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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Literatura. Hay algo de valentía —mucho— en decir: «No sé». A veces lo decimos con la cara gacha, la expresión avergonzada, la voz temblorosa. Otras fingimos que somos unos frívolos y decimos jovialmente: «No sé, ni idea» o simulamos chulería: «Pues no, no sé, ¿qué pasa?». Los políticos nunca dicen: «No sé». Ya va siendo hora. (35-36) La vida ya es bastante complicada como para pasársela en la cocina, quitándole las escamas a una merluza o descifrando las instrucciones de un sifón. (49) Domingos de adolescencia a la salida de la Filmoteca, después de ver una película de Bergman (que en sus memorias hace varias referencias a la tristeza suprema del domingo por la tarde) que nos zarandeaba hasta la médula y que nos empujaba a partes iguales hacia el deseo de hacer cine y hacia el cementerio. (54) Uno de aquellos días. Vancouver. Seis de la mañana. Llevas despierta desde las tres. Has leído tres cuentos de Richard Ford, has visto dos publireportajes (uno sobre un curso de Pilates en video, otro sobre un revolucionario sistema que permite elaborar tu propia comida para perros), has bebido zumo de zanahoria, Coca-Cola light y leche con cacao, has escrito tres e-mails que has perdido y has pasado veinte minutos intentando buscarlos. Cuando suena el teléfono con la risueña voz de Alec, la recepcionista jamaicana del hotel, tienes la energía de una marmota a punto de hibernar. Hoy es uno de «esos días». Esos días en que te preguntas qué coño haces a veinte mil kilómetros de Barcelona, haciendo una película sobre una chica-con-una-enfermedad-incurable [Mi vida sin mí]. Esos días en que una foto de Truffaut vista de pasada en un libro te hace sentirte irremediablemente inútil. Esos días en los que el coraje que te ha llevado a escribir un guión en inglés, convencer a Pedro Almodóvar para que lo produzca en Canadá y arrastrar a un montón de gente contigo, te ha abandonado completamente. Esos días en los que piensas que el cine debería haberse prohibido después de que Eisenstein rodara El acorazado Potemkin. Esos días en que recuerdas con nostalgia a tu madre habándote de las ventajas de estudiar odontología (97-98) Continúa… La vida es un guión (2004), Isabel Coixet, Quinteto, Barcelona. *** La pasada tarde de domingo me ventilaba en una hora La vida es un guión, y nada me ventilaba a mí en aquel autobús ALSA, Barcelona-Zaragoza-Madrid. No se trata de un gran acontecimiento literario, sin embargo, al igual que en sus films, Isabel Coixet se sincera y se desnuda para expresar las alegrías y los miedos de una vida rodeada de cine, donde la más leve brisa supone un nuevo punto de vista. A mí tampoco me interesan mucho las tardes de domingo, odio cocinar y continuamente pienso en la decisión de hacer cine, aunque …«no sé». ¡Ah! Queréis saber por qué os odio hoy. Sin duda a vos os será menos fácil comprenderlo que a mí explicarlo, pues sois, según creo, el más bello ejemplo de impermeabilidad femenina que pueda encontrarse. Habíamos pasado juntos una larga jornada que me había parecido corta. Nos habíamos prometido mutuamente que todos nuestros pensamientos serían comunes y que, en lo sucesivo, nuestras dos almas no serían sino una —un sueño que, después de todo, no tiene nada de original, sino es el que, soñado por todos los hombres, no ha sido realizado por ninguno. Por la noche, algo cansada, quisisteis sentaros en un café nuevo que hacía esquina con un nuevo bulevar, todavía lleno de cascotes y enseñando ya gloriosamente sus inacabados esplendores. El café refulgía. El mismo gas desplegaba allí todo el ardor de un debut, e iluminaba con todas sus fuerzas las paredes, cegadoras de blancura, las deslumbrantes superficies de los espejos, los oros de las medias cañas y de las cornisas, los pajes de abultadas mejillas arrastrados por una traílla de perros, las damas sonriendo al halcón perchado en su puño, las ninfas y las diosas que llevaban sobre su cabeza frutas, pasteles y caza, Hebe y Ganimedes que ofrecían a brazo tendido la pequeña ánfora de bavaroise, o el obelisco bicolor de los arlequines; toda la historia y toda la glotonería puestas al servicio de la glotonería. Justo ante nosotros, sobre la calzada, estaba plantado un hombre de unos cuarenta años, el rostro cansado, la barba grisácea, llevando de una mano a un niño y sosteniendo con la otra a un ser demasiado débil para caminar. Hacía de niñera y llevaba a sus hijos a tomar el aire del atardecer. Todos en andrajos. Los tres rostros estaban extraordinariamente serios, y aquellos seis ojos contemplaban fijamente el nuevo café con idéntica admiración, matizada por los años de forma diversa. Los ojos del padre decían: «¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!; se diría que todo el oro del mísero mundo ha venido a mostrarse en estas paredes.» —Los ojos del niño: «¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!; pero es una casa donde sólo pueden entrar personas que no son como nosotros.» —Los ojos del más pequeño estaban demasiado fascinados para expresar otra cosa que no fuese una alegría estúpida y profunda. Los cancioneros dicen que el placer hace buena al alma y ablanda el corazón. Respecto de mí, la canción estaba en lo cierto aquella noche. No sólo me había enternecido ante aquella familia de ojos, sino que además sentía cierta vergüenza por nuestros vasos y garrafas, mayores que nuestra sed. Volví la mirada hacia la vuestra, mi querido amor, para leer en ella mi pensamiento; me zambullí en vuestros ojos tan bellos y tan extrañamente suaves, en vuestros ojos verdes, habitados por el Capricho e inspirados por la Luna, cuando me dijisteis: «¡Esa gente me resulta insoportable, con sus ojos abiertos como puertas de una cochera! ¿No podrías rogar al dueño del café que los apartase de aquí?» ¡Tan difícil es entenderse, querido ángel mío, y tan incomunicable es el pensamiento, incluso entre personas que se aman! Pequeños poemas en prosa. Los paraísos artificiales, Charles Baudelaire, Letras Universales, Cátedra, pp. 95-97. Ya se va otro nueve de mayo y los ojos de los pobres son los mismos de entonces, ¿habrán cambiado los ojos de los que los miran? ¡Comprad libros! Era primavera, y por primera vez desde hacía dos años, desde la muerte de mi padre, yo esperaba esa estación con impaciencia. En mi cuaderno de textos había copiado estas líneas extraídas de una novela de mi abuelo, François Mauriac: «La felicidad es estar rodeado de mil deseos, oír que a tu alrededor crujen las ramas». Si la primera parte de esa definición todavía me resultaba desconocida, empezaba a entrever la segunda: yo escuchaba, oía «a mi alrededor crujir las ramas». Era algo difuso, nuevo, turbador. Surgía sin motivo alguno, en cualquier lugar. Yo soñaba con lo que podía llegar a ser mi vida, estaba agitada, traspasada por fragmentos de esperanza. Pero esa embriaguez primaveral no duraba apenas, y al final me encontraba confundida, segura de que nada conseguiría jamás apartarme de mi mediocridad. La visión de mi cuerpo acababa de desanimarme: había sufrido una especie de muda, y la jovencita en la que estaba a punto de convertirme era una extraña para mí. La joven (2007), de Anne Wiazemsky (en la foto), El Aleph Editores, p. 16. Anne Wiazemsky novela cómo fueron sus inicios en el cine de la mano de Robert Bresson. Una novela sobre el desarrollo personal, las ilusiones y los miedos. Con la compra de libros, viajes, etc., a través de los anuncios dejas un porcentaje del total (sin que cueste más) para el mantenimiento de Disparo de Nieve. SILENCIO Yo que crecí dentro de un árbol DISTANCIAS Distancias. En la vida hay distancias. El hombre emite su aliento, El limpio cristal se empaña. El hombre acerca sus labios al espejo…, pero se le hiela el alma. (Pero se le hiela el alma.) Distancias. En la vida hay distancias. (De El tacto fervoroso, Juan José Domenchina) Ciudad en mí (Santiago) «Ciudad extraña, hermosa y fea a un tiempo.» (Rosalía de Castro, En las orillas del Sar, «Santa Escolástica», III, 1). Yo no pude elegir: abrí los ojos y la vida era lluvia y noche y piedra, y sólo el húmedo reflejo de un farol gemebundo; yo no tuve la culpa si invadieron mis sueños las campanadas grises, el musgo, los paraguas litúrgicos, aquellas nubes pétreas; yo no tengo la culpa si esa melancolía fue mi patria nativa, la costumbre de mis años silvestres; y tampoco si ahora llevo conmigo, dentro, aquella lluvia y lluvia y lluvia que ponía —...martes, miércoles, jueves...— pensativas las piedras de Santiago. 28-XI-75, Miguel d'Ors *** El frío es más que el frío, el frío es lo que de enemistad tiene la vida para conmigo, el gesto hosco que me pone, una agresión repetida a lo largo de los años, serpiente de cristal, hoguera helada que me consume. Para el frío tomo cosas, bebidas calientes, medicinas de media tarde, pero noto cómo el frío me va sustituyendo el alma, cómo voy teniendo una conciencia de frío y sólo frío. Ya no es que me enfríe por dentro, sino que mis adentros son de frío, y un corazón de témpano me va pesando como no debiera. Esto debe ser, hijo, el ir viviendo, un pasar del sol a la sombra, del calor al frío, del verano al invierno, un irse quedando del lado del invierno, una residencia en noviembre que antes creíamos transitoria y que ahora se va haciendo definitiva. El frío era una visita inoportuna. Ahora viene a quedarse o, peor aún, el frío soy yo. Antes pasábamos por noviembre como por una estación de trasbordo. Ahora me veo condenado a vivir para siempre en el frío ferroviario de las estaciones. El frío va siendo mi manera de experimentar el tiempo, mi vivencia más metafísica, mi único comercio con lo otro. Mortal y rosa (1975), Francisco Umbral, Letras hispánicas, Cátedra / Destino, Madrid, 2007, p. 227. Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud. Todo lo que somos, sí, tiene ese revés de sueño, ese cimiento o esa escombrera turbia, y alguien se preguntaba, irónico, por los sueños de Kant, de Descartes, de Hegel. ¿Qué clases de sueños no tendrían esos monstruos de razón? Toda la represión mental de sus sistemas había de tener, sin duda, un revés caótico, doliente y atribulado. Cómo negar la mitad en sombra de la vida, si están ahí los sueños. Hay una época de la existencia en que uno decide ser sólo sus sueños, y el surrealismo es una adolescencia en cuanto que quiere alimentarse de sueños. Hay una madurez, un clasicismo —a cualquier edad de la vida— en que optamos por nuestra razón, por nuestro rigor, por nuestra estatura. Qué más da. Tan pueril es vivir de sueños como vivir de silogismos. Claro que se vive de lo que se puede, y tarda uno en aprender a vivir de realidades, de cosas, de objetos, como viven los seres naturales. El hombre es un ser de lejanías, dijo el otro. Sí, el hombre es un ser de utopías, de distancias, de «proyectos líricos». El hombre tiene que aprender a ser criatura de cercanías, pastor de lo inmediato. Mis sueños sólo me dan una versión embrollada de lo que tengo muy claro. Cuando sueño soy el exegeta confuso de mí mismo, el amanuense indescifrable y pelmazo que quiere anotarlo todo y todo lo embarulla. El sueño le pone a mi vida un comentario ocioso y oscuro, sin secreto, pero con sombra. Estoy en esto con monsieur Sastre, que le niega al sueño todo significado y le atribuye la imposibilidad de formular una sola imagen coherente, porque en cuanto formulo una imagen coherente «ya estoy despierto». No me interesan mis sueños como no me interesa ya, casi, mi pasado. De la prosa de la vida hago en sueños poemas surrealistas. Breton vive de mí y sale por la noche a comerme en porciones. A la mierda con Breton. Sé que consisto en una cloaca, un légamo, una putrefacción, pero me aburre, ya, constatarlo, y he perdido la fascinación de mis propias heces, que es una fascinación infantil perpetuada en el poeta, el neurótico y el psicoanalista. Sólo necesita recurrir a sus sueños la gente sin imaginación. A Breton y a Freud seguro que no se les ocurría nada, nunca. Tan primitivo es interpretar los sueños hacia el pasado como era interpretarlos hacia el futuro, en tiempos de José. La linterna sorda del soñar no alumbra ni un adarme de futuro, y sobre el pasado sólo proyecta sombras confusas, bultos y versiones equívocas de lo que estaba claro. Soñar con mi madre muerta o con calefacciones que debía encender de pequeño, y los miles de escaleras que debía subir, no es sino repetir tediosamente, en una película mala y con los rollos cambiados, una vida que no deseo recordar. Ya es bastante surrealista que se le muera a uno la madre mientras tiene que subir miles y miles de escaleras como recadero. ¿Qué surrealismo le puede añadir el sueño a una realidad tan poco real? Me arranco, pues, de la selva pantanosa de los sueños y me resumo como puedo, recojo porciones de realidad que yacen tristes por la habitación, me doblo por la mitad y mis riñones, cargados de pasado y de licores, gimen dulcemente. Ya estoy en pie. (...) *** Mortal y rosa (1975), Francisco Umbral, Letras hispánicas, Cátedra / Destino, Madrid, 2007, pp. 53-54. *** Fuego y caricias aparte, un modo interesante de hacer entrar en calor a un cuerpo gélido como el mío es teclear los textos literarios que me mueven y me conmueven, sea la tarde del veinticinco de diciembre o la mañana de mi funeral. Me han regalado Mortal y rosa y he sentido la necesidad de compartir el arranque con vosotros, saltándome algún que otro derecho de edición, pero con la convicción de que despertará cierto interés y, quizá, alguno o alguna o algo se acerque a una librería... Los encantos en la naturaleza bella, que se encuentran con tanta frecuencia mezclándose, por decirlo así, con la forma bella, pertenecen: o a las modificaciones de la luz (en el colorido), o a las del sonido (en los tonos), pues estas son las únicas sensaciones del sentido que permiten no sólo sentimiento sensible, sino también reflexión sobre la forma de esas modificaciones del sentido, y encierran, por decirlo así, un lenguaje que nos comunica con la naturaleza y que parece tener un alto sentido. Así, el color blanco del lis parece disponer el espíritu a la idea de inocencia, y los otros colores, según el orden de los siete, desde el rojo hasta el violeta, parecen disponer: 1º, a la idea de sublimidad; 2º, de audacia; 3º, de franqueza; 4º, de afabilidad; 5º, de moderación; 6º, de firmeza, y, 7º, de ternura. El canto de los pájaros anuncia la alegría y el contento de su existencia. Por lo menos, así interpretamos la naturaleza, sea o no esa su intención, pero ese interés que aquí tomamos en la belleza exige totalmente de esa belleza de la naturaleza y desaparece del todo tan pronto como se nota que se ha sido engañado y que sólo es arte; de tal modo que el gusto después no puede encontrar en él nada bello, ni la vista nada encantador. ¿Qué aprecian más los poetas que el canto bello y fascinador del ruiseñor, en un soto solitario, en una tranquila noche de verano, a la dulce luz de la luna? En cambio hay ejemplos de que donde no se ha encontrado ningún cantor semejante, algún alegre hostelero, para contentar a sus huéspedes, venidos a su casa para gozar del aire del campo, los ha engañado escondiendo en su soto a algún compadre burlón, que sabía imitar ese canto como lo produce la naturaleza (con un tubo o una caña en la boca); pero, conocido el engaño, nadie consentirá en oír largo tiempo esos sonidos, tenidos antes por tan encantadores, y ocurre lo mismo con cualquier otro pájaro cantor. Tiene que tratarse de la naturaleza misma o de algo que nosotros tengamos por tal, para que podamos tomar en lo bello, como tal, un interés inmediato, y más aún si hemos de exigir de los demás que también lo tomen en él, lo cual ocurre, en realidad, al estimar nosotros como groseros y poco nobles a quienes no tienen sentimiento alguno de la naturaleza bella (pues así llamamos la capacidad de un interés en su contemplación), y se atienen a la comida o a la bebida en el goce de meras sensaciones de los sentidos. *** *** Foto: Cartier Bresson. ¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba? Vivir, desde el principio, es separarse. En el primer encuentro con la luz, con los labios, el corazón percibe la congoja de tener que estar ciego y sólo un día. Amor es el retraso milagroso de su término mismo: es prolongar el hecho mágico, de que uno y uno sean dos, en contra de la primer condena de la vida. Con los besos, con la pena y el pecho se conquistan, en afanosas lindes, entre gozos parecidos a juegos, días, tierras, espacios fabulosos, a la gran disyunción que está esperando, hermana de la muerte o la muerte misma. Cada beso perfecto aparta el tiempo, le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve donde puede besarse todavía. Ni en el llegar, ni en el hallazgo tiene el amor su cima: es en la resistencia a separarse en donde se le siente, desnudo, altísimo, temblando. Y la separación no es el momento cuando brazos, o voces, se despiden con señas materiales. Es de antes, de después. Si se estrechan las manos, si se abraza, nunca es para apartarse, es porque el alma ciegamente siente que la forma posible de estar juntos es una despedida larga, clara. Y que lo más seguro es el adiós. *** Nocturno, disnea de soledad. A ti sólo se llega por ti. Te espero. Yo sí que sé dónde estoy, mi ciudad, la calle, el nombre por el que todos me llaman. Pero no sé dónde estuve contigo. Allí me llevaste tú. ¿Cómo iba a aprender el camino si yo no miraba a nada más que a ti, si el camino era tu andar, y el final fue cuando tú te paraste? ¿Qué más podía haber ya que tú ofrecida, mirándome? Pero ahora, ¡qué desterrado, qué ausente es estar donde uno está! Espero, pasan los trenes, los azares, las miradas. Me llevarían adonde nunca he estado. Pero yo no quiero los cielos nuevos. Yo quiero estar donde estuve. Contigo, volver. ¡Qué novedad tan inmensa eso, volver otra vez, repetir lo nunca igual de aquel asombro infinito! Y mientras no vengas tú yo me quedaré en la orilla de los vuelos, de los sueños, de las estelas, inmóvil. Porque sé que adonde estuve ni alas, ni ruedas, ni velas llevan. Todas van extraviadas. Porque sé que adonde estuve sólo se va contigo, por ti. Poema 24, de "La voz a ti debida", en Aventura Poética, Pedro Salinas, Cátedra, Madrid, 1996, pp. 134-135. *** Perdidos en un lugar desconocido, sólo nos queda recurrir a las estanterías amigas en la biblioteca filóloga. MELANCOLÍA *** DE OTOÑO (Rubén Darío) Seducción Tus undosos cabellos, Y me embriagan los ecos Y al mirar tus mejillas, Y si alguno te acusa cuya fe, cual la onda, Y tu beso dulcísimo Tus traiciones olvido, Mis amigos te llaman ... y el reír de tu boca! Kushal Khan Versión de Luis Castelló Si quelqu’un aime une fleur qui n’existe qu’à un exemplaire dans les millions et les millions d’étoiles, ça suffit pour quil soit heureux quand il les regarde. Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las estrellas. Il faut bien que je supporte deux ou troix chenilles si je veux connaître les papillons. Es posible que soporte dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas. On risque de pleurer un peu si l’on s’est laissé apprivoiser... Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco. C’est tellement mystérieux, le pays des larmes. ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas! UN POEMA DE AMOR No sé. Lo ignoro. Al fin como una rosa súbita, ¡Qué trueno sordo Después Es un amor así, Hecha Nicolás Guillén (Cuba) La lenta máquina del desamor, Julio Cortázar Ha habido un rodaje en Grande Gracia, donde me las dieron de script y donde me las di de algo más. Entre toma y toma casi siempre aparecen momentos de paz y uno ya confunde el tacto con la piel: sentado en el balcón de un edificio, si no isabelino, muy antiguo, rodeado de plantas, a la penumbra en una tarde mediterránea de auténtico calor, me encontraba sentado en una hamaca, echado en una hamaca, tirado en una hamaca, con la brisa acariciándome las ventanas de la nariz, leyendo Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, y a mi lado, en un sofá, una hermosa actriz existiendo en una suave siesta gracias a que la gran habitación estaba desierta y tanto las sombras de las ramas como mi silencio lector y observador se lo permitían... Existe un párrafo en el que el personaje principal se encuentra sobre la cama de una estancia a una joven natural, sin ropa: creí estar reviviendo el momento imaginado y escrito..., aunque con vestido de verano..., un fantasma con vestido regalado… *** Tomé conciencia de que la fuerza invencible que ha impulsado al mundo no son los amores felices sino los contrariados... No se trata de que hoy no tenga fuerzas ni ganas de escribir cualquier cosa, sólo es que supongo que debe de ser mejor dejar aquí un gran cuento de Horacio Quiroga, antes de que me ponga a dar detalles de mis sueños, en los que suelen aparecer siempre las mismas personas. Sin embargo, en La gallina degollada hay tanto de cuento como de sueño, hay tanto de ahora como de antes, hay tanto de nada como de todo, hay tanto o más de ellas como de mí y, sobre todo, hay tanto de algo... *** Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre. —¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito. El padre, desolado, acompañó al médico afuera. —A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá. —¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...? —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente. Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad. Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos! Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores. Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores. Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba. —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos. Berta continuó leyendo como si no hubiera oído. —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos. Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada: —De nuestros hijos, ¿me parece? —Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos. Esta vez Mazzini se expresó claramente: —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no? —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró. —¿Qué no faltaba más? —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir. Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla. —¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos. —Como quieras; pero si quieres decir... —¡Berta! —¡Como quieras! Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga. Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini. —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...? —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito. Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto! —Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla! —¡Qué! ¿Qué dijiste?... —¡Nada! —¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú! Mazzini se puso pálido. —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías! —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos! Mazzini explotó a su vez. —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora! Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios. Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra. A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina. El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo... —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina. Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos. —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco. Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa. Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca. De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo. —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó. —Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. —Me parece que te llama—le dijo a Berta. Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio. —¡Bertita! Nadie respondió. —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada. Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento. —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror. Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola: —¡No entres! ¡No entres! Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro. ¿Serás, amor un largo adiós que no se acaba? Pedro Salinas Muchacha de espaldas, Salvador Dalí. *** Soneto XX Pablo Neruda *** Una semana extraña con noticias nada agradables. Ha muerto el Chícharo, un perro sabio de catorce años..., pero poco a poco todos nos estamos muriendo, ¿no es cierto? El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata. De El coronel no tiene quien le escriba (1957), Gabriel García Márquez. Todo se estremece, la cucharilla en el suelo, el tendal improvisado, las cortinas sucias, no sé qué demonios hacen los vagones del metro yendo de aquí para allá, veinte metros bajo mis sábanas, como ratas sobre raíles a las tres de la madrugada. Mi vieja compañera nocturna marca las horas, está un poco afónica por las mañanas, algún dos de mayo flirteaba con otras frecuencias agudas, quería ser la que más bullese, quizá sólo al despertar…, ¡a veces! Una maleta, que hace las veces de mesilla de noche, me recuerda que todo es provisional, el maletón rojo al pie de cama me invita a meterme adentro e ir escaleras abajo. No sé lo que estoy diciendo, ya casi que da igual, ¿no es cierto? Secretos de cama, eso es lo que siempre interesa, lo que alguien leería, lo que crea expectación… Y si la rata maquinista vuelve a estremecer mi sueño, quizá tenga tiempo para lanzar alguno… Aunque más que de los secretos, me apetece hablar del recuerdo y de la fotografía. Sí, a algunos la noche nos trae | |||||