El verano de Kikujiro, el camino se muestra como idea no sólo de paso de un lugar a otro, sino como instante de reflexión, sobre todo, para el espectador. Además, otra constante en esta obra es la presencia de la figura del acompañante, siempre se crean binomios, tanto en la pareja de novios, como la de amigos, etcétera. Otro punto importante en el film es la premisa, que ya viene dada en el primer minuto a modo de letrero: hundirse o nadar. Sin tirar mucho del hilo, esta frase supone un momento decisivo en el que el personaje pone fin a una rutina en la que se hundía poco a poco, una rutina que se resume mediante el fango de la basura que recogía, para trasladarse a un nuevo espacio y a un nuevo medio: el mar, en el que se iniciará. Allí nadará por voluntad propia, libre, y si, llegado el caso, tiene que hundirse, se hundirá con una sonrisa de felicidad porque él así lo quiso: la felicidad desde las pequeñas cosas. Kitano invita a sus personajes a tomar decisiones por iniciativa propia que a simple vista pueden parecer minúsculas, pero que en definitiva cambian sus vidas (El verano de Kikujiro) y las de los demás (Escena frente al mar, la nueva pareja de surfistas). La distancia física es otro referente que Kitano refiere en sus films —incluso en las historias de violencia, pues el acto del golpe no conlleva un acercamiento íntimo y personal—. En este caso, la pareja, el chico y la chica, no entran en contacto en toda la historia, ni en los momentos más íntimos. Hay quien lo ve como una exageración, aunque más bien puede tratarse del amor puro: ¡que sí existe! Y dentro de esta pureza incluso se percibe en ella la presencia de la figura materna, una chica que lo acompaña en todo momento, que le dobla la ropa, que no le importa esperar ni quedarse rezagada. Finalmente, un lugar al que siempre vuelve Kitano es al de la comedia entendida a su modo. Su antiguo trabajo como animador televisivo le ha otorgado el don de arrancar unas risas en pequeños gestos, que en ocasiones también son tomados directamente del cine anime japonés; como, por ejemplo, la caída constante de uno de los surfistas cuando corre hacia el mar quedando sus piernas en alto. En definitiva, el arte de Kitano parte de una premisa sencilla que no hace falta complicarla, sino hacerla fluir por medio de unos personajes cinéticos, no en brazos y piernas, sino en corazón y mente, cuyo silencio nos acompaña de la mano para adentrarnos en ese mundo de sentimientos minimalistas que son los más grandes. Fin de semana más solitario que largo en el que entre espacio y espacio me cuelo en la sala de cine. La tarde de ayer le tocó el turno a la Filmoteca, después de recorrer un cuarto de ciudad a pie, que es más de lo que parece, llegué a tiempo para canjear uno de mis bonos por una entrada para Las vidas de Celia (2006), de Antonío Chavarrías. En el cine había más público del que me había imaginado para la reposición de un film español que pasó con más pena que gloria hace un año por las pantallas de muy pocas salas… Las vidas de Celia pertenece a este extraño grupo de films que, como carecen de una historia de peso, que no extraordinaria, se dedican a desordenar la narración por medio del montaje, supongo que con el afán de recordarnos a nosotros los espectadores lo tontitos que somos, cuando, en realidad, no pasa por ser una historia contada por un narrador que se pierde, vuelve atrás, se olvida de algo y después tartamudea nervioso. Así es. Un guión lo mínimamente interesante da exactamente igual que sea contado de izquierda a derecha que a la inversa, si la historia funciona, funcionará —Irreversible (2002), de Gaspar Noé; Memento (2000), de Christopher Nolan)—. Nathalie… (Nathalie X, 2003), de Anne Fontaine. Film francés que juega constantemente con el poder de la sugerencia de la mano de la palabra, aunque con un argumento que sabe a poco. We Don't Live Here Anymore (Ya no somos dos, 2004), de John Curran. Ejemplo de cómo un guión correcto puede mantenerse si la dirección y los actores trabajan a un alto nivel. Ópera prima. El orfanato (2007), de Juan Antonio Bayona. El director procedente de mi misma escuela se estrena con un film que podría llegar a ser notable si no tuviera problemas de guión hacia el final de la historia. Las resoluciones parecen estar puestas con calzador. Se queda a medias entre el film de terror psicológico y el que nos hace patalear con sustos: hay que tirar por un camino decididamente. De todos modos, un buen comienzo para este ex-ESCAC. Un franco, 14 pesetas (2006), de Carlos Iglesias. Ejemplo de cómo un guión bien trazado no funciona si las interpretaciones no están bien dirigidas, pese a contar con actores que podrían hacerlo bien. Pésimo montaje. Interesante historia. Ano natsu, ichiban shizukana umi (Escena frente al mar, 1991), de Takeshi Kitano.El profesor de análisis fílmico, renombrado crítico de cine, nos puso este film en clase, tras el descanso para comer, o sea, en la hora de la siesta… El cine de Kitano suele ser muy metafórico, un cine que ofrece tiempo al espectador para que piense, un cine que todavía me cuesta porque creo que el mensaje lo capto en el primer momento y que el resto me sobra. Eastern Promises (Promesas del este, 2007), de David Cronenberg. Hace un tiempo que el cine de Cronenberg se decanta hacia la búsqueda de la identidad personal, sin embargo, de todos modos, nunca olvida sus orígenes y, en definitiva, sus instintos. The Cube (1998), de Vicenzo Natali.Gran film y todo un ejemplo de cómo rodar con los mínimos medios posibles. La historia transcurre dentro de un cubo con alusiones al fuera de campo. Así como se suceden los días uno tras otro, sin que mañana eche de menos a ayer, sin que hoy sienta lo mismo que anteayer, sin que pasado mañana se ría o llore de todo lo que ha ido dejando atrás…, así como los días son hermanos que nunca se han podido mirar a los ojos, así como el tiempo crea fronteras, así vivo en mi burbuja diaria sin relacionar unos momentos con otros, inadaptado al presente e intentando trasladarme de un cubo a otro…, curioso… Lola rennt (Corre, Lola, Corre, 1999), de Tom Tykwer (Der Krieger und die Kaiserin o La princesa y el guerrero, 2000; Das parfum o El perfume, 2006; Faubourg Saint-Denis, en Paris, Je t’aime, con Natalie Portman, 2006). No recuerdo muy bien si fue por 1999, mi primer año en la Compostela universitaria, o un poco más tarde, cuando de las farolas de la ciudad de piedra colgaban los carteles de Cineuropa anunciando el film de Tykwer. Quizá estaba muy atareado con el manual de Samuel Gili Gaya o simplemente tan enamorado de las manos del orvallo, que estar a cubierto, aunque fuese en una sala de cine, sería como robarle momentos a los segundos de un día, de aquellos días… Ayer tuve ocasión de verla, a Lola corriendo por amor, intentando cambiar el destino, siendo franca, sincera y potente… Se trata de una obra que trabaja el lenguaje cinematográfico partiendo de la estructura del relato, una repetición de circunstancias que no son mostradas desde otro punto de vista, sino desde otro punto en el tiempo… Night of the living dead (La noche de los muertos vivientes, 1968), de George A. Romero. Con motivo de la visita a mi escuela del director por excelencia del cine de zombis, de nuevo tuve que hacer mis deberes atrasados como si de un estudiante de lápiz y goma se tratara. Sin duda, lo interesante de Romero es que creó un modo de crítica contra la sociedad de su tiempo —no olvidemos el año en el que se estrenó el film— mostrando cómo los podridos nos estaban invadiendo. Desde aquella época no ha dejado de reinventar su género, que está a medias entre el cine de terror, el gore y, si se me permite, la comedia macabra. Una de las preguntas más graciosas que se le hicieron fue si ya ha encontrado nuevos modos de matar a los muertos vivientes: disfruto imaginándolos, contestó, pero ya no me quedan muchos. Son frère (Su hermano, 2002), de Patrice Chéreau. Un drama sobre el amor fraternal por encima de todo. Thomas es un enfermo terminal y necesita pasar sus últimos días al lado de un hermano al que no ve desde hace años. La historia podría haber sido más intensa si el espectador entrase en cualquiera de los dos personajes, sin embargo, nos quedamos tan sólo en la superficie. The lusty man (Hombres errantes, 1952), de Nicholas Ray. Mi primera visita a la Filmoteca de Cataluña en esta nueva temporada se saldó con una gran película que mezclaba unas excelentes interpretaciones (Susan Hayward, Robert Mitchum, Arthur Kennedy, Arthur Hunnicutt, Frank Faylen, Glenn Strange), unos diálogos riquísimos en comicidad y contundencia, una dirección clásica y maestra y una suerte de documental sobre los rodeos americanos. Muy interesante. Woyzeck (1978), de Werner Herzog. Una película complicada. Klaus Kinski interpreta otra vez a un personaje anormal que nos lleva de la incomodidad a la duda: un gran actor, ¿acaso él mismo? Un film de tempo lento en el que el que se le da al espectador instantes de reflexión para que piense sobre la imagen no detenida. Kiss Kiss Bang Bang (2005), de Shane Black. Comedia con momentos de limpia carcajada a causa de un personaje que está donde no tiene que estar. Sin más aliciente. Der Letzte Mann (El último, 1923), de F. W. Murnau. Obra maestra del cine mudo sin intertítulos. Una crítica sobre las diferencias sociales, centrándose en las injusticias que nos ocurren a nosotros mismos, los últimos de esta cadena. Imprescindible. Stardust (2007), de Matthew Vaughn. El viernes pasado estuve en su estreno en el Festival de Sitges, con la presencia del director y del protagonista, Charlie Cox. Se trata de un cuento de hadas sobre el amor que me hizo pasar un rato agradable. Sin que sea una película que vaya a pasar a la historia, sí se puede señalar que Robert de Niro ya lo ha hecho todo: ahora sale como pirata gay que cruza los cielos cazando rayos. Un canto al amor verdadero, a una estrella caida del cielo... Yvaine. Continuará..., insaciables internautas, que uno va quedándose sin fuerzas... Grindhouse (Planet Terror) (2007), de Robert Rodríguez. Un sentido homenaje a la serie de films exploitation de bajísimo presupuesto que en los setenta giraban en torno al terror, a la violencia y al sexo. Los superdotados Rodríguez y Tarantino presentan con Grindhouse dos películas —Planet Terror y Death Proof—, de una hora y media cada una. Hasta la fecha he tenido ocasión de ver sólo la del mexicano y, la verdad, ha sido un momento de diversión, de vuelta a un cine que nunca me ha interesado, pero que gracias a esta obra y a otras como Evil Dead (1982), de Sam Raimi —Spiderman (2002)— me han despertado el tono en que se presentan estas historias y el tono en el que hay que verlas y disfrutarlas. De todos modos, el argumento necesitaría en ocasiones de mayor cohesión y un avance más claro. A destacar los diálogos y el personaje de Quentin Tarantino. ¿Una gogó con una ametralladora por pierna? War and Peace (Guerra y Paz, 1956), de King Vidor. Una superproducción para adaptar la obra de Tolstói de la mano de uno de los directores que durante décadas más peso llevó sobre sus hombros. Vidor es un especialista en las grandes hazañas y aquí lo corrobora. Henry Fonda y Audrey Hepburn llevan las riendas de un film que no quiere esconderse de sus raíces literarias, pero que no por ello deja de lado todo el entresijo cinematográfico que le da un nuevo punto de vista a la historia. En ocasiones se hace un poco largo —más de tres horas—. Warlock (El hombre de las pistolas de oro, 1959), de Edward Dmytryk. El director estadounidense vio frustrada lo que parecía una carrera llena de éxitos por ser uno de los artistas malditos en la llamada caza de brujas. Films como Warlock dan buena cuenta de que se trataba de un hombre metido de lleno en la industria del cine y que conocía de sobra los modos y las modas de llevar a cabo un rodaje haciéndose invisible, al más puro estilo clásico. Warlock es un western en el que, como muchos otros, se hace necesario pacificar un poblado lleno de bandidos… The Simpsons Movie (2007), de David Silverman. Una película demasiado infantil para lo que nos tiene acostumbrados la serie. Con sus momentos Homer. Last Tango in Paris (El último tango en París, 1973), de Bernardo Bertolucci. Una maravilla de introspección en la vida de un cuarentón decadente y una adolescente desatada. Marlon Brando y Maria Scheneider interpretan a dos personajes que dejan volar sus pasiones y fantasías eróticas más escondidas. Gracias a la fotografía de Storaro se crea una atmósfera casi onírica… Fast Food Nation (2006), de Richard Linklater. Obra denuncia contra las cadenas de comida basura en Estados Unidos y, en general, contra la sociedad consumista y el mentiroso sueño americano. Como documento, se hace muy interesante; como film, la línea argumental necesitaría algún que otro pimiento de padrón que le diera a la historia giros inesperados… П: Faith in the chaos (Pi: fe en el caos, 1998), de Darren Aronofsky. Una genial película, un ejercicio de forma y estilo propio. Quizá el argumento, que bebe mucho de la matemática y la filosofía, pueda llegar a resultar enrevesado, pero merece la pena verla. Del director de Requiem for a dream (2000). El justo medio de una borrachera madre no se alcanza hasta que uno pierde por completo el control de las ventanas de la nariz y todavía se está a tiempo de no perder todo lo demás, Lorenzo lo sabe, se acerca a la camarera y pide otra copa: él ya ha perdido, lo demás no importa. No ha sido invitado a conversar, tampoco se incita. Años en una burbuja. A veces mueve los labios, se susurra algo y dibuja una sonrisa penitente, la vista perdida. Saca la copa a la noche. Sentado sobre una piedra observa sin ver cómo han ido cambiando las cosas a su alrededor, se palpa las yemas de los dedos y no nota nada, trago a trago se le va yendo su tiempo. Un chico gesticula violentamente mientras habla por teléfono, no se escucha nada: la música. Lorenzo recoge las piernas, abre paso a una pareja de jóvenes que van de la mano, enamorados. Un trago y vista al cielo, piensa: ¿cómo es posible que el estado de ánimo de uno dependa de otra persona? Lorenzo no tiene teléfono, tampoco una mano que se tienda. Cierra los ojos, se imagina una isla… solitaria, llena de plantas y árboles, algunos pájaros de colores y todo el tiempo. Acostarse con todas las estrellas. Una voz le dice que no beba más. La isla. Je t’aime. *** París, je t’aime (2006), de Olivier Assayas, Frédéric Auburtin, Gérard Depardieu, Gurinder Chadha, Sylvain Chomet, Joel Coen, Ethan Coen, Isabel Coixet, Wes Craven, Alfonso Cuarón, Christopher Doyle, Richard LaGravenese, Vincenzo Natali, Alexander Payne, Bruno Podalydès, Walter Salles, Daniela Thomas, Oliver Schmitz, Nobuhiro Suwa, Tom Tykwer, Gus Van Sant. Film compuesto por dieciocho cortometrajes que giran en torno a sendas historias de amor narradas desde puntos de vista diferentes, aunque el estilo personal es un grado. Destaco, sobre todo, lo trágico-bello de Oliver Schmitz, lo cómico-absurdo de los Coen, lo real-ilusorio de Isabel Coixet y lo dramático-obsesivo de Nobuhiro Suwa. Todo lo demás no pasa de resultar mediocre. Aún así, me quedo con Faubourg Saint-Denis, de Tom Tykwer, una historia de amor-desamor entre el personaje interpretado por Natalie Portman y un chico ciego. Donde los sueños se vuelven sólo sonrisas, un lugar medio escalón más abajo. Sommarnattens leende (Sonrisas de una noche de verano, 1955), de Ingmar Bergman. El director sueco siempre nos presenta su característico modo de ver la vida, en este caso, una nueva lectura de la obra shakesperiana. Un film para entretenerse en una noche de verano y en el que aparecen tantos elementos del mundo interior de Bergman -amor, muerte, azar, ...-, como notables interpretaciones, pero que, sin embargo, no alcanza a mantener un ritmo estable para el ánimo ni mucho menos para la atención. De todos modos, una obra mediocre de Bergman es una buena película en el canon fílmico. Disparo de Nieve apenas produce nada, todo se lo queda el cielo estrellado, la copa paliativa, las arenas de los pies y un cierto orvallo madrugador tras las lágrimas de San Lorenzo -o a San Lorenzo-... De todos modos, de vez en cuando me acuerdo de ti, seas quien seas, seas como seas, estés donde estés, hagas lo que hagas... y comparto un film que también trata sobre esto: ... Hedwig and the Angry Inch (2001), escrita, dirigida e interpretada por John Cameron Mitchell... Una original historia de amor con el aliciente de ser un gran musical pop-rock. The origing of love: Sólo me queda recordar lo que disfruté con L'Eclisse (1962) o Blowup (1966) y su exquisita estética. Un artista que intentó conocerse a sí mismo a través del cine... y que a mí me ha ayudado y me ayudará siempre. ¡Gracias por todo! Hoy es un día triste. Hace unos días redactaba una odio-sea contando cómo había sido uno de mis últimos viajes celestes, sin embargo, tras finalizar pensé que eso no le interesaba a nadie, sólo a dos o tres despistados adictos al cacareo. Así que quizá un buen modo de comenzar estas vacaciones pasadas por agua sea recomendaros una buena historia para esas tardes tormentosas en pleno verano. Offret Sacrificatio (Sacrificio, 1986), de Andrei Tarkovsky, más que una historia, se trata de una situación en un momento determinado de la vida, de una mirada interior que los propios personajes se hacen a sí mismos. ¿Somos felices?, ¿carecemos de algo?, ¿amamos y somos amados?, ¿cuál es el nivel de equilibrio al que hemos llegado? Tarkovsky, cineasta ruso que cuenta sus films por obras de arte, nos ofrece su visión para alcanzar todo lo que un ser humano puede desear, y no es de otro modo que de la mano de un sacrificio, sea material o psicológico. Las interpretaciones, la puesta en escena y la cámara, todo es uno. Y por no perder ni el ritmo ni el hilo, continúo recomendando una maravilla del ámbito documental. Les glaneurs et la glaneuse (Los espigadores y la espigadora, 2000), de Agnès Varda. La que daba el toque femenino a la Nouvelle Vague, todavía tiene poesía visual para dar y tomar. Dar y tomar, esa es la vida de los recolectores del mundo. Los espigadores es un canto a la simple vida. City Lights (Luces de la ciudad, 1931), de Charles Chaplin. Una de las mejores obras que he visto de Chaplin, en la que se ponen en juego las clases sociales y el amor… ya sabemos que el cómico era todo un romántico. Para el recuerdo la escena del baile. Nobody’s Business (1996), de Alan Berliner. Un grandísimo documental que realiza el director a la figura de su padre. Las entrevistas están llenas de acidez, ironía y, sobre todo, sinceridad. No se trata de una película que un cineasta dedica a un ídolo, sino una conversación de hombre a hombre, de padre a hijo, donde el único inconveniente es que el padre no sabe porqué demonios su hijo, con lo inteligente que era, gasta su tiempo haciendo películas… Maravilloso. The hunted (La presa, 2003), de William Friedkin. Una peliculilla de la que destacaría el modo con el que el director no te pone de parte de ninguno de los personajes. Por lo demás, se me antoja una historia resabida y superficial. No me interesan demasiado los films que no me aportan algo nuevo, un modo diferente o profundo de leer la vida, ni en mis ratos de mayor esparcimiento… Sommersturm (Tormenta de verano, 2004), Marco Kreuzpaintner. Una sorpresa. Esta película alemana, que trata sobre el despertar homosexual de un adolescente que descubre que está enamorado de su mejor amigo, no cae en la mayoría de los lugares comunes de mariquitas y mariconazos, sino que se ríe de ellos y nos habla de la amistad y del amor: de la frustración, de la felicidad, de compasión, de la diversión, … Se trata de una obra ligera, pero entretenida. Con una fotografía muy colorista y embellecedora. Dut yeung nin wa (In the mood for love o Deseando amar, 2000), de Wong Kar-Wai. Recuerdo hace unos meses, casi diría que un año, cuando me acerqué hasta la filmoteca para ver Wong gok ka moon (As tears go by o El fluir de las lágrimas, 1989), también del mismo director, aquella fue la primera vez que en un cine pasé del duermevela al sueño profundo. En cambio, con esta película he conocido a uno de los mayores cineastas vivos. Recomendaría la obra tan sólo por los encuadres, los movimientos de cámara, la música, la fotografía, …, pero es que hay mucho más: … vedla. Mystery Train (1989), de Jim Jarmusch. Este es uno de mis puntos flacos, Jarmusch consigue llegar a esas terminaciones nerviosas que poca gente conoce. Cada vez que vemos una película suya un colega suizo y yo, nos miramos, y siempre sale un qué hijo de puta el Jarmusch. Con todas… Una maravilla… [Desconozco si esta nota os valdrá de algo a la hora de valorar la película] Noviembre (2003), de Achero Mañas. Una película que no pasa del simple aprobado, pero que se hace interesante a los ojos de los amantes del teatro. Sin embargo, quizá esté un poco equivocada a la hora de defender la farándula callejera con los argumentos que expone, pues la falta de ética ciudadana resulta tremenda. O sea, cuando alguien defiende algo, necesita que el espectador simpatice con el personaje principal, si no, estaremos a la contra. De todos modos, resulta original. The fog of war (2003), de Errol Morris. Documental sobre un antiguo secretario de defensa de los Estados Unidos, Robert S. McNamara, en el que se pretende recordar sus momentos más decisivos en las guerras donde participó. Una obra sobre los valores morales de uno de los hombres que lleva más muertes de civiles a sus espaldas. Entrevista punzante a McNamara. Bande à part (Banda aparte, 1964), de Jean-Luc Godard. Film que se integra dentro del movimiento conocido como Nouvelle Vague, del que soy adicto, pero del que también parto con unas expectativas tremendas. En este caso, la película tiene mucho de la nueva ola: tono poético, caracterización natural e inocente –aunque trate de una banda de ladronzuelos–, ritmo suave…, más los aspectos vanguardistas de Godard, como la fotografía quemada o la utilización expresiva del sonido, donde mezcla desde silencios absolutos hasta música jazz. Sin embargo, la historia no me ha enganchado en ningún momento, no me identifiqué con ninguno de los personajes e incluso la intención dramática de algún fragmento me desmontaba el ritmo que la inercia me iba creando. Sin duda, esta película me llama a gritos para que haga un segundo visionado en otro momento. The man who cried (Vidas furtivas, 2001), de Sally Potter. No entiendo cómo una película que tiene entre su reparto a Christina Ricci, Johnny Depp, Cate Blanchett, John Turturro, Harry Dean Stanton, Oleg Yankovsky, Claudia Lander-Duke, ha sido lo peor que he visto en lo que va de año. No tiene nada, aunque en principio plantea temas que podrían ser interesantes como la búsqueda de la identidad, la guerra, la ambición, el amor… Se queda en lo meramente expositivo sin ahondar en nada, es por eso que uno se queda perplejo ante tanta superficialidad. Lo único destacable es el papel de Turturro como un cantante de ópera italiano y fascista: suele bordar sus personajes. Girl With a Pearl Earring (La joven de la perla, 2003), de Peter Webber. Drama pesado. Una joven tiene que ganarse la vida trabajando como criada en una familia que ya está en decadencia, ya que el hombre de la casa ya no se inspira lo suficiente como para crear nuevas pinturas. La llegada de la joven criada produce un cambio. Lo único salvable es el trabajo de fotografía y dirección de arte. Aus dem Leben der Marionetten (De la vida de las marionetas, 1980), de Ingmar Bergman. Otra debilidad, el director sueco. En este film juega con el lenguaje cinematográfico y, para narrar la historia de un marido que desea asesinar a su mujer –sólo lo desea–, introduce un montaje propio del documental. Si alguien entiende porqué la película se enmarca en color –el primer y el último minuto son en color– que no deje de comentarlo. The front page (Primera Plana, 1974), de Billy Wilder. Una de las comedias con las que mejor me lo he pasado en los últimos tiempos. El humor de Wilder, más los prodigiosos Jack Lemmon y Walter Matthau, podría decirse que hacen que este mundo sea más feliz. Me han parecido magníficas las frases que el doctor ruso hace desde la camilla a toda velocidad por la calle... ¡Marriquitas! The ladykillers (2004), de Joel y Ethan Coen. Comedia que no pasará a la historia. The inperpreter (2005), Sydney Pollack. A ver, Sydney, ¿cómo se te ocurre rodar una película sin tener un guión medianamente cerrado sobre la mesa y después quejarte en los extras del dvd? Space Cowboys (2000), de Clint Eastwood. The Million Dollar Hotel (2000), de Wim Wenders. Film que ya no quise ver en el año 2000 porque la crítica lo había destrozado y, más adelante, cuando comencé a conocer en trabajo de Wenders volvió a interesarme. Me decididí hace unas semanas. La verdad es que se trata de una película arriesgada. La primera escena hace que a uno se le despierten los cinco sentidos, en cambio, cuando comienza la segunda uno se pregunta: ¿qué me quieres contar, Wim?, ¿en qué mundo de locos me has metido? Lo importante, bajo mi punto de vista, es que a medida que avanzan los minutos los personajes consiguen enternecerte. La entonación, el timbre y el tono de la voz en off son fabulosos. Milla Jovovich... The outsiders (Rebeldes, 1983), de Francis Ford Coppola. En una tarde calurosa de domingo mediterráneo y a la espera de un rodaje a partir de las últimas horas del día, me he puesto cómodo, al fresco y al refresco, con mis deberes pendientes: The Outsiders, de uno de mis directores favoritos. Supongo que ya la habréis visto casi todos, así que no os voy a descubrir nada nuevo. De todos modos, antes tenía alguna duda sobre la calidad del film, pero sólo viendo los encuadres y los movimientos de cámara que utiliza, además de la puesta en escena de muchos personajes a la vez, es para decir: parece que ese tío sabe de que va esto del cine. Dentro de poco tendremos la suerte de ver una nueva peli de Coppola, llevaba diez años sin firmar un título: Youth without youth. Yi ge mo sheng nu ren de lai xin (Carta de una mujer desconocida, 2004), de Xu Jinglei. En la retina continúa Max Ophüls (Letter from an Unknown Woman 1948), sin embargo, el director chino presenta una nueva versión bastante agradable, cuyo mérito ha sido conseguir un ritmo coherente durante todo el film. En contra, quizá se podría achacar que la voz en off tiene mucha mayor presencia en cuanto a contenido tan sólo al inicio de la historia, ya que parece sobrar a medida que nos acercamos hacia el final. Love the Hard Way (Amar al límite, 2001), de Peter Sehr. Drama romántico bastante irregular en casi todos los aspectos. El guión plantea una historia interesante sobre el amor entre dos personas de diferente rango social: un delincuente y una universitaria modelo, sin embargo, en ocasiones se cae en lo obvio y en la parrafada cursi. Adrien… váyase preparando para El mundo de Alan. La ardilla roja (1993), de Julio Médem. Me encanta el cine de Médem, cada film que tengo la ocasión de ver me parece mejor que el anterior, aunque no sea cronológicamente. Aquí vuelve a trabajar con la verosimilitud en el azar, nos posiciona como auténticos voyeurs y nos gusta, pero cuando creemos que tenemos la verdad asida por la patilla, resulta que es ella la que nos sorprende con una colleja. Tristram Shandy: A Cock and B |