DisparodeNieve |
![]() http://disparodenieve.blogia.com |
|
|
Se muestran los artículos pertenecientes al tema Poiesis. Martina no era de esa clase de mujeres a las que les gusta tener dibujado su futuro sobre un lienzo, tampoco de las que alocadamente se lanzan al trapecio sin mirar si allá abajo hay una red que las proteja, no era de la clase de mujeres que hablan de hombres ni como los hombres, no se trata de la mujer que todo lo vuelve maravilloso a su paso, nunca tampoco ha pasado inadvertida en ningún lugar, Martina no era de la clase de mujeres que uno se puede encontrar en el metro un martes a eso de las siete de la mañana, ni un ama de casa que a las doce se pone a ver la televisión con su café, sus magdalenas y sus rulos, no era una ejecutiva rica, ni una enchufada que se arrodilla ante el jefe a las menos cuarto, Martina no hacía deporte, tampoco se preocupaba por su barriguita, el tipo de chica que todo hombre busca, Martina lo ignoraba, no era de esa clase de mujeres que leían las revistas guapas, ni se interesaba por los líos de falda y bragueta de la jeti, ella no leía apenas una línea de poesía al día, nunca se la veía sola en el cine, no era de esa clase de mujeres que se pasa horas en los fastfood, no fumaba porque odiaba el humo, no bebía porque odiaba a su padre, no lloraba porque yo la hacía feliz, Martina no era de esa clase de mujeres que se acuesta con cualquier cualquiera que se lo proponga o que no se lo proponga, a ella no le gustaban las improvisaciones, nunca pensaba en los niños, Martina tampoco se imaginaba un futuro sin ser madre, no era de esa clase de mujeres que hace las cosas por capricho, cada paso y cada giro, aunque cortos, estaban calculados, Martina no idolatraba a nadie, ella nunca quiso tener los ojos verdes, tampoco quería ir a más de ciento veinte, Martina no tenía los pies calientes, más bien eran gélidos extremos de sus piernas, no era de esa clase de mujeres que se visten para matar, no tenía la piel canela, ni seca y nunca se secaba los labios, Martina no tuvo nombre de mago y, aún así, hizo magia, no era de esa clase de mujeres de clase, ella no tenía cuidado con el azúcar, ni con las sonrisas que rompían corazones, Martina no se quedó, no era de esa clase de mujeres con la frente baja, no tuvo juegos de niña, nunca mentía una lágrima, nunca lloraba una mentira, no sesteaba con el pastor de tendales, no vivía en el mar ni en la montaña ni en las nubes, Martina no era de esa clase de mujeres, Martina era, simplemente, Martina, un melocotón en almíbar, y por eso me enamoré. Estaba en medio de un océano, de un océano gris, de un océano vivo, agitado por un viento ensordecedor, sin tierra a la vista. Una brazada no me llevaba hacia ninguna parte, tal era la fuerza de la corriente. Desfallecido, me hice el muerto, que es fácil. Y noté cómo el agua intentaba metérseme dentro, escuchaba ya las goteras en mi interior. El sonido cesó, también el del viento, y en aquella marabunta de la naturaleza sólo se escuchaba mi respiración. Levanté la cabeza y a lo lejos vi, muy blanco, un inmenso velero que sólo recogía una pizca de brisa en el viento y avanzaba lentamente. De popa a proa fui observando la fotografía de todas las personas de mi vida, todas apagadas y estáticas, de pie, acostadas, conversando y sonriendo, saludables, bellas, escuchando una música que sólo sonaba en sus caricias. Comencé a gritar, a mover los brazos, a desencajarme para poder ser visto, para que me vieran, pero nadie notó mi presencia, nadie excepto una tímida mujer que me miraba fijamente desde la proa, sus labios entreabiertos y una taza entre sus manos. Desesperado, continué alcé la voz más allá del velamen y aleteé sin escuchar ni al mar ni al viento. Noté a mi derecha la presencia de un anciano, me vigilaba de pie y descalzo sobre las aguas, diciéndome sin palabras que no me moviese, prohibiéndomelo por consejo. Vencido, comencé a hundirme despacio, adentrándome en un mundo de burbujas y rayos de luz que se extinguían. Cerca de algún lugar, muy abajo, una imagen me arañó el alma, saqué fuerzas de donde no quedaba más que resignación y comencé a subir y a nadar hacia el barco. En el mismo sitio, con un suave movimiento de cabeza, el anciano negaba mi decisión. Nadé y nadé, y continué nadando. Llegué a la popa del barco, no era capaz de subir a bordo, tragué mucha agua. A contracorriente sobrepasé toda la eslora para poder ascender por la proa, de nuevo la mujer, mi contrapunto… Cegado, hundí la cabeza en el mar y di brazadas como un loco, me volví, le saqué ventaja, el barco estaba muy lejos y el anciano a mi lado. Me detuve junto a él mirando al barco y el tiempo se hizo eterno. El barco avanzaba, pero nunca llegaba y la angustia... El viejo posó su arrugada mano sobre la mía, una mirada suya, este también es mi barco, y supe que nunca llegaría. Muchos se habían marchado a otros lugares nadando o hundiéndose, nosotros nos quedamos allí…, en aquel lugar…, en medio de la nada…, observando tranquilos y en silencio, soñando con lo que ya nunca volveríamos a tener. Ruido, por todas partes el mismo ruido. Ruido feo, ruido oscuro, ruido ruidoso, ruido que desea, ruido deseoso, en cualquier pared, en esos zapatos, en todas las posturas. El suelo está sucio el mundo. Agua, unas gotas, si al menos mis lágrimas; sed, ruido, si al menos tu voz. Y luego silencio, nada, un beso en la frente. 22-11-06 Mucho me temo que quizá, al escribir últimamente sobre uno mismo, pueda estar cayendo en la vanidad o incluso en la autocompasión. Sucede que uno, que era discreto, ya ni tiene fuerzas para defenderse de sus propios ataques. Estoy en guerra, en guerra conmigo mismo, acaso sea el peor de los combates situarse en ambos bandos, con mi total sentimiento y con mi escaso raciocinio. Voy a perder. Quiero dejar de vivir conmigo. Viajo en tren. Parece que no me mueva, permanezco estático y el mundo pasa a toda velocidad. Lo cercano va aprisa, lo lejano va despacio, pero no se detiene. Entro en un túnel, no hay ni hoy ni ayer ni mañana: parece un sueño intermitente, pequeñas luces brillan en la oscuridad como antes, como todas las noches en las que el sueño intermitente se detiene en alguna parada iluminada que parece el cielo... y allí está, fuera del tiempo, mirándome callada. Y el tren me arranca de nuevo mi único momento. Quiero bajarme, no en la vida, sino en los sueños, en mis sueños. (13-11-2006) Pues esto es lo que hay y no hay más. Mírame cuando te hablo. Si te gusta, lo tomas, si no te gusta, no me rompas la jodida cabeza. Párrafo corto. En fin..., que no te enteras, neno. La gente pasa de todo, va a su rollo, ¿me entiendes? Porque mira: ¿crees que alguien vendrá a tu casa a buscarte? ¡Olvídalo! ¡La gente...! Un día caerás de la burra y te darás cuenta de que estás solo, pero solo de verdad, en esto y en todo. Fíjate en la calle. ¿Crees que le importas a alguien? Esa señora va pensando en cómo cocinará hoy los grelos y te aseguro que esos grelos son para ella más importantes que tú. Y esa pareja... Oye, que me mires cuando te hablo. Parecen unidos, ¿no es cierto? No, no lo creas, porque esto no es así de sencillo, tan sólo es sexo. El tío va pensando en llegar pronto a casa para desnudarla y ella se deja mientras no encuentra otro mejor. A nadie le importa nadie. Ahora tú estás delante de mí..., bien, no hay problema, aquí los dos sentados..., ¿no? Tomamos un café, luego, si quieres, pues otro. ¡Y no pasa nada! ¿Me entiendes? Quiero decir que estamos aquí para lo que estamos, porque nos interesa, pero, en fin, tú a mí me importas una mierda y yo a ti también, aunque no lo sepas, porque no tienes ni puta idea. Ni-puta-idea. Esta noche tengo que acercarme al garito del que te hablé, no pienses que allí hay alguien que me quiera o al que le importe, no, voy, me pagan bien y me largo. Es lo que hay y no hay más. Como me vuelvas a decir que quieres a alguien más que a ti mismo, daré por hecho que estoy hablando con un completo gilipollas. ¿Me entiendes? No digas gilipolleces, piénsalas, si te apetece, pero no digas gilipolleces delante de mí, porque no quiero que me relacionen con gente como tú. No es nada personal, entiéndeme. ¿Tienes un cigarro? ¿Lucky? Perfecto. Si te he venido a buscar es porque vales y yo me rodeo de lo mejor, pero como sigas diciendo estas gilipolleces, lo lamentarás, te largas, ¿me entiendes?, estás fuera. No te quiero, no me importas y ni si quiera me caes bien, y aún así firmarás el contrato porque eres un puto genio. Un-puto-genio. ¿Tienes el número de Iria? Ok, llámala, dile que ya has hablado conmigo, que te prepare todo el papeleo para mañana. No te olvides. Mira, ¿ves a aquel pringado de la puerta? Tuve que contratar a uno desde que pisé Los Ángeles, ¿por qué?, porque a la gente le importo un polla, ¿sabes? Se te acercan, te hablan como si te conocieran de toda la vida, quieren un autógrafo... y mil historias. Le digo: ¿por qué voy a tratarte bien, si ni siquiera te conozco? No seas amable, a no ser que quieras conseguir algo. En este mundillo todos somos unos hijos de puta y tú tienes que serlo también, si no, ni podrás pedir otro café. No vuelvas a hablarle así a un puto camarero, no te está haciendo un favor. ¿Qué mariconadas son esas? Tienes que darte cuenta de la escoria de tu alrededor. Es un puto camarero, una mierda, ¿entiendes? Qué por favor, gracias ni chorradas. Tú llegas y mandas que te hagan esto y lo otro y él se calla la boca. Lo que quieras, lo tendrás, pero debes imponerte, pisar a todo Dios, incluso a mí, porque no dudes de que yo lo haré cuando tenga que hacerlo. Pero, bueno, ahora estás conmigo porque me harás ganar una talegada, mucha pasta, si lo haces bien. Y tienes que hacerlo bien, no me vale otra cosa, ¿entiendes? En fin..., me largo, que no puedo estar aquí todo el día. Llámala, ¿me oyes?, llámala y... paga esto. Siento: Se non chove, sinto que morro, que de seguro é peor que morrer. Se chove, perdo a razón, fago cousas de antes, cousas que xa hai ben de tempo facía, cousas esquecidas que agora lembro, que me fan chorar e me fan rir e me fan chorar e tolear, en infinitivo. Porque, so se chove, aparecerá na súa zona vella. E chove, e corro a buscala, a ficar un intre ante ela, un intre sordo e quedo, mudo e quedo, no que desosixenado perdo a consciencia. Compartimos esta choiva, este orballo pousado nas pedras amosándome a súa realidade, a súa figura no soportal, nunha fiestra a súa cara, a miña pantasmiña no fondo do ceo. Se non chove, sinto que morro, que de seguro é peor que morrer. Por sorte, as bágoas, as pingueiras da alma, devólvenme agonía, esperanza, devólvenme fondos imprecisos e un sorriso infinito. Suele sofocarme más el calor estival que el mar caldoso en los infiernos del bikini, la arena y el so foco astral; quizá por ello tumbado sólo solo pienso dónde demonios refresca el chiringuito. Me acerco, mis pies se hunden en el asfalto atlántico, huyen del asalto playero de sexo visual y cohibido, llego a la puerta. A cuarenta grados veinte octogenarios boquiabiertos mirando al frente sobre mi frente, encima de la puerta, una voz de hombre implora: «quérote quente». ¡Hasta el televisor se calienta! Me enfrié: el personaje de Kung Fú quería té caliente, o sea, «quero té quente». Conocí esta tarde a un marinero de la vida, no sólo por la gran parte de su vida que ha pasado sobre los océanos y mares de todo el mundo, sino por la cantidad de vivencias que ha tenido ocasión de presenciar. Es un francés llamado Farlo, tiene la cara arrugada por la salitre y un moreno que ya es inherente a su piel, pese a no tenerlo desde pequeño -según él-. Entre otras cosas, me dijo que, como es bien sabido, el alcohol y otras diversas sustancias forman parte del mundo marino desde el principio de los tiempos. Pues bien, una vez tuvo que fondear un muerto y acordarse de las marcas para al año siguiente volver y recogerlo. No se le ocurre otra cosa que coger tres marcas, las siguientes: un árbol (que fue talado), un edificio de la otra costa de la ría que fue tapado a la vista por un gran cartel de demasiados metros para acertar con el punto y, por último, un arroás que pasaba por allí... El arroás no esperó un año a que volviese Farlo, por supuesto. El ron le hizo creer que el arroás volvería, bueno, no es que se lo hiciera creer: él llegó a establecer contacto con el cetáceo. Yo no me creo nada y me lo creo todo. Sin ir más lejos, no hay más que fijarse en uno mismo: yo he visto pirámides de arena en Boiro y una mariposa de un metro de diámetro que me atacaba en un baño compostelano... y alguna cosa más, que quizá sea cierta y, por respeto, no cuento. Soy peligroso cuando quiero y cuando no quiero también lo soy. Soy peligroso. Puedo no ser alguna cosa, pero soy muchas más de las que creéis, muchas más de las que os gustaría que fuese, muchas más de las que nunca podréis llegar a ser. Amo a Muerte tanto como ella me ama a mí. Vivimos de la mano. –«Te quiero», me dijo, «te llevaré hasta donde desees, a los lugares que hayas visitado sólo en sueños». –«Está bien», respondí, «venga, nena, enciende mi fuego», y me dejé llevar. Tiempo se hizo también amigo mío, juntos supimos abstraernos. Tiempo, mi mejor amigo; Muerte, mi amante confesable, insaciable. Sonidos en el aire, lagunas surcadas, noche de ciudad, solos, nosotros, tú y yo, un paso más y la eternidad, la bendición del vino. Soy peligroso y grande, grande y peligroso. Esta noche puedo hacer que tus poros se abran y sudes…; sudarás, si te quedas, sudarás, si te desnudas, sudarás, si corres, sudarás, si huyes, sudarás, si te vas. A Luz le trae recuerdos olvidados Little Wing y Oscuridad quiere destruirla; Jimy, ¿qué coño les habrás hecho? Luz es rubia, Oscuridad son las pupilas de sus ojos azules, «Hey, beem trying to meet you», y ella gime: «we’re chained». Me telefonea Muerte, quiere salir a pasear sin camino. Tiempo, perdido, espera a la salida del concierto. Luz y Oscuridad cantan, se repasan el pentagrama, se repasan la música, se repasan entre ellas, me repasan a mí, y pasan al más allá, siento: «if you go, i will surely die». Sin embargo, mi peligro se retroalimenta de dolor. Estar destrozado, tener el corazón roto y el alma en llamas, todo esto me alcanza un vaso de licor para que los dedos tiemblen y mi mandíbula conduzca autopistas pintadas de blanco. Y es que su Unicornio Azul ayer se le perdió, y mí Unicornio Rojo también se me fue o acaso se extravió. No terminé con ese atronador bip del despertador, aunque conseguí palmearlo lo más lejos posible de la mesilla de noche. Al poco tiempo mi padre abrió la puerta de la habitación y me dijo con voz grave que ya eran horas y que un señor estaba esperando a la puerta desde hacía varios minutos. No entiendo cómo nace este reconcomio ansioso, se trata de algo que no le sucede a todo el mundo, mi hermano mandaría a hacer puñetas a todos y se tomaría su tiempo; yo no. Había sido yo mismo quien sugirió que las cinco de la madrugada era una hora happy para despertarse y no perder el vuelo, dije las cinco para poder tomármelo con calma, ducharme, desayunar, darle un beso a mi padre, otro a mi hermana y poder cerrar la puerta de fuera a sabiendas de dejar todo en su lugar. Sin embargo, el señor llegó a menos cuarto, mi padre me despertó a menos diez, casi no me ducho y no desayuné. Saber que alguien está esperando por mí, y más si se trata de un viejo nervioso que no debiera conducir a esas horas, ni a otras, me pone peor. No soy de esa clase de gente que puede sacar la cabeza por la ventana de su morada y gritar: apague el coche y espere. Todo lo tuve que hacer al vuelo, como siempre, con la sensación de dejarme mil cosas atrás. Antes de abrir la puerta tuve que tomarme dos o tres tranquilizantes, ya no sé si en esa época eran tranxiliuns o dorkens, ahora sí sé que se trata de orfidales, pero mañana ya serán otros que me harán tanto efecto como los otros: ninguno. Giré la llave, abrí, salí a la lluvia y volví a cerrar la puerta y a girar esa llave que veo ahora sobre mi carpeta, a miles de kilómetros de su cerradura. Fumo hierba en blanco y negro, ¿y qué? --Hace tres días me topé en el metro con una señora que se limitaba a subir y bajar los peldaños de una escalera constantemente. Sin duda, algo más que curioso. Si estaba ante una enferma o ante una amante de los entrenamientos de Rocky Balboa sólo ella lo sabrá, o eso espero creer. La cuestión es que entre este sube y baja de cinco escalones me acerqué con ánimo de detenerla, quitarle el piloto automático y que me mirase a la cara, yo deseaba ver en su mirada si era una majara o qué demonios era, porque en mi cabeza no parecía hallarse la respuesta. Cortésmente, le dije: «Buena señora, ¿le apetecería algún día ver su foto en uno de los anuncios del metro?», ella contestó: «lo que me haría feliz sería encontrar a mi niño, hace un rato que se me escapó, aquí mismo, no sé a donde ha ido. Su nombre es Ricard. Es alérgico a los ácaros y le entusiasman los árboles pequeños, esos tan caros, ¿sabe?». Me senté cerca de allí, faltaban cuatro minutos y veintitrés segundos para que el metro llegase. Tras haber hablado conmigo, la señora se sacó un pañuelo de la manga, secó el sudor que le escurría por la cara y continuó su marcha. La señora no aparentaba estar loca, sino más bien un poco… mayor. «¿Le importaría tomarse una merienda conmigo?», se dijo a sí misma o al cuarto escalón, «no, no, sin cebolla, que ya se la tengo prohibida a mi tripita, ¿sabe?». Vestía una falda de media pierna, en el último escalón observé cómo había varices rojas y azules donde a mucha gente le sobresalen los gemelos. La señora hizo una reverencia cuando descendía, a la altura del segundo peldaño, sonrió y dijo: «¡Buenos días! Los toros son negros, a veces, ¡eh!, que los vi blancos, marrones y con pintas, ¿o tu qué te crees?». Doscientas setenta y nueve noches de insomnio, esta madrugada la velo en mi propio Lago de los cisnes, adoradores de la nocturna claridad, andantes surcadores del almíbar que manan sus afluentes gota a gota, allegros entre lágrimas negras sobre alabastra tez tenaz vals tras vals balseando de orilla a orilla. Desconocido, delirándome infante acompañado de hermosa morena cabrera vestida de blanco en loco locus amoenus; pero locuaz cabrera infante, no mayorcilla ni voz de grilla: inexperiencia, verdor y lozanía, más un canto tenor spinto, susurro que me invadiese en alta voz. Tchaikovsky y yo observamos esta noche el firmamento: él, matemático, intentándolo ordenar, yo, cual gen Quijada, ansioso por arremeter versus los picos de Motserrat, la rocosa, la de allá en el horizonte, vedando mi línea celeste, mas no el celeste armonio dulce y velado (más dulce, pero menos velado que yo; o no) con que la Danza Napolitana regala brisa donde no soplan gaitas ni pollas (en Napoli: pilas; que por ser italianissimas no se librarán nunca de distinción: alcalinas o mininas). Bona nit, que ya nunca será como un boas noites, ni mucho menos como un Ciao! Domani: doscientas ochenta noches on, es decir, siniestro total: incluso bebiendo cloroformo y merendando Valium 10 nunca estaré en el nirvana. Bye, bye… ó carallo, Morfeo. Situación complicada, en mayor medida: dolorosa. A un magnífico eucalipto está atado un somier de alambres y a este amasijo de hierro se encadenan los aros con que Alan llena la perforación de sus pezones y ombligo, además, sus angustiadas muñecas padecen unidas tras su espalda mediante nylon cortante mientras un tobillo, quieto y ahorcado, resiste todo el peso del cuerpo cuya cabellera roza el suelo. El escenario no parece tampoco estar exento de complicaciones, en mayor detalle: peligros. A simple vista no se nota más que un entorno desapacible, seco y silencioso que confiere a los eucaliptos una soledad casi perenne; sin embargo, una compañía juguetona escarba y curiosea para luego acechar y olfatear. Dos zorritos comienzan a masticarle las orejas, quizá se estrenan en la caza, quizá tienen hambre. Los tuve y los tengo, ahora me los guardo. |