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De misterio, de Miguel d'Ors

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¿Quién soy
                     -Este intervalo de misterio
entre la rosa ardiente que corto para ti
y la rosa sombría que mi mano te tiende.

De "Curso superior de ignorancia"

Jueves, 01 de Octubre de 2009 03:07. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

¿Dónde estoy?

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Fue como una aparición.

Estaba sentada en el centro del banco, completamente sola; o al menos él no vio a nadie más, con el deslumbramiento que le produjeron sus ojos. Al mismo tiempo que él pasaba, ella levantó la cabeza; él hizo una inclinación instintiva; y alejándose más en la misma dirección, se paró a contemplarla.

Llevaba un sombrero de paja, de ala ancha, con contas rosa que palpitaban al viento, detrás de ella. Sus bandós negros, que rodeaban la punta de sus grandes cejas, descendían muy abajo y parecían ceñir amorosamente el óvalo de su cara. Su vestido de muselina clara, de pequeños lunares, se abría en numerosos pliegues. Estaba bordando algo, y su nariz recta, su barbilla, toda su persona destacaba sobre el fondo del cielo azul.

Como ella seguía en la misma actitud, Frédéric dio varias vueltas a derecha y a izquierda para disimular su maniobra; después se paró muy cerca de su sombrilla, apoyada en el banco, y fingía observar una chalupa en el río.

Nunca él había visto esplendor semejante al de su tez morena, ni talle tan seductor, ni finura como la de aquellos dedos que la luz atravesaba. Contemplaba su cesto de costura, embelesado como una cosa extraordinaria. ¿Cuáles eran su nombre, su casa, su vida, su pasado? Deseaba conocer los muebles de su habitación, todos los vestidos que había llevado, la gente que frecuentaba; y el deseo de la posesión física desaparecía incluso bajo otro más profundo, en una ansiedad dolorosa que no tenía límites.

***

La educación sentimental (1869), Gustave Flaubert, Letras Universales, Cátedra, Madrid, 2005, pp. 64-65.

***

Sincero.

Quisiera ser sincero, hoy más que nunca, alejarme de todo fingimiento, de toda apariencia, incluso del largo silencio sincero. Cuesta enfrentarse con uno mismo, contienda de razones y argumentos, complejidad que deviene en absoluta simpleza, en esa ansiedad dolorosa que no tiene límites.

La sinceridad se hace notar. Cuando uno se sincera, todo resulta más claro, las palabras brotan directamente desde el corazón, sin aduana que medie. En cambio, a mí me van las ramas, la genealogía de la conversación, el origen y los precedentes de lo que digo, que a veces sólo llega a ser lo que me gustaría haber dicho y no dije o no supe decirlo. Hace unos días hablaba sobre la escapada, sobre cómo Jean-Luc Godard también escapaba a su modo, no yendo directo al corazón, pero, aún así, llegando el primero. Mi escapada por el mundo, ese vagar perdido buscando el camino o cualquier camino que me lleve, es a mi corazón, lo que mi divagar es a mi sinceridad: no un quiero y no quiero, sino un quiero y no puedo. Enfrentarse con uno mismo...

Y he dedicado tiempo al regreso, pero al regreso silencioso, lento y solitario. Y quizá el regreso no sea la vuelta a casa, sino la vuelta a uno mismo. Sin embargo, hay que reeducarse, volver a aprender a llamar a la puerta para que no nos abra un desconocido, ni siquiera una sombra de lo que fuimos, sino encontrarnos con nuestra imagen, mirarnos a los ojos verdes y decirnos: ¡Carallo, aquí estabas! Y he dedicado tiempo al regreso...

Disfrazando el pasado. El recuerdo se presenta sin adorno, virginal. En las manos de nuestra experiencia está el saber modelar el significado de esas sensaciones, cuanto mayor sea el manoseo, menor será la pureza.

Caminante... Levantando la vista y bajando unas escaleras, cualesquiera, las de la Plaza de la Quintana, ..., observando, de nuevo volvió aquella sensación de pies fríos... su origen nace en la elección: algodón, no lana.

Más que literatura barata, la mía es literatura que no vale un pijo, gratuita y sin receptor.

¿Dónde estás?

Martes, 14 de Julio de 2009 12:23. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

Unidad de la obra (Esculpir en el tiempo, 1, Andrei Tarkovski)

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El cine es un arte de autor, como cualquier otro arte. Los colaboradores en el equipo de filmación le pueden dar muchísimo a su director. Pero sólo y exclusivamente la imaginación de éste otorga a la película su unidad definitiva. Sólo aquello que traspase el filtro de su visión exclusiva, subjetiva, conforma el material artístico sobre el que luego se edifica un mundo inconfundible y complejo. Por supuesto que esta responsabilidad última del director no elimina la importancia de la aportación creativa de los demás colaboradores. Pero sólo hay un verdadero enriquecimiento si sus sugerencias son evaluadas y elaboradas por el director. En caso contrario queda destruida la unidad de la obra. (pág. 54)

Esculpir en el tiempo (1991), Andrei Tarkovski, Libros de cine, EDICIONES RIALP.

Cómpralo en CASA DEL LIBRO.

 

Jueves, 07 de Mayo de 2009 22:22. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Ay del sueño

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Ay del sueño
si sobrevivo es ya borrándome
ya desconfiado y permanente
y tantas veces me hundo y sueño
muslo a tu muslo
boca a tu boca
nunca sabré quién sos

ahora que estoy insomne
como un sagrado
y permanezco
quiero morir de siesta
muslo a tu muslo
boca a tu boca
para saber quién sos

Ay del sueño
con esta poca alma a destajo
soñar a nado tiernamente
así me llamen permanezco
muslo a tu muslo
boca a tu boca
quiero quedarme en vos.

Mario Benedetti

Miércoles, 31 de Diciembre de 2008 18:29. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

No volveré a ser joven (Tempus fugit)

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NO VOLVERÉ A SER JOVEN

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
—como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
—envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

JAIME GIL DE BIEDMA

***

Tengo pánico escénico desde siempre, bueno, no, la verdad es que, como nunca he llegado a salir a escena, no se puede decir que lo tenga. Ayer tuve que recitar este poema durante más de veinte minutos y hasta me hicieron hablar con la muerte...  Resultó extraño que la tratara de usted y le pidiese todo por favor, ella nunca pregunta. Sí, en un plató a oscuras y con un foco pegándome un chute de luz en la cara: no veía nada... Pánico, ¿a dónde te has ido? Hasta podría quedarme horas hablando con esa hijaputa de la guadaña.

Domingo, 14 de Diciembre de 2008 02:53. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

¿A dónde se está yendo el aire?

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¡Cómo me dejas que te piense!
Pensar en ti no lo hago solo, yo.
Pensar en ti es tenerte,
como el desnudo cuerpo ante  los besos,
toda ante mí, entregada.
Siento cómo te das a mi memoria,
cómo te rindes al pensar ardiente,
tu gran consentimiento en la distancia.
Y más que consentir, más que entregarte,
me ayudas, vienes hasta mí, me enseñas
recuerdos en escorzo, me haces señas
con las delicias, vivas, del pasado,
invitándome.
Me dices desde allá
que hagamos lo que quiero
—unirnos— al pensarte.
Y entramos por el beso que me abres,
y pensamos en ti, los dos, yo solo.

***

Lo que eres
me distrae de lo que dices.

Lanzas palabras veloces,
empavesadas de risas,
invitándome
a ir adonde ellas me lleven.
No te atiendo, no las sigo:
estoy mirando
los labios donde nacieron.

Miras de pronto a los lejos.
Clavas la mirada allí,
no sé en qué, y se te dispara
a buscarlo ya tu alma
afilada, de saeta.
Yo no miro adonde miras:
yo te estoy viendo mirar.

Y cuando deseas algo
no pienso en lo que tú quieres,
ni lo envidio: es lo de menos.
Lo quieres hoy, lo deseas;
mañana lo olvidarás
por una querencia nueva.
No. Te espero más allá
de los fines y los términos.

En lo que no ha de pasar
me quedo, en el puro acto
de tu deseo, queriéndote.
Y no quiero ya otra cosa
más que verte a ti querer.


Pedro Salinas

Miércoles, 29 de Octubre de 2008 03:10. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Es incómodo hacer el amor en un ferrocarril, pero mucho más incómodo es no hacerlo.

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Hoy he vivido un momento especial: el encuentro con el relato Puentes como liebres, de Mario Benedetti. La verdad es que mientras viajaba por las emociones que desprende el autor en cada una de sus líneas, mi intención no era otra que la de compartir aquel tierno éxtasis de autoproyección engañosa e imposible. Pensaba en todos vosotros y no podía dejar pasar la ocasión de invitaros a un buen trago de lectura...

Desde la cita de Pedro Salinas, que resume el texto, hasta la última frase, toda esta obrita tiende a la mirada sincera y pura de un protagonista que se esconde en cada uno de los lectores.



***


PUENTES COMO LIEBRES


iremos, yo, tus ojos y yo, mientras descansas,

bajo los tersos párpados vacíos

a cazar puentes, puentes como liebres,

por los campos del tiempo que vivimos.

PEDRO SALINAS



1

          Había oído mencionar su nombre, pero la primera vez que la vi fue un rato antes de subir al vapor de la carrera. Mis viejos y mis hermanas habían venido a despedirme y estaban algo conmovidos, no porque viajara a Buenos Aires a pasar una semana con mis primos sino porque a mis dieciséis años nunca había ido solo «al extranjero».

          Ella también estaba en la dársena pero en otro grupo, creo que con su madre y con su abuela. Entonces mamá le dijo discretamente a mi hermana mayor: «Qué linda se ha puesto la hija de Eugenia Carrasco, pensar que hace dos años era sólo una gurisa». Mamá tenía razón: yo no podía saber cómo lucía dos años atrás la hija de Eugenia, pero ahora en cambio era una maravilla. Delgada, con el pelo rojizo sujeto en la nuca con un moño, tenía unos rasgos delicados que me parecieron casi etéreos y en el primer momento atribuí esa visión a la neblina. Luego pude comprobar que con niebla o sin niebla, ella era así.

Al igual que yo, viajaba sola. Poco después ya con el barco en movimiento, nos cruzamos en un pasillo y me miró como reconociéndome. Dijo: «¿Vos sos el hijo de Clara?», exactamente cuando yo preguntaba: «¿Vos sos la hija de Eugenia?». Nos avergonzamos al unísono, pero fue más cómodo soltar la risa. Tomé nota de que cuando reía, podía ser una pícara que se hacia la inocente, o viceversa.

Inmediatamente cambié mi rumbo por el suyo. Iba pensando proponerle que cenáramos juntos y ensayaba mentalmente la frase cuando nos encontramos con el restaurante, así que se lo dije. «Y mira que tengo plata». Me gustó que aceptara de entrada, sin recurrir al filtro de negativas e insistencias tan usado por los adultos en los años treinta.

«Ah, pero somos algo más que el hijo de Clara y la hija de Eugenia, ¿no te parece? Yo me llamo Celina.» «Y yo Leonel». El mozo del restaurante nos tomó por hermanos. «Qué aventura», dijo ella. Estuve por decir aventura incestuosa, pero pensé que iba demasiado rápido. Entonces ella dijo «aventura incestuosa» y no tuve más remedio que ruborizarme. Ella también pero por solidaridad, estoy seguro.

Me pregunto si sabía en que estaba pensando. Qué iba a saber. «Bueno, estoy pensando en la cara que pondría mi abuela si supiera que estoy cenando con un muchacho». Albricias: el muchacho era yo. Y el mozo que me preguntaba si iba a pedir el menú económico. Por supuesto. Y el mozo que preguntaba si mi hermanita también. Y ella que sí claro, «por algo somos inseparables». Se fue el mozo y dije: «Ojalá». «Ojalá qué». Me di cuenta de que había conseguido desorientarla. «Ojalá fuéramos inseparables». Ella entendió que era algo así como una declaración de amor. Y era.

Cuando estábamos terminando la crema aurora, me preguntó por qué había dicho eso, y estaba seria y lindísima. Yo no estaba lindísimo pero sí estaba serio cuando imaginé que la mejor respuesta era enviarle mi mano por entre el tenedor y las copas, pero ella: «Ay no, acordate que somos hermanitos». Hay que ver los problemas que tenían los chicos, allá por 1937, en los preámbulos del amor. Era como si todos, las madres, las tías, las madrinas, las abuelas, los siglos en fin, nos estuvieran contemplando. Entonces, con las manos muy quietas pero crispadas, le contesté por fin que le había dicho eso porque me gustaba, nada más. Y ella: «Me gusta como decís que te gusto». Ah, pero a mí me gustaba que a ella le gustara cómo decía yo que me gustaba. Sí, ya sé, qué pavadas. Pero a nosotros nos sonaban como clarinadas de genio, de esas que aparecen en los diccionarios de frases famosas.

Cuando estábamos en el churrasco ella dijo que hasta ahora no se había enamorado, pero quién sabe. «Además, sólo tengo quince años». Y yo dieciséis. Pero quién sabe. Y desplegaba su sonrisa. Comparada con la suya, la de la Gioconda era una pobre mueca. Debo agregar que, a pesar de sus rasgos etéreos, demostró un apetito voraz. Del churrasco no quedaron ni huellas. Yo por lo menos dejé una papa, nada más que para que el mozo no pensara que éramos unos muertos de hambre.

En el postre nos contamos las vidas. En su clase había quien le tenía ojeriza porque era la única que obtenía sobresalientes en matemáticas. «A mi también me entusiasman las matemáticas». Exclamé radiante y hasta me lo creí, pero sólo era una mentira autopiadosa, ya que entonces las odiaba y todavía hoy me dura el rencor. Sus padres estaban separados, pero lo había asimilado bien. «Era mucho peor cuando estaban juntos y se insultaban a diario». Lamenté profundamente que mis padres no se hubieran divorciado, más bien estaban contentos de estar juntos. Lo lamenté porque habría sido otra coincidencia, pero la verdad es que no me atrevía modificar de ese modo la historia. «Leonel, no lo lamentes, es mucho mejor que se lleven bien, así se ocupan menos de vos. Si viven agraviándose, se quedan con una inquina espantosa y después se desquitan con uno».

Tomamos café, que estaba recalentado, casi diría que repugnante, pero ni ella ni yo teníamos ganas de volver a nuestros respectivos camarotes. Celina compartía el suyo con dos viejas; yo, con tres futbolistas. Menos mal que la noche estaba espléndida. Aquí ya no había niebla y la Vía Láctea era emocionante.

Estuvimos un rato mirando el agua, que golpeaba y golpeaba, pero hacía frío y decidimos sentarnos adentro, en un sofá enorme. Ella se puso un saquito porque estaba temblando, y yo, para transmitirle un poco de calor, apoyé mi largo brazo sobre sus hombros encogidos. El ruido del agua, el olor salitroso que nos envolvía y los pasillos totalmente desiertos, creaban un ambiente que me pareció cinematográfico. Era como si actuáramos dentro de una película. Nosotros, la pareja central. Estuvimos callados como media hora, pero los cuerpos se contaban historias, hacían proyectos, no querían separarse. Cuando apoyó la cabeza en mi hombro, yo balbuceé: «Celina». Movió apenas el cabello rojizo, sin mirarme, a modo de saludo. Un largo rato después, cuando yo creía que estaba dormida, dijo despacito: «Pero quién sabe».



2

La segunda vez fue siete años más tarde. Me había quedado solo en Montevideo. Toda la familia estaba en Paysandú, con mis tíos. Yo no había podido acompañarlos porque había dejado de estudiar y trabajaba en una empresa importadora. El gerente era un inglés insoportable: o sea que estaba totalmente descartado el que yo pidiera una semana libre. El leitmotiv de su puta vida eran los repuestos para automóviles, que constituían el principal renglón de la empresa. Hablaba de pistones, pernos, válvulas de admisión y de escape, aros, cintas de freno, bujías, etc. Con una fruición casi sibarítica. Reconozco que también hablaba de golf y los sábados siempre aparecía con los benditos paños, porque al mediodía, cuando cerrábamos, se iba con el hijo al club, en Punta Carretas, y allí se hacían la farrita.

Era un mediocre, un torpón y sin embargo autoritario, enquistado en un gesto definitivamente agrio que también incluía el hijo, que era flaquísimo y curiosamente se llamaba Gordon. Al viejo sólo lo vi hacer bromas y reírse en falsete cuando venía de inspección, cada tres meses, el director general, un yanqui retacón de cogote morado, nada torpe por cierto que no jugaba al golf ni entendía demasiado de pernos y bujías, pero que vigilaba el negocio como un sabueso y en el fondo despreciaba profundamente a aquel británico de medio pelo y ambición chiquita. Reconozco que esos matices los advierto ahora, a varios lustros de distancia, pero en aquel entonces no hacía distingo: adiaba ambos por igual.

Mi trabajo era múltiple. Vendía accesorios en el mostrador, atendía la caja, cotejaba cada factura con la mercancía correspondiente (se habían detectado varias evasiones de pistones) y en los ratos libres, o en horas extras, el gerente me llamaba para dictarme cartas que yo tomaba taquigráficamente. Ocho o nueve horas en ese ritmo me dejaban aturdido y fatigado. De más está decir que no era un trabajo esplendoroso.

Esa tarde estaba en el mostrador midiendo unos pernos que pedía un mecánico, cuando se hizo un silencio. Eso siempre ocurría en las escasas ocasiones en que entraba al comercio una mujer joven. Nuestros artículos no eran especialmente atractivos para el público femenino. Sin embargo, además de los accesorios para automóviles vendíamos linóleo, motores fuera de borda y cajas de herramientas, y dos o tres veces al año entraba alguna dama a pedir precios en cualquiera de esos rubros, aclarando siempre que se trataba de un regalo o de un encargo.

Yo seguí con los pernos, discutiendo además con el mecánico, que juraba y perjuraba que no eran para un Ford V8, como yo le decía. Al fin pude convencerlo con argumentos irrebatibles y pagó su compra con cara de derrotado. Levanté los ojos y era Celina. Al principio no la reconocí. Se había convertido en una mujercita de primera. Ya no era etérea, pero irradiaba una seguridad y un aplomo que impresionaban. Además, no era exactamente linda sino hermosa. Y yo, con las manos sucias del aceite de los pernos, no salía de mi estupor.

«Pero, Leonel, ¿qué haces entre tantos fierros?». Lo sentí como un agravio personal: para ella todos aquellos carísimos accesorios que proporcionaban pingües ganancias a la empresa, eran sólo fierros. «¿Y vos? ¿Venís a comprar alguno?» No, simplemente se había enterado de que yo trabajaba allí y se le ocurrió saludarme, ¿Dónde se había metido desde aquella vez? Nunca más había sabido de ella. Hasta las mujeres de mi familia le habían perdido al rastro. «Estuve en Estados Unidos, en realidad todavía vivo allí, pero la historia es larga, no querrás que te la cuente aquí». De ninguna manera, y menos ahora que el inglés ha empezado a pasearse con las manos atrás, y yo conozco ese preludio. Así que quedamos en encontrarnos esta noche. ¿Dónde? En mi casa, en la suya, en un café, donde quiera. «Tiene que ser hoy, ¿sabes?, Porque mañana me voy de nuevo». Y el gerente, en vez de disfrutar de aquellas piernas que se alejaban taconeando, me miró con su severidad despreciativa y colonizadora. Por las dudas, escondí mi nariz en una caja de arandelas.

Vino a mi casa y yo no había tenido tiempo de decirle que estaba solo. Ahora pienso que tal vez no se lo habría dicho aunque hubiese tenido tiempo. El proyecto era tomar unos tragos e irnos a cenar, pero al llegar me dio un abrazo tan cálido, tan acompañado de otras sustentaciones y recados, que nos quedamos allí nomás, en un sofá que se parecía un poco al del barco, sólo que esta vez no apoyó su cabeza en mi hombro y además no temblaba sino que parecía inmune, segura, ilesa.

Con siete años de incomunicación, tuvimos que contarnos otra vez las vidas. Sí se había ido a los Estados Unidos, enviada por la familia. Estaba estudiando psicología, quería concluir su carrera y luego regresar. No, no le gustaba aquello. Tenía amigos inteligentes, pródigos, entretenidos, pero observaba en la conducta de los norteamericanos un doble nivel, un juego en duplicado: y esto en la amistad, en el sexo, en los negocios. Herencia del puritanismo, tal vez. Todos tenemos una dosis más o menos normal de hipocresía, pero ella nunca la había visto convertida en un rasgo nacional.

No podía conformarse con que yo estuviera vendiendo accesorios de automóviles. «¿No lo hago bien?». «Claro que lo haces bien, ya vi como convenciste a aquel mecánico tan turro. Se ve que sos un experto en fierros. Pero estoy segura de que podés hacer algo mejor. ¿No te gustaban tanto las matemáticas?» «Nada de eso, aquella noche lo dije para que tuviéramos un territorio común. Además estoy seguro de que, si hubieras estado junto a mí, al final me habrían gustado, pero desapareciste, y mañana te vas».

Se va y no puedo creerlo. Por primera vez tomo conciencia de mi desamparo, por primera vez me digo, y se lo digo, que con ella puedo ser mucho y que sin ella no seré nada. Responde que sin mí ella tampoco será nada, pero que no hay que obligar al azar. «Ves como nos separamos y él viene y nos junta. Quién puede saber lo que vendrá. A lo mejor yo me caso, y vos también, por tu lado. No hay que prometer nada porque las promesas son horribles ataduras, y cuando uno se siente amarrado tiende a liberarse, eso es fatal».

Era lindo escucharla pero era mejor sentirla tan cerca. En ese momento me pareció que ella también tenía un doble nivel, pero sin hipocresía. Quiero decir que mientras desarrollaba todo ese razonamiento tan abierto al futuro, sus ojos me decían que la abrazara, que la besara, que iniciara por fin los trámites básicos de nuestro deseo. Y cómo podía negarle lo que esos ojos tan tiernos y elocuentes me pedían. La abracé, la besé. Sus labios eran una caricia necesaria, cómo podía haber vivido hasta ahora sin ellos. De pronto nos separamos, nos contemplamos y coincidimos en que el momento había llegado. Pero cuando yo alargaba mi mano hasta su escote, casi dibujado por anticipado el ademán de ir abriendo el paraíso, en ese instante llegó el ruido de la cerradura en la puerta de abajo.

«Mis padres» dije, «pero si iban a regresar mañana». No eran mis padres sino mi hermana mayor. «Hola Marta, qué pasó». Mamá se había sentido mal, por eso ella venía a buscarme. Le pregunté si era algo serio y dijo que probablemente sí, que papá estaba con ella en el sanatorio. «Perdón, con la sorpresa omití presentarte a Celina Carrasco. Ésta es Marta, mi hermana». «Ah, no sabía que se conocían. ¿Pero no estabas en el extranjero?» «Sí, vive en los Estados Unidos y regresa mañana». «Bueno», dijo Celina con la mayor naturalidad, «ya me iba, todavía tengo que hacer las valijas, ya saben lo que es eso. Espero que no sea nada serio lo de tu mamá». «Gracias y buen viaje», dijo Marta.



3

El azar estuvo esta vez remolón, ya que la ocasión siguiente sólo apareció en 1965. Yo ya no trabajaba entre los fierros. Unos meses después de la muerte de mamá, el viejo me llamó muy solemnemente y me comunicó que su propósito era hacer cuatro porciones con el dinero y los pocos bienes que tenía: él se quedaría con una, y las otras tres serían para mí y mis dos hermanas. Me indigné, traté de convencerlo: que él todavía era joven, que podía necesitar ese dinero, que nosotros teníamos nuestros ingresos, etc., pero se mantuvo. Le alcanzaba perfectamente con la jubilación y en cambio para nosotros ese dinero podía ser la base para algún buen proyecto. Y que concretamente en mi caso ya estaba bien de vender válvulas y cintas de freno. Y que no se admitían correcciones a la voluntad paterna.

Así fue. Marta se buscó una socia y abrió una boutique en la calle Mercedes; mi hermana menor, Adela, menos emprendedora, simplemente invirtió la suma en bonos hipotecarios; por mi parte, dije adiós sin preaviso al gerente golfista y su mal humor e instalé (viejo sueño) una galería de arte. Le puse un nombre obviamente artístico: La Paleta. Algunos amigos quedaron desconsolados con mi escasa imaginación, pero yo, cuando venía por Convención y contemplaba desde lejos el letrero Galería La Paleta, me sentía casi ufano.

Ah, me olvidaba de algo importante: en 1950 me había casado. Creo que tomé la decisión cuando supe, por un pintor uruguayo residente en Nueva York, que Celina se había casado en los Estados Unidos con un arquitecto venezolano. Mi mujer, Norma, trabajaba en un Banco y de noche era actriz en un teatro independiente. Tuvo algunos buenos papeles y los aprovechó. Yo iba siempre a los estrenos y en compensación ella venía a La Paleta cuando se inauguraba una muestra. Pero debo reconocer que nos veíamos poco.

En una ocasión (creo que era una obra de autor italiano) Norma debía aparecer desnuda tras una mampara no transparente sino traslúcida. Digamos que no se veía pero se veía. La noche del estreno me sentí ridículo por dos razones: la primera, que una platea repleta presenciara (ay, en mi presencia) y aplaudiera el lindo cuerpo de mi mujer, y la segunda: si éramos civilizados no podía ser que yo me sintiera mal, y sin embargo me sentía. Ergo, era un producto de la barbarie. Después de esa autocrítica, me divorcié.

No pude sin embargo contarle esa historia a Celina porque si bien vino al cóctel de La Paleta (se inauguraba la muestra retrospectiva de Evaristo Dávila), lo hizo acompañada de su arquitecto venezolano quien para colmo se interesaba abusivamente por la pintura y no sólo me hizo poner una tarjeta de adquirido bajo dos lindas acuarelas de Dávila (eran más baratas que los óleos) sino que se prometió y me prometió venir nuevamente por la galería antes de emprender el regreso a Los Ángeles, y todo ello «porque a esta altura del partido, los cuadros son la mejor inversión».

Celina me acribilló a preguntas. Sabía que me había casado, pero cuando me preguntó por mi mujer («Ya sé que es encantadora, ¿tenés hijos?, de qué se ocupa, se llama Norma ¿no?») se quedó con la boca abierta cuando le dije que nos habíamos divorciado. Emergió como pudo de aquel bache, sobre todo porque el arquitecto frunció el ceño y ella no tuvo más remedio que dedicarse a elogiar la galería. «¿Viste como yo tenía razón? Era un crimen que estuvieras enterrado en aquella empresa espantosa, con aquel gerente tan desagradable. Supe que tu mamá había fallecido, pero no habrá sido precisamente aquella noche en que llegó tu hermana, ¿verdad?» Sí, había sido precisamente aquella noche.

Me dije que seguía siendo muy atractiva pero que sin embargo había perdido un poco, no demasiado, de su frescura, y eso de advertía sobre todo en su risa, que ya no estaba a medio camino entre la inocencia y la picardía, sino que era primordialmente sociable. Me dije todo eso, pero a ella en cambio le aseguré que se le veía muy rozagante. Me pareció que el arquitecto esbozaba una sonrisa de comisuras irónicas, pero quizá fue un falso indicio. Seguían viviendo en Estados Unidos pero querían mudarse a San Francisco. «Es la única ciudad norteamericana que soporto, debe ser porque tiene cafés y no sólo cafeterías y te podés quedar sentado durante horas junto a una ventana leyendo el diario con un solo exprés». Por fortuna el arquitecto se encontró un viejo amigo, el abrazo fue entusiasta y los palmoteos en las respectivas nucas sirvieron de prólogo a un aparte íntimo en el que presumiblemente se pusieron al día. Yo aproveché para mirarla a los ojos y hacerle una pregunta que evidentemente ella había tratado de frenar mediante aquella superflua animación: «¿Cómo estás realmente?». Cerró los ojos durante unos segundos y cuando los abrió era la Celina de siempre, aunque más apagada. «Mal», dijo.



4

A la hora convenida, ya no recuerdo cuál era, la gente había aparecido simultáneamente desde las calles laterales, desde los autos estacionados, desde las tiendas, desde las oficinas, desde los ascensores, desde los cafés, desde las galerías, desde el pasado, desde la historia, desde la rabia. Ya hacía dos semanas que, como respuesta al golpe militar, la central de trabajadores había aplicado la medida que tenía prevista para esa situación anómala: una huelga general.

Mientras caminaba, como los otros miles, por Dieciocho, pensé que a lo mejor era sólo un sueño. Todo había sido tan vertiginoso y colectivo. Además la gente se movía como en los sueños, casi ingrávida y sin embargo radiante. Cada uno tenía conciencia de los riesgos y también de que participaba en un atrevido pulso comunitario, casi un jadeo popular. Era como respirar audiblemente, osadamente, con mis pulmones y los de todos. Nunca sentí, ni antes ni después de aquel 9 de julio del 73, un impulso así, una sensación tan nítida y envolvente de a dónde iba y a qué pertenecía. Nos mirábamos y no precisábamos decirnos nada: todos estábamos en lo mismo. Nos sentíamos estafados pero a la vez orgullosos de haber detectado y denunciado al estafador. Creíamos que nadie podría con nosotros, así desarmados e inermes como andábamos, pero sin la menor vacilación en cuanto a desembarazarnos de esos alucinantes invasores que no apuntaban, nos condenaban. Y cuanto más terreno ganaban la tensión, cuanto más rápido era el paso de hombres y mujeres de muchachos y muchachas, tanto más verosímil nos parecía ese remolino de libertad.

Recuerdo que en los balcones había mucho público, como si fuéramos los protagonistas de una parada antimilitar. De pronto me acordé: alguna vez había estado en uno de esos balcones, cuando había pasado el general De Graulle bajo un terrible aguacero, chorreante y enhiesto como el obelisco de la Concorde. Y también recordé como bullía la avenida allá por el 50, cuando contra todos los vaticinios la selección uruguaya le había ganado a la brasileña en la final de Maracaná. Y más atrás, cuando la reconquista de París en la segunda guerra. Por la avenida siempre había pasado el aluvión.

Y ahora también. Uno se cruzaba con el amigo o el vecino y apenas le tocaba en brazo, para qué más. No había que distraerse, no había que perder un solo detalle. También nos cruzábamos con desconocidos y a partir de ese encuentro éramos conocidos, recordaríamos esa cara no para siempre, claro, pero al menos hasta la madrugada, porque nuestras retinas eran como archivos, queríamos absorber esa entelequia, queríamos concretarla en transeúntes de carne y hueso. Nada de abstracciones, por favor. Los labios apretados eran conscientes y reales; las sonrisas del prójimo, sucintas y ciertas. La calle avanzada incontenible, con sus vidrieras y balcones; la calle articulada, en inquietante silencio, su voluntad más profunda, su dignidad más dura. Los obreros esos que pocas veces bajan al centro porque la fábrica los arroja al hogar con un cansancio aletargante, aprovechaban a mirar con inevitable novelería aquel mundo de oficinistas, dependientes, cajeras, que hoy se aliaba con ellos y empujaba. No había saña, ni siquiera rencor, sólo una convicción profunda, y hasta ahí no llegaba lo planificado. Las convicciones no se organizaban; simplemente iluminan, abren rumbos. Son un rumor, pero un rumor confirmado que sabe del suelo como un seísmo.

Y así, como un rumor, como un murmullo que venía en ondas, empezó a oírse el himno, desajustado, furioso y conmovedor como nunca. Cuando unos silabeaban y que heroicos sabremos cumplir, otros, más lentos o minuciosos, estaban aún estancados en el voto que el alma pronuncia. Pero fue más delante, en el tiranos temblad, o sea en pleno bramido con destinatarios, cuando la vi, a diez metros apenas, cantando ella también como una poseída. Y en esta cuarta vez, además del lógico sacudimiento, sentí también un poco de recelo, un amago casi indiscernible de desconcierto, la sospecha de haberme quedado no sólo lejos de su vida, como siempre había estado, sino fuera de su mundo y fuera también de su belleza, que aun a sus cincuenta (en octubre cumplirá cincuenta y uno) seguía siendo persuasiva; fuera de sus noticias, de su vida cotidiana, de sus ideas, y fuera también de este entusiasmo atronador en que estábamos envueltos, porque no lo habíamos alcanzado juntos sino cada uno por su lado, coleccionando destrozos y solidaridades. Sin embargo, de una cosa no me cabía duda: era la única mujer que realmente me había importado y aún me importaba. Hacía algunos meses, cuando había vendido La Paleta y abierto una librería de viejo en el Cordón (los amigos esta vez me convencieron de que no la llamara Tomo y lomo, como había sido mi intención, sino sencillamente Los cielitos), un cliente me dijo al pasar que el arquitecto Trejo y su mujer pensaban regresar de San Francisco para quedarse en Montevideo. En qué momento. Dejé pasar unas semanas y cuando estaba averiguando sus nuevas señas, vino el golpe y no sólo ese propósito sino todos los propósitos quedaron aplazados. El país entero quedó aplazado.

Y ahora ella estaba allí. La veía y enseguida la perdía de vista. A veces distinguía su tapado azul, o su cabeza que ya no era roja, pero de nuevo la perdía. Y así avanzaba, procurando no dar codazos porque en aquella muchedumbre no había enemigos. Pero ella, que no me había visto, también se movía y no precisamente hacía mí. Entonces hubo un aaah de alerta, que fue creciendo, y luego gritos y corridas y gente que tropezaba y caía, porque la represión había empezado y sonaban disparos y tableteos y había humo y palos y yo queriendo verla, intentaba correr hacia ella, pero en la confusión las distancias variaban de minuto en minuto y ya era bastante la furia que se descargaba sobre nosotros y había que escapar, tiranos temblad, quizá el temblor era ese tableteo, y todo seguía aconteciendo en un nivel onírico, sólo que esos uniformados no eran ingrávidos y el sueño se había convertido en pesadilla.



5

La quinta vez fue en Atocha, antes de que tomáramos el tren nocturno que iba a Andalucía, un domingo de octubre de 1981. Yo llevaba cinco años viviendo en Madrid, como tercera escala del exilio. Dos días después de aquel imborrable 9 de julio, fueron a buscarme a casa de Norma, mi ex mujer, quien tuvo el buen tino de decirles que, aunque estábamos separados, tenía la impresión de que yo había viajado al extranjero. ¿Dónde? «Ni idea, él siempre viaja mucho y lógicamente, dada nuestra actual situación, no se molesta es comunicármelo». Buena actriz, por suerte. Y yo un sedentario congénito, tuve que irme a hurtadillas. Pero aun así, antes de cruzar la frontera, escondido en casa de amigos por tres o cuatro días, pude averiguar que Celina había sido detenida. También su hijo. Me aseguraron que el arquitecto no salía de su estupor, y que era un estupor con doble llave.

Primero estuve en Porto Alegre, luego en París, por fin en Madrid, donde no me fue fácil conseguir trabajo. Durante seis meses viví de lo poco que me mandaban mis hermanas, pero esa ayuda me provocaba (resabios de machismo, claro) una incomodidad casi a flor de piel. Me sentía un gigolo de mis propias hermanas, y eso, en mi marco de pequeño burgués progresista, era un escándalo. Por suerte, un buen grabador mexicano a quien yo conocía desde tiempo atrás porque había expuesto sus litografías en La Paleta, me presentó a la propietaria de una rimbombante galería del barrio de Salamanca, habló maravillas de mi conocimiento del ramo y como resultado empecé a trabajar. La dueña, una noruega veterana y buena tipa, pese a que no creyó una sola palabra del panegírico, se mostró dispuesta a sacarme del pozo. Más tarde se fue convenciendo de que yo podía serle de utilidad y empezó a mandarme a provincias a fin de que descubriera jóvenes promesas. Reconozco que descubrí varias, y doña Sigrid, como yo la llamaba, me fue tomando confianza.

Esta vez me enteré rápidamente de la presencia de Celina en Madrid. Había pasado tres años en la cárcel, acusada de servir de correo internacional, el servicio de actividades «subversivas». La habían tratado mal, pero no tan mal como a otras mujeres, casi todas mucho más jóvenes, que cayeron en aquellas jornadas de espanto. Por un lado su edad (cuando fue detenida tenía 52 y al salir 55) y sus maneras dignas y seguras que establecían una inevitable distancia con aquellos omnipotentes en bruto, y por otro sus vinculaciones con medios diplomáticos y políticos, hicieron que los militares le guardaran cierta consideración, aunque esta siempre estuviera ligada a algo que para ellos constituía un enigma: por qué una dama culta, de buena familia, de aspecto impecable, de hábitos refinados, había arriesgado su confort, su libertad y hasta su matrimonio, comprometiéndose en una tarea loca, irresponsable, y para ellos sobre todo delictiva. Como en el fondo querían ser suaves con ella (aunque por supuesto sin hacerse acreedores a ningún tirón de orejas, ni de galones) fabricaron para sí mismos una explicación que les pareció verosímil: el hijo había estado metido hasta el pescuezo en faenas conspirativas y ella simplemente le había dado una mano. Una vez que la motivación adquirió un tinte maternal, y por ende familiar, occidental y cristiano, ya estuvieron en condiciones de tolerar su propia tolerancia. Hubo, es cierto, un suboficial que en un interrogatorio especialmente duro, frente a los altivos desplantes de la detenida perdió la compostura y la abofeteó varias veces, partiéndole el labio y dejándole un ojo tumefacto, pero también es cierto que el impulsivo fue sancionado. Celina (todo lo fui sabiendo poco a poco, por amigos comunes) se sentía, en medio de todo, una privilegiada, ya que luego compartió su celda con varias muchachas que estaban literalmente reventadas. En cuanto a su hijo, sólo pudieron probarle una mínima parte de la pirámide de acusaciones, pero a él sí lo torturaron con delectación y estuvo cuatro meses en el Hospital Militar. Cumplió su condena de cinco años y luego lo deportaron. Ahora vivía con su mujer en Gotemburgo.

Para Celina esos años fueron decisivos. La prisión había cortado su vida en dos, y la libertad la había esperado con una pródiga canasta de problemas. En primer término, su matrimonio. La falta de solidaridad demostrada por el arquitecto (siempre había sido un hombre estrechamente vinculado a las transnacionales) había liquidado la convivencia conyugal, ya seriamente deteriorada en el momento de la detención. Fueron seis meses de discusiones interminables y por fin Celina decidió romper una unión que había durado nada menos que treinta años. Cuando todo estaba resuelto y habrían por lo menos llegado al acuerdo de iniciar el divorcio una vez que Trejo regresara de un corto viaje a su paraíso norteño, el proyecto tuvo una brusca e imprevista modificación, ya que el arquitecto sufrió un síncope en el aeropuerto Kennedy, exactamente cuando los altavoces llamaban para su vuelo de Pan American. Mientras el hijo siguió en el penal, Celina permaneció en Montevideo, a pesar de que el muchacho, en cada visita, le pedía que se fuera: «Yo sé por qué te lo digo. Andate vieja». Pero la vieja sólo hizo sus bártulos cuando él le telefoneó desde Estocolmo que había llegado bien.

Precisamente, Celina venía ahora de Suecia, donde había pasado un mes con el hijo y la nuera. Su proyecto era estar dos meses en España y luego decidiría. Su situación económica le daba cierta seguridad, y aunque ayudaba frecuentemente al hijo, no pasaba dificultades.

Cuando la localicé por teléfono, gritó «Leonel» antes de que le aclarara quién la llamaba. Teníamos que vernos, claro, pero le dije que el domingo yo debía partir por tren nocturno hacía Andalucía y le propuse que me acompañara, así aprovechábamos el viaje a Huelva y Málaga y Granada para contarnos una vez más quiénes éramos. Hubo veinte segundos de silencio que me parecieron media hora y por fin dijo que bueno. Yo me encargaría de los billetes y de reservar los compartimentos, individuales y de primera por supuesto. ¿De acuerdo? De acuerdo. Imaginé que estaría sonriendo y que aún ahora la Gioconda saldría perdidosa.

La noche del domingo llegué a Atocha media hora antes de lo convenido. Ella en cambio apareció con veinte minutos de retraso. Desde lejos venía pidiendo perdón, perdón, y lo siguió diciendo ya muy quedo junto a mi oído cuando nos abrazamos. No había tiempo para ternuras, de modo que fuimos casi corriendo hasta el andén y por el andén hasta el final, donde estaba nuestro vagón. En realidad subimos dos minutos antes de que el convoy comenzara a moverse. Un tipo bastante amable nos acompañó hasta nuestras respectivas cabinas individuales, tal vez un poco extrañado de que no tuviéramos una doble.

Dejamos el equipaje y los abrigos y sólo entonces tuvimos tiempo de mirarnos. «En marzo voy a ser abuela», fue lo primero que me dijo. Algo así como un alerta. «Ah, yo no. Para no correr ese riesgo espantoso, tomé la precaución de no tener hijos». Nos volvimos a mirar, pero indirectamente, gracias al cristal de la ventanilla. «Leonel, ¿será que por fin estaremos tranquilos vos y yo?» «Querida, has cometido tu primer error: yo no estoy tranquilo». Tomé su mano y la conduje hasta el reloj llamado cuore. El mío, claro. «Falluto, es por la corrida. A tus años. Mira que no quiero chantajes cardiovasculares». Mi desilusión debió notarse porque apartó la mano del reloj y la pasó por mi pelo. «Quiero empezar por un comunicado oficial», dijo, «he llegado a la conclusión de que te quiero». «¿Y cuándo fue eso?» «En la cárcel. Una noche me di varias veces la cabeza contra el muro. Por estúpida. Hace siglos que te quiero.» «¿Y entonces por qué desaparecías y te ibas a los Estados Unidos y te casabas y todas esas cosas horribles?». «Yo también podría preguntarte por qué te quedabas y te desgastabas entre los fierros y llegaba de improviso tu hermana y te casabas y te divorciabas y todas esas cosas horribles». Sí, era cierto. En algún momento deberé darme la cabeza contra el muro.

Fuimos a cenar al vagón restaurante, pero no había ni crema aurora ni churrasco, así que tuvo que ser jamón de York y trucha a la almendra. «¿No te parece que desperdiciamos la vida?». «También hubo cosas buenas. Pero si te referís a la vida nuestra, a la vida vos y yo, estoy de acuerdo, la desaprovechamos». Avancé la mano, como en el vapor de la carrera, por entre las copas y el tenedor, y ella la aceptó: «Aquí no somos hermanitos». Tuve la impresión de que recordábamos todas nuestras frases (después de todo, no eran tantas) pronunciadas desde 1937 hasta ahora. Glosé otro versículo: «Tampoco somos inseparables». ¿Te parece que no? Fíjate que siempre volvemos a encontrarnos.» Venía el camarero, traía y llevaba platos, vino, agua mineral, postres, café y no sentíamos vergüenza de que nos sorprendiera mirándonos, y no como rutina, sino así, encandilados.

Pagamos. Volvimos al vagón, estuvimos un rato en el pasillo vigilando luces que llegaban, nos cruzaban y se iban. Le rodeé los hombros y ella recostó la cabeza. Como por ensalmo, los cuerpos empezaron a contarse historias, a hacer proyectos. No querían separarse. «Mañana en el hotel podríamos tener una habitación doble», dije. «Podríamos».

De pronto me apretó el brazo, no dijo nada y se metió en su cabina. Me quedé un rato más en el pasillo, luego entré en la mía. Me quité la ropa, me puse la pijama, me lavé los dientes, bebí un vaso de agua. Sin demasiada convicción saqué de mi maletín los cuentos de Salinger que pensaba leer. Pero antes de acostarme toqué suavemente con los nudillos en la puerta doble que separaba los compartimentos.

Del otro lado también hubo nudillos y algo más. El cerrojo de la segunda puerta sonó duro, decidido. También descorrí el de mi lado. Nunca se me había ocurrido que si dos pasajeros se ponen de acuerdo en abrir la puerta doble, las cabinas pueden comunicarse.

Celina. Ya no es pelirroja ni delgadita ni sus rasgos etéreos han de confundirse con la niebla. También yo soy otra imagen. No preciso buscarme en el espejo desalentador. Sé que dos fiordos anuncian una calvicie que ni siquiera es prematura. Tengo un poco de barriga, vello blanco en el pecho, manos con las inconfundibles manchas del tiempo. Ella apaga la luz, pero a veces algún foco atraviesa las estrías de la persiana y nuestros cuerpos aparecen, pero con barrotes de sombra, casi como dos cebras, esos pobres animales que jamás están desnudos. Nosotros sí. Nunca habíamos tenido nuestras desnudeces. Es un descubrimiento. Los besos del goce, las lenguas del apremio, los vellos contiguos por fin se reconocen, se piden, se inquieren, se responden.

Es incómodo hacer el amor en un ferrocarril, pero mucho más incomodo es no hacerlo. El jadeo del tren se funde con el nuestro, es un compás como el de un barco. Fuera el viento golpea como hace tantos años golpeaba el río como mar, y en realidad es mi adolescencia la que penetra alborozada en los quince años de mi único amor.

Jueves, 23 de Octubre de 2008 02:09. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

El túnel

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Quizá sintió mi ansiedad, mi necesidad de comunión, porque por un instante su mirada se ablandó y pareció ofrecerme un puente; pero sentí que era un puente transitorio y frágil colgado sobre un abismo. (88)


He pasado tres días extraños: el mar, la playa, los caminos me fueron trayendo recuerdos de otros tiempos. No sólo imágenes: también voces, gritos y largos silencios de otros días. Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé que estoy preparando recuerdos minuciosos, que alguna vez me traerán la melancolía y la desesperanza.

El mar está ahí, permanente y rabioso. Mi llanto de entonces, inútil; también inútiles mis esperas en la playa solitaria, mirando tenazmente al mar. ¿Has adivinado y pintado este recuerdo mío o has pintado el recuerdo de muchos seres como vos y yo?

Pero ahora tu figura se interpone: estás entre el mar y yo. Mis ojos encuentran tus ojos. Estás quieto y un poco desconsolado, me mirás como pidiendo ayuda. (100-101)

 

A pesar de todo, el hombre tiene tanto apego a lo que existe, que prefiere finalmente soportar su imperfección y el dolor que causa su fealdad, antes que aniquilar la fantasmagoría con un acto de propia voluntad. Y suele resultar, también, que cuando hemos llegado a ese borde de la desesperación que precede al suicidio, por haber agotado el inventario de todo lo que es malo y haber llegado al punto en que el mal es insuperable, cualquier elemento bueno, por pequeño que sea, adquiere un desproporcionado valor, termina por hacerse decisivo y nos aferramos a él como nos agarraríamos desesperadamente de cualquier hierba ante el peligro de rodar en un abismo. (120) 

El túnel (1977), de Ernesto Sábato.

Nota: 6

 

Martes, 08 de Julio de 2008 14:57. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

La vida es un guión

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Hay algo de valentía —mucho— en decir: «No sé». A veces lo decimos con la cara gacha, la expresión avergonzada, la voz temblorosa. Otras fingimos que somos unos frívolos y decimos jovialmente: «No sé, ni idea» o simulamos chulería: «Pues no, no sé, ¿qué pasa?». Los políticos nunca dicen: «No sé». Ya va siendo hora. (35-36)

 

La vida ya es bastante complicada como para pasársela en la cocina, quitándole las escamas a una merluza o descifrando las instrucciones de un sifón. (49)

 

Domingos de adolescencia a la salida de la Filmoteca, después de ver una película de Bergman (que en sus memorias hace varias referencias a la tristeza suprema del domingo por la tarde) que nos zarandeaba hasta la médula y que nos empujaba a partes iguales hacia el deseo de hacer cine y hacia el cementerio. (54)

 

Uno de aquellos días.

 

Vancouver. Seis de la mañana. Llevas despierta desde las tres. Has leído tres cuentos de Richard Ford, has visto dos publireportajes (uno sobre un curso de Pilates en video, otro sobre un revolucionario sistema que permite elaborar tu propia comida para perros), has bebido zumo de zanahoria, Coca-Cola light y leche con cacao, has escrito tres e-mails que has perdido y has pasado veinte minutos intentando buscarlos. Cuando suena el teléfono con la risueña voz de Alec, la recepcionista jamaicana del hotel, tienes la energía de una marmota a punto de hibernar. Hoy es uno de «esos días». Esos días en que te preguntas qué coño haces a veinte mil kilómetros de Barcelona, haciendo una película sobre una chica-con-una-enfermedad-incurable [Mi vida sin mí]. Esos días en que una foto de Truffaut vista de pasada en un libro te hace sentirte irremediablemente inútil. Esos días en los que el coraje que te ha llevado a escribir un guión en inglés, convencer a Pedro Almodóvar para que lo produzca en Canadá y arrastrar a un montón de gente contigo, te ha abandonado completamente. Esos días en los que piensas que el cine debería haberse prohibido después de que Eisenstein rodara El acorazado Potemkin. Esos días en que recuerdas con nostalgia a tu madre habándote de las ventajas de estudiar odontología (97-98)

 

Continúa…

 

La vida es un guión (2004), Isabel Coixet, Quinteto, Barcelona.

 

***

 

La pasada tarde de domingo me ventilaba en una hora La vida es un guión, y nada me ventilaba a mí en aquel autobús ALSA, Barcelona-Zaragoza-Madrid. No se trata de un gran acontecimiento literario, sin embargo, al igual que en sus films, Isabel Coixet se sincera y se desnuda para expresar las alegrías y los miedos de una vida rodeada de cine, donde la más leve brisa supone un nuevo punto de vista.

 

A mí tampoco me interesan mucho las tardes de domingo, odio cocinar y continuamente pienso en la decisión de hacer cine, aunque …«no sé».

 

Jueves, 22 de Mayo de 2008 01:05. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

Los ojos de los pobres

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¡Ah! Queréis saber por qué os odio hoy. Sin duda a vos os será menos fácil comprenderlo que a mí explicarlo, pues sois, según creo, el más bello ejemplo de impermeabilidad femenina que pueda encontrarse.

Habíamos pasado juntos una larga jornada que me había parecido corta. Nos habíamos prometido mutuamente que todos nuestros pensamientos serían comunes y que, en lo sucesivo, nuestras dos almas no serían sino una —un sueño que, después de todo, no tiene nada de original, sino es el que, soñado por todos los hombres, no ha sido realizado por ninguno.

 

Por la noche, algo cansada, quisisteis sentaros en un café nuevo que hacía esquina con un nuevo bulevar, todavía lleno de cascotes y enseñando ya gloriosamente sus inacabados esplendores. El café refulgía. El mismo gas desplegaba allí todo el ardor de un debut, e iluminaba con todas sus fuerzas las paredes, cegadoras de blancura, las deslumbrantes superficies de los espejos, los oros de las medias cañas y de las cornisas, los pajes de abultadas mejillas arrastrados por una traílla de perros, las damas sonriendo al halcón perchado en su puño, las ninfas y las diosas que llevaban sobre su cabeza frutas, pasteles y caza, Hebe y Ganimedes que ofrecían a brazo tendido la pequeña ánfora de bavaroise, o el obelisco bicolor de los arlequines; toda la historia y toda la glotonería puestas al servicio de la glotonería.

 

Justo ante nosotros, sobre la calzada, estaba plantado un hombre de unos cuarenta años, el rostro cansado, la barba grisácea, llevando de una mano a un niño y sosteniendo con la otra a un ser demasiado débil para caminar. Hacía de niñera y llevaba a sus hijos a tomar el aire del atardecer. Todos en andrajos. Los tres rostros estaban extraordinariamente serios, y aquellos seis ojos contemplaban fijamente el nuevo café con idéntica admiración, matizada por los años de forma diversa.

 

Los ojos del padre decían: «¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!; se diría que todo el oro del mísero mundo ha venido a mostrarse en estas paredes.» —Los ojos del niño: «¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!; pero es una casa donde sólo pueden entrar personas que no son como nosotros.» —Los ojos del más pequeño estaban demasiado fascinados para expresar otra cosa que no fuese una alegría estúpida y profunda.

 

Los cancioneros dicen que el placer hace buena al alma y ablanda el corazón. Respecto de mí, la canción estaba en lo cierto aquella noche. No sólo me había enternecido ante aquella familia de ojos, sino que además sentía cierta vergüenza por nuestros vasos y garrafas, mayores que nuestra sed. Volví la mirada hacia la vuestra, mi querido amor, para leer en ella mi pensamiento; me zambullí en vuestros ojos tan bellos y tan extrañamente suaves, en vuestros ojos verdes, habitados por el Capricho e inspirados por la Luna, cuando me dijisteis: «¡Esa gente me resulta insoportable, con sus ojos abiertos como puertas de una cochera! ¿No podrías rogar al dueño del café que los apartase de aquí?»

 

¡Tan difícil es entenderse, querido ángel mío, y tan incomunicable es el pensamiento, incluso entre personas que se aman!


***

 

Pequeños poemas en prosa. Los paraísos artificiales, Charles Baudelaire, Letras Universales, Cátedra, pp. 95-97.


***

Ya se va otro nueve de mayo y los ojos de los pobres son los mismos de entonces, ¿habrán cambiado los ojos de los que los miran?


 

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Viernes, 09 de Mayo de 2008 23:45. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

Literatura off Sant Jordi...

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Era primavera, y por primera vez desde hacía dos años, desde la muerte de mi padre, yo esperaba esa estación con impaciencia. En mi cuaderno de textos había copiado estas líneas extraídas de una novela de mi abuelo, François Mauriac: «La felicidad es estar rodeado de mil deseos, oír que a tu alrededor crujen las ramas». Si la primera parte de esa definición todavía me resultaba desconocida, empezaba a entrever la segunda: yo escuchaba, oía «a mi alrededor crujir las ramas». Era algo difuso, nuevo, turbador. Surgía sin motivo alguno, en cualquier lugar. Yo soñaba con lo que podía llegar a ser mi vida, estaba agitada, traspasada por fragmentos de esperanza. Pero esa embriaguez primaveral no duraba apenas, y al final me encontraba confundida, segura de que nada conseguiría jamás apartarme de mi mediocridad. La visión de mi cuerpo acababa de desanimarme: había sufrido una especie de muda, y la jovencita en la que estaba a punto de convertirme era una extraña para mí.

 

La joven (2007), de Anne Wiazemsky (en la foto), El Aleph Editores, p. 16.



***

 

 Anne Wiazemsky novela cómo fueron sus inicios en el cine de la mano de Robert Bresson. Una novela sobre el desarrollo personal, las ilusiones y los miedos.

 

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Jueves, 24 de Abril de 2008 21:27. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Ausencia

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          SILENCIO 

Yo que crecí dentro de un árbol
tendría mucho que decir,
pero aprendí tanto silencio
que tengo mucho que callar
y eso se conoce creciendo
sin otro goce que crecer,
sin más pasión que la substancia,
sin más acción que la inocencia,
y por dentro el tiempo dorado
hasta que la altura lo llama
para convertirlo en naranja.


                        Pablo Neruda

Domingo, 23 de Marzo de 2008 05:54. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

Soledades primaverales

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DISTANCIAS

   Distancias.

En la vida hay distancias.

    El hombre emite su aliento,

El limpio cristal se empaña.

    El hombre acerca sus labios

al espejo…,

pero se le hiela el alma.

    (Pero se le hiela el alma.)

    Distancias.

En la vida hay distancias.

(De El tacto fervoroso, Juan José Domenchina)

Jueves, 20 de Marzo de 2008 17:45. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

Lluvia y frío

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Ciudad en mí (Santiago)

«Ciudad extraña, hermosa y fea a un tiempo.»

(Rosalía de Castro, En las orillas del Sar, «Santa Escolástica», III, 1).

Yo no pude elegir: abrí los ojos

y la vida era lluvia y noche y piedra, y sólo

el húmedo reflejo de un farol gemebundo;

yo no tuve la culpa si invadieron mis sueños

las campanadas grises, el musgo, los paraguas

litúrgicos, aquellas nubes pétreas;

yo no tengo la culpa si esa melancolía

fue mi patria nativa, la costumbre

de mis años silvestres; y tampoco si ahora

llevo conmigo, dentro, aquella lluvia y lluvia

y lluvia que ponía

—...martes, miércoles, jueves...— pensativas

las piedras de Santiago.

28-XI-75, Miguel d'Ors

 

***

El frío es más que el frío, el frío es lo que de enemistad tiene la vida para conmigo, el gesto hosco que me pone, una agresión repetida a lo largo de los años, serpiente de cristal, hoguera helada que me consume. Para el frío tomo cosas, bebidas calientes, medicinas de media tarde, pero noto cómo el frío me va sustituyendo el alma, cómo voy teniendo una conciencia de frío y sólo frío. Ya no es que me enfríe por dentro, sino que mis adentros son de frío, y un corazón de témpano me va pesando como no debiera. Esto debe ser, hijo, el ir viviendo, un pasar del sol a la sombra, del calor al frío, del verano al invierno, un irse quedando del lado del invierno, una residencia en noviembre que antes creíamos transitoria y que ahora se va haciendo definitiva. El frío era una visita inoportuna. Ahora viene a quedarse o, peor aún, el frío soy yo. Antes pasábamos por noviembre como por una estación de trasbordo. Ahora me veo condenado a vivir para siempre en el frío ferroviario de las estaciones. El frío va siendo mi manera de experimentar el tiempo, mi vivencia más metafísica, mi único comercio con lo otro.

Mortal y rosa (1975), Francisco Umbral, Letras hispánicas, Cátedra / Destino, Madrid, 2007, p. 227.

Lunes, 14 de Enero de 2008 13:21. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

Mortal y rosa

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Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud.

 

Todo lo que somos, sí, tiene ese revés de sueño, ese cimiento o esa escombrera turbia, y alguien se preguntaba, irónico, por los sueños de Kant, de Descartes, de Hegel. ¿Qué clases de sueños no tendrían esos monstruos de razón? Toda la represión mental de sus sistemas había de tener, sin duda, un revés caótico, doliente y atribulado. Cómo negar la mitad en sombra de la vida, si están ahí los sueños. Hay una época de la existencia en que uno decide ser sólo sus sueños, y el surrealismo es una adolescencia en cuanto que quiere alimentarse de sueños. Hay una madurez, un clasicismo —a cualquier edad de la vida— en que optamos por nuestra razón, por nuestro rigor, por nuestra estatura. Qué más da. Tan pueril es vivir de sueños como vivir de silogismos. Claro que se vive de lo que se puede, y tarda uno en aprender a vivir de realidades, de cosas, de objetos, como viven los seres naturales. El hombre es un ser de lejanías, dijo el otro. Sí, el hombre es un ser de utopías, de distancias, de «proyectos líricos». El hombre tiene que aprender a ser criatura de cercanías, pastor de lo inmediato.

 

Mis sueños sólo me dan una versión embrollada de lo que tengo muy claro. Cuando sueño soy el exegeta confuso de mí mismo, el amanuense indescifrable y pelmazo que quiere anotarlo todo y todo lo embarulla. El sueño le pone a mi vida un comentario ocioso y oscuro, sin secreto, pero con sombra.

 

Estoy en esto con monsieur Sastre, que le niega al sueño todo significado y le atribuye la imposibilidad de formular una sola imagen coherente, porque en cuanto formulo una imagen coherente «ya estoy despierto». No me interesan mis sueños como no me interesa ya, casi, mi pasado. De la prosa de la vida hago en sueños poemas surrealistas. Breton vive de mí y sale por la noche a comerme en porciones. A la mierda con Breton. Sé que consisto en una cloaca, un légamo, una putrefacción, pero me aburre, ya, constatarlo, y he perdido la fascinación de mis propias heces, que es una fascinación infantil perpetuada en el poeta, el neurótico y el psicoanalista. Sólo necesita recurrir a sus sueños la gente sin imaginación. A Breton y a Freud seguro que no se les ocurría nada, nunca. Tan primitivo es interpretar los sueños hacia el pasado como era interpretarlos hacia el futuro, en tiempos de José. La linterna sorda del soñar no alumbra ni un adarme de futuro, y sobre el pasado sólo proyecta sombras confusas, bultos y versiones equívocas de lo que estaba claro. Soñar con mi madre muerta o con calefacciones que debía encender de pequeño, y los miles de escaleras que debía subir, no es sino repetir tediosamente, en una película mala y con los rollos cambiados, una vida que no deseo recordar. Ya es bastante surrealista que se le muera a uno la madre mientras tiene que subir miles y miles de escaleras como recadero. ¿Qué surrealismo le puede añadir el sueño a una realidad tan poco real?

 

Me arranco, pues, de la selva pantanosa de los sueños y me resumo como puedo, recojo porciones de realidad que yacen tristes por la habitación, me doblo por la mitad y mis riñones, cargados de pasado y de licores, gimen dulcemente. Ya estoy en pie.

 

(...)

 

***

 

Mortal y rosa (1975), Francisco Umbral, Letras hispánicas, Cátedra / Destino, Madrid, 2007, pp. 53-54.

 

***

 

Fuego y caricias aparte, un modo interesante de hacer entrar en calor a un cuerpo gélido como el mío es teclear los textos literarios que me mueven y me conmueven, sea la tarde del veinticinco de diciembre o la mañana de mi funeral. Me han regalado Mortal y rosa y he sentido la necesidad de compartir el arranque con vosotros, saltándome algún que otro derecho de edición, pero con la convicción de que despertará cierto interés y, quizá, alguno o alguna o algo se acerque a una librería...

Martes, 25 de Diciembre de 2007 18:37. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

Despertando

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Los encantos en la naturaleza bella, que se encuentran con tanta frecuencia mezclándose, por decirlo así, con la forma bella, pertenecen: o a las modificaciones de la luz (en el colorido), o a las del sonido (en los tonos), pues estas son las únicas sensaciones del sentido que permiten no sólo sentimiento sensible, sino también reflexión sobre la forma de esas modificaciones del sentido, y encierran, por decirlo así, un lenguaje que nos comunica con la naturaleza y que parece tener un alto sentido. Así, el color blanco del lis parece disponer el espíritu a la idea de inocencia, y los otros colores, según el orden de los siete, desde el rojo hasta el violeta, parecen disponer: 1º, a la idea de sublimidad; 2º, de audacia; 3º, de franqueza; 4º, de afabilidad; 5º, de moderación; 6º, de firmeza, y, 7º, de ternura. El canto de los pájaros anuncia la alegría y el contento de su existencia. Por lo menos, así interpretamos la naturaleza, sea o no esa su intención, pero ese interés que aquí tomamos en la belleza exige totalmente de esa belleza de la naturaleza y desaparece del todo tan pronto como se nota que se ha sido engañado y que sólo es arte; de tal modo que el gusto después no puede encontrar en él nada bello, ni la vista nada encantador. ¿Qué aprecian más los poetas que el canto bello y fascinador del ruiseñor, en un soto solitario, en una tranquila noche de verano, a la dulce luz de la luna? En cambio hay ejemplos de que donde no se ha encontrado ningún cantor semejante, algún alegre hostelero, para contentar a sus huéspedes, venidos a su casa para gozar del aire del campo, los ha engañado escondiendo en su soto a algún compadre burlón, que sabía imitar ese canto como lo produce la naturaleza (con un tubo o una caña en la boca); pero, conocido el engaño, nadie consentirá en oír largo tiempo esos sonidos, tenidos antes por tan encantadores, y ocurre lo mismo con cualquier otro pájaro cantor. Tiene que tratarse de la naturaleza misma o de algo que nosotros tengamos por tal, para que podamos tomar en lo bello, como tal, un interés inmediato, y más aún si hemos de exigir de los demás que también lo tomen en él, lo cual ocurre, en realidad, al estimar nosotros como groseros y poco nobles a quienes no tienen sentimiento alguno de la naturaleza bella (pues así llamamos la capacidad de un interés en su contemplación), y se atienen a la comida o a la bebida en el goce de meras sensaciones de los sentidos.

 

 

***

 

Crítica del juicio (1981), Immanuel Kant, Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, pp. 207-208.

 

***

 

Foto: Cartier Bresson.

Martes, 18 de Diciembre de 2007 08:16. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Nocturno y solo.

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¿Serás, amor,

un largo adiós que no se acaba?

Vivir, desde el principio, es separarse.

En el primer encuentro

con la luz, con los labios,

el corazón percibe la congoja

de tener que estar ciego y sólo un día.

Amor es el retraso milagroso

de su término mismo:

es prolongar el hecho mágico,

de que uno y uno sean dos, en contra

de la primer condena de la vida.

Con los besos,

con la pena y el pecho se conquistan,

en afanosas lindes, entre gozos

parecidos a juegos,

días, tierras, espacios fabulosos,

a la gran disyunción que está esperando,

hermana de la muerte o la muerte misma.

Cada beso perfecto aparta el tiempo,

le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve

donde puede besarse todavía.

Ni en el llegar, ni en el hallazgo

tiene el amor su cima:

es en la resistencia a separarse

en donde se le siente,

desnudo, altísimo, temblando.

Y la separación no es el momento

cuando brazos, o voces,

se despiden con señas materiales.

Es de antes, de después.

Si se estrechan las manos, si se abraza,

nunca es para apartarse,

es porque el alma ciegamente siente

que la forma posible de estar juntos

es una despedida larga, clara.

Y que lo más seguro es el adiós.

Poema 2, de "Razón de amor", en Aventura Poética, Pedro Salinas, Cátedra, Madrid, 1996, pp. 143-144.

 

***

Nocturno, disnea de soledad.

Lunes, 19 de Noviembre de 2007 02:19. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

A ti sólo se llega...

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A ti sólo se llega

por ti. Te espero.


 

Yo sí que sé dónde estoy,

mi ciudad, la calle, el nombre

por el que todos me llaman.

Pero no sé dónde estuve

contigo.

Allí me llevaste tú.


 

¿Cómo

iba a aprender el camino

si yo no miraba a nada

más que a ti,

si el camino era tu andar,

y el final

fue cuando tú te paraste?

¿Qué más podía haber ya

que tú ofrecida, mirándome?


 

Pero ahora,

¡qué desterrado, qué ausente

es estar donde uno está!

Espero, pasan los trenes,

los azares, las miradas.

Me llevarían adonde

nunca he estado. Pero yo

no quiero los cielos nuevos.

Yo quiero estar donde estuve.

Contigo, volver.

¡Qué novedad tan inmensa

eso, volver otra vez,

repetir lo nunca igual

de aquel asombro infinito!

Y mientras no vengas tú

yo me quedaré en la orilla

de los vuelos, de los sueños,

de las estelas, inmóvil.

Porque sé que adonde estuve

ni alas, ni ruedas, ni velas

llevan.

Todas van extraviadas.

Porque sé que adonde estuve

sólo

se va contigo, por ti. 

Poema 24, de "La voz a ti debida", en Aventura Poética, Pedro Salinas, Cátedra, Madrid, 1996, pp. 134-135.

 

***

 

Perdidos en un lugar desconocido, sólo nos queda recurrir a las estanterías amigas en la biblioteca filóloga.

Sábado, 17 de Noviembre de 2007 14:09. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Melancolía... de otoño

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MELANCOLÍA

A Domingo Bolívar.

Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía.
Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas. 
Voy bajo tempestades y tormentas
ciego de ensueño y loco de armonía.

Ese es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas crüentas
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas 
dejan caer las gotas de mi melancolía.

Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo;
a veces me parece que el camino es muy largo,
ya veces que es muy corto...

Y en este titubeo de aliento y agonía,
cargo lleno de penas lo que apenas soporto.
¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?
  

***

DE OTOÑO

Yo sé que hay quienes dicen: ¿Por qué no canta ahora
con aquella locura armoniosa de antaño? 
Esos no ven la obra profunda de la hora, 
la labor del minuto y el prodigio del año.

Yo, pobre árbol, produje, el amor de la brisa, 
cuando empecé a crecer, un vago y dulce son.
Pasó ya el tiempo de la juvenil sonrisa:
¡dejad al huracán mover mi corazón!

(Rubén Darío)

Miércoles, 07 de Noviembre de 2007 02:55. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

... y el reír de tu boca!

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Seducción

Tus undosos cabellos,
que a tu rostro dan sombra,
a la espalda te caen
y fulgura radiosa
tu pupila brillante,
y se ríe tu boca.

Y me embriagan los ecos
de tu voz melodiosa,
como el vino aromático,
que se vierte en las copas:
¡y qué dulce es tu beso
y qué fresca es tu boca!

Y al mirar tus mejillas,
que son hojas de rosa,
mis pupilas contemplan,
fascinadas, absortas,
los hoyuelos formados
al reír de tu boca.

Y si alguno te acusa
de tirana imperiosa
es un hombre inconstante,

cuya fe, cual la onda,
si se pierde, no vale,
el reír de tu boca.

Y tu beso dulcísimo
cual la flor, tiene aroma;
el perfume del cáliz
con que embriaga la rosa,
y las almas seduces
al besar de tu boca.

Tus traiciones olvido,
¡es tu faz tan hermosa!
cuando dices mirándome:
"¡Mis pecados perdona!"
y se ríen tus ojos,
como ríe tu boca.

Mis amigos te llaman
desleal, veleidosa,
¡mas no hay otra tan bella!
¡Toda el alma me roban
tus pupilas negrísimas,

... y el reír de tu boca!

Kushal Khan

Versión de Luis Castelló

Martes, 02 de Octubre de 2007 01:31. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

C’est tellement mystérieux, le pays des larmes.

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Si quelqu’un aime une fleur qui n’existe qu’à un exemplaire dans les millions et les millions d’étoiles, ça suffit pour quil soit heureux quand il les regarde.

Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las estrellas.

Il faut bien que je supporte deux  ou troix chenilles si je veux connaître les papillons.

Es posible que soporte dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas. 

On risque de pleurer un peu si l’on s’est laissé apprivoiser...

Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco. 

C’est tellement mystérieux, le pays des larmes.

¡Es tan misterioso el país de las lágrimas! 

Le Petit Prince (El principito, 1943), de Antoine de Saint-Exupéry.
Miércoles, 05 de Septiembre de 2007 01:23. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

Amasando las estrellas

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UN POEMA DE AMOR

No sé. Lo ignoro.
Desconozco todo el tiempo que anduve
sin encontrarla nuevamente.
¿Tal vez un siglo? Acaso.
Acaso un poco menos: noventa y nueve años.
¿O un mes? Pudiera ser. En cualquier forma
un tiempo enorme, enorme, enorme.

Al fin como una rosa súbita,
repentina campánula temblando,
la noticia.
Saber de pronto
que iba a verla otra vez, que la tendría
cerca, tangible, real, como en los sueños.

¡Qué trueno sordo
rodándome en las venas,
estallando allá arriba
bajo mi sangre, en una
nocturna tempestad!


¿Y el hallazgo, en seguida? ¿Y la manera
que nadie comprendiera
que ésa es nuestra propia manera?
Un roce apenas, un contacto eléctrico,
un apretón conspirativo, una mirada,
un palpitar del corazón
gritando, aullando con silenciosa voz.

Después
( Ya lo sabéis desde los quince años )
ese aletear de las palabras presas,
palabras de ojos bajos,
penitenciales,
entre testigos enemigos,
todavía
un amor de "lo amo"
de "usted", de "bien quisiera,
pero es imposible..." De "no podemos,
no, piénselo usted mejor...."

Es un amor así,
es un amor de abismo en primavera,
cortés, cordial, feliz, fatal.
La despedida, luego,
genérica,
en el turbión de los amigos.


Verla partir y amarla como nunca;
seguirla con los ojos,
y ya sin ojos seguir viéndola lejos,
allá lejos, y aún seguirla
más lejos todavía,
hecha de noche,
de mordedura, beso, insomnio,
veneno, éxtasis, convulsión,
suspiro, sangre, muerte...

Hecha
de esa sustancia conocida
con que amasamos una estrella.

Nicolás Guillén (Cuba)

Miércoles, 22 de Agosto de 2007 21:20. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

Eco antitético

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La lenta máquina del desamor,
los engranajes del reflujo,
los cuerpos que abandonan las almohadas,
las sábanas, los besos,
y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo,
ya no mirándose entre ellos,
ya no desnudos para el otro,
ya no te amo,
mi amor.

Julio Cortázar

Martes, 21 de Agosto de 2007 16:46. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

Adiós, ríos; adiós, fontes. (Rosalía de Castro)

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 Adiós, ríos; adiós, fontes;
adiós, regatos pequeños;
adiós, vista d'os meus ollos,
non sei cándo nos veremos.
 Miña terra, miña terra,
terra donde m'eu criei,
hortiña que quero tanto,
figueiriñas que prantei.

 Prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,
paxariños piadores,
casiñas d'o meu contento.

Muiño d'os castañares,
noites craras d'o luar,
campaniñas timbradoiras
d'a igrexiña d'o lugar.

 Amoriñas d'as silveiras
que eu lle daba ô meu amor,
camiñiños antr'o millo,
¡adiós para sempr'adiós!

 ¡Adiós, gloria! ¡Adiós, contento!
¡Deixo a casa onde nascín,
deixo a aldea que conoço,
por un mundo que non vin!

 Deixo amigos por extraños,
deixo a veiga pol-o mar;
deixo, en fin, canto ben quero...
¡quén puidera non deixar!

................................................

 Mais son probe, e, malpocado,
a miña terra n'e miña,
qu'hastra lle dan de prestado
a beira por que camiña
ô que nasceu desdichado.
 Tèñovos, pois, que deixar,
hortiña, que tanto amei,
forgueiriña d'o meu lar,
arboriños que prantei,
fontiña d'o cabañar.

 Adiós, adiós, que me vou,
herbiñas d'o camposanto,
donde meu pai se enterrou,
herbiñas que biquei tanto,
terriña que nos criou.

 Adiós, Virxe d'a Asuncion
branca com'un serafín:
lévovos n-o corazón;
pedidelle á Dios por min,
miña Virxe d'a Asunción.

 Xa s'oyen lonxe, moi lonxe,
as campanas d'o pomar;
para min, ¡ai!, coitadiño,
nunca máis han de tocar.

 Xa s'oyen lonxe, máis lonxe...
Cada balad'é un delor;
voume soyo, sin arrimo...
miña terra, ¡adiós!, ¡adiós!

 ¡Adiós tamén, queridiña...
Adiós por sempre quizáis!...
Dígoche este adiós chorando
desd'a veiriña d'o mar.
Non m'olvides, queridiña,
si morro de soidás...
tantas légoas mar adentro...
¡Miña casiña!, ¡mue lar!
Viernes, 17 de Agosto de 2007 11:54. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

De rodajes calurosos y putas tristes

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Ha habido un rodaje en Grande Gracia, donde me las dieron de script y donde me las di de algo más. Entre toma y toma casi siempre aparecen momentos de paz y uno ya confunde el tacto con la piel: sentado en el balcón de un edificio, si no isabelino, muy antiguo, rodeado de plantas, a la penumbra en una tarde mediterránea de auténtico calor, me encontraba sentado en una hamaca, echado en una hamaca, tirado en una hamaca, con la brisa acariciándome las ventanas de la nariz, leyendo Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, y a mi lado, en un sofá, una hermosa actriz existiendo en una suave siesta gracias a que la gran habitación estaba desierta y tanto las sombras de las ramas como mi silencio lector y observador se lo permitían... Existe un párrafo en el que el personaje principal se encuentra sobre la cama de una estancia a una joven natural, sin ropa: creí estar reviviendo el momento imaginado y escrito..., aunque con vestido de verano..., un fantasma con vestido regalado…

***

Tomé conciencia de que la fuerza invencible que ha impulsado al mundo no son los amores felices sino los contrariados... 

 

Lunes, 25 de Junio de 2007 01:44. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

La gallina degollada

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No se trata de que hoy no tenga fuerzas ni ganas de escribir cualquier cosa, sólo es que supongo que debe de ser mejor dejar aquí un gran cuento de Horacio Quiroga, antes de que me ponga a dar detalles de mis sueños, en los que suelen aparecer siempre las mismas personas. Sin embargo, en La gallina degollada hay tanto de cuento como de sueño, hay tanto de ahora como de antes, hay tanto de nada como de todo, hay tanto o más de ellas como de mí y, sobre todo, hay tanto de algo...

***

Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.

Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.

—¿Qué no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir...

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?

—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa:

—¡No, no te creo tanto!

—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿Qué dijiste?...

—¡Nada!

—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.

—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora! 

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

—Me parece que te llama—le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

Domingo, 03 de Junio de 2007 12:55. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

Retórico

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                                                                        ¿Serás, amor

un largo adiós que no se acaba?

 

Pedro Salinas

Sábado, 02 de Junio de 2007 19:35. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

Feíta

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Muchacha de espaldas, Salvador Dalí

*** 

Soneto XX

Mi fea, eres una castaña despeinada,
mi bella, eres hermosa como el viento,
mi fea, de tu boca se pueden hacer dos,
mi bella, son tus besos frescos como sandías.


Mi fea, dónde están escondidos tus senos?
Son mínimos como dos copas de trigo.
Me gustaría verte dos lunas en el pecho:
las gigantescas torres de tu soberanía.


Mi fea, el mar no tiene tus uñas en su tienda,
mi bella, flor a flor, estrella por estrella,
ola por ola, amor, he contado tu cuerpo:


mi fea, te amo por tu cintura de oro,
mi bella, te amo por una arruga en tu frente,
amor, te amo por clara y por oscura.

Pablo Neruda

***

Una semana extraña con noticias nada agradables. Ha muerto el Chícharo, un perro sabio de catorce años..., pero poco a poco todos nos estamos muriendo, ¿no es cierto?

Jueves, 24 de Mayo de 2007 15:26. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

Uno de los mayores placeres del mundo

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El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.

De El coronel no tiene quien le escriba (1957), Gabriel García Márquez.

Lunes, 21 de Mayo de 2007 04:24. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Quizá un dos de mayo...

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Todo se estremece, la cucharilla en el suelo, el tendal improvisado, las cortinas sucias, no sé qué demonios hacen los vagones del metro yendo de aquí para allá, veinte metros bajo mis sábanas, como ratas sobre raíles a las tres de la madrugada. Mi vieja compañera nocturna marca las horas, está un poco afónica por las mañanas, algún dos de mayo flirteaba con otras frecuencias agudas, quería ser la que más bullese, quizá sólo al despertar…, ¡a veces! Una maleta, que hace las veces de mesilla de noche, me recuerda que todo es provisional, el maletón rojo al pie de cama me invita a meterme adentro e ir escaleras abajo. No sé lo que estoy diciendo, ya casi que da igual, ¿no es cierto?

 

Secretos de cama, eso es lo que siempre interesa, lo que alguien leería, lo que crea expectación… Y si la rata maquinista vuelve a estremecer mi sueño, quizá tenga tiempo para lanzar alguno… Aunque más que de los secretos, me apetece hablar del recuerdo y de la fotografía. Sí, a algunos la noche nos trae temas o temillas con los que darle la vara a la parte fría de la almohada. No me gustan las fotografías en donde se pretende guardar un momento de nuestra vida, ni en las que salen mis amigos ni en las que aparezco yo. De hecho, intento no salir en ninguna. De hecho, me he desecho de muchas –exactamente, les cambié el dueño, sin más–. No hay problema, una cara lavada puede ser igual en imágenes, sin embargo, mi pensamiento me lleva a Burgos, quizá a Compostela, qué sé yo, ¿a Suecia? Odio que me disparen, que alguien pueda ser dueño de una imagen mía, que la gente viva en una pose artificial continua… Pero lo que más me sobrecoge es que se utilice la fotografía como un sustitutivo del recuerdo. Si uno no ha sido fotografiado, es que no ha estado allí, es que no tuvo aquel cumpleaños, es que no se dio aquel beso, es que no ganó aquel torneo, es que no acudió a aquel entierro, es que no conoció al gran personaje, es que no tuvo miedo, es que no siguió la dirección prohibida, es que no estuvo enamorado. Miren, no quiero que mis recuerdos se conviertan en imágenes estáticas, déjenme recordar a mi modo Por ejemplo, hace unos años, quizá un dos de mayo…

 

Recomiendo la lectura de Amantea, de David F. Cantero, historia  que me acompañó en la semana santa de 2006, allá en Portugal, entre prados y burrinhos. ¡Hasta otra!

 
Sábado, 05 de Mayo de 2007 05:00. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

En medio del camino de la vida...

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Acabo de llegar... nadie en el aeropuerto... nadie en la estación... me espera Galicia... 

Canto I

Proemio general
El extravío, la falsa vía y el guía seguro

La selva oscura. El poeta se extravía en ella en medio de la noche. Al amanecer sale a un valle y llega al pie de un monte iluminado por el sol. Se atraviesan en su camino tres animales simbólicos. Retrocede y se le aparece la sombra de Virgilio, que lo conforta y le ofrece llevarlo al linde del paraíso a través del infierno y del purgatorio. Los dos poetas prosiguen su camino.

En medio del camino de la vida,
errante me encontré por selva oscura,
en que la recta vía era perdida.

¡Ay, que decir lo que era, es cosa dura,
esta selva salvaje, áspera y fuerte,
que en la mente renueva la pavura!

¡Tan amarga es, que es poco más la muerte!
Mas al tratar del bien que allí encontrara,
otras cosas diré que vi por suerte.

No podría explicar cómo allí entrara,
tan soñoliento estaba en el instante
en que el cierto camino abandonara.

Llegué al pie de un collado dominante,
donde aquel valle lóbrego termina,
de pavores el pecho zozobrante;

miré hacia arriba, y vi ya la colina
vestida con los rayos del planeta
que por doquier a todos encamina.

Entonces, la pavura un poco quieta,
del corazón el lago, serenado,
pasó la angustia de la noche inquieta.

Y como quien, con hálito afanado
sale fuera del piélago a la riba,
y vuelve atrás la vista, aun azorado;

así mi alma también, aun fugitiva,
volvió a mirar el temeroso paso
del que nunca salió persona viva.

Cuando hube reposado el cuerpo laso,
volví a seguir por la región desierta,
el pie más firme siempre en más retraso.

Y aquí, al comienzo de subida incierta,
una móvil pantera hacia mí vino,
que de piel maculosa era cubierta;

como no se apartase del camino
y continuar la marcha me impedía,
a veces hube de tornar sin tino.

Era la hora en que apuntaba el día,
el sol subía al par de las estrellas,
como el divino amor, en armonía

movió al nacer estas creaciones bellas;
y hacíanme esperar suerte propicia,
de la pantera las pintadas huellas,

la hora y la dulce estación con su caricia:
cuando un león, que apareció violento,
trocó en pavor esta feliz primicia.

Veníame en contra el animal, hambriento,
rabioso, alta la testa, y parecía
hacer temblar el aire con su aliento.

Y una loba asomó, que se diría
de apetitos repleta en su flacura,
que hace a muchos vivir en agonía.

De sus ardientes ojos la bravura
de tal modo turbó mi alma afligida,
que perdí la esperanza de la altura.

Y como aquel que gana de seguida,
se regocija, y al perder desmaya
y queda con la mente entristecida,

así la bestia me tenía a raya
y poco a poco, en contra, repelía
hacia la parte donde el sol se calla.

Mientras que al hondo valle descendía,
me encontré con un ser tan silencioso
que mudo en su silencio parecía.

Al divisarlo en el desierto umbroso,
Miserere de mí!", clamé afligido,
"hombre seas o espectro vagaroso."

Y respondió: "Hombre no soy: lo he sido;
Mantua mi patria fue, y Lombardía
la tierra de mis padres. Fui nacido,

" Sub Julio, aunque lo fuera en tardo día,
viví en Roma, bajo el buen Augusto,
en tiempo de los dioses de falsía.

"Poeta fui; canté aquel héroe justo,
hijo de Anquises, que de Troya vino
cuando el soberbio Ilión quedó combusto.

"Mas tú, ¿por qué tornar al mal camino
y no subes al monte refulgente,
principio y fin del goce peregrino?"

"¡Eres tú, Virgilio! la perenne fuente
que expande el gran raudal de su oratoria!"
le interrumpí con ruborosa frente.

"¡Oh! de poetas, luminar y gloria,
¡válgame el largo estudio y grande afecto
que consagré a tu libro y tu memoria!

"¡Oh mi autor y maestro predilecto!
de ti aprendí tan sólo el bello estilo,
que tanto honor ha dado a mi intelecto.

"Esa bestia me espanta, y yo vacilo:
¡de ella defiéndeme, sabio famoso,
que hace latir mis venas, intranquilo!"

Al verme tan turbado y tan lloroso,
"Te conviene tomar", dijo, "otra vía,
para salir de sitio tan fragoso.

"La bestia que tu marcha contraría,
no permite pasar por su apretura
sino al que se le rinde en agonía.

"Es tan maligna, empero, su magrura,
que, de apetitos y de cebo henchida,
hambrea más cuanto es mayor su hartura.

"Con muchos animales hace vida,
y muchos más serán, hasta que encuentre
al Lebrel que la inmole dolorida.

"Este no vivirá de tierra y güeltre,
sino de amor, de virtud, sabiduría,
y su nación será entre Feltre y Feltre.

"El salvará la humilde Italia, un día,
por quien murió Camila y Euríalo,
y Niso y Turno, heridos en porfía;

"perseguirá doquier sin intervalo
esa bestia feroz, hasta el infierno,
que de la envidia fue el engendro malo.

"Mejor que tú, por ti pienso y discierno;
sigue, seré tu guía en la partida,
hasta llevarte a otro lugar eterno.

"Oirás allí la grita dolorida
y verás los espíritus dolientes,
que claman por perder segunda vida.

"Después verás, en llamas siempre ardientes
vivir contentos, llenos de esperanza,
los que suspensos sufren penitentes,

"porque esperan gozar la bienandanza;
y si quieres subir, alma más digna
te llevará a celeste lontananza;

"pues el Emperador que allá domina,
porque desconocí su ley eterna,
me veda acceso a su ciudad divina,

"El universo desde allí gobierna:
ése es su trono y elevado asiento:
¡Feliz el que a sus plantas se prosterna!"

"Poeta", dije, en suplicante acento:
"por el dios que te fue desconocido,
sálvame de este mal y de otro evento.

"Llévame donde tú me has ofrecido,
de San Pedro a la puerta luminosa,
al través de ese mundo dolorido."

Marchó y seguí su planta cautelosa.

(Dante Alighieri)

Miércoles, 28 de Marzo de 2007 15:37. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

El despecho

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Esta mañana, en el día de mi cumpleaños, en uno de esos descansos que huelen a libro viejo, me he perdido a propósito en la literatura del siglo XVIII, y allí estaba..., aquel soneto de Meléndez Valdés, que hace años me enseñaba el fuego sin mostrármelo... 

EL DESPECHO

Los ojos tristes, de llorar cansados,
alzando al cielo su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro,
que el grave peso no los sufre alzados.

Mil dolorosos ayes desdeñados
son ¡ay! tras esto de la luz que adoro;
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados.

Huyo a la soledad, y va conmigo
oculto el mal y nada me recrea;
en la ciudad en lágrimas me anego.

Aborrezco mi ser y aunque maldigo
la vida, temo que la muerte aún sea
remedio débil para tanto fuego.

Sábado, 17 de Febrero de 2007 15:37. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 8 comentarios.

El examen

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SONETO V

Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.

Garcilaso de la Vega

Cuando estudiaba Filología Hispánica en la Universidad de Santiago de Compostela uno de los primeros exámenes que hice fue el de la asignatura Introducción a la Historia de la Literatura Española. En principio, se presentaba como una ardua asignatura, de contenido inabarcable, y con un profesor del que se decía que no explicaba el temario. ¡Tonterías! El profesor, que era Director del Departamento de Literatura, Teoría de la Literatura y Lingüística, fue de lo mejor que me ha pasado en las aulas. Más que sus comentarios sobre Literatura, que todavía están rondándome en las noches y los días y que me han ayudado en lo que él nunca pretendió: enseñarnos a escribir, lo que guardo con mayor entusiasmo son sus comentarios sobre la vida, que apuntaba como notas al margen en mis apuntes y que, en realidad, constituían casi lo más importante del día.

Y así pasaba yo mi primer año como universitario, en la maravillosa ciudad de piedra, observando el mundo paralelo que se formaba en las calles gracias a la lluvia sobre la piedra de la zona vella, que es bellísima. Salía de clase y me refrescaba el orvallo, los parques verdes se dejaban hacer, una cerveza con algún amigo acompañaba la conversación, un libro o una siesta sobre la hierba de la Alameda eran la paz... Era feliz ... ¿era feliz?

La verdad es que antes de hacer el examen de Introducción estaba un poco nervioso, más que nada, porque me intimidaba el conocimiento de quien me iba a corregir después. Nos sentamos, nos explicó, siempre trajeado, cómo quería que se llevara a cabo el examen y lo repartió. Garcilaso. Esto merece un breve comentario. La asignatura, como su nombre indica, no estaba asociada a una determinada época de la Literatura Española -eso ocurriría en otros cursos-, así que podía habernos tocado cualquier texto de cualquier autor de cualquier época: tremendo. Garcilaso. Leí el poema, en realidad, yo conocía sus sonetos y ellos me hipnotizaban -quizá algún compañero hubiese preferido a Fray Luis de León...-. Leí y, mientras leía, no pude sino hacer volar la imaginación, dibujar a la amada en mis pensamientos, quizá darle forma, ver en sus ojos ¿verdes? la ternura que Garcilaso vio, acaricar sin tocar su larga melena, soplarle el vestido blanco, beber sus pies al borde del río...

A mi lado estaba Sara, una preciosidad romana. Recuerdo cuando la conocí. Ella se me acercó para preguntarme algo sobre el Quijote -por aquel entonces ambos lo estábamos leyendo-, tenía dudas en la traducción de ciertos tiempos verbales que actualmente están desfasados -con esto, acabo de darme cuenta de los detalles que pueden quedar retenidos en el fondo de la memoria y volver a la superficie-. Cuando me enseñó el párrafo y la línea en la que estaba... Creo que hay más posibilidades de que a alguien le toque un premio, que de que alguien se acerque y te pregunte sobre algo que ocurre en la misma línea que estás leyendo del Quijote, y, además, ya de la segunda parte. Quizá ese sea el premio: ella. La ayudé, me ayudó, nos ayudamos. Nos fuimos a tomar algo por la ciudad de piedra y hablamos largo y tendidos sobre la costa del sur de Italia y la tierra gallega. Los segundos a su lado eran tranquilos, no sólo era hermosa, era graciosa, sonriente y más inteligente. Al final de curso volvía a Roma para terminar Historia del Arte. No hubiera podido imaginar que la última vez que la iba a ver sería a mi lado..., haciendo un examen sobre ella.

Casualmente. Me había dado sus señas, todas. Casualmente se desbanecieron de entre mis cosas. Casualmente. Como una belleza robada (Stealing Beauty). Casualmente.

Había sido un disfrute aquel examen, perdí la noción del tiempo, también del espacio, no escribía una pluma sobre un papel, sino que éramos aquel poema y yo haciendo el amor. 

Cuando lo entregué, en aquel preciso instante, supe que yo estaba aquí para hacer algo especial, quizá mis compañeros también. Amo la Filología, y aunque estemos pasando por un momento de separación, sé, estoy convencido de que nuestros caminos convergerán otra vez, que será para siempre.

Foto: Cartier Bresson

Lo primero que hice al salir de la facultad de letras fue telefonear a unos ojos más verdes que castaños y decirles que quería repetir el examen. 

Hoy, de nuevo, el poema cobra sentido:

 ...por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero...

Foto: Cartier Bresson

Viernes, 27 de Octubre de 2006 14:07. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 20 comentarios.

Muerte de un viajante

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Si hoy no ha sido un día señalado, lo señalo yo, y eso que todavía queda toda la tarde.

Eran las cinco de la madrugada cuando harto de tener la luz apagada y los ojos encendidos pasé la primera página de Death of a salesman (Muerte de un viajante, 1949), de Arthur Miller. Leí sobre la almohada fría, desayunando en la barra más baja de la ciudad, de pie en el metro cargado, hediondo, ante dos distraidas y dormilonas en el tren, caminando hacia la ESCAC y en la divertida clase de guión -no es ironía-.

Esta obra de teatro no me atrapó, simplemente vivía en ella, a pesar mío.

No recuerdo haber tenido nunca la sensación de vahído mental mezclado con un alto grado de excitación, todo ello recubierto de una enorme angustia y abatimiento. Si lloré, no me acuerdo, pero ese Biff, ese Will... llevan mucho de mí..., quizá de todos vosotros, pero yo no lo puedo saber, sólo sé de mí... y poco.

¿Hasta qué punto puede alterarte la respiración, calentarte la sangre e hincharte las venas el ritmo estudiado de un diálogo y de una situación?

Lunes, 23 de Octubre de 2006 16:44. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Poesía chilena

Vicente Huidobro.JPG

¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?
¿Irías a ser muda que Dios te dio esos ojos?

Canto II, Altazor (1931), Vicente Huidobro (padre de la primera vanguardia latinoamericana)

Jueves, 27 de Julio de 2006 22:41. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

A ver si se termina de una vez

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Estoy colocado... y quizá por eso voy a escribir este artículo.

Llevo todo el tiempo pensando y todo es mucho, más de lo que me imagino yo mismo. Y es continuo. Días como el de hoy, rodeado de pintura blanca, uno está más cerca de la última sobredosis que de luchar contra molinos de viento, causas perdidas. Ahora son las dos y media de la madrugada y las pupilas se abren paso.

A eso de las ocho y media, recién lavadas las pintas blancas de los dedos y con ganas de viajar a los países durmientes, llegan unos colegas a casa y me arrastran hasta la pista de basquet: pim, pam, pum: partidillo y una botella, con sandalias y arenas ellos, con sandalias y buena area yo: gané la botella... y es lo que me queda... Después de la sesión deportiva al borde de la Ría de Arosa, el Arroás quería ir a cenar al Rodas, el Camarón no opinaba, la Nécora se apuntaba a todas, la Faneca Brava iría, pero a algún otro lugar, a Picasso no le iba ni le venía... "A ver, nenos, mi casa está a veinte metros. Hago unas tortillas y nos las tomamos en la huerta..."

Tremenda tortilla... mejillones, patatas made in Faneca Brava, cerveza y caña de herbas: así estoy. Pero lo mejor es la conversación..., aunque yo continúe pensando y pensando...

Recordaba en la oscuridad un título recurrente: Animados na sombra, de Xavier L. T., un libro de relatos cortos escrito en gallego que es ideal para echarse una siesta mientras tus hijos se lo leen y, si tienen suerte, lo disfrutan. Porque disfrutar con un buen libro, con una buena historia no depende de la calidad que tenga, sino de la simpatía que se cree entre el lector y el texto. En el verano de 2004 me acerqué tanto a Animados na sombra como a O páxaro que canta un nome, del mismo autor. No creo que sea conveniente utilizar la palabra disfrute con esta novela, pues lo pasé fatal durante la lectura: se me antojaba haber estado entre las páginas. Trataba de la vida familiar en una pequeña aldea gallega durante los años sesenta o setenta, no alcanzo, y, contra todo pronóstico, entre esas sabrosas páxinas galegas hablaban, escuchaban, crecían, miraban, saltaban, reían, lloraban.. mis abuelos, mis padres, mis parientes, mi gente... Y me dije: vaya, si al fin y al cabo familias como la mía hay a punta pala, ¿o no? Por esas fechas creo que estaba releyendo El perfume, y puedo asegurar que mi cuerpo captaba más sensaciones con los agros de O páxaro que con cualquier otra cosa. La ficción me llevó por un tiempo a los bosques de Guitiriz; la ficción tuvo que llevarme...

Por cierto, O páxaro obtuvo el Premio Blanco Amor en 1996... Nunca leo una sinopsis, me irritan, no me gustan: al llegar a la última página, miré de reojo la contraportada y al percatarme de quien formaba el jurado no pude si no sonreir.

Yo no escribiré un libro en mi vida, ni un minirelato, ni filmaré un largo, ni un cortometraje, ni tendré un hijo, ni un can de palleiro, ... a veces me gustaría volver atrás en el tiempo y no haber plantado ninguno de los innumerables árboles que dejo: me hubiese gustado irme de este mundo como he venido. En una ocasión, un cineasta me dijo que notó que la vida era una putada cuando los jugadores de su equipo favorito eran más jóvenes que él; yo pienso que la vida es una putada cuando al acostarte y al levantarte los te quiero van dirigidos al whisky... y a los fantasmas...

Y a estas horas de la noche, borrachera en ristre, me pregunto por qué Andrés Calamaro no se vuela de una vez la tapa de los sesos.

Viernes, 14 de Julio de 2006 04:24. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 6 comentarios.

Tempus fugit.

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Soy un es que no será. 

A veces la vida se resume en una tranquila espera de la muerte... y vemos el paso del tiempo con nuestros propios ojos, y lo oímos, y lo olemos, y lo gustamos, y lo tocamos...

Hoy os dejo dos poemas de Miguel d'Ors, dos modos de sentirlo.

AS TIME GOES BY

Decir pestes de él tiene, sin duda,
un sólido prestigio literario
-tacharlo de asesino, por ejemplo,
o compararlo con
uno de esos ciclones con nombre de corista
que pasan y que dejan en los telediarios
un paisaje de grandes palmeras derrocadas
y uralitas errantes,
o simplemente lamentarlo a base
de tardes y de otoños en pálidos jardines-,
pero ahora, con la mano en el poema,
os lo confieso: he sido siempre yo
el que salió ganando de todos nuestros tratos.
A cambio de esta luz sabia y serena
con la que la experiencia ilumina las cosas
a mí se me ha llevado
sólo la juventud, ese divino
tesoro que no sirve para nada
-ya lo dijo Mark Twain- puesto en las manos
insensatas de un joven.

De "Hacia otra voz más pura"

CALENDARIO PERPETUO

El lunes es el nombre de la lluvia
cuando la vida viene tan malintencionada
que parece la vida.

El martes es que lejos pasan trenes
en los que nunca vamos.

El miércoles es jueves, viernes, nada.

El sábado promete, el domingo no cumple
y aquí llega otra vez -o ni siquiera otra:
la misma vez- la lluvia de los lunes.

De "La música extremada"

Lunes, 08 de Mayo de 2006 17:16. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

Lucha contra la muerte

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He estado revisando estos días algún poema de Rafael Alberti, recordando lecturas en grupo que hacíamos con una excelente comunicadora, M. S. Z. –amante de la obra de Valle-Inclán-, allá en la Universidad de Santiago de Compostela. Hermenéutica y excitación se mezclaban en aquellas aulas. Lo más probable es que exagere, sin embargo, lo viví y cuesta explicar cómo se puede llegar a sentir uno durante la explicación de un poema. Bien es cierto que Dámaso Alonso advierte que el poema no se explica, se entiende, pero existen en ocasiones tantos grados de subtexto, que los humildes lectores imploramos: ¡muletas!

Recomendación, por ser el último leído: Marinero en tierra (1924).

Durante un curso de guión cinematográfico en el verano de 2003, tras las sesiones a veces nos quedábamos conversando con David Trueba. En una ocasión me contó una anécdota que le había referido el mismo Alberti. Al llegar ese momento en que al hombre ya no le responde el cuerpo tan bien como el alma, el poeta necesitó contratar los servicios de un secretario que le mecanografiara lo que le dictaba y le ordenase un poco sus textos. Tras una leve búsqueda, decidió emplear a un joven que no encajaba totalmente o prácticamente nada en el perfil requerido, por el contrario poseía algo que Alberti creía muerto: la voz de Federico García Lorca. Además, se casó en segundas nupcias con María Asunción Mateo, la cual era la viva imagen joven de su primera esposa, María Teresa León, fallecida en 1988. Me hechizó cómo Alberti me contaba, con David de médium, que los últimos días de su vida los pasaba con los ojos cerrados escuchando a su queridísimo amigo Federico recitar poemas o interpretando dramas sabiendo que al abrir los ojos se encontraría de nuevo con su primer amor sentado a su lado cogiéndole la mano.

Foto: Rafael Alberti junto a María Teresa León y Federico García Lorca en un merendero de Madrid. 

En fin, dejo aquí varios poemas del gaditano.

LO QUE DEJE POR TI
Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados
hasta casi el invierno de la vida.
Dejé un temblor, dejé una sacudida,
un resplandor de fuegos no apagados,
dejé mi sombra en los desesperados
ojos sangrantes de la despedida.
Dejé palomas tristes junto a un río,
caballos sobre el sol de las arenas,
dejé de oler la mar, dejé de verte.
Dejé por ti todo lo que era mío.
Dame tú, Roma,  a cambio de mis penas,
tanto como dejé para tenerte.

TAL VEZ, OH MAR...
Tal vez, oh mar, mi voz ya esté cansada
y le empiece a faltar aquella transparencia,
aquel arranque igual al tuyo, aquello
que era tan parecido a tu oleaje.
Han pasado los años por mí, sus duras olas
han mordido la piedra de mi vida,
y al viento de este ocaso playero ya la miro
doblándose en las húmedas arenas.
Tú, no; tú sigues joven, con esa voz de siempre
y esos ojos azules renovados
que ven hundirse, insomnes, las edades.

NOCTURNO
Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre
se escucha que transita solamente la rabia,
que en los tuétanos tiembla despabilado el odio
y en las médulas arde continua la venganza,

las palabras entonces no sirven son palabras.
Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas,
qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,

qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!
Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,
lo desgraciado y muerto que tiene una garganta

cuando desde el abismo de su idioma quisiera
gritar que no puede por imposible, y calla.
Siento esta noche heridas de muerte las palabras.

HACE FALTA ESTAR CIEGO

Hace falta estar ciego,
tener como metidas en los ojos raspaduras de vidrio,
cal viva,
arena hirviendo,
para no ver la luz que salta en nuestros actos,
que ilumina por dentro nuestra lengua,
nuestra diaria palabra.

Hace falta querer morir sin estela de gloria y alegría,
sin participación de los himnos futuros,
sin recuerdo en los hombres que juzguen el pasado sombrío de la tierra.

Hace falta querer ya en vida ser pasado,
obstáculo sangriento,
cosa muerta,
seco olvido.
 

 

"Tú no te irás, mi amor, y si te fueras,
aún yéndote, mi amor, jamás te irías."

Miércoles, 22 de Febrero de 2006 18:08. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

Kiss me!!!

20060124163232-labios-1.jpg

Uno de los besos más bellos de la literatura. 

No a las palomas concedió Cupido
juntar de sus dos picos los rubíes,
cuando al clavel, el joven atrevido,
las dos hojas le chupa, carmesíes.

Estrofa XLII, Fábula de Polifemo y Galatea, Luis de Góngora.

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Martes, 24 de Enero de 2006 16:32. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Sin la tibia bufanda de tus brazos...

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MIENTRAS YO TE BESABA...     

Mientras yo te besaba
te dormiste en mis brazos.
No lo olvidaré nunca.
Asomaban tus dientes
entre los labios:
fríos, distantes, otros.
Ya te habías ido.
Debajo de mi cuerpo seguía el tuyo,
y tu boca debajo de mi boca.
Pero tú navegabas
por mares silenciosos en los que yo no estaba.
Inmóvil y en silencio
nadabas alejándote
acaso para siempre....
Te abandoné en la orilla de tus sueños.
Con mi carne aún caliente
volví a mi sitio:
también yo mío ya, distante, otro.
Recuperé el disfraz sobre la arena.
"Adiós", te dije,
y entré en mi propio sueño,
mi propio sueño,
en el que tú no habitas.

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TU AMOR, AYER TAN FIRME...

Tu amor, ayer tan firme, es tan ajeno,
tan ajenas tu boca y tu cintura,
que me parece poca la amargura
de que hoy mi alrededor contemplo lleno.

El mal que hiciste lo tomé por bueno;
por agasajo tu desgarradura:
ni yo abro el pecho a herida que no dura
ni con vinos de olvido me sereno.

Mi corazón te tiene tan presente
que a veces, porque vive, desconfío
que sienta el desamor como lo siente.

Yo he ganado en el lance del desvío:
de nuestra triste historia únicamente
el arma es tuya; todo el dolor, mío.

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HOY ENCUENTRO, TEMBLANDO YA Y VACÍA...

Hoy encuentro, temblando ya y vacía,
la casa que los dos desperdiciamos
y el vago sueño del que despertamos
sin habernos dormido todavía.

Acordarse del agua en la sequía
no hace brotar ni florecer los ramos.
¿Dónde estás, dónde estoy, y dónde estamos?
¿Qué fue del mundo cuando amanecía?

Hoy me pasa el amor de parte a parte.
Temo encontrarte y no reconocerte.
Temo extender la mano y no tocarte.

Temo girar los ojos y no verte.
Temo gritar tu nombre y no nombrarte...
Temo estar caminando por la muerte.

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ME SORPRENDIÓ EL VERANO TRAICIONERO

Me sorprendió el verano traicionero
lejos de ti, lejos de mí muriendo.
Junio, julio y agosto, no os entiendo.
No sé por qué reís mientras me muero.

Vengan nieve y granizo, venga enero,
vengan escarchas ya, vayan viniendo.
Troncos que fueron nidos ahora enciendo
y no consigo la calor que quiero.

Suelta la vida al viento falsos lazos:
no hay flor, ni luz, ni sed, ni amor, ni río.
Sólo hay un corazón hecho pedazos.

Agosto miente, amor, y siento frío.
Sin la tibia bufanda de tus brazos
aterido sucumbe el cuello mío.

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QUIZÁ EL AMOR ES SIMPLEMENTE ESTO

Quizá el amor es simplemente esto:
entregar una mano a otras dos manos,
olfatear una dorada nuca
y sentir que otro cuerpo nos responde en silencio.

El grito y el dolor se pierden, dejan
sólo las huellas de sus negros rebaños,
y nada más nos queda este presente eterno
de renovarse entre unos brazos

Maquina la frente tortuosos caminos
y el corazón con frecuencia se confunde,
mientras las manos, en su sencillo oficio,
torpes y humildes siempre aciertan.

En medio de la noche alza su queja
el desamado, y a las estrellas mezcla
en su triste destino.
Cuando exhausto baja los ojos, ve otros ojos
que infantiles se miran en los suyos.

Quizá el amor sea simplemente eso:
el gesto de acercarse y olvidarse.
Cada uno permanece siendo él mismo,
pero hay dos cuerpos que se funden.

Qué locura querer forzar un pecho
o una boca sellada.
Cerca del ofuscado, su caricia otro pecho exige,
otros labios, su beso,
su natural deleite otra criatura.

De madrugada, junto al frío,
el insomne contempla sus inusadas manos:
piensa orgulloso que todo allí termina;
por sus sienes las lágrimas resbalan...
Y sin embargo, el amor quizá sea sólo esto:
olvidarse del llanto, dar de beber con gozo
a la boca que nos da, gozosa, su agua;
resignarse a la paz inocente del tigre;
dormirse junto a un cuerpo que se duerme.

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Antonio Gala

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Hablar con los textos, conocer grandes historias, sentir lo que sienten, ..., y volver a leer.

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Jueves, 19 de Enero de 2006 18:32. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

¡Quiero morir!

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14 de diciembre

¿Qué es lo que me ocurre, amigo mío? ¡Estoy horrorizado de mí mismo! El amor que siento por ella, ¿no es el más santo, el más puro, el más fraternal? ¿He abrigado jamás en mi alma un deseo culpable? No quisiera afirmarlo, y ahora ¡sueños! ¡Qué razón tenían quienes atribuían tan contradictorios efectos a poderes extraños! ¡Anoche...! me estremezco al decirlo, la tuve entre mis brazos, fuertemente estrechada contra mi pecho y cubrí con un sinfín de besos su boca balbuciente de amor; ¡mis ojos nadaban en la embriaguez de los suyos! ¡Dios mío! ¿Merezco castigo por gozar todavía ahora de esa dicha, y evocar ese ardiente placer en lo más íntimo de mi ser? ¡Lotte! ¡Lotte! ¡Ya no tengo remedio! Mis sentidos están trastornados, desde hace ocho días no tengo ya ni fuerza para pensar y mis ojos están inundados de lágrimas. No me encuentro bien en ninguna parte y en todas me siento bien. Nada deseo, nada pido. ¡Sería mucho mejor que me fuera!

El lunes 21 de diciembre temprano, escribió a Lotte la siguiente carta que después de su muerte se encontró cerrada en su escritorio, y que le fue entregada y que voy a publicar por párrafos sueltos siguiendo el orden en que, según las circunstancias, parece haberla escrito.

«Está decidido, Lotte, voy a morir, y te lo comunico sin exaltación romántica alguna, serenamente, en la mañana del día que te veré por última vez. Cuando leas estas líneas, amada mía, la fría tumba cubrirá ya los restos yertos del inquieto desdichado que no conoce en los últimos instantes de su vida placer mayor que estar conversando contigo. He pasado una noche terrible y... ¡ay!, una noche benefactora; ella es quien ha fijado y determinado mi decisión: ¡Quiero morir! Cuando anoche me separé de ti en la terrible excitación de mis sentidos, ¡cómo se agolpaba todo en mi corazón y cómo esta mi existencia sin esperanzas ni alegrías junto a ti me amordazaba en horrible frialdad! Apenas llegué a mi habitación, caí de rodillas fuera de mí y.,. ¡oh Dios mío!, tú me concediste el último bálsamo de las lágrimas más amargas! Mil proyectos, mil ideas se agitaban en mi alma, pero al fin me vino un pensamiento firme, el último y el único pensamiento: ¡Quiero morir! Me acosté y por la mañana al despertar, sosegado, continuaba firme y aún más fuerte en mi corazón: ¡Quiero morir! -No es desesperación, es certeza de que ya he concluido y de que me sacrifico por ti. ¡Si, Lotte! ¿por qué iba a silenciarlo? Uno de nosotros tres debe desaparecer, y ¡ése quiero ser yo! ¡Oh, amada mía! en este corazón desgarrado, a menudo se ha ido filtrando la horrible idea de... ¡matar a tu marido!... ¡a ti!, ¡a mí! Sea pues. Cuando subas a la montaña una hermosa tarde de verano acuérdate de mí, de cuántas veces he recorrido el valle, y entonces dirige la vista hacia el cementerio, hacia mi tumba y verás cómo el viento mece la alta hierba al fulgor de los últimos rayos.

Estaba sosegado cuando empecé a escribir, pero ahora lloro como un niño al volverse todo tan agitado a mi alrededor.»

Un vecino vio el fogonazo y oyó el disparo, pero como todo volvió a quedar tranquilo no prestó mayor atención.

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¿Hay algo mejor que leer? Releer.

Las desventuras del joven Werther, Johann Wolfgang Von Goethe.

Me regalé esta preciosidad de historia el 20 de diciembre de 2002, como dice el tiquet, a las 13:13:56 en la librería Abraxas. Ya no sé las veces que volví sobre él.

Nos depuramos mediante lágrimas.

Sábado, 07 de Enero de 2006 00:11. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

Acercándose a lo desconocido

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He terminado Cuenta conmigo, obra del psicoterapeuta gestáltico Jorge Bucay. A día de hoy este tío ha conseguido vender en España más de dos millones de ejemplares de este libro, por lo tanto, ya se incluye dentro de los llamados best sellers y sufre el riesgo de que por ello sea calificado de vulgar literatura. Si se trata de literatura vulgar o no-literatura, a mí me importa poco o nada, sin embargo, noto que me he acercado a algo extrañamente desconocido: una historia que me transmite cosas, pero que no me da la sensación de ser literatura.

Leí este libro porque era el único que había en el piso donde estoy viviendo ahora y tenía apetito extremo de letra impresa; al principio lo hice a regañadientes, preguntándome cómo podía estar adentrándome en este tipo de rarezas editoriales, más tarde tuve que saber cómo terminaba la historia de Demián. Lo interesante de esta obra es la compilación de cuentos, anécdotas, exemplia, etcétera, que se enmarcan dentro de la historia principal de Demián y la gente que le rodea. Perdóneseme la comparación, no sería descabellado pensar que estoy cometiendo un sacrilegio, pero me recuerda a El conde Lucanor (s. XIV), de Don Juan Manuel.

Concluyendo. No lo recomiendo expresamente, pues antes de engullirse esta avanzada literatura de quiosco -hay otra que no es ni avanzada, vid. Código da Vinci-, sería obligatorio gustar del rico sabor de la literatura elitista, que no la más vendida, y llega a ser de élite por la calidad, no por el aparentar. Y si lo que uno busca es algo relacionado con los temas que trata Bucay, aunque no exactamente, le recomiendo Introducción al psicoanálisis (1933), de Sigmund Freud, una de mis actuales lecturas y de la que en alguna ocasión hablaré aquí.

Y ya que estoy, recomiendo Apocalípticos e integrados (1965), del genial Umberto Eco: se trata de un compendio de artículos sobre semiótica, donde investiga y analiza la sociedad de masas y cómo influyen en ella los medios de comunicación.

Viernes, 11 de Noviembre de 2005 22:26. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

De lo bueno, lo mejor.

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En ocasiones, en muchas ocasiones..., vamos, casi siempre que alguien se entera de que he estudiado Filología me suelta la pregunta: ¿Cuál es tu libro preferido? Y yo me digo a mí mismo: ¡Manda carallo!

Encontrarte con este tipo de individuos bajo sus extraños esquemas mentales me hace creer que puedo ser una persona un poco rara, aunque, por suerte, conozco a otras rara avis de mi calaña.

No tengo un libro preferido, ¿cómo podría tenerlo?, es que ni me lo imagino. Cuando le contestas a alguien esto, no lo suele encajar, no lo quiere encajar y sigue insistiendo: pero seguro que hay uno que superpones a los demás, ¿verdad? No, en serio, no. Y te siguen preguntando y preguntando y yo los hago callar cuando contesto: La Regenta, de Leopoldo Alas Clarín. Y la mayoría de la gente se calla porque no tiene ni puta idea. El Quijote es casi imposible de superar, como novela, pero Leopoldo Alas creó una historia que sobrepasa uno o varios grados algunos de los aspectos del texto cervantino... y ¿qué más da? 

Ahora quien se esté tirando de los pelos y rasgando las vestiduras que se tranquilice. Y que no me venga con que no se pueden comparar obras de diferentes épocas porque ya me sé todo el rollo y no me apetece discutir.

Si alguien presume de inteligencia, que no lo haga sin haber leído La Regenta; aunque mejor sería que no lo hiciese nunca: sería más inteligente.

Domingo, 06 de Noviembre de 2005 20:04. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

Los adioses

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Transcribo aquí dos fragmentos que aparecen en El libro de los abrazos (1989) del escritor uruguayo Eduardo Galeano, obra que me regaló una amiga y compañera de doctorado allá en la ciudad condal: graciñas, I.

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Los adioses

Llevábamos nueve años en la costa catalana y ya nos íbamos, faltaban dos o tres días para el fin del exilio, cuando la playa amaneció toda cubierta de nieve. El sol encendía la nieve y alzaba, a la orilla de la mar, un gran fuego blanco que hacía llorar los ojos.

Era muy raro que nevara en la playa. Yo nunca lo había visto, y sólo algún viejo vecino del pueblo recordaba algo parecido, de tiempos remotos.

Se veía muy contenta la mar, lamiendo aquel inmenso helado, y esa alegría de la mar y esa blancura radiante fueron mis últimas imágenes de Calella de la Costa.

Yo quise responder a despedida tan bella, pero no se me ocurrió nada. Nada que hacer, nada que decir. Nunca he sido bueno para los adioses.

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El río de olvido

La primera vez que fui a Galicia, mis amigos me llevaron al río del Olvido. Mis amigos me dijeron que los legionarios romanos, en los antiguos tiempos imperiales, habían querido invadir estas tierras, pero de aquí no habían pasado: paralizados por el pánico, se habían detenido a la orilla de este río. Y no lo habían atravesado nunca, porque quien cruza el río del Olvido llega a la otra orilla sin saber quién es ni de dónde viene.

Yo estaba empezando mi exilio en España, y pensé: si bastan las aguas de un río para borrar la memoria: ¿qué pasará conmigo, resto de naufragio, que atravesé toda una mar?

Pero yo había estado recorriendo los pueblecitos de Pontevedra y Orense, y había descubierto tabernas y cafés que se llamaban Uruguay o Venezuela o Mi Buenos Aires Querido y cantinas que ofrecían parrilladas o arepas, y por todas partes había banderines de Peñarol y Nacional y Boca Juniors, y todo eso era de los gallegos que habían regresado de América y sentían, ahora, la nostalgia al revés. Ellos se habían marchado de sus aldeas, exiliados como yo, aunque los hubiera corrido la economía y no la policía, y al cabo de muchos años estaban de vuelta en su tierra de origen, y nunca habían olvidado nada. Ni al irse, ni al estar, ni al volver: nunca habían olvidado nada. Y ahora tenían dos memorias y tenían dos patrias.

Sábado, 17 de Septiembre de 2005 23:50. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

Condena, de Antonio Gala

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Os dejo aquí con un soneto que me acompañó en Santander durante el verano de 2004. Se titula Condena.

A trabajos forzados me condena
mi corazón, del que te di la llave.
No quiero yo tormento que se acabe,
y de acero reclamo mi cadena.

Ni concibe mi mente mayor pena
que libertad sin beso que la trabe,
ni castigo concibe menos grave
que una celda de amor contigo llena.

No creo en más infierno que tu ausencia.
Paraíso sin ti, yo lo rechazo.
Que ningún juez declare mi inocencia,

porque, en este proceso a largo plazo
buscaré solamente la sentencia
a cadena perpetua de tu abrazo
.


Musicalizado por Antonio Vega. Aparece en "Básico".

Antonio Vega: "Es un soneto de Gala, que es maravilloso, que lo compuse en principio para Clara Montes, pero no he podido resistirme a la tentación de hacerlo de esta forma. Es fantástico. Tiene esa atmósfera tan poderosa, tan magnética. Es una canción que me emociona interpretar. Es algo muy serio de verdad, al tocarla me da la sensación de estar ante algo muy fuerte, de estar jugando, no con un arma de doble filo, pero, si quieres, con elementos muy poderosos dentro del ser humano".

Sábado, 03 de Septiembre de 2005 21:12. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Crónica mortuoria de cien años de soledad anunciados

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Tirado sobre la hierba en el Monte del Gozo, allá en Compostela, estaba retrasando el delicioso libro que tenía ante mí... -la gente suele apurar el final, ¡qué idiotez!-. Fue el 28 de junio de 2004 cuando concluí por primera vez Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez, lo recuerdo porque estaba esperando con una colega para entrar al concierto de los Red Hots. Tuve la suerte de que la obra fuese toda una maravilla, porque el concierto dejó mucho que desear... Lo único que saqué en limpio de ese espectáculo fue la lista con las canciones que tocaron y que me dio el mismo Flea... -un día la escanearé y la pondré en la web, pero es sólo un trozo de papel-. Lo que no es tan sólo un trozo de papel es la historia que sucede en Macondo a los Buendía. No pienso decir nada sobre el argumento, me gustaría que os adentrarais en la selva literaria del colombiano.

Es curioso cómo ese día en el que había en el concierto miles de personas, personas cercanas y no cercanas, treinta miles..., estaba leyendo Cien años de soledad... allí, solo. Recuerdo que me encontré con un colega a dos metros del escenario, que me ayudó a no recibir más golpes -lo suyo es fuerza genética-, y le pregunté: ¿Estás solo?, a lo que me contestó: No, estoy con treinta mil personas. ¡Qué cosas! También es curioso cómo otro día anterior a ese, en mayo de 2004, no se me olvida, terminaba Crónica de una muerte anunciada (1981), del mismo autor, y... me mataron a los pocos minutos... ¡Qué cosas tan curiosas me pasan!

Hoy en Boiro estuve hablando con María, una bella mulata de Santiago de Cuba, me decía sonrriente y con seguridad: Oye, papito, allí te lo vas a pasar bien, te lo digo yo, y añadía: y si vas a estar tanto tiempo, no creo que te vuelvas... quizá las visitas las hagas a España y no a Cuba. Hasta me dijo que entre conversar, reír, beber y bailar iba a pasar la mejor época de mi vida -yo no lo dudaba, sino que lo negaba rotundamente-. Con lo de bailar puse los dientes largos, ella se rió y me dijo: chico, tu no te escapas, vas a tener profesoras no solo perseverantes, sino preciosas. Bueno, habrá que hacer un esfuerzo con el dancing. Y lo que me dijo de ducharse con la lluvia, como en el filme Lista de espera (2000), con esa agua caliente que cae del cielo... Ay, mamita, me quiero ir ya. Por el momento, la hospitalidad cubana ya llegó sin poner un pie en la isla, pero los detalles sólo os los contaré al oído...

Miércoles, 24 de Agosto de 2005 02:45. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

Riotous Assembly

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Con una sonrisa escondida llegué a la última página de Riotous Assembly, obra escrita por el británico Tom Sharpe (en la traducción al castellano se conoce como Reunión Tumultuosa). Digo sonrisa escondida porque verme reir es harto complicado en estos momentos, sin embargo, quiero intentarlo o morir en el intento. Este magnífico libro me ha mostrado el lado gracioso de la muerte, del asesinato, del racismo, del apartheid, del machismo, del feminismo, ..., y todo lo que a este escritor loco se le pasa por la cabeza. Y es que, como decía, sus raíces inglesas se notan en su sentido del humor. Imagínense leer La vida de Brian, pues Riotous Assembly es más o menos lo mismo, pero a lo bestia. Paso de cargarme la historia contándola. A leer...

Miércoles, 03 de Agosto de 2005 02:50. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Seda, de Alessandro Baricco

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Si tuve que hacer algún regalo desde el pasado agosto de 2004 hasta hoy, que fueron muy pocos, se pueden contar con los dedos de una sola mano y eso que no siempre se repite, la novela Seda, de Alessandro Baricco, gana por diferencia. Y es que una vez probado su sabor, se hace necesario pasarlo de boca en boca.

La historia que me une a esta obra está un poco fuera de lo común. Conocí al turinés Alessandro Baricco en el Palacio de la Magdalena, Santander, durante mi asistencia a un curso de cine que impartía Manuel Gutiérrez Aragón en Julio de 2004. En esa misma semana Alessandro Baricco impartía otro sobre literatura. Un día, en el comedor, me fijé en esta persona porque sobresalía de entre toda la gente que por allí pululaba, pero lo hacía de un modo oculto, era la persona más normal que había visto en una buena temporada (mejor no contar que esa mañana conocí personalmente al actor Juan Diego, que de normal no tiene mucho o nada). Allí estaba él, con su pantalón vaquero, una americana de pana castaña y la cabellera rizada. Pensé que mientras comía aprovechaba para leer un poco. Por la tarde, tras el curso, asistí a la conferencia de Alessandro Baricco: era ese comensal y lector... Tras la charla italiana supe que no leía mientras comía, sino que comía mientras leía... Se habló de muchas cosas que no detallaré aquí, sin embargo, una obra me quedó en la cabeza: Seda.

Me fui de Santander. Olvidé el libro. Un día, mientras comía en Aldea Nova, Bertamiráns, una chica me comentó algo acerca de un libro que le había enganchado muchísimo: Seda. Me lo prestó, me lo leí dos o tres veces, simplemente porque no me lo creía cuando llegaba a la última página: ¿por qué se tienen que acabar las cosas buenas?. En fin, Seda me succionó buena parte del tiempo que empleaba para preparar el exámen de patrón de yate, pero no me importó... Ahora, tras un año en el que digirí poco a poco esta obra, ya la puedo recomendar..., pero tendré que volver sobre ella, todavía no me la creo... ¿Cómo es que una mujer puede llegar a hacer eso por un hombre? Me resigno, no es amor, es no más que pura ficción.

Lunes, 01 de Agosto de 2005 02:45. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

Sorpresa agradable

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Pocas son las sorpresas agradables que recibo en esta época del sudor veraniego, sin embargo, parece que de vez en cuando todavía quedan algunas que por lo menos hacen que la balanza no se caiga tras tantos golpes. Ya no me importa que no se equilibre, eso es improbable.

Una de las últimas sorpresas agradables me la regaló el escritor bávaro Patrick Süskind con la que dicen es su mejor obra: El Perfume, de 1985. No voy a decir que me lo bebí de un trago, sería una mentira y ¿para qué mentir? Recuerdo que me había tragado las páginas iniciales hace un par de años, pero supongo que por el deber que tenía con otro tipo de lecturas tuve dejarlo. Esta semana volví a la estantería de los tesoros y recuperé la historia del joven Jean-Baptiste Grenouille y su nariz privilegiada. Por mis recuerdos todavía revoloteaba la idea de que la obra sólo describía olores y olores de un modo nunca antes contado, pero nada más; en esta ocasión seguí la esencia que iba dejando página a página Süskind y … le quedo agradecido por hacerme pasar unos momentos de total aturdimiento y pasmo en los que todo lo que sucedía me chocaba como un obús directo a la sesera. Lo mejor, y esto hacía tiempo que no me ocurría, es que me hizo poner en el lugar no sólo del personaje, sino también del escritor. En esos dos lugares me sentía como un auténtico desequilibrado mental, y es que tanto uno como otro no son normales: uno por lo que podemos leer, el otro por lo que se le ocurrió que leyésemos. Pero, ¡qué demonios!, gracias por El Perfume: una historia original donde la originalidad ya casi no existe. Un rara avis en el universo literario.

Jueves, 28 de Julio de 2005 14:04. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Refrescante

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Pablo Neruda

No te quiero sino porque te quiero
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.

Te quiero sólo porque a ti te quiero,
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.

Tal vez consumirá la luz de Enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.

En esta historia sólo yo me muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego.

Martes, 17 de Mayo de 2005 13:18. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

La velocidad de la luz

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Durante estos días leí La velocidad de la luz, de Javier Cercas, y he disfrutado como si me estuvieran haciendo regalos página a página. Nunca me había acercado a su obra.

Viernes, 06 de Mayo de 2005 21:05. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

María do Cebreiro, pensadora galega

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Hoy he asistido a la presentación de As terceiras mulleres, de la galleguiña María do Cebreiro -colega hoy y profesora ayer en la ciudad de piedra: Compostela-. No estuvo mal. Algún día escribiré sobre la charla que nació en una de las aulas del edificio central de la Universidad de Barcelona -Filología-; ahora sólo quiero hacer mención a un verso de esta muller.

Ser libre, algunhas veces significa volver.

Un saludo. Toño.

Miércoles, 27 de Abril de 2005 00:43. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

Un regalo para ti

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Nocturno (Frustrado)

Maldito Baudelaire, malditos Goethe y Borges,
que ahora que contemplo
la luna no me dejan ver
la luna.


9–1–81 Miguel d’Ors

Lunes, 18 de Abril de 2005 11:50. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

Nunca encontré tan tristes las palabras

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Segunda Soledad
II

EN silencio te quise. Cada noche,
Dejándome engañar por las palabras,
Te ponía los nombres más azules,
Aquéllos más sencillos de cantarte,
Para que siempre fueras como un sueño
A pesar de vivir sobre la tierra.

En silencio te quise. Vanamente
Te fabricaba amor, iba escribiendo
Vanamente las letras de tu nombre
Sobre todas mis cosas… Tu recuerdo
Es una bajamar que tengo dentro,
La nostalgia del mar de la alegría,

En silencio te quise y era dulce.
Hoy apenadamente te lo digo.

Nunca encontré tan tristes las palabras.


Miguel d’Ors, poeta y filólogo gallego.

Jueves, 24 de Marzo de 2005 13:34. Previsualizar. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

Epitafio

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Hace unos días bromeaba en un artículo titulado Pernoctando en terraza egarense con juegos de palabras que he ido robando del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante y en el que también lo incluia a él.

Ayer falleció.

Canta Silvio Rodríguez en una canción bellísima: Hace quince segundos que se murió el poeta/ y hace quince siglos que notamos su asusencia, y es cierto, esta noche el Cine o Sardina que tengo sobre mi mesilla de noche ya no será de él, será de aquel que fue.

La Habana para un infante difunto... es el título que más me ha marcado y hoy parece que ya el Infante es más difunto, y, sin embargo, se trata de una historia que nunca pude terminar porque me la arrebataron de las ganas. La recomiendo: un viaje a la Cuba más sensual.

Guillermo, ya nos veremos, ciao!

Martes, 22 de Febrero de 2005 11:28. Previsualizar. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.


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