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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Cinematografía. Pelle erobreren (Pelle, el conquistador, 1987), de Bille August. Stromboli (1950), de Roberto Rossellini. "Cuando tenía diecisiete años podía hacer cualquier cosa. Era tan fácil... Mis emociones estaban a flor de piel. Lo encuentro... cada vez más didícil... Seguir en contacto. Piénsalo, ¿quieres?" Highwaymen (Sin aliento, 2004), de Robert Harmon. ¿Por qué? Nota: 1 Qianxi manbo (Millennium Mambo, 2001), de Hou Hsiao Hsien. El azar y esas cosas que le rodean, vete tú a saber de qué cosas se trata, me presentaron hace unos meses Millennium Mambo, un film que no hace mucho ruido y quizá por eso nunca lo había traído ni a colación ni a la cena. No hace mucho ruido en el sentido de que se trata de una obra humilde, tímida y bella, como una chica vergonzosa que no se atreve a levantar la mirada, pero que si la alzase empezaría por quemar los ojos de los demás, para más tarde hacer lo que ella quisiese... Un ejercicio cuya forma y contenido van de la mano, y, como en todo proceso de enamoramiento, la forma termina por quedar elíptica, aunque continuamente la tengas ante ti, y el contenido no es más que una excusa de la forma: un todo completo que no se atreve a mirar por timidez. Nota: 5 Le voyage du ballon rouge (El vuelo del globo rojo, 2007), de Hou Hsiao Hsien. Y sin que interviniese el azar, ni mucho menos esas cosas que le rodean, que no sé que son, sino de la mano de la Mostra Internacional de Cinema Europeu Contemporani (MICEC) volví a tener delante de mí una obra del director chino. En esta ocasión, presentó un film bastante diferente al anterior, pero con esas constantes personales que hacen de uno un autor. El homenaje al globo rojo viene de Le ballon rouge (El globo rojo, 1956), de Albert Lamorisse, aunque más bien parece una excusa para enseñar París y la fuerza del azar dentro de la situación individual de los diferentes personajes. El director crea un cine de la mirada, nos recuerda que en el fondo lo que nos gusta es mirar, que llevamos dentro un voyeur no que duerme, nos fijamos en los detalles, incluso cuando parece que no pasa absolutamente nada, pero sólo porque el tiempo no se detiene, ya se deja atrás esa idea de la nada… Y, lo mejor de todo, es que en realidad no somos unos mirones, no somos tan exquisitos a la hora de seleccionar lo que queremos ver, sino que vemos a través de la mirada de Hou Hsiao Hsien, quien tiene la amabilidad de compartirla. Nota: 6 NACIMIENTO DE UNA NUEVA VANGUARDIA: LA «CAMÉRA-STYLO» por Alexander Astruc (Originalmente publicado en L’Écran Français Nº 144, 30 de marzo de 1948) "Lo que me interesa del cine es la abstracción." Orson Welles. Es imposible dejar de ver que en el cine está a punto de ocurrir algo. Corremos el peligro de volvernos ciegos ante esta producción habitual que perpetúa año tras año un rostro inmóvil en el que lo insólito carece de espacio. Ahora bien, en la actualidad el cine se está construyendo una nueva cara. ¿En qué se nota? Basta con mirarlo. Hace falta ser crítico para no ver la sorprendente transformación del rostro que se está efectuando bajo nuestros ojos. ¿Cuáles son las obras por donde pasa esta nueva belleza? Precisamente las que la crítica ha ignorado. No es casualidad si de La regla del juego, de Jean Renoir (1), a los films de Orson Welles pasando por Les Dames du Bois de Boulogne (2), todo lo que traza las líneas de un nuevo futuro escape a una crítica a la que, en cualquier caso, no podía dejar de escapar. Pero es significativo que las obras que escapan a las bendiciones de la crítica sean las mismas en las que unos cuantos estamos de acuerdo. Estamos de acuerdo en concederles, por decirlo de algún modo, un carácter innovador. Por dicho motivo hablo de vanguardia. Aparece una vanguardia cada vez que se produce algo nuevo... Precisemos. El cine está a punto de convertirse en un medio de expresión, cosa que antes que él han sido todas las restantes artes, y muy especialmente la pintura y la novela. Después de haber sido sucesivamente una atracción de feria, una diversión parecida al teatro de boulevard, o un medio de conservar las imágenes de la época, se convierte poco a poco en una lengua. Un lenguaje, es decir, una forma en la cual y mediante la cual un artista puede expresar su pensamiento, por muy abstracto que sea, o traducir sus obsesiones exactamente igual como ocurre actualmente con el ensayo o con la novela. Por ello llamo a esta nueva era del cine la era de la Caméra stylo. Esta imagen tiene un sentido muy preciso. Quiere decir que el cine se apartará poco a poco de la tiranía de lo visual, de la imagen por la imagen, de la anécdota inmediata, de lo concreto, para convertirse en un medio de escritura tan flexible y tan sutil como el del lenguaje escrito. Este arte dotado de todas las posibilidades, pero prisionero de todos los prejuicios, no seguirá cavando eternamente la pequeña parcela del realismo y de lo fantástico social que le ha sido concedida en las fronteras de la novela popular, cuando no le convierte en el campo personal de los fotógrafos. Ningún terreno debe quedarle vedado. La meditación más estricta, una perspectiva sobre la producción humana, la psicología, la metafísica, las ideas, las pasiones son las cosas que le incumben exactamente. Más aún, afirmamos que estas ideas y estas visiones del mundo son de tal suerte que en la actualidad sólo el cine puede describirlas. Maurice Nadeau decía en un artículo de Combat; «Si Descartes viviera hoy escribiría novela.» Que me disculpe Nadeau, pero en la actualidad Descartes se encerraría en su habitación con una cámara de 16 mm y película y escribiría el discurso del método sobre la película, pues su Discurso del Método sería actualmente de tal índole que sólo el cine podría expresarlo de manera conveniente. Hay que entender que hasta ahora el cine sólo ha sido un espectáculo, cosa que obedece exactamente al hecho de que todos los films se proyectan en unas salas. Pero con el desarrollo del 16 mm y de la televisión, se acerca el día en que cada cual tendrá en su casa unos aparatos de proyección e irá a alquilar al librero de la esquina unos films escritos sobre cualquier tema y sobre cualquier forma, tanto crítica literaria o novela como ensayo sobre las matemáticas, historia, divulgación, etc. Entonces ya no podremos hablar de un cine. Habrá unos cines como hay ahora unas literaturas, pues el cine, al igual que la literatura, antes de ser un arte especial, es un lenguaje que puede expresar cualquier sector del pensamiento. Es posible que esta idea del cine expresando el pensamiento no sea nueva. Feyder ya decía: «Puedo hacer un film con El Espíritu de las Leyes.» Pero Feyder pensaba en una ilustración de El Espíritu de las Leyes mediante la imagen, de la misma manera que Eisenstein en una ilustración de El Capital (o en una colección de estampas). Nosotros afirmamos, en cambio, que el cine está a punto de encontrar una forma en la que se convertirá en un lenguaje tan riguroso que el pensamiento podrá escribirse directamente sobre la película, sin tener que pasar por las toscas asociaciones de imágenes que han constituido las delicias del cine mudo. En otras palabras, para explicar el paso del tiempo no hay ninguna necesidad de mostrar la caída de las hojas seguida de los manzanos en flor, y para indicar que un personaje tiene ganas de hacer el amor existen muchas más maneras de proceder que la que consiste en mostrar un cazo de leche desbordando sobre el gas, como hace Henri-Georges Clouzot en En legítima defensa. (3) La expresión del pensamiento es el problema fundamental del cine. La creación de este lenguaje ha preocupado a todos los teóricos y autores cinematográficos, desde Eisenstein hasta los guionistas y adaptadores del cine sonoro. Pero ni el cine mudo, por permanecer prisionero de una concepción estática de la imagen, ni el sonoro clásico, tal como sigue existiendo en la actualidad, han conseguido resolver de manera conveniente el problema. El cine mudo había creído poder hacerlo mediante el montaje y la asociación de las imágenes. Ya conocemos la famosa declaración de Eisenstein: «El montaje es para mí el medio de conferir movimiento (es decir, la idea) a dos imágenes estáticas». En cuando al sonoro, se limitó a adaptarse a los procedimientos del teatro. *** El acontecimiento fundamental de estos últimos años es la toma de conciencia, que está a punto de producirse, del carácter dinámico, o sea, significativo, de la imagen cinematográfica. Cualquier film, por ser en primer lugar un film en movimiento, es decir desarrollándose en el tiempo, es un teorema. Es el lugar de paso, de una lógica implacable, que va de un extremo a otro de sí misma, o mejor aún, de una dialéctica. Nosotros consideramos que esta idea, estas significaciones, que el cine mudo intentaba hacer nacer mediante una asociación simbólica, existen en la propia imagen, en el desarrollo del film, en cada gesto de los personajes, en cada una de sus palabras, en los movimientos de cámara que unen entre sí los objetos y a los personajes con los objetos. Cualquier pensamiento, al igual que cualquier sentimiento, es una relación entre un ser humano y otro ser humano, o determinados objetos que forman parte de su universo. Al explicitar estas relaciones, y trazar su huella tangible, el cine puede convertirse realmente en el lugar de expresión de un pensamiento. Desde hoy es posible dar al cine unas obras equivalentes por su profundidad y su significación a las novelas de Faulkner, a las de Malraux, a los ensayos de Sartre o de Camus. Por otra parte, ya podemos contemplar un ejemplo significativo: L’Espoir, de André Malraux (4), donde, quizá por vez primera, el lenguaje cinematográfico ofrece un equivalente exacto del lenguaje literario. Examinemos ahora las concesiones a las falsas necesidades del cine. Los guionistas que adaptan Balzac o Dostoievsky se disculpan del insensato tratamiento que hacen sufrir a las obras a partir de las cuales construyen sus guiones, alegando determinadas imposibilidades del cine para describir los trasfondos psicológicos o metafísicos. Bajo su mano, Balzac se convierte en una colección de grabados donde la moda ocupa el principal espacio y Dostoievsky comienza a parecerse de pronto a las novelas de Joseph Kessel con borracheras a la rusa en los cabarets y carreras de troika en la nieve. Ahora bien, estas incapacidades son fruto exclusivo de la pereza mental y de la falta de imaginación. El cine actual es capaz de describir cualquier tipo de realidad. Lo que hoy nos interesa del cine es la creación de este lenguaje. No sentimos el menor deseo de rehacer unos documentales poéticos o unos films surrealistas cada vez que podemos escapar a las necesidades comerciales. Entre el cine puro de los años veinte y el teatro filmado, sigue habiendo lugar para un cine libre. Lo que implica, claro está, que el propio guionista haga sus films. Mejor dicho, que desaparezca el guionista, pues en un cine de tales características carece de sentido la distinción entre autor y realizador. La puesta en escena ya no es un medio de ilustrar o presentar una escena, sino una auténtica escritura. El autor escribe con su cámara de la misma manera que el escritor escribe con una estilográfica. ¿Cómo es posible que en este arte donde una cinta visual y sonora se despliega desarrollando con ello una cierta anécdota (o ninguna, eso carece de importancia), se siga estableciendo una diferencia entre la persona que ha concebido esta obra y la que la ha escrito? ¿Cabe imaginar una novela de Faulkner escrita por otra persona que Faulkner? ¿Y Ciudadano Kane (5) tendría algún sentido en otra forma que la que le dio Orson Welles? Sé perfectamente que también esta vez el término vanguardia hará pensar en los films surrealistas y en los llamados abstractos de la pasada posguerra. Pero esta vanguardia ya es una retaguardia. Intentaba crear un terreno exclusivo del cine; nosotros, al contrario, intentamos extenderlo y convertirlo en el lenguaje más vasto y más transparente posible. Problemas como la traducción de los tiempos verbales, como las relaciones lógicas, nos interesan mucho más que la creación de ese arte visual y estático soñado por el surrealismo que, por otra parte, no hacía más que adaptar al cine las investigaciones de la pintura o de la poesía. Bien. No se trata de una escuela, ni siquiera de un movimiento, tal vez simplemente de una tendencia. De una toma de conciencia, de una cierta transformación del cine, de un cierto futuro posible y del deseo que sentimos de acelerarlo. Claro está que ninguna tendencia puede manifestarse sin obras. Estas obras aparecerán, verán la luz. Las dificultades económicas y materiales del cine crean la sorprendente paradoja de que sea posible hablar de lo que todavía no existe, pues si bien sabemos lo que queremos, no sabemos cuándo y cómo podremos realizarlo. Pero es imposible que este cine no se desarrolle. Este arte no puede vivir con los ojos vueltos hacia el pasado, rumiando los recuerdos, las nostalgias de una época consumida. Su rostro ya se dirige hacia el futuro y, en el cine como en las demás cosas, no existe otra preocupación posible que la del futuro. *** 1. La règle du jeu, 1939. 2. Film de Robert Bresson de 1944-1945. 3. Quai des Orfèvres, 1947. 4. Espoir/Sierra de Teruel, de 1938-1939. 5. Citizen Kane, de 1941. The loneliness of the long distance runner (La soledad del corredor de fondo, 1962), de Tony Richardson. Film representativo del Free Cinema, línea cinematográfica inglesa que de algún modo pretendía plasmar en imágenes la rebeldía juvenil contra los valores establecidos y la inadaptación al tiempo y al lugar en donde les tocó vivir a esos jóvenes. En este caso, se nos presenta un joven que sabe que está aprendiendo con el paso de los años, pero no tiene ni idea de qué está aprendiendo ni entiende las lecciones que le brinda la vida. Rebeldía como característica personal, rebeldía como medio entre la causa y el efecto, sin conocer ni la salida, ni la meta. Nota: 7 Jacques Rivette: Todos tenemos momentos en los cuales uno se pregunta por qué continuamos. Creo que, por desgracia, no soy el único en tener estos momentos de duda… Yo la admiro y le envidio que no los tenga, pero no creo que eso pueda durar mucho tiempo. Marguerite Duras: Yo puedo decirle que somos nosotros, es Rivette, quien gana. Jacques Rivette: Seremos los vencedores en nuestras tumbas. «Sur le Pont du Nord un bal y est donnés», Le Monde, 25-03-1982. *** Madrugada del 17 de mayo de 2008. Como la mayoría de los últimos fines de semana me despierto de los sueños para ir a otro mundo de sueños. Ruedo de nuevo un corto, como las semanas anteriores y como las posteriores, con un paréntesis madrileño: mañana me voy a Madrid al rodaje del nuevo film de Daniel Sánchez Arévalo (Azuloscurocasinegro, 2006)… Lo importante de todo esto no es esto en sí, sino que me voy en camión y, si me apuran, en autostop: llego, rodamos y de nuevo vuelta y continuar… Lo decía días atrás: ¡no hagáis cine! The butcher boy (El carnicero, 1917), de Roscoe “Fatty” Arbuckle. Este gracioso y famoso mediometraje del gordo Arbuckle tiene como nota interesante que en uno de los papeles secundarios actuaba por vez primera un tal Buster Keaton. Puro slapstick que contiene un bazar, una residencia de chicas y una relación de amor… Nota: 6 *** Hoy es uno de esos días en los que me gustaría abandonar el cine, esta ciudad y muchas otras cosas. Acostarme sobre el lado frío de la almohada y no volver a soñar… Spellbound (Recuerda, 1945), de Alfred Hitchcock. Hacía tiempo que no volvía sobre la filmografía del gran cineasta inglés, pero en una tarde como esta, llena de sombras dentro de las cuatro paredes más inhóspitas que recuerde, necesitaba un desquite primaveral y sobreseguro. Spellbound ya forma parte de la historia del cine y aquí poco o nada se puede decir que no se haya dicho anteriormente, de todos modos, uno, que tiene opinión y no está obligado a guardársela, puede dejar caer migas… Migas como que el laureado compositor Miklós Rózsa crea una banda sonora brillante, con un leitmotiv que continúa en el aire tras el final de la película -parece que a Ingrid Bergman y a Gregory Peck les vaya a salir por las orejas tanto amor musical-. Migas como que el sueño que filma Hitchcock bajo el imaginario de Salvador Dalí tendría que haber jugado un papel más importante a lo largo de la historia. Migas como que es un film que me encanta… Nota: 8 Dead Man (1995), de Jim Jarmusch. El viejo oeste a través de la mirada de uno de los grandes: Jarmusch. ¿Quién da más? Nota: 7 Cobardes (2008), de José Corbacho y Juan Cruz. Si Tapas (2005) fue una experiencia agria y bobalicona, con regusto a teleserie y a fritanga, Cobardes me ha proporcionado una digestión incómoda, como si de un guantazo fílmico se tratase. No tiene ritmo, no tiene personajes, no tiene evolución y ni siquiera los tópicos funcionan como tales. La música parece sacada de un teléfono móvil y no ayuda al pobre argumento de un guión que está rígidamente encorsetado y sobre el que se mueven unas dualidades inverosímiles… En definitiva, ni hay dirección, ni se transmite sentimiento, ni existe historia… Nota: 2 El camino de los ingleses (2006), de Antonio Banderas. La añoranza de la juventud, de cualquier verano en el calendario, pero del verano de nuestras vidas, de una época de cambios importantes… Antonio Banderas pone sobre la mesa todos estos ingredientes y, sin embargo, no cocina un buen plato, las proporciones no se ajustan, crean una suerte de magma que salpica al corazón de un modo tan ligero y sin dirección, que no llega a sentir ni el más mínimo calor de cualquier verano, ni el más mínimo amor de aquel verano... De todos modos, no cargo las tintas contra el director —aquí el que use tinta corre el riesgo de mancharse las manos—, sino que desconfío del trabajo del guionista: Antonio Soler, que adapta una novela propia. Tuve la ocasión de leer el guión antes de ver el film y esa fue una de las razones por las que me sentí atraído por este proyecto, ya que no me imaginaba cómo se podía pasar al celuloide un guión sin pies ni cabeza, aunque lo más probable es que yo mismo no tenga ni pies ni nada. Lo que sí me llamó la atención fue la poca madurez del personaje principal: puede crearse un joven soñador, pero no por ello tiene que ser un joven iluso. Por esto, Antonio Banderas podría estar a salvo de un disparo de nieve, pero la planificación, la elección del plano, la puesta en escena... no tiene ni brazos ni piernas, ni sal ni azúcar, ni chicha ni limoná… Totalmente desmadrada la dirección... Y, sin cambiar totalmente de tema, desmitificaría los premios a mejor montaje, pues no se trata de nada más que una bendita gilipollez premiar algo que se basa en reestructurar un material bruto que tanto los jurados, como el público desconocen. A veces, un montaje que no llame demasiado la atención puede ser toda una obra maestra porque el material, teniendo en cuenta que el material que llega de rodaje sería carne de cañón en otra época, eléctricos incluidos. Sin embargo, aunque en este caso es muy posible que el material no diese ni la talla ni el corte sencillo, también es cierto que aparecen planos en los que las miradas no coinciden y que la solución vive en el prpio film al cabo de unos segundos, por lo que sí estaba rodada la mirada, sólo que… … ¡Ay! Adoro a ese ser llamado montador... ¡Qué paciencia tienen algunos! (ironía directa) Y, finalmente, María Ruiz es una sonrisa… Nota: 3 Eraserhead (Cabeza borradora, 1976), de David Lynch. Un film brillante. Ópera prima del deslumbrante e iluminado David Lynch. Una atmósfera surrealista para contarnos la historia de un joven que vive dentro de una pesadilla. Imprescindible. Nota: 8 Nanook of the North (Nanuk, el esquimal, 1922), de Robert J. Flaherty. Considerado el primer documental cinematográfico de la historia, Nanook of the North no ha sido superado por ninguno de sus compañeros de género. Flaherty inventa el documental a medida que va realizando este film, aquí ya están presentes, entre otros modelos de documental, el shockumentary o falso documental y la ficción dentro de la realidad. Nanook of the North nos narra cómo vive un esquimal su día a día en la Bahía de Hudson (Canadá) lejos de la civilización, cómo se las ingenia para cazar morsas, focas, peces y zorros, o para levantar un iglú en menos de una hora, vivimos juntos el mercado de pieles, la construcción de kayaks, el manejo del trineo y el adiestramiento de los huskies. Genial. Un film relajante. Nota: 9 El baño del Papa (2005), de César Charlone y Enrique Fernández. Film uruguayo que rememora de algún modo lo que ya nos habían presentado décadas atrás Vittorio de Sica, con Ladri di biciclette (El ladrón de bicicletas, 1948), y Luis García Berlanga, con Bienvenido, Mr. Marshall (1952): la revolución de una comunidad debido a la llegada de alguien renombrado, el Papa, y las pequeñas cosas que se hacen básicas e importantes, como por ejemplo una bicicleta. En fin, se trata de una historia basada en hechos reales, donde se respira humildad y, en ocasiones, humor ácido. Aunque consiga unos colores tan vivos y unas texturas tan orgánicas, César Charlone, asiduo director de fotografía de Fernando Meirelles (Cidade de Deus, 2002, The constant gardener, 2005, Blindness, agosto 2008), pone nerviosa a la cámara en demasiadas ocasiones y eso puede irritar al espectador. En definitiva, El baño del Papa no muestra nada nuevo ni en el fondo ni en la forma. Nota: 5 Être et avoir (Ser y tener, 2002), de Nicolas Philibert. Un tierno documental que nos muestra el día a día en una pequeña escuela de pueblo de la Landa francesa, donde se agrupan alumnos de entre cuatro y diez años y un profesor, Georges López, cuya dedicación y método son envidiables por momentos. Un film que hace notar el paso del tiempo, que nos hace crecer y sentir como esos niños, un film que mira al futuro sin hacerse muchas preguntas, sin curiosear, pero que mira con ojos llenos de incertidumbre y pánico por el miedo al cambio: ¡que se detenga el tiempo! Elegy (2008), de Isabel Coixet. La directora catalana ha alcanzado un nivel de madurez cinematográfico propio de los que son sinceros consigo mismos. Con Elegy no sólo plantea un modo íntimo de sentir la vida y las relaciones sociales y sentimentales, sino que consigue hacer suya una novela que volaba por otros cielos. Cuando en un comentario no aparecen las palabras actor, fotografía, música, etcétera, es que la obra sabe bien, está rica. Las Hurdes (Tierra sin pan, 1933), Luis Buñuel. Documental de treinta minutos en donde Buñuel muestra la precaria vida que llevaba en 1932 la población de Las Hurdes (Cáceres). La enfermedad, la hambruna y la miseria se unen en esta desolada región extremeña para privar de sueños a sus habitantes en un clima tan árido, como baldío, que provoca la emigración de los jóvenes y la soledad de quienes se quedan. Buñuel destapa la realidad a modo de imágenes que reflejan la cotidianeidad de este pequeño grupo de aldeas y una voz en off explicativa, que no sólo describe al habitante medio, sino que se detiene en casos particulares llenos de interés... En la ciudad de Sylvia (2007), de José Luis Guerín. Un film maravilloso. Ausencia, búsqueda, azar, encuentro, palpitación, calor, silencio, brisa, susurro, enamoramiento, resignación, enamoramiento, susurro, brisa, silencio, calor, palpitación, encuentro, azar, búsqueda, ausencia… Tokyo monogatari (Cuentos de Tokio, 1953), de Yasujiro Ozu. Fue en el mes de abril de 2004, mes que seguía a rajatabla el refranero español y me hacía entrar en aquel cine improvisado de Bonaval, de la mano de una mano frágil y de un paraguas negro. Lluvia decolorante… Asistía como espectador fantasma a un ciclo donde no estaba inscrito, pero con unos cuantos deberes personales en relación a varios films y otros tantos resúmenes. Las gotas de agua salían espantadas del paraguas posado en el suelo de baldosa y en pendiente, los asientos eran incómodos. Y comenzó… al final de la pendiente, en la pantalla, y yo, pendiente de lo frágil del instante, dejé el film a medias cuando la pareja de ancianitos estaba mirando el mar… Un abrazo, frágil. The adventures of Baron Münchausen (Las aventuras del Barón de Münchausen, 1988), de Terry Gilliam. Recuerdo cuando a eso de las doce de la mañana de un sábado en 1992 estaba toda mi familia delante del televisor, expectante: ¡había llegado Canal + a casa! Al conectar el aparatito se abrió una ventana a nuevos mundos… y, sin ir más lejos, el primero que visité fue uno de los más lejanos… el loco mundo de Terry Gilliam, con The adventures of Baron Münchausen, un film lleno de problemas de principio a fin en cuanto a producción, pero que, sin embargo, tiene una factura maravillosa. Cuando leo un poema no me importa si el autor se sacó de un vaso de licor un verbo o una coma, tampoco creo que sea importante si redactó la obrilla a las orillas del río Miño o desde el rincón más nauseabundo de San Petersburgo: sólo me importa la obra, porque la obra ya es mía. Gilliam puede dar tumbos y volteretas, irá a trancas y barrancas en algunos proyectos, sin embargo, siempre tiene un caramelo que regalarnos. Atención a la niña Sarah Polley (Mi vida sin mí), espléndidos efectos visuales, genial dirección artística. Pleasantville (1998), de Gary Ross. Ha sido todo un descubrimiento Gary Ross, que hasta el momento sólo ha firmado, junto con Pleasantville, Seabiscuit (2003). Me interesa su primer film por lo que tiene de subtexto y de estilo, y, tras decir esto, los ávidos lectores se harán con un tirachinas y me acribillarán. Vale, el subtexto nos lo sirven bien cocido, está claro, tanto que puede llegar a molestar: ningún espectador quiere que le hagan sentir como un tonto. Sin embargo, no sólo me parece que sobrevuele en este film el subtexto obvio, sino que también está por ahí el evidente y, más allá, el velado… que es el más excitante, si cierras los ojos quizá lo sientas. Lo mejor de mí (2007), de Roser Aguilar. Ópera prima de una antigua alumna ESCAC. Aunque se merezca una enhorabuena por el hecho de haber realizado su primer film, con lo complicado que es, todavía le queda por caminar un trozo, que puede ser largo o corto dependiendo de la distancia con la que crea que el público recibe una obra. A partir de la crítica, me hice a la idea de que se trataba un elogio de la humildad en cuanto a obra cinematográfica, sin muchos alardes y ninguna pretensión, sin embargo, el público necesita, si no alardes, por lo menos pretensiones, ya sean en forma de azúcar o de sal, pero con la intención de dejar algún sabor de boca. Insípido comienzo de Escándalo Films, aunque estoy impaciente por ver cómo evoluciona tanto la productora, como Roser. Rogue (El territorio de la bestia, 2007), de Greg Mclean. El director australiano que ya pretendía asustarnos con Wolf Creek (2005), presenta un nuevo film donde lo verosímil no tiene lugar y, por lo tanto, el espectador se siente tratado como un ser que come lo que le sirven, pasivo e inútil de cara al cierre de la acción comunicativa, simplemente porque lo que está viendo es una sucesión de acciones que son sólo efectos sin causas. Por si fuese poco, el cocodrilo gigante está a la altura de la tontería de los personajes, así que lo que intenta mostrarse como una hazaña heroica, aunque de la mano de la suerte, por parte del americano de turno, no es más que el suicidio de un bicho que no quiere formar parte de esta absurdidad. Je ne suis pas là pour être aimé (No estoy hecho para ser amado, 2004), de Stéphane Brizé. DORMIDO EN LA YERBA Todos vienen a darme consejo. Yo estoy dormido junto a un pozo. Todos se acercan y me dicen: |